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[Clásicos de Autor] El vídeo de Benny (Michael Haneke, 1992)

7,5/10

Un impagable Arno Frisch se eleva entre el reparto de esta, una de las películas más conocidas de Michael Haneke y su segunda como realizador tras El séptimo continente. En El vídeo de Benny, el director austriaco navega por la mente de un niño sin aparente control paterno y seducido por su nueva cámara de vídeo con la que pretenderá inmortalizar momentos no demasiado amables.
La cinta comienza de la peor manera posible. Somos testigos impasibles de la matanza de un cerdo, algo típico en las zonas rurales y que se practica desde hace siglos como un ritual anual al que nunca hay que faltar. Por si fuera poco, Haneke nos regala la secuencia del asesinato una segunda vez y en esta ocasión lo hace a cámara lenta, para recordarnos que el pobre animal sufre un disparo mortal que acaba con su vida.
Nuestro protagonista acude casi diariamente a un videoclub, donde alquilará muestras de una violencia a la que parece acostumbrarse a cada minuto que transcurre del metraje. Su obsesión ira in crescendo mientras somos testigos, como siempre pasa con la narrativa del director, del paso del tiempo hacia un final que intuimos sobrecogedor.
El vídeo de Benny parece en ocasiones el telón de fondo, el backstage de otra de las obras cumbre de Haneke: Caché. Las autorreferencias son algo de lo que Haneke suele beneficiarse a la hora de realizar sus películas. Y aquel cinéfilo o espectador que lo siga atentamente, comprenderá la dimensión que adquiere la narración de esta cinta con la posterior. Y es que lo que no se vio en Caché parece mostrarse ante nuestros ojos en esta película de una manera fría, cortante y muy violenta. Al igual que su anterior película, y futuras producciones, Michael Haneke explora el concepto de voyeur y lo sirve al espectador poniéndolo en el lugar de aquel que sólo puede mirar atónito ante lo que sucede pero se siente impotente por su imposibilidad de hacer absolutamente nada. Y ese es el juego que define el cine de Haneke.
Muchos son los elementos que comparte El video de Benny con El séptimo continente. De nuevo volvemos a explorar a la clase media, a una familia que lo tiene todo. Una vida que parece más que solucionada hasta que un suceso implacable azota la trayectoria humana de sus respectivas existencias. Es curioso comprobar como ese joven protagonista que decide hacer de la violencia su peor arma, es el psicópata que atormenta a la familia de Funny Games, donde el hombre de la casa (y también curiosamente) es interpretado por el malogrado Ulrich Mühe, padre de Frisch en El vídeo de Benny.
Haneke sorprende con cada producción que realiza. Y lo hace siempre en base a su propio estilo. Sin florituras ni adornos de ningún tipo. La realidad es la que vemos y es tan cruel como nos la podemos imaginar. Siempre que queramos observar y sufrir con los retazos de nuestra propia existencia debemos acudir al genio cinematográfico de uno de los autores europeos más importantes de nuestra Historia.

[Clásicos de Autor] El séptimo continente (Michael Haneke, 1988)


7,5/10

Michael Haneke y su inconfundible estilo han sacudido Europa durante los últimos 25 años. Con esta primera película de su trilogía de la violencia, el director austriaco pretende retratar el desdén de la clase media y el tedio que provoca una rutina autoimpuesta en una sociedad repetitiva y harto preocupada.
Durante los primeros minutos de la película, vemos como nos hallamos en presencia de una familia bien posicionada a la cual no conseguimos ver sus rostros. En vez de ello, Haneke nos coloca la cámara en un modo voyeur para que observemos los hábitos y las rutinas que envuelven la vida de estos tres seres de los que apenas conocemos nada.
El uso, e incluso en ocasiones el abuso, de los primeros planos y los planos detalle nos provoca una sensación de incomodidad a la hora de introducirnos en una trama que consideramos vacía, fría y lejana a nuestros convencionalismos narrativos. Los saltos entre secuencias (o cambios de capítulos, hablando en modo literario) no se realizan con un cortante fundido a negro sino que ese mismo oscuro permanece ante nosotros un par de segundos, agudizando nuestro malestar ante lo que se nos presenta. 
El séptimo continente es una tragedia de la cotidianeidad, donde los personajes están deshumanizados y son tratados como máquinas, seres autómatas, sin alma y sin personalidad. La robótica mirada al televisor que poseen los dos protagonistas es retratada por Haneke de una forma casi cruel, con un primer plano en el que rozamos el detalle de cada rostro. Hasta un simple gesto típico en numerosas familias, se torna tedioso y aburrido. El rezo de cada noche no se hace con la devoción que se le presupone a las personas religiosas. Se hace de manera automática sin saber exactamente qué se está diciendo y por qué. 
La película es un abrumador retrato del rumbo que estaba tomando en aquel entonces la clase media-alta de la Alemania cómoda, la que no sufría los achaques políticos. La que vivía bien, desahogada. Haneke nos insufla la creencia (y en ocasiones la sensación de realidad) de que la vida se asemeja a la secuencia del salto al potro. Todos pasamos, uno detrás de otro, sorteando obstáculos y sin saber que nos espera al final de ese bache. Presuponemos que es la tranquilidad cotidiana aunque contamos con el indefinido del destino.
Este demoledor retrato de la soledad individual tiene sus mayores muestras de desazón en dos escenas clave de la película. El momento en que dos personajes inician un momento de llanto incontrolado en busca de algo que les aleje de su situación actual, que les reencuentre con el sentido de su condición de humanos, de seres con alma. En ciertos momentos de la película, los personajes reclaman atención de sus congéneres. Están cansados de vivir de manera pausada y rutinaria. Y deciden otorgar a su existencia una nueva dimensión.
Michael Haneke, tras una larga trayectoria en la televisión, inicia su camino por el largometraje con este debut, primera parte de una trilogía que seguirá con 71 fragmentos de una cronología del azar y la impresionante El vídeo de Benny. 

