Películas para dos Vidas; El Cazador


En 1987 el director Michael Cimino rodó una de las cintas bélicas más impactantes que se recuerdan. Robert De Niro, Christopher Walken y Meryl Streep son algunos de los protagonistas de esta película que recuperamos para nuestra filmoteca en esta sección tan importante para nosotros como es "Películas para dos Vidas".
Hablamos de una de las aventuras bélicas más inhóspitas jamás rodadas. Un cúmulo de escenas duras que retratan el mal vivido por la población civil y militar presente durante el conflicto de Vietnam que, recordemos, tuvo lugar entre 1964 y 1975.
En El Cazador somos testigos de uno de los prólogos más aburridos, soporíferos e insoportables de toda la Historia del Cine. Bien se puede justificar en la necesidad del director que contarnos qué sucede con nuestros cuatro protagonistas antes de marcharse a Vietnam. Pero una hora y cinco minutos de cronómetro son exacerbadamente exagerados para un comienzo que en media hora podría haber sido contado de una manera excelente.
Sin embargo, a partir de la hora de metraje, el espectador se encuentra irremediablemente atrapado por una atmósfera sombría, oscura, sucia en la que el bosque que tan magistralmente retrató Coppola en Apocalypse Now vuelve a nuestro imaginario para conferirnos una de las sensaciones más amargas de la película.
Es ahí cuando ya no podemos escapar de las garras de una película absorbente, que nos atrapa hasta el final, con unas interpretaciones portentosas que dotan a las secuencias más conocidas de la película de un realismo y veracidad realmente envidiable. El Cazador está dirigida por Michael Cimino, más recordado por ser el director que llevó a la quiebra a la productora United Artists con su excesiva La Puerta del Cielo, una cinta a la cual tanto público como crítica dio la espalda en su época.
Rodada sin ninguna presión de los productores, Cimino fue uno de los pocos realizadores que trabajó con toda libertad en la industria del Cine. El éxito fue tal que consiguió el aplauso unánime de espectadores y crítica además de alzarse con un total de 5 Oscars, entre ellos Mejor Película, Director y Actor de Reparto para el inmenso Christopher Walken, el actor más destacado de la película.
El Cazador es una película épica sobre la amistad, siendo quizás la más excelsa de todas. Secuencias inolvidables en las que nuestros protagonistas deben atravesar la frontera de la locura y enfrentarse a sus propios miedos mientras sortean la suerte que les depara una sola bala en el cargador de un revólver apuntando a su cabeza. Este juego es más conocido como ruleta rusa, un juego de carácter letal y practicado clandestinamente desde, según las leyendas, el siglo XIX.
Jugar a esta clase de divertimento mortal supone haber llegado al último nivel de la desesperación humana. El estar envuelto en una situación de la que no se cree poder tener escapatoria, como sucede en la película, es motivo suficiente para dejarse llevar por la locura más absoluta y arriesgar la vida de esta manera tan arbitraria.
Además de unas secuencias no recomendadas para menores ni para gente con una sensibilidad delicada, El Cazador demuestra tener una fuerza visual que suple las evidentes carencias de un guión que adolece ante la prominente energia que transmite cada imagen, fotograma y secuencia de la película.
El Cazador no es una película apta para cualquier espectador. Se necesita fuerza interior y una estabilidad mental precisa que no interfiera con las escenas más duras de la película. Necesitamos mucha capacidad de concentración ante el largo prólogo de la película donde encontramos la explicación al título origial de la cinta, The Deer Hunter (El Cazador de Ciervos). Aunque pueda parecer de lo más pesado, merecerá la pena esperar hasta los 65 minutos de la película y disfrutar de un espectáculo visual bélico como pocas veces volveremos a ver.
Le aseguro que jamás lo lamentará.

Crítica Más allá de la vida; Eastwood reflexiona sobre la muerte

 7/10
La muerte se antoja para el ser humano como esa insoportable incertidumbre suscitada por el no-estar. Esa asfixiante sensación de vacio infinito que acaba con nuestra actividad neuronal en una nebulosa imprenetable; una incógnita que enfrenta el raciocinio a la naturaleza finita del hombre; la locura de augurar qué seremos cuando dejemos de existir, cuando el pensamiento se extinga y el físico se corrompa. Todo desemboca en un implacable agujero negro colmado de preguntas sin respuestas que han originado una heterogénea pléyade de religiones, doctrinas, saberes paranormales, fundamentalismos y vendedores de certezas autocomplacientes. ¿Qué hay más allá de la vida? Ahí radica la cuestión.
Clint Eastwood, el maestro indiscutible del cine contemporáneo, no ha eludido el controvertido asunto y ha confeccionado en su nueva película, Más allá de la Vida, una interesante aproximación al mundo de la muerte y sus terribles consecuencias en aquellos que la padecen desde la consciencia. Y es que hemos de suponer el incipiente desasosiego que comienza a invadir el ánimo del veterano director, de 80 años, quien a lo largo de su larga carrera cinematográfica ha abordado la materia desde perspectivas más estoicas o épicas y que ahora opta por lo sobrenatural para reflexionar acerca de ella. Los interrogantes se intensifican en la misma medida que el ciclo vital se consume inexorablemente y, por ende, la necesidad de creer se hace imperiosa.
Para construir el andamiaje de Más allá de la vida, Eastwood recurre a una narración fragmentada (apoyada por el sólido guión del talentoso Peter Morgan) que focaliza la atención en tres historias unidas por un nexo común; la experiencia cercana a la muerte. Ya sea como superviviente milagrosa de una catástrofe natural, familiar de una persona prematuramente fallecida o individuo detentor de un extraño poder de comunicación con el más allá; los personajes que comparten la trama se encuentran atrapados en una vida que gira en torno a su inevitable desenlace, adocenados por las inquietantes dinámicas a las que les arroja la pesadumbre por la pérdida, la turbación por lo que han creído ver o la incapacidad para relacionarse con el resto. Huérfanos, en fin, de una existencia plena e independiente ajena a las dudas inherentes de la naturaleza humana.
Lo más remarcable de esta nueva y peculiar aventura cinematográfica de Eastwood es su capacidad para narrar una historia con evidentes tintes sobrenaturales de un modo clásico, sosegado, repleto de matices e incluso plausible para la descreída mentalidad occidental. Es precisamente en este punto donde hallamos la verdadera virtud de un director que guía la cámara como Dickens (referencia omnisciente en la cinta) regía su pluma, con un gusto entregado por el retrato profundo de los personajes, insertos en un cosmos personal que los influye e impulsa a actuar de una u otra forma, aunque con una coherencia interna irrenunciable. Así pues, más allá de que los hechos puedan ser aceptados o repudiados por su verosimilitud cuestionable relacionada con la creencia en lo 'sobrenatural', la película se nos presenta como un discurso congruente, emotivo, de un atractivo obvio, y deudor de un estilo cuya elegancia entronca con los patrones del clasicismo cinematográfico, aunque ello no haya sido óbice para ofrecernos una de las secuencias más sobrecogedoras filmadas en los últimos tiempos que recrea el tsunami que azotó el sureste asiático hace algunos años.
En Más allá de la vida Eastwood recurre de nuevo al siempre eficiente Matt Damon (tras Invictus) para dar consistencia a un personaje atormentado y lleno de aristas al que la cámara disecciona en el lúgubre espacio vital que compone su rutina diaria; ya sea cenando en soledad, escuchando la voz de Derek Jacobi como narrador de Dickens, o intentando en vano iniciar una relación sentimental con la luminosa Bryce Dallas Howard. En el lado opuesto, Cecile de France (dando un apreciable toque europeo a la cinta) como una perspicaz periodista traumatizada por una experiencia mística cercana a la muerte que siente cómo su posición en la sociedad se degrada al tiempo que su sinceridad le impele a contar lo que ha vivido.
No podemos obviar que Más allá de la vida cuenta con evidentes y ocasionales deficiencias de ritmo, algún que otra duda en torno a la conformación final de la historia-puzzle, o ciertos problemas en el desarrollo de los personajes; no obstante, el resultado final sobresale como una muestra más del talento sempiterno de Eastwood, ante quien este cinéfilo se rinde una vez más por su capacidad para embaucar al espectador en una historia que, a priori no deja de resultar anecdótica e incluso ridícula, pero que finalmente deviene en todo un ejercicio de estilo cinematográfico profundo y emotivo que reflexiona acerca de ese destino tan irrevocable como incierto, la muerte.

