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[Crítica] Sobran las palabras

6,5/10

James Gandolfini a escena. Nos hallamos ante la última película que rodó aquel astro de la televisión que nos embaucó con su Tony Soprano y contribuyó a cambiar una forma de ver la pequeña pantalla alejada de sus clásicos convencionalismos. El pasado 19 de junio su estrella se apagó dejándonos una innumerable lista de apariciones en el cine y la televisión por las que ser largamente recordado.
Su última cinta, Sobran las palabras, le coloca en un simpático papel de hombre maduro, enamoradizo, lo mejor de una cinta que se coloca como una de las típicas comedias indie norteamericanas que presupuesta Fox Searchlight cada año. Semanas atrás, El camino de vuelta supuso un nuevo hálito de espíritu independiente entre tanto blockbuster y récord de taquilla.
Sobran las palabras, escrita y dirigida por Nicole Holofcener (Sexo en Nueva York, A dos metros bajo tierra, Iluminada), es todo lo que una comedia de este estilo puede llegar a ser. Discreta, concisa, con buenas interpretaciones, sin pretensiones de ningún tipo y con actores de la casa. En esta ocasión es Toni Collette la que trabaja, por enésima vez, con la factoría menos comercial de Fox. 
La película transita por el siempre complicado dilema de la inmadurez y como la vemos desde diferentes prismas. Nosotros mismos al enfrentarnos a nuestros semejantes y los que tenemos alrededor a la hora de vernos en su propia perspectiva. Tan incisiva como superficial, Sobran las palabras nos ofrece otra lección sobre el amor en la edad adulta. Y sorprende una película así en una situación global en la que tendemos a fijarnos más en lo que le sucede a los jóvenes y sus teléfonos móviles así como las nuevas formas de encontrar pareja vía internet y fríos medios telemáticos. Aquí recuperamos las sensaciones de las primeras citas, de conocer a alguien en primera persona e ir navegando poco a poco, descubriendo a esa otra persona a quien has escogido para compartir grandes momentos de tu vida. 
Sobran las palabras no es vacía, es estimulante y llena de sentimiento. Se convertirá en carne de mitómanos al ser la última cinta, tristemente, que veremos de aquel animal de la pantalla llamado James Gandolfini. Pero también es una de las mejores interpretaciones de Julia-Louis Dreyfus, en quien recae el peso de la trama. Con un gran elenco de secundarios, la cinta está llamada a ser disfrutada sobremanera por quien decida acudir al cine, en su versión original, para dejarse sorprender.

[Crítica] El Hobbit: La desolación de Smaug

7/10

Bilbo Bolsón, los enanos, Gandalf y compañía vuelven a las andadas en esta segunda parte de la trilogía que Peter Jackson, ansioso por contar toda la obra de J. R. R. Tolkien en varias entregas, estrena esta semana. La desolación de Smaug mejora, y mucho, a su predecesora. 
El tedio ya no nos invade en esta segunda entrega. Los equipos técnico y artístico reunieron fuerzas para encontrarse en la sala de montaje ante una secuela que debía superar las expectativas generadas por El Hobbit: Un viaje inesperado. Parecía tarea fácil puesto que aquella primera película rezumaba sopor, canciones y aburrimiento por doquier. Sin embargo, Jackson ha sabido sacar provecho de las circunstancias, las críticas y hasta del 3D.
Si disfrutamos hace ya más de diez años del comienzo de la trilogía de El Señor de los Anillos sin el formato tridimensional, la experiencia se nos quiere hacer mucho más enorme al traspasar la pantalla tras los muros de la Ciudad del Valle. Asistimos, como en la primera entrega, a una secuencia impagable entre Martin Freeman y un shakesperiano Smaug con la voz de Benedict Cumberbatch. En Un viaje inesperado, el mismo Freeman ya nos hizo deleitar con su capacidad para enfrentarse en soledad a su personaje con aquel mítico intercambio de lindezas con la criatura Gollum. 
El actor británico, quien en un mes estrenará la tercera temporada de Sherlock, demuestra ser la voz maestra de una trilogía en la que Gandalf aparece en un discreto pero importante segundo plano y los enanos no tienen el carisma de la anterior Comunidad del Anillo. El personaje de Bilbo, por tanto, es el encargado de conducirnos por la senda de la destrucción de Smaug y el retorno de los reyes de aquellas tierras.
Peter Jackson, en un alarde técnico espectacular, traza una de las mejores películas de esta pentalogía cinematográfica de la obra de Tolkien a la espera de la tercera entrega, que si sigue el ritmo creciente, promete ser el cénit del espectáculo. La desolación de Smaug contentará a los amantes de este universo sobremanera. Hasta a aquellos que no tenemos implicación alguna con la obra original nos ha sorprendido y emocionado a partes iguales. 
El Hobbit: La desolación de Smaug es una de las películas más esperadas del año. Y no decepciona en ningún momento. Su ritmo imparable, su banda sonora, su montaje calibrado, sus efectos especiales e incluso, y lo reconozco, buen uso del 3D la convierten en uno de los espectáculos más imperdibles de este 2013. Y es que Hollywood parece que está aprendiendo de sus errores y poniéndose las pilas con las secuelas. Rodar segundas partes ya no es algo gratuito con lo que seguir ganando dinero. Ahora el público exige. Y Jackson responde. 