[SEFF´12] Amor


9/10

[SEFF´12] Michael Haneke tiene la cualidad de hacernos temblar en la sala de cine. Sus películas dan auténtico miedo, sientan y hielan al espectador. Un miedo frío, que se introduce lentamente en el cuerpo y deposita unas sensaciones indescriptibles que duran incluso después de haber salido de la sala de cine. El cineasta alemán ha dado con la tecla en su última obra maestra, Amor. Con dos interpretaciones realmente sublimes orquestadas por el gran Jean-Louis Trintignant y por una sobresaliente Emmanuelle Riva, Haneke crea su mundo de tensión en un piso parisino donde reside una pareja de ancianos. Un inesperado suceso cambiará la vida de ambos y también la del espectador. Tras ver Amor, quedaremos convencidos de que estamos a merced de la crueldad de la vida. Una crueldad que se torna caprichosa y ante la que deberemos responder consecuentemente.
El espacio no es un obstáculo para Haneke, quien coge su cámara y diseña unos espacios íntimos, acogedores, llenos de calor humano y con recuerdos de épocas pasadas en algunas secuencias maravillosas. El paso del tiempo se consigue en los diferentes elementos decorativos y los protagonistas guardan frases de oro que quedarán grabadas en la memoria del espectador.
Amor es una historia de amor, una tremenda historia romántica. Pero es el peor de los dramas que veremos jamás. Aquí hay un final muy diferente a lo que estamos acostumbrados. No hay ninguna escena que sobre, ni tan siquiera ninguna que falte. Un guión sólido acompaña a una trama en la que los sentimientos de una pareja se ponen de manifiesto. Trintignant y Riva ejecutan unos papeles ampliamente complejos a los que suman un sinfín de matices que se clavan en la mirada del espectador. Tras ver Amor, sólo quedan ganas de salir de a la calle y reposar lo que se ha contemplado durante algo más de dos horas. La sensación de que la vida puede irse en cualquier instante permanece pero Haneke nos muestra que el amor puede hacernos realizar cosas impensables con tal de terminar con el sufrimiento propio. Y el ajeno. Michael Haneke volvió a ganar la Palma de Oro en Cannes por esta obra maestra, lo mejor del Sevilla Festival de Cine Europeo hasta el momento y una de las películas clave de cara a la temporada de premios que llega en las próximas semanas, entre ellos los de la European Film Academy anunciados este fin de semana en Sevilla.
El cineasta no adorna su mensaje sino que lo simplifica de tal modo que llega a resultar terrorífico. Aquí no hay medias tintas ni dobles raseros sino una muestra de cómo un cineasta de prestigio con una larga trayectoria en un tipo de cine muy concreto es capar de mantener sus principios y dejar abrumado a un espectador que se queda clavado en el asiento contemplando un final anunciado.