Dulce Cine de Juventud; Risky Business

6/10

Uno de mis actores predilectos, Tom Cruise, saltó al estrellato en el cine gracias a esta película de universitarios que encandiló a los jóvenes de aquella época. Hoy en día, una de sus secuencias más conocidas (la del actor bailando en calzoncillos con una escoba como guitarra y las ya famosas Ray-Ban) sigue siendo una de las más parodiadas y recordadas de todos los últimos años del cine.
La historia es simple. Un joven universitario se queda en solo en casa y decide "liarla" aprovechando que sus padres no están allí. Él es un chico responsable e incluso podríamos decir que es el chico perfecto. Cualquier padre confiaría en él.... o no.
El guión es sencillo pero conciso. No se pierde en escenas que no llevan a ningún sitio. Incluso nos ofrece momentos de suspense liviano al intentar discernir qué es lo que va a ocurrir con nuestro protagonista cuando lleguen sus padres y vean en los líos en los que se ha metido su hijo.
La dirección, por parte de Paul Brickman, es efectiva realizando una película que, a pesar de no pasar a la historia del cine, si ofrece momentos de buen entretenimiento. Al final, nos quedaremos con un buen sabor de boca tras haber visto una película ochentera al máximo nivel y con un resultado más que decente.
Risky Business se enmarca dentro del grupo de películas llamadas "comedias juveniles" que enganchan a este tipo de público basándose en tratar con argumento una historia que no chirríe a la inteligencia del espectador.
Escenas incluso de sexo son las que vemos en una película completa en todos los sentidos. Tom Cruise y Rebecca de Mornay se marcan alguna que otra secuencia que, para la época, fue una sensación y con las que ahora es inevitable soltar alguna carcajada.
Aún sin esperarme absolutamente nada de Risky Business, lo cierto es que me sorprendió gratamente. Yo, que no soy muy dado a las comedias adolescentes, tengo que admitir que me lo pasé bastante bien contemplando las idas y venidas de un jovencísimo Cruise antes de llegar a lo más alto en Hollywood.



Crítica Carne de Neón; El sello de un 'Guy Ritchie cañí'

 7/10
Crítica realizada por nuestro colaborador especial Juan A. Pérez. 
Alejado del mundanal ruido que suelen ofrecer los proyectos televisivos y cinematográficos de Mario Casas, las casi dos horas de Carne de Neón  se ofrece como el mejor trabajo hasta ahora del actor español. Bajo la tutela del director sevillano Paco Cabezas, el trhiller, el drama y retazos de comedia se entrelazan en esta película con gran complicidad.
La película cuenta la historia de Ricky (Mario Casas) un joven que tras salir adelante en un ambiente rodeado por la droga y los problemas, decide regalarle a su madre (Ángela Molina) recién salida de la cárcel un prostíbulo. Paco Cabezas es un director sevillano muy conocido por sus cortos y precisamente esta historia nace de uno de ellos, con el que finalmente decidió dar el salto al cine para hacer su segunda película.
En concreto, en Carne de Neón todos sus personajes se relacionan con un ambiente barriobajero que precisamente simboliza la lucha de cada personaje por sobrevivir en un mundo en el que no le es fácil salir adelante. Todo ello seduce al espectador con tiroteos, lágrimas, sangre y un humor soez, arriesgado y muy conseguido.
El temerario trabajo del director Paco Cabezas ha sido muy comparado con el cine de Guy Ritchie y en el panorama español, con Alex de la Iglesia. En el primer caso quizás sea un poco forzado, aunque sí es cierto  que muchos personajes de Ritchie se quedan estancados y en este caso avanzan con sus propios valores hasta tener un fin.
El éxito en los festivales de Carne de Neón fue todo un hecho que pudimos corroborar el equipo de  El cine que vivimos peligrosamente en uno de sus preestrenos en Sevilla Festival de Cine Europeo (SEFF). La sala apreció con aplausos el film al igual que ocurriera semanas antes en Barcelona en el Festival de Sitges, donde la película también fue un éxito.
El humor y la sangre avanzan de la mano plásticamente en un original y atrevido trabajo de Cabezas, que de la mano de un comercial Mario Casas (en el mejor papel de su carrera), sorprenderán al espectador y le harán pasar una noche entretenida. Sin duda Cabezas y su Carne de Neón, apuntan a ser una de las sorpresas del cine español en este 2011.
Lo mejor:
 -La unión entre la comedia y la acción, que se combinan estallando en escenas espectaculares. La actuación de los personajes de Mario Casas y Ángela Molina.
Lo peor:
 -Las escenas en las que hay un tiroteo de por medio. Dejan un sabor de boca extraño, aunque no influyen en el resto de la película.

Clásicos de Autor; Ingmar Bergman y El Séptimo Sello

Inauguramos en El Cine Que Vivimos Peligrosamente una nueva sección dedicada a recuperar todas aquellas películas con "denominación de origen. Aquellas cintas que, de una forma u otra, nos han apasionado pero ante las que hemos tenido que recurrir a la crítica especializada o a libros de análisis y estudios específicos para poder entender mejor la temática de la trama.
Somos conscientes de la importancia de estas películas y por ello nuestra propia interpretación de las mismas es algo muy importante a la hora de hablar de estas masterpieces que están ya olvidadas en detrimento del paso de los años y lo cambiante del público cinematográfico.
La primera de las películas a analizar será una auténtica obra maestra del cine europeo. Dirigida por el gran Ingmar Bergman, aquel al que muchos odiarán por ser excesivamente excelso en sus narraciones y proporcionar unos largos ratos de cine que llegan a resultar interminables. Bien es cierto que Bergman pasará a la historia por este "mal", pero nos deja una larga lista de películas que merecen un calificativo aparte a la hora de escribir sobre ellas. Persona, Fresas Salvajes, Fanny y Alexander y El Séptimo Sello son, quizás, sus obras cumbre. Y qué mejor forma de empezar este repaso por los clásicos de autor que haciéndolo de la mano del director sueco en una de sus cintas más absorbentes: El Séptimo Sello.
Cuando hablamos de esta película, a todo el imaginario cinéfilo de este planeta le viene a la imaginación la secuencia en la que la Muerte y el Caballero están sentados, uno enfrente de otro, jugando una larga partida de ajedrez. Sin embargo, el visionado de la película (al ojo primerizo) se antoja largo, pesado y con una comprensión limitada. Hay que bucear en la mente de Bergman y dejarse llevar por un guión maravillosamente redactado. La mano para empezar nuestro camino nos la tiende uno de los grandes actores del cine europeo, Max Von Sydow, eterno intérprete de El Exorcista o La Historia Más Grande Jamás Contada.
El título es ya una reminiscencia bíblica que hace referencia al séptimo sello que narra San Juan en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis. Éste libro es un retrato de un sueño que el santo tuvo acerca del fin del mundo y la llegada de la tiniebla eterna para dar paso a toda una serie de acontecimientos que pondrían término al mundo tal y como lo conocemos. Bergman era hijo de un pastor luterano, de ahí su profundo conocimiento del tratamiento religioso del ser humano. La vida, el pecado, la muerte y la redención son temas recurrentes en su infancia y en todas y cada una de sus películas, el director los reflejará como símbolo de la idea de "ser humano".
Si por algo se caracteriza El Séptimo Sello es por ofrecer una imagen de la psique del hombre, de sus tribulaciones y dudas, actual y totalmente moderna. Sin embargo, Bergman teje un tapiz medieval en el que nosotros mismos estamos identificados en la figura del Caballero, un hombre que vuelve a su hogar procedente de las Cruzadas y comienza a cuestionarse su propia existencia mientras interacciona con otros miembros de la vida creada por ese ser superior que él no alcanza a identificar. Nadie en la película tiene las respuestas para absolutamente nada. Ni los juglares, ni el herrero, ni la bruja. Nadie. Tan solo hay una persona que posee un conocimiento supremo que le lleva a aventurarse hacia tierras extrañas y a entablar relación con cualquier persona sea de la índole que sea y provenga de donde provenga: el Escudero. 
El Séptimo Sello está dividida en capítulos. Identificados claramente con un fundido a negro, las secuencias nos van atormentando mientras las vamos contemplando. No somos conscientes del viaje por nuestra existencia al que vamos a asistir hasta que no llegamos hasta el nudo de la trama y las preguntas que se hace el Caballero comenzamos a hacérnoslas a nosotros mismos. Es ahí cuando nos damos cuenta de que hemos caído presos del encanto de la película.
La primera escena es clarividente. El Caballero se encuentra en una playa. Todo viene a ser una alegoría del mismo tema: la muerte. ¿Por qué la playa? La costa es un límite, una barrera, un término. Allí acaba la tierra y empieza el mar. Un mundo diferente. Algo que nos es desconocido. Sabemos que está ahí pero no sabemos lo que esconde, sólo lo que nos han dicho o creemos haber visto. Y en ese momento, aparece la Muerte. 
Hay un tablero de ajedrez. El Caballero es el que escoge las piezas, no la Muerte. Parece que siempre vemos, a lo largo del metraje, una cierta superioridad del humano frente al no humano, pero la Muerte siempre aparece con un brazo en ángulo de 90º con su larga capa negra ocultando ese misterioso rincón en el cual todos habremos de dormitar algún día. En esa partida no hay reglas aparentes. Es un juego largo, donde todos jugamos y hemos de esquivar los jaques con los que nos encontramos a lo largo de nuestra existencia.
El Séptimo Sello posee escenas de una calidad técnica y narrativa realmente envidiable. La cámara se introduce de lleno en las vidas de los protagonistas y somos testigos del peligro que corren todos y cada uno de ellos. Un matrimonio, un Caballero, una joven virgen acusada de brujería y hasta un niño de poco más de un año sobre el que el espectro de la Muerte también tiende su sombría mano. Llegamos incluso a escuchar el Dies Irae de Mozart, una de las piezas integrantes del Réquiem del compositor austriaco mientras asistimos a una lúgubre procesión de almas penitentes aquejadas del mal de la peste negra, algo usual en la Suecia medieval.
Claroscuros, manejo de la técnica y una auténtica lección de cine es lo que nos ofrece Bergman en esta película que posee una de las fotografías más espectaculares de la historia del Cine europeo. Símbolos y alegorías de la vida y la muerte, siendo todos víctimas de ese fin de la existencia que siempre se ha proclamado. Nada queda, todo fluye. Es aquí cuando encontramos sentido a la aparición del río en la película. Naciendo en la montaña y muriendo en el mar es una alegoría de la propia existencia humana cuyo final es inevitable. 
Max Von Sydow le hace, en un momento determinado y clave de la película, un jaque a la muerte. Es ahí cuando el mensaje esperanzador del director comienza a tomar forma. No se puede evitar ese "fin de los días" pero Bergman quiere que así lo pensemos, que seamos optimistas y no pensemos en la muerte sino en todo el río de vida que queda por vivir.
El Séptimo Sello. Si usted se decide a verla, prepare su mente ante el viaje que hará por su propia consciencia. La vida y la muerte jamás estuvieron tan unidas como en este tapiz del Medievo que nos ha tejido, hilo a hilo, el gran director sueco Ingmar Bergman. 