[Crítica] La gran belleza

9/10

Paolo Sorrentino regresa con fuerza y lo hace con un homenaje implícito a Federico Fellini, gran poeta del cine italiano y de la capital romana. La gran belleza, con un importantísimo Toni Servillo como protagonista, reúne lo mejor y lo peor de todo aquello que su protagonista califica como “aparato humano”.
Es inevitable no pensar en los pasajes de La Dolce Vita o en la propia referencia más latente de la última del director de Il Divo o Un lugar donde quedarse. Aquella Roma de Fellini sirve como primer punto de referencia para un autor que ha decidido, además de retratar la filosofía humana, contratar como actriz a la mejor de las intérpretes: la ciudad de Roma.
Woody Allen hizo lo propio hace más de 30 años en Manhattan, cuando tomó a la ciudad como parte integrante de su película y la dibujó como uno de los homenajes más preciosistas que se han dado en la gran pantalla. De nuevo aparecía Fellini como principal influencia ya que, su particular visión de la ciudad capitolina, le hizo dar un paso más a la hora de intentar explicar su valiosa y patrimonial filmografía.
Aquí, y sin excavaciones arqueológicas de por medio, Paolo Sorrentino nos introduce de lleno en la maquinaria perversa del ser humano. Siempre solemos identificar la noche como ese momento en el que los más oscuros instintos se dan la mano y afloran para mostrar nuestros verdaderos rostros. Si la ciudad es una protagonista más, Servillo se sirve de ella para extrapolar su propio pasado a un existencialismo tan filosófico como actual.
Él, un periodista y escritor que consiguió el mayor honor de su carrera en su juventud, vive alejado de cualquier realidad cotidiana. Su filosofía, sin embargo, plantea numerosas cuestiones. ¿Qué es realmente la gran belleza? ¿La vida? ¿La muerte? ¿El hedonismo exacerbado? ¿La amistad? Ninguna de esas preguntas es respondida en la película y se plantean de una manera directa, sin ambages. Somos testigos de la desnudez psicológica de todos los personajes. Todos nos identificamos en alguno de esos enmascarados seres humanos que pueblan los horrores de la nocturnidad. Quizás no en la forma, pero indudablemente en el fondo.
Paolo Sorrentino convierte el aparato humano en una experiencia altamente disfrutable. Dos horas y media de metraje que pasan como un suspiro, como si de nuestras propias vidas estuviéramos hablando. Y lo hace de manera exagerada, muy poco barroca. Hay pompa y circunstancia por todos sitios. Nadie parece ser quien dice.
Un sacerdote francés llamado Henri Lacordaire decía que “la verdad se esconde en la inteligencia pero la belleza penetra en el corazón.” Este es el espíritu de una película en la que vemos mucha gente culta, letrada, artistas, gentes de razón. Pero nadie busca realmente lo que su protagonista intenta vislumbrar. Todo es mentira, todo es fachada. La belleza es lo que penetra dentro de nosotros, no lo que vemos desde fuera.