[Crítica] La cinta blanca


8/10

Cuando un director hace una película en blanco y negro en estos tiempos, es que insiste en decirnos algo. En una época donde la evolución del cine que trajo el Technicolor allá por finales de los años 30 está a la orden del día, algunos directores siguen creyendo que el blanco y negro dota a sus películas de un cierto aire de lección de Historia en imágenes. Y ciertamente es así. Por citar algunos ejemplos recientes, El Buen Alemán, donde un George Clooney vestido de oficial americano vivía sus historias durante la conferencia de Postdamn, tras la Segunda Guerra Mundial; Buenas Noches y Buena Suerte, donde de nuevo Clooney da un homenaje a un periodista que se esforzó por saltarse las férreas restricciones impuestas a la sociedad americana por el conocido senador Joseph McCarthy o el ejemplo más clásico: La Lista de Schindler, donde Steven Spielberg pone ante los ojos de todo el mundo la cruda realidad de los campos de concentración nazis y las desventuras de su protagonista interpretado por un apasionado Liam Neeson.
Utilizamos la cinta de Spielberg para ilustrar la película que ahora nos ocupa: La cinta blanca, una de las sensaciones del cine europeo y candidata a llevarse más de un premio en los más importantes festivales de Europa e incluso del otro lado del charco. De hecho, ya fue premiada con la Palma de Oro del Festival de cine de Cannes y el premio de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (FIPRESCI), el premio a la mejor película y al mejor director en los premios de la Academia del Cine Europeo y una nominación a los Globos de Oro. La película narra una serie de sucesos ocurridos en un pequeño pueblo de Alemania al inicio de la Primera Guerra Mundial con un hilo conductor todos ellos y la investigación que inicia un joven profesor que llega al pueblo. Todo ello aderezado de un ritmo áspero y una bella fotografía en blanco y negro que explican el gran problema de la Europa de principios de siglo.
Entre los más dispares sucesos, se encuentran el tendido de un cable al paso de un caballo con el médico del pueblo en su lomo, un niño que es brutalmente vejado, golpeado y olvidado amén de un granero prendido en absoluto fuego. Será el nuevo profesor de la escuela el que, día a día en su clase, irá descubriendo que nada es lo que parece y que incluso los niños tienen más de un secreto guardado. Estos niños son educados en las más estrictas costumbres. Su vida se basa en la castidad y la obediencia. Si por casualidad, alguno de estos mandatos fallan, las consecuencias para los niños son verdaderamente brutales. Todo ello hasta descubrir el terrible final, un final sobrecogedor, áspero y amargo.
Pero lo que Haneke quiso hacer desprender de esta película es el verdadero origen de cualquier forma de tiranía, terrorismo o monopolio del poder. Y esto se produce cuando alguien cree tener la razón sobre cualquier ser vivo acerca de lo que es realmente justo. Aquí es donde se roza la tiranía, lo inhumano y se convierte en dominación. Por eso, el trasfondo de la película resulta interesante para el estudio del origen de los totalitarismos. El ejemplo más claro está en la familia. El padre domina a sus hijos, a su mujer y a la servidumbre. Si alguien intenta hacer lo contrario a sus designios, el castigo es cruel y representa la propia inhumanidad antes comentada.
Su director, el austríaco Michael Haneke, nunca dejará de sorprendernos. Desde sus primeras cintas allá por finales de los años 80 con ejemplos como El Séptimo Continente así como con El Video de Benny, el director ahondaba en la mente de una persona hasta desequilibrar no solo al propio personaje sino también a nosotros mismos. A lo largo de su decena de películas, Haneke siempre encuentra la fórmula para que el espectador se angustie reflexionando sobre cosas que le pueden ocurrir, no en su vida diaria, sino en algún momento de su vida. Algo bueno que se nos hace rescatar de este director es la facilidad con la que nos hace pensar acerca de temas como la violencia, las normas, el sexo o las relaciones sociales. Todas sus películas hacen mención, al menos, a alguno de estos temas. Bien sea Caché, con Juliette Binoche; ya sea la que quizás se ha convertido en su película más conocida y más internacional: Funny Games, de la cual se llegaron a hacer críticas en todos los sentidos. Desde gente que se esperaba algo más violento como personas que mostraron su aceptación ante tal obra maestra del cine europeo.
A modo de conclusión, La cinta blanca ofrece toda una gama de sensaciones para todos los públicos con estómago para aguantar dos horas y media de lección de Historia enmarcada en la vida de un pequeño pueblo y los acontecimientos que en él suceden. Tanto planteamiento, nudo como desenlace muestran al espectador que el blanco y negro todavía es inquietante. No en el sentido que todos conocemos ni donde nos debemos esperar que el asesino aparezca con un cuchillo detrás de la cortina del salón.
Aquí no hay asesino ni cuchillo. Hay opresión, caos, angustia y desobediencia. Hay una cinta blanca en el brazo de dos niños rubios.

El comienzo de la raza aria.