68º edición Globos de Oro; Boardwalk Empire ya reina en televisión

 La 68 edición de los Globos de Oro, celebrada el pasado domingo 16 de Enero bajo la conducción del cómico británico Ricky Gervais,  viene a certificar la irrupción de una nueva serie en el selecto grupo de joyas del panorama televisivo actual. Boardwalk Empire, estrenada el pasado mes de septiembre en Estados Unidos con el patronazgo de Martin Scorsese y la dirección de los responsables de Los Soprano, Terence Winter y Tim Van Patten, se ha erigido como la gran vencedora de una noche de premios sin grandes sorpresas aunque con la certera sensación de que la calidad y la creatividad se dan hoy día cita en el medio televisivo.
 Sólo así podríamos entender la ingente inversión (económica y profesional) depositada en una serie como Boardwalk Empire, deudora del más puro estilo Scorsese, a la que se han sumado actores tan emblemáticos y consolidados como Steve Buscemi, ganador del Globo de Oro al Mejor Actor de Drama, y al fín con un rol estelar en la ficción.
Y es que la serie, más allá de la minuciosa recreación de una época tan oscura como controvertida que coincide con el periodo de aplicación de la Ley Seca en Estados Unidos (aquí en Atlantic City), recupera en cierto modo los patrones olvidados del cine clásico, ese género de gángsters sin escrúpulos, dobles morales y víctimas colaterales insertos en un escenario cerrado de miserias y traiciones. Y además lo hace con el formato de una serie televisiva idóneo para la profundización emocional de los personajes y el desarrollo pausado de los acontecimientos. El resultado no podía haber sido mejor, además de su calurosa aceptación entre el público, ahora la crítica le concede el Globo de Oro a la mejor serie dramática por encima de apuestas tan excepcionales como Mad Men, Dexter o The Walking Dead.
 No obstante, la gala de los Globos de Oro en su apartado televisivo proveyó de muchos más titulares de importante, la mayoría relacionados con el éxito apabullante de la comedia musical Glee, el producto televisivo que más galardones cosechó en la noche del domingo. La serie de adolescentes concebida por Ryan Murphy consiguió revalidar el premio a la mejor serie de comedia, ya alcanzado el año anterior, venciendo a pesos pesados de la parrilla estadounidense como The Big Bang Theory, Modern Family o Rockefeller Plaza. Además, sus actores secundarios Chris Colfer y Jane Lynch también fueron galardonados, haciendo de Glee ua de las series más premiadas de los últimos tiempos con tan solo dos temporadas de andadura.
 En el resto de categorías interpretativas, cabría destacar el premio concedido a Katey Sagal por su papel en la serie de moteros Sons of Anarchy, por delante de la favorita Julianne Margulies (The Good Wife); o el merecido reconocimiento a la maravillosa actirz Laura Linney por su interpretación en The Big C, la cáustica ficción de Showtime creada por Bill Condon. En el apartado masculino fue de nuevo Jim Parsons el vencedor de la noche, corroborando su estratosférica carrera iniciada en The Big Bang Theory, por la que ya recibió el máximo galardón en la pasada edición de los Emmys.
 Para finalizar, debemos apuntar la sorpresiva victoria de la miniserie francesa Carlos, de Olivier Assayas, que supera de este modo las expectativas depositadas en The Pacific, Los Pilares de la Tierra o No Conoces a Jack. Precisamente por su interpretación en esta última, Al Pacino regresa a una gala de premios por la puerta grande, acompañando en la terna de vencedores a Claire Danes, quien da vida a Temple Grandin en la teleserie homónima.
Con la entrega de los Globos de Oro, la temporada de galardones televisivos se cierra por el momento. Ahora sólo queda esperar con entusiasmo las nuevas propuestas televisivas que comienzan a llegar paulatinamente en este comienzo del año 2011.

Unos Globos Sin Sorpresa

Al menos en lo que a cine se refiere. El que os escribe siguió puntualmente anoche la ceremonia de entrega de los Globos de Oro en una de sus ediciones más previsibles e insulsas. Poca emoción puesto que todos, indirectamente, sabíamos el nombre de prácticamente todos los ganadores en casi todas las categorías.
Comenzamos por el cine, que es casi lo primero a lo que debemos prestar atención aunque últimamente es casi mejor atender a las últimas propuestas televisivas que a las repetitivas y cualitativamente precarias que el cine nos ofrece. 
La cinta más nominada y que, a priori, partía como gran favorita era El Discurso del Rey. Con siete nominaciones sólo consiguió alzar el premio correspondiente para la gran labor de su intérprete, el gran actor británico Colin Firth, en el apartado de Mejor Actor de Drama. Un premio que estaba cantado si tenemos en cuenta la competencia que tenía. Ni el apavado Jesse Eisenberg, ni James Franco, ni Mark Walhberg ni tampoco Ryan Gosling han sido un duro hueso para el protagonista de La Joven de la Perla o Un Hombre Soltero. 
Otro premio sin sorpresa fue el referente a la Mejor Actriz de Drama, el cual recayó en la gran Natalie Portman, que ya apuntaba maneras de buena intérprete en Closer, por la que consiguió el premio a la Mejor Actriz de Reparto allá por 2004. En Cisne Negro ofrece el mejor registro de su carrera en una de las películas imprescindibles de este 2011. Ambos premios, a los actores dramáticos, están más que justificados y muy bien merecidos.
En los apartados principales tales como Mejor Película de Drama y Comedia, las ganadoras resultaron ser La Red Social y Los Chicos Están Bien, la película que se perfila como la "apuesta independiente del año". En cuanto a la cinta de David Fincher, que resultó premiado por su labor en la realización con el galardón a la Mejor Dirección por La Red Social, no hubo ninguna sorpresa puesto que la película que narra el nacimiento y primeros pasos de Facebook se llevó cuatro de los seis premios a los que optaba: Mejor Película (Drama), Mejor Director, Mejor Guión y Mejor Banda Sonora, quizás lo más sorprendente puesto que ésta cinta no posee un score determinado, dejando en el camino a grandes como Hans Zimmer por Origen, Alexandre Desplat por El Discurso del Rey o Danny Elfman por la partitura de Alicia en el País de las Maravillas. 
En el terreno más ligero, el de la Comedia o Musical, los actores premiados han sido el siempre cumplidor Paul Giamatti por El Mundo Según Barney y la veterana Annette Bening por Los Chicos Están Bien.
A los actores secundarios también se les tiene la sana costumbre de premiar. Y este año no ha sido menos. El primer premio de la noche fue a parar a las manos de Christian Bale por The Fighter, una película que ya parece repetitiva en el tema del boxeo pero que habrá que visionar para valorar mejor las actuaciones todos sus protagonistas entre los que incluimos a Mark Walhberg, Amy Adams y Melissa Leo, también premiada a la Mejor Actriz de Reparto.
La sorpresa la ha dado la Mejor Película de Habla No Inglesa. Cuando todos creíamos que la ganadora iba a ser o El Concierto o Biutiful, la vencedora fue una cinta que tuvimos ocasión de ver en el Festival de Cine Europeo de Sevilla: En Un Mundo Mejor, dirigida por la danesa Susanne Bier. Un excelente drama que se ha colocado como una película de referencia en el cine europeo y que promete de cara a la próxima edición de los premios Oscar.
Y para terminar, y antes de que Jesús Benabat nos traiga su valoración sobre los premios de la televisión, termino alegrándome por uno de los premios que más me ha emocionado en la pasada noche: el referente a la Mejor Película de Animación: Toy Story 3. Ese homenaje a la infancia perdida con esos juguetes tan queridos por generaciones de espectadores ha sido una de las mejores películas del año muy por encima de algunas películas multipremiadas en esta excesivamente predecible gala de los Globos de Oro 2011.

Crítica Animal Kingdom; El oscuro e implacable submundo de la familia y el crimen

 7/10
Dentro del monolítico panorama cinematográfico internacional, donde la producción norteamericana prevalece de forma casi exclusiva (al menos en el circuito comercial), son escasas las sorpresas que suscitan una ruptura estimable entre los encorsetados géneros apuntalados por la rutina diaria de filmación industrial. Es por ello que cuando una película consigue franquear las rígidas fronteras de los círculos minoritarios con mucho valor y no menores dosis de calidad internándose en la implacable selva del mercado, su valor intrínseco asciende hasta cotas que ningún otro producto convencional hubiese alcanzado. E
se es el caso de Animal Kingdom, un film australiano de bajo presupuesto dirigido por un realizador novel, David Michod, e interpretado por un elenco de actores desconocidos para el público internacional (a excepción de Guy Pearce), que narra de forma descarnada la subterránea guerra librada entre la policía y las bandas mafiosas de los barrios periféricos de Melbourne. A primera vista eran pocos los alicientes que hiciesen presagiar una exhibición más allá del territorio australiano, sin embargo su éxito en el pasado Festival de Sundance, donde se alzó con el Premio Internacional a la Mejor Película de Drama, han hecho de este film una de las más gratas sorpresas de este 2011 recién estrenado y una apuesta atractiva que servirá de contrapunto necesario de cara a la temporada de galardones.
Su planteamiento no dista demasiado del género gansteril norteamericano, basado en el perpetuo conflicto dialéctico entre las fuerzas del orden y esos elementos discordes que adhieren un evidente componente caótico a la sociedad. Sin embargo, el film de Michod  aborda todo ello desde una óptica diametralmente opuesta a la desarrollada por realizadores legendarios como Martin Scorsese o incluso por la magistralmente concebida serie televisiva Los Soprano. Alejada de la espectacularidad morbosa de asesinatos, intrigas, filtraciones y ajusticiamientos inherentes al extenso imaginario social forjado en torno al mundo del hampa, Animal Kingdom aporta una visión brutal, seca, directa y despiadada del soterrado y complejo cosmos por el que se mueven esos inefables personajes que aúnan de forma pasmosa la inhumanidad de sus actos con la íntima defensa de su identidad como comunidad, como familia aglutinadora de una honda y coherente moralidad.
La familia se erige aquí como una férrea superestructura canalizadora de los impulsos y delirios de sus miembros sin importar las consecuencias de estos siempre que la unidad sea garantizada. Como tal, el funcionamiento interno de la familia no dista demasiado de la de una organización criminal cuyo núcleo directivo toma las decisiones pertinentes para su salvaguardia. En este caso, es la figura femenina materna (una inspiradísima Jacki Weaver que suena para los Oscar) la que extiende sus lazos hacia allá donde sea necesario para preservar la pervivencia de sus hijos, a los que de igual modo fuerza a tomar caminos divergentes según los dictámenes convenientes en cada momento.
De esta forma, Animal Kingdom no deja de ser un descarnado retrato de las secuelas acarreadas por la familia como origen de buena parte de las perversidades de este mundo, así como de las escasas posibilidades de los miembros que se desarrollan, son poder de elección alguno, en su seno. Cómo escapar de la inmundicia moral cuando tu madre es una drogadicta que muere de una sobredosis (sencillamente brillante la escena con la que arranca la película) y en su ausencia eres acogido por tu abuela y su familia de criminales. Cómo extraer la valentía necesaria de una personalidad aún por construir para afrontar la demente cotidianeidad a la que te ves abocado. Cómo discernir las tenues fronteras entre el Bien y el Mal cuando jamás has tenido percepción ni de uno ni de otro. Dilemas que se le presentan a Josh, nuestro protagonista, en su arduo camino hacia una madurez obscura e incierta.
David Michod consigue hilar fino en buena parte de la trama de este lacerante y feroz retrato de los bajos fondos humanos con un estilo digno de elogio basado en un verismo demoledor y un autoconsciente distanciamiento del vano espectáculo. Y es que sorprende el modo en el que están filmadas las escenas de acción, elegancia desprovista de artificios, como un aspecto más de la rutina diaria de una familia acostumbrada a luchar por su supervivencia. El elenco también aporta una inestimable carga de autenticidad con unas interpretaciones sinceras y profundas, desde el joven protagonista, James Frecheville, hasta el maquiavélico hermano mayor, al que da vida de un modo fascinante Ben Mendelsohn, pasando por los mencionados Jacki Weaver o Guy Pearce (como el detective con escrúpulos). De hecho, sus rostros son examinados con metódico detenimiento por la cámara inclemente de Michod, quien recurre de forma reiterada (y en ocasiones excesiva) a la ralentización de la imagen como recurso visual para la profundización emocional de los mismos (incluso adquieren cierta dimensión salvaje en su interacción cotidiana). Es una lástima que, no obstante, ciertos personajes queden algo desdibujados en su retrato y no se nos presentan como esos animales insertos en su infinito y complejo universo.
Animal Kingdom es un poderoso y ambicioso film que bucea en los códigos del género noir para más tarde imponer sus propios patrones artísticos basados en la aspereza de la imagen y la dureza de una violencia implícita que permanece latente aunque imperceptible a lo largo de las dos horas de película (hubiese sido recomendable comprimir el último tramo). David Michod ha entrado de forma silenciosa en la maraña inextricable del mercado cinematográfico internacional, pero con unas credenciales que lo legitiman para su seguimiento en próximas ocasiones. Su ópera prima ha conseguido lo más difícil, ahora sólo queda evolucionar como director de un incontestable estilo.

Nominaciones a los Premios Goya 2011; El idilio del cine español con su presidente

 El cine español suele ser, de forma recurrente, sujeto pasivo de toda clase de críticas y desprecios varios por parte de un público que ha asimilado con entusiasmo los patrones culturales estadounidenses (en este caso, en el ámbito cinematográfico) y rechazado, consecuentemente la peculiar visión de nuestros autores. Y, en ocasiones, no están faltos de razones en este manifiesto malestar ante la calidad cuanto menos cuestionable de las diferentes propuestas anuales. No obstante, este es el cine que tenemos, el que debemos defender como patrimonio cultural irrenunciable, ese que muestra la realidad única de nuestro país tal y como la sentimos; es, al fin y al cabo, ese reflejo tan necesario donde mirarnos. Los premios Goya son, en ese sentido, una fiesta en la que rememorar, más allá de ausencias sorpredendes, candidaturas cuestionables o cierta monotonía entre las elegidas, lo mejor que nos ha dejado en el año el cine español.
Con el reciente anuncio de los nominados para la gran gala del próximo 13 de Febrero (presentadas como el año pasado por Andreu Buenafuente), nos van quedando algunas cosas meridianamente claras. Una de ellas es que el cine español vive un curioso affaire con unos de los autores más genuinos del panorama nacional, el cual compagina sus labores de hábil diplomático entre las bambalinas de la Academia con su faceta más puramente creativa. En virtud de esta última ha cosechado nada menos que 15 candidaturas para la presente edición de los Goya, donde su última creación,  Balada triste de Trompeta parte como clara favorita acaparando buena parte de las categorías a concurso, incluyendo Mejor Película y Director, y erigiéndose como la producción más importante del año también auspiciada por su apreciable paso por taquilla.
Otra de las enseñanzas extraídas de este esperado anuncio de nominaciones ha sido el escaso plantel de posibilidades ofrecidas a los académicos españoles para la confección de su terna de favoritas. Se echan de menos más producciones de envergadura que compitan tanto por galardones como por el beneplácito del público, demasiado alejado (salvo juveniles excepciones) de la realidad cinematográfica del país. De este modo, no es de extrañar que tan sólo cuatro películas compartan la mayor parte de las candidaturas. Si la mencionada Balada triste de trompeta acumula 15, Pan Negro, la casi inédita película de Agustí Villaronga (que ya sorprendió en el pasado Festival de San Sebastián) le sigue a la zaga con 14, También la Lluvia, la recién estrenada obra de Icíar Bollaín, hace lo propio con 13 y Buried (Enterrado) la radical apuesta de Rodrigo Cortés por el cine de género, algo más alejada, con 10, completan la terna de favoritas como candidatas a las categorías de mayor enjundia.
En el apartado interpretativo, destaca la reeditada pugna figurada entre Javier Bardem (claro favorito por su desgarrado rol en Biutiful) y Luis Tosar, a los que secundan Antonio de la Torre (la ausencia de Carlos Areces es cuanto menos sorprendente teniendo en cuenta que él es el verdadero protagonista de Balada triste de Trompeta) y el norteamericano Ryan Reynolds; al mismo tiempo que entre los secundarios sobresale la majestuosa presencia de Karre Elejalde en También la lluvia, quien tendrá una dura competencia con Sergi López (Pan Negro), Eduard Fernández (Biutiful) y Álex Angulo (El gran Vázquez). Entre las féminas, Nora Navas, galardonada en San Sebastián por su papel en Pan Negro, parte como favorita frente a intérpretes de la entidad de Emma Suárez (La Mosquitera), Belén Rueda (Los Ojos de Julia) y Elena Anaya (Habitación en Roma), mientras que en los roles secundarios la veterana Terele Pávez (Balada triste) buscará el galardón ante la siempre magnífica Laia Marull (Pan Negro), Pilar López de Ayala (Lope) y Ana Wagener (Biutiful).
En las categorías técnicas, la cinta de época Lope se erige como la principal candidata a los premios, a los que concurre con siete nominaciones. En clara contraposición, en las categorías de noveles es donde se dan cita buena parte de las propuestas más personales del año, dando cabida a cintas como Bon Apettit, Planes para Mañana, Elisa K o Todas las canciones hablan de mí. Entre las curiosidades, destaca la nominación al Mejor Guión adaptado para 3 metros sobre el cielo (comentarios aparte) o el injustificado olvido de la nueva película de Fernando León de Aranoa, Amador.
Así pues, tan sólo quedan algunas semanas para conocer definitivamente qué producciones españoles se alzarán con la gloria en una gala que promete hacer perdurar la figura de Álex de la Iglesia como representante supremo de nuestro cine. Desde luego, lo preferimos a otros inefables personajes ministeriales.
Consulte el listado completo de nominados aquí

Crítica Los Próximos Tres Días; El thriller necesita reinventarse

 4/10
Una de las características primordiales del thriller norteamericano es su audaz invitación al espectador a que halle verosimilitud en un trama sustentada en la espectacularidad de unos hechos poco creibles. Es cierto que, en ocasiones, el buen oficio del realizador o el guionista camufla la total falta de principios veraces con una maquinaria argumental artificiosa aunque elaborada, y en otras, es el propio espectador quien claudica en sus mínimas exigencias de autenticidad en favor del mero entretenimiento. Es una verdadera lástima que Los Próximos Tres Días no se inscriba en ninguna de las dos anteriores modalidades y quede en una suerte de limbo cinematográfico donde todo parece ser excesivo, barroco y definitivamente inconcebible.
La sombra de sospecha sobre la honestidad de su director, el laureado Paul Haggis, no ayuda demasiado, por otra parte,  a la hora de analizar su última película. Lanzado a la fama por su labor como guionista en la oscarizada Million Dollar Baby de Clint Eastwood, Haggis se lanzó a la dirección con Crash (con la que cosechó el Oscar al Mejor Guión y Película), un efectista compendio de cuadros hiperrealistas en torno a los prejuicios raciales que ocultaba bajo la dureza de su tono y la espectacularidad de la acción un vacuo mensaje con ínfulas de discurso moral. En su siguiente película, En el valle de Elah, alcanzó ciertas cotas de credibilidad con una rotunda historia sobre los efectos de la guerra de Irak en los familiares de los soldados desaparecidos con un Tommy Lee Jones estelar, aunque, en el fondo, volviera a pecar de cierta tibieza a la hora de internarse en los farragosos terrenos de la política presidencial.  Ahora Haggis regresa con un remake de una cinta francesa del 2007, Pour Elle, que muestra la peligrosa dinámica de anquilosamiento creativo que vive Hollywood basada en la adaptación cuasi idéntica de propuestas europeas al mercado norteamericano, algo en lo que incidirá Haggis en su próxima película, Celda 211, remake de la exitosa cinta española de Daniel Monzón. 
Los Próximos Tres Días parte de una interesante premisa para un thriller de acción basada en el inesperado arresto de una mujer (interpretada por Elizabeth Banks) con marido e hijo por el supuesto asesinato de su jefa, hecho que no se corrobora ni desmiente hasta el mismo desenlace de la película con el objeto de añadir cierto suspense a los desesperados intentos del marido por sacar a su mujer de la cárcel. Y es que, cómo justificar el minucioso plan de John Brennan, el cual incluía un extenso repertorio de actividades ilícitas de suma gravedad (como el asesinato), cuando una manifiesta sombra de duda se cierne sobre los actos de su esposa, declarada culpable por todos los tribunales a tenor de las pruebas recogidas. Finalmente, la dicotomía moral, que por otro lado nunca amenaza la férrea disposición del protagonista, se resuelve de forma apresurada, previsible y vulgar con la introducción de un flashback explicativo que aúna la simpatía del público en torno al improbable héroe.
La sensación general suscitada es que Los Próximos Tres Días camina lindando con los peligrosos terrenos del telefilm de sobremesa cuando apuesta por abordar el complejo universo emocional de sus personajes, con una narración torpe y convencional que desaprovecha los alicientes del material original. Tan sólo en la recreación de algunas escenas de acción y parte de la ardua planificación de Brennan la película consigue salir a flote, manteniendo la atención del público con un ritmo sostenido y el buen hacer de Russel Crowe, quien carga sobre sus espaldas con todo el peso de la trama. Desgraciadamente, en el tramo final todo adquiere un cariz demasiado inverosímil que alimenta las dudas del público sobre la credibilidad de una película tan aparatosa como vacía.
Haggis lo ha vuelto hacer. Ha antepuesto el espectáculo a la honestidad de forma tan flagrante que su falta de principios queda de nuevo al descubierto. Y eso no se le puede perdonar. Los Próximos Tres Días entretiene a ratos como thriller de interesante planteamiento y momentos de acción verdaderamente intrigantes, pero deja ese amargo poso de desconfianza propio de los productos envasados en largas cadenas de producción. Podríamos habernos dejado embaucar, sin embargo, el balance general nos invita a lo contrario. La necesidad de perfeccionar las técnicas de un género tan manido como el thriller se hace, de esta manera, imperiosa si se desea la adhesión de un público experimientado en trampas argumentales y giros efectistas.

Crítica También la Lluvia; Miserias y desengaños cinematográficos de una historia que se repite

7'5/10
Parece que el cine social o de denuncia no vive un buen momento en el panorama actual de banalidades varias. Las ínfulas de autoría de algunos valientes que anteponen al espectáculo o al ejercicio del más convencional cine de género la defensa irredenta de unos determinados ideales desde una posición tan parcial como honesta, pronto son desacreditadas por la intelectual élite de expertos, quienes contagian su desconfianza ante un supuesto maniqueísmo al resto de la sociedad, poco proclive a ser 'manipulada' de forma consciente (aunque sin duda lo es, y no precisamente sutilmente). Se echan en falta autores comprometidos, que denuncien y pongan en la picota pública cuestiones que otros no tienen los arrestos o el respaldo suficiente para plantearlas.
También la lluvia no es particularmente una película panfletaria de postulados virulentos. Icíar Bollaín, quien ya mostró con un didacticismo demoledor la tragedia de la violencia doméstica en Te doy mis ojos, opta aquí por tomar un camino intermedio en el retrato de una realidad latente en Sudamérica, la extensión de un nuevo imperialismo económico y las penurias padecidas por la población local ante la corrupción de sus gobernantes, al contraponerla desde una óptica muy cinematográfica con la colonización española de finales del siglo XV. Lo verdaderamente alarmante es que, tal y como se desarrolla la acción, las similitudes históricas son manifiestas y la sensación de estar asistiendo a un deja vù de siniestra actualidad termina por erigir la película en una descarnada muestra de lo poco que se ha avanzado en siglos de modernidad.
Bollaín juega en este interesante baile de espejos con una serie de personajes apegados a una realidad concreta donde los ideales son reforzados o se difuminan a tenor de las circunstancias a las que los hechos les aboquen. Así, hallamos a Sebastián (Gael García Bernal), un entusiasta director de cine que traslada a su equipo de producción hasta Cochabamba (Bolivia) para recrear la histórica llegada de Cristóbal Colón a tierras americanas, así como la épica resistencia de un pueblo que se negaba a rendir pleitesía (o impuestos) a hombres que ni siquiera entendían.
Su visión del cruel y despótico gobierno de Colón le hacen posicionarse a favor de la población local masacrada, sin embargo, desoirá el clamor suscitado en el año 2000 en la ciudad boliviana a raíz de la privatización del agua en manos de una empresa norteamericana cuando este se interpone en la filmación de su obra. En una interesante conversación con el alcalde de la ciudad, Sebastián pregunta cómo podrán afrontar los ciudadanos la subida del agua en un 300% con tan sólo dos dólares al día de renta, a lo que el primero replica recordando el sueldo de los extras y actores contratados para la película, también de dos dólares. En un proceso inverso, Costa, el productor de la película al que da vida Luis Tosar, camina desde un cinismo occidental y descreído hasta una posición de compromiso que le lleva a arriesgar su propia vida por las exigencias de un guión demasiado real para ser obviado.
En También la lluvia asistimos a dos películas cuyo nexo de unión podría enclavarse en torno a la figura del personaje interpretado (con gran veracidad) por el actor amateur Juan Carlos Aduviri, líder de la insurrección popular conocida como la 'guerra del agua' del 2000 y pieza clave en el rodaje de la película de Sebastián, donde da vida al jefe indígena que lucha contra la dominación española. A partir de él se vertebra el verdadero mensaje de la cinta de Bollaín al canalizar el espíritu combativo de la resistencia y la fragilidad de la nimia pieza de un gigantesco puzzle de intereses, como una suerte de constante histórica que desvela las miserias que unos y otros hacen aflorar para la consecución de unos fines personales sin apenas percatarse de las terribles consecuencias acarreadas en los más débiles, golpeados una vez más en un macabro bucle de desgracias.
Pertrechada con el sólido guión de Paul Laverty, responsable de buena parte de los libretos del cine de Ken Loach, Icíar Bollaín compone un interesante ejercicio histórico-social de evidentes tintes contestatarios filmado con tensión y buen oficio, y apoyado por un atractivo elenco de actores de incontestable talento encabezado por el mencionado Gael García Bernal, el omnipresente Luis Tosar (como el productor cinematográfico de la película), un Karra Elejalde particularmente inspirado dando vida a un actor descreído que interpreta a Colón, el genial Raúl Arévalo como Antonio Montesinos y el televisivo Carlos Santos en la piel de Bartolomé de las Casas. El resultado es una película de notable envergadura que naufraga en algunos momentos por la escasa originalidad en la puesta de escena de 'la otra película', pero que finalmente se impone por la honestidad de sus postulados y la sutil contraposición de épocas que no resultan ser tan diferentes. Bollaín arriesga en esta particular muestra de cine de denuncia y certifica que aún hay vida más allá del entretenimiento sin más.

Trilogía Toy Story: La magia de esos juguetes que aún nos hacen soñar... (Parte II)

Toy Story  9/10

Más allá del fascinante hallazgo visual que suponía este primer largometraje de animación de la historia, Toy Story 1 cosechó el privilegio de aunar de modo particularmente exitoso los aplausos de públicos antagónicos que incluían a adultos de diferentes sensibilidades y a los más pequeños de la casa. Su fórmula era sencilla aunque hasta ahora inédita en el labrado género infantil, que a partir de este momento y bajo el sello Pixar iba a verse desbordado por el entusiasmo de los no tan niños. No había más que conjugar en su justa medida acción, humor, aventura, ciertas dosis de nostalgia y un hondo mensaje moral ensalzador de valores como la amistad para componer un producto deliciosamente tierno, gozoso en todas sus vertientes y con aroma del mejor cine moderno que quedaba por llegar.
Y todo ello giraba en torno a una pareja aparentemente irreconciliable por sus orígenes opuestos; un guardián estelar con un sinfín de espectaculares accesorios sonoros y luminosos para combatir la amenaza galáctica representada por el malvado emperador Zurg, y un sherrif de trapo con cordel a la espalda mucho más analógico que su heróico compañero; componiendo ambos un claro símbolo de la inicialmente compleja simbiosis entre la apabullante tecnología postmoderna y el encanto desvaído del pasado, aquí ilustrado con dos juguetes de diferentes virtudes aunque con idéntica finalidad.Las complejas y tensas dinámicas establecidas entre ambos y relacionadas con un evidente sentimiento de amenaza (como con todo lo nuevo) desembocan de forma sutil y sin maniqueísmo en una relación de confianza labrada por la vivencia de trepidantes aventuras.
El resto era un maravilloso compendio de personajes secundarios con un carisma incontestable (ese Señor Patata malencarado y desconfiado) aglutinados en una trama de frenética acción con momentos de verdadera lucidez (cuando Buzz se percata de su verdadera naturaleza y acaba tomando té con una colección de grotescas muñecas, o esa persecucción a lomos del coche teledirigido más tarde cambiado por un cohete hasta aterrizar 'con estilo' en el coche de Andy). Una obra maestra que daba inicio a una saga y un género de infinita creatividad.
 Toy Story 2   8/10

Contradiciendo esa máxima repetida hasta la saciedad que reza que segundas partes nunca fueron buenas, gran parte del equipo técnico-artístico que ya concibió Toy Story se lanzaron a la ardua tarea de repetir éxito (fundamentalmente en el ámbito de la crítica pues el público acudiría en masa a las salas con la grata impresión aún de su predecesora) tan sólo cuatro años más tarde y con unos objetivos aún más ambiciosos. Los juguetes de Andy, felizmente instalados en su nuevo hogar, se enfrentaban a una compleja situación tras el rapto del sherrif Woody por parte de un coleccionista de piezas clásicas que pretendía venderlo a un museo japonés junto al resto de su equipo original, en el cual se incluían una entusiasta vaquera, un viejo patrón y el fiel caballo Perdigón. No obstante, Buzz y compañía no lo iban a permitir tan fácilmente y se adentrarían en una apasionante aventura que los llevó hasta unos grandes almacenes de juguetes donde hallarían nuevos aliados e incluso un despiadado enemigo galáctico.
El espíritu de esta segunda entrega era prácticamente idéntico al que dio vida a estos juguetes con corazón tan sólo unos años atrás, y ahí es donde radica su valor como continuación o extensión de una historia fascinante, más allá de dinámicas mercantilistas donde la única razón de su existencia hubiese sido la perpetuación momentánea de unos pingües beneficios. Aquí John Lasseter cuidó con tesón a su criatura y la dotó de mayor profundidad en el retrato de sus personajes y el desarrollo de una trama más ambiciosa que no eludía un vasto repertorio de escenarios exteriores donde colocar, como en una particular odisea, a sus entrañables juguetes antes de regresar al hogar. Y es que más allá de eventuales villanos de plástico, el verdadero antagonista de esta película era, desde una óptica tan demoledora como irónica, esa perversión adulta que dota a objetos tan fútiles y a la vez maravillosos como los juguetes de una naturaleza cuasi mitológica que los aleja de su verdadero fin; piezas irremplazables de la imaginación desbordante de un niño. 
Toy Story 3   9'5/10

Podemos tan sólo imaginar las inconclusas y desquiciantes reescrituras y divagaciones en torno al guión de este esperado cierre de trilogía a tenor de la perfección emocional y cinematográfica de la obra final. Y es que la brillantez pasmosa de la que hace gala esta tercera entrega de Toy Story sólo puede ser fruto de una concienzuda confección desarrollada a lo largo de once años, asentada en la mente de sus creadores y aflorando en ese preciso instante para el deleite de medio mundo. Todo aquí huele a clásico, a buen cine, a una creatividad sin límites, a una ingeniosa e implacable maquinaria de suscitar emociones tan hondas como las relacionadas con nuestra infancia.
Andy ha crecido, la Universidad le espera, y sus juguetes permanecen inquietos en el oscuro baúl al que la incipiente madurez de 'su niño' les ha relegado de modo irrevocable. Un aciago destino que muta súbitamente cuando un cúmulo de equívocos lleva a la pintoresca troupe hasta la idílica guardería de Sunnyside, un paraiso para juguetes regentado por un gran oso rosa que huele a fresas y sus amables esbirros (entre ellos un seductor y descacharrante Ken). Sin embargo, las apariencias iniciales dan paso rápidamente a la verdadera realidad del lugar y, tras una sesión acelerada de tortura a cargo niños pequeños descontrolados, nuestros amigos descubren que se encuentran encerrados en una cárcel de la que deberán escapar para salvaguardar su propia integridad física, aunque sea al más puro estilo "la gran evasión".La crítica completa aquí.
Un puro goce para los sentidos a partir de una trama de acción sostenida, humor inteligente, sutil ironía, intriga electrizante y mucha, mucha ternura. Como paradigma de ello, un final memorable devenido en lección magistral de cine con mayúsculas, emotivo hasta la conmoción, prodigioso en la administración de los tiempos, delicado e ingenioso en el hábil y desgarrado desenlace. Tan sólo una mirada y un 'adiós chicos' basta para despedirse con toda la hondura emocional posible de una parte de sí mismo. Andy se hace mayor, pero la vida de los juguetes continúa. 'Hasta siempre, compañero' acierta a pronunciar levemente Woody, pues el recuerdo permanecerá vivo hasta el fin. El dolor por la pérdida y el cariño por lo vivido se llevan mejor en el silencio. A nosotros únicamente nos queda decir 'gracias y hasta pronto'.

Trilogía Toy Story; La magia de esos juguetes que aún nos hacen soñar... (Parte I)

Los sentimientos que gozan y padecen los seres humanos son una etérea incógnita inherente a nuestra propia naturaleza. Y los modos a través de los cuales se activan no nos son menos desconocidos. Ya sea a través de la pasión del primer (y único) amor, la música en sus diferentes vertientes, la nostalgia de un tiempo mejor, la emoción de un reencuentro esperado, la perfección de un clásico literario, la pena por la pérdida o la sincera alegría por un éxito ajeno; nos conducen a sentir de una forma única, singular e inexplicable, fruto de la misteriosa y sublime maquinaria que rige nuestro interior. El cine, como teatro de los sueños que componen nuestras vidas, funciona como vector y fiel reflejo de esos sentimientos que conmocionan el espíritu del espectador/actor, cuyo rol activo dota de toda esencia a la obra que experimenta como sujeto. 
 Dentro del noble arte del cine también existen diversas modalidades que tienden a suscitar emociones antagónicas de origen incierto. En ocasiones, se nos antoja innecesario un descarnado drama con un pretendido calado moral para sentir lástima o pesar; por el contrario sí que logramos conmovernos con un discurso aparentemente más simple y menos grave. No hay categorías estancas ni clichés preestablecidos para que afloren diferentes sentimientos en un espectador. Sólo es necesario alma y honestidad.
Arrumbando con tópicos ignorantes y prejuicios absurdos, el cine de animación contemporáneo identificado con la factoría de sueños que hoy es Píxar, ha venido a internarse en el complejo mundo emocional del público adulto (al igual que en el universo de fantasía infantil y juvenil) con una inocencia y fingida inocuidad que penetra hasta lo más profundo de las corazas impuestas por la madurez y el aire flemático de las responsabilidades. Sin apenas percatarse, miles de espectadores se han visto desarmados por la inofensiva frescura de seres animados que apelaban a hondas emociones que obras 'hechas para adultos' jamás habría llegado a suscitar. 
 Cómo no sentir acongojamiento con esa bellísima obertura sinfónica de Up, que repasa como un viejo álbum de fotos animado una vida dedicada al amor; o con ese brutal y divertido retrato de la soledad plasmado en Wall-e; o con ese tributo a lo viejo que la modernidad nos fuerza a arrinconar que representaba Cars. Y, de forma aún más evidente, el valor de la amistad como cima de la felicidad en la precursora Toy Story.
La trilogía Toy Story ejemplifica de modo excepcional las bondades que la han erigido como patrimonio fílmico de la modernidad; una historia sólida y atractiva, unos personajes con carisma y corazón, dosis ingentes de humor y trepidante aventura, un ejemplar y medido uso de la animación digital, y una sutil sensibilidad que seduce y encandila los espíritus de legiones de niños grandes que rememoran con nostalgia una infancia perdida en el marasmo de las preocupaciones.
 Una generación ha crecido con las aventuras de esa improbable pareja de amigos incondicionales, el guardián estelar Buzz Lightyear y el sherrif Woody, desde que allá por el año 1995 se presentaron ante el gran público en una película inolvidable que combinaba acción y ternura a raudales. Cuatro años más tarde, los juguetes animados regresaron a nuestras pantallas en buena forma, cautivando de nuevo al espectador más exigente. Y ahora, quince años después de su espectacular inicio, se cierra la trilogía con una entrega de una calidad apabullante que entronca con las emociones de los niños que fuimos y que ahora, melancólicos, echan de menos a los juguetes con los que vivieron infinitas aventuras.
Y es que la felicidad, ese escurridizo camino de mieles y decepciones, puede hallarse en los rincones más insospechados de nuestra memoria. Pocas formas de una plenitud tan radiante se nos antojan como esa libérrima capacidad de fantasía que cualquier niño desarrolla en su más tierna infancia a través de una actividad tan incoherente, envidiable y grandiosa como jugar; y hacerlo con tan sólo unos muñecos de plástico y toneladas de imaginación para construir un mundo paralelo que permanece, indeleble al tiempo, en lo más profundo del espíritu del adulto en el que nos convertimos. 
 Por ello, todas las películas de Toy Story arrancan con una estructura idéntica que nos muestra a un niño cualquiera confeccionando historias con personajes tan improbables como un sherrif de trapo, un Sr. Potato, una hucha-cerdo, un T-Rex, un perro con muelles o un guardián espacial; aunque todos ellos con una identidad atribuida que les dota de la esencia necesaria para erigirse como los amigos imaginarios que en realidad son. Al igual que Andy, todos nosotros hemos fabulado con diversos juguetes, ya fuesen esos míticos Playmobil, los forzudos Action Man o los Lego (en función de la generación), y ahora extrañamos ese tiempo espléndido de la niñez del mismo modo que el propio Andy siente una profunda aflicción tras separarse de sus viejos compañeros.
La trilogía de Toy Story no deja de ser el tierno retrato de generaciones de niños que han crecido en contra de sus deseos.

Crítica El Discurso del Rey; Impecable documento histórico

8/10

El Discurso del Rey es una de las grandes películas que nos deja este 2010 y con la que empezamos a oler este próximo año que tantas promesas de buen cine nos trae. En esta ocasión, bajo la batuta de Tom Hooper (el creador de la gran serie americana John Adams), nos llega una producción británica de incalculable valor. 
Basada en el defecto físico del rey Jorge VI, el cual desarrolló en su infancia una tartamudez que no fue capaz de superar hasta que no llegó al trono a raíz de la abdicación forzada de su hermano, el monarca Eduardo VIII, quien renunció a sus derechos dinásticos en 1936 al violar una ley eclesiástica real que prohibía que el jefe del Estado y cabeza de la iglesia anglicana contrajese matrimonio con una mujer doblemente casada y doblemente divorciada.
De esta forma, el heredero natural del rey Jorge V abdicó en favor de su hermano menor el cual quiso resistirse a ser nombrado como poder absoluto de un país que él pensaba que lo iba a conocer como "el rey tartamudo". Su enorme complejo le hizo pasar de ser un hombre débil a convertirse en un monarca fuerte que supo guiar, en compañía de su primer ministro Winston Churchill, los designios de su pueblo durante el trágico periodo de la Segunda Guerra Mundial.
En la película, a este rey Jorge lo interpreta de una manera sublime y perfecta el gran y tremendo actor británico Colin Firth, el cual se confirma como claro merecedor del gran premio que puede otorgar el mundo del cine a uno de sus trabajadores: el Oscar. Otra cosa sería una injusticia total y motivo de clara protesta. No hay otro actor en este año que haya igualado el poder y la convicción interpretativa de este intérprete elegante y con una clase envidiable dotado del acento british que tanto triunfó en la época dorada del cine y que tan conocido ha hecho al cine británico de todos los tiempos.
Hooper narra una trama con una total calidad dramática casi teatral en la que el espectador acompaña al monarca británico en su lucha contra un defecto que le persiguió a lo largo de toda su vida y que tanto le acomplejó. Un terapeuta australiano, maravillosamente interpretado por Geoffrey Rush, es el responsable de que Jorge VI tenga menos inconvenientes a la hora de articular las palabras mientras pronuncia sus discursos, tan importantes en aquella época tan convulsa en la que la lucha contra la Alemania nazi mostraba la importancia suprema de que el Reino Unido se mantuviera unido. Y fue precisamente este rey el que lo hizo. 
Él sólo pronunció un discurso que llenó de orgullo a su nación por tener un monarca con firmeza y con mucha seguridad en su pueblo, algo que siempre se le agradeció tanto a él como a su esposa, la Reina Madre (interpretada por Helena Bonham Carter, en un papel alejado de cualquier otro rol en la que la hayamos visto anteriormente) y a su hija, la reina Isabel II, actual reina de Inglaterra.
Un guión preciso, documentado y con frases de oro que resaltan la teatralidad de la película y con fragmentos en el que se nos regalan momentos del mejor humor británico. Una dirección formidable con unos encuadres muy curiosos a la hora de enfocar a ambos personajes, el rey y el terapeuta, cuando inician sus imperdibles diálogos. Una banda sonora envidiable compuesta por el compositor Alexandre Desplat y producida por los hermanos Weinstein, la pareja que fundó Miramax hace ya tantos años y que han sido durante los últimos años, sinónimo de éxito. 
Muchos ingredientes en un cóctel histórico que merece la pena ser visto por generaciones y generaciones de personas, que deberán acercarse a contemplar uno de los episodios más conocidos de la Historia Moderna de Gran Bretaña, de uno de sus mejores y más apreciados monarcas. Una película que puede adolecer de algo de lentitud rítmica a la hora de contar la historia, sobre todo en la parte correspondiente al nudo del libreto. Sin embargo, El Discurso del Rey es una de las películas más brillantes y preciosas con las que se puede comenzar el panorama fílmico de 2011. 
Yo sólo espero que este año, los Oscar tengan un poco de criterio y premien la calidad por encima de otras apuestas extrañas y poco convincentes, de esas que tanto han reinado este 2010. 

Crítica Como la vida misma; El peligroso oficio de ser padres por accidente

 5'5/10
Como espectadores suspicaces y de una inteligencia contrastada, hemos de intuir la ironía que encierra el título de la película que nos ocupa, producto de la infinita imaginación que caracteriza a nuestros distribuidores cinematográficos (no en vano ya existe una película de 2007 con el mismo nombre con Steve Carell y Juliette Binoche como protagonistas) y su gusto pur muletillas y dichos populares. Y es que no podemos vislumbrar donde se encuentra la rutina o la normalidad en una historia melodramática que arranca con la muerte de una pareja y su posterior legado en forma de niña a dos amigos que no se llevan nada bien pero que no tendrán otra salida que convivir por el bien de su inesperada ahijada.
Como la vida misma muestra cierta habilidad en sortear el dramatismo de su arranque con buenas dosis de humor, esta vez sí, cotidiano. Concretamente el que se desprende de situaciones de la vida diaria de unos padres primerizos con escasos conocimientos previos de puericultura y carentes de la mentalización necesaria que se requiere para tener un bebé. De este modo, no es de extrañar la odisea que deben padecer con cada súbita (y pringosa) necesidad fisiológica de la niña o el engorroso sistema de turnos que se imponen para intentar mantener una cierta normalidad en sus vidas de soltero. De eso, al fin y al cabo, es de lo que habla a ratos esta película, de la conmoción que conlleva la suma de un miembro más a una familia y la difícil adaptación de la pareja a una rígida disciplina de cuidados y responsabilidades que demanda un hijo, aunque aquí todo se magnifique por la tumultuosa relación de los protagonistas, tan sólo unidos por la tragedia y el testamento de sus amigos.
Como director de orquesta Greg Berlanti, un joven aunque experimentado productor y guionista televisivo responsable de series como Cinco Hermanos, Everwood o Eli Stone, que firma aquí su primera incursión cinematográfica de la mano de un atractivo elenco actoral encabezado por Katherine Heigl (para muchos la nueva musa de una renovada comedia romántica con títulos como La cruda realidad, Killers o Lío Embarazoso), a la que acompaña Josh Duhamel (visto en la exitosa saga Transformers), Josh Lucas o la televisiva Christina Hendricks (la mujer con más curvas de Mad Men). Todos juntos componen una divertida comedia que halla su particular piedra de toque en la comicidad que se desprende de la desquiciante rutina que impone un bebé, más si cabe con unos padres tan patosos y desmañados.
No obstante, no podemos perder de vista de que Como la vida misma es un producto para todos los públicos cuya previsibilidad resta enteros al resultado final (no en vano, no se sorprenda al comprobar que el tráiler contiene la mayor parte de los buenos momentos). La relación entre entre la pareja protagonista camina de forma paralela a los acontecimientos cómicos que incluyen al bebé, imponiendo los patrones consabidos del género romántico que nos llevan a un final estándar aunque ello atente contra la propia coherencia de la trama. Un hecho que demuestra una vez más la escasa originalidad del cine comercial norteamericano pero que, de cualquier modo, se puede tolerar en favor del entretenimiento más complaciente y libre de disquisiciones morales.
Así pues, Como la vida misma no deja de ser una recomendable propuesta para comenzar este 2011 con una sonrisa despreocupada en el rostro y la mente despejada de problemas. Berlanti demuestra buen oficio en la dirección y el plantel actoral hace el resto (en especial Katherine Heigl) en esta comedia para solteros sin visos de compromiso y casados con hijos que afirmará en su posición a unos y servirá de hilarante reflejo a otros.