[Crítica] Camille Claudel 1915

6,5/10

Juliette Binoche. Su solo nombre es atractivo primordial para la cinefilia de autor más exigente. La actriz francesa, siempre consciente de sus fortalezas y debilidades como intérprete, vuelve a darnos una lección silenciosa de ejemplaridad, riesgo y profesionalidad. 
En esta ocasión es Bruno Dumont el realizador que la lleva a los más límitrofes rincones de la lógica interpretativa para ofrecernos, en Camille Claudel 1915, un dibujo aproximado de la realidad triste de la escultora y amante de Auguste Rodin. Dumont y Binoche forman un dúo apasionado, él tras la cámara plasmando cada rostro, cada línea, cada espacio de locura. Ella prestándose a ser observada, en medio de la nada, rodeada de aquellos con quien no le correspondía estar. Los caprichos de Paul Claudel, mantener a su hermana en aquel castillo de Montdevergues, constituyen el nexo de unión de la trama principal con la que es el origen de toda circunstancia fílmica en la película. 
Decía Gilbert Chesterton, autor británico, que “loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo menos la razón.” Camille Claudel, vista por Juliette Binoche es una solitaria isla en medio de un mar. Es perfectamente consciente de sus actos, por muy descabezados o ilógicos que parezcan. Es un alma recluida contra su propia voluntad. La crudeza de Claudel radica en su condición de mujer en un mundo controlado por su familia, especialmente un hermano que quiso alejarla de cualquier cosa que le supusiera un dolor de cabeza. Abandonada, sola, arruinada, Bruno Dumont nos dibuja a la Camille Claudel que otro Bruno, Nuytten, no pudo o no supo dibujar en la versión anterior con Isabelle Adjani y Gerard Depardieu. 
Dumont, cabeza visible del cine de autor más exigente de la Francia contemporánea, pasea la cámara entre acantilados, caminos áridos y angostos, representando el futuro incierto de su protagonista. Siempre al límite, sin saber bien dónde pisa, encomendada a su propia suerte y defensa. A ello contribuye una Juliette Binoche en uno de sus más arriesgados trabajos, el de interactuar con enfermos reales durante el rodaje de la película. Camille Claudel 1915 es una representación poética, lírica, pictórica de una época. Los encuadres con los que Dumont representa el descenso personal de su protagonista recuerdan a todos aquellos intentos que los realizadores más cuidadosos con la fotografía han realizado en sus películas durante este medio siglo. Goya o Friedrich son referentes en esta obra del cineasta francés.
La primera impresión tras ver la película puede resultar negativa. No es una cinta para todos los públicos y es necesario enfrentarse al cine de Dumont, largo, complejo, paciente, antes de sentarse ante Camille Claudel 1915. Sin embargo, poder contemplar la secuencia del reencuentro, los dos monólogos de Camille, las lecciones pontificias de Paul Claudel a un sacerdote que encuentra por el camino a Montdevergues o la simple satisfacción de poder ver a una de las actrices más respetadas del cine actual es una experiencia altamente recomendable.

[Crítica] Los juegos del hambre: En llamas

7,5/10

Pocas veces una secuela resulta más estimulante y sofisticada que su predecesora. Los juegos del hambre: En llamas es una de esas películas a las que, con letras mayúsculas, podemos añadir a la lista de secuelas con mayor capacidad de seducción que la progenitora.
Esta segunda parte de la trilogía llevada al cine por Lionsgate sobre las exitosas novelas de Suzanne Collins tiene todo lo que un espectador exigente con la saga podría desear. El error sería prejuiciar a esta saga comparándola con otras de menor calado cultural teniendo unos referentes literarios, políticos y económicos más que latentes. 
El concepto de espectacularidad toma su verdadera forma de la mano de un director, Francis Lawrence, que ha sabido reponer los males que Gary Ross dejó en la primera entrega. Un ritmo lento, pausado, excesivamente tedioso hicieron que el aburrimiento cundiera en la mayor parte de su predecesora. Sin embargo, todo ello ha desaparecido. Ahora estamos ante un Battle Royale cruzado con el mejor espíritu de 1984 y las aventuras de Jumanji. A priori parece una mezcla extraña y poco sofisticada. Sin embargo, al final del visionado lo que queda es una sensación agradable de haber descubierto que más allá del marketing y los target adolescentes se encuentran obras dignas de mención.
En Los juegos del hambre: En llamas, la idea del fascismo como arma peligrosa de todo gobierno queda de manifiesto. Un personaje tan inquietante como es el de Donald Sutherland cobra especial relevancia cuando tiene que volver a enfrentarse a la rebelión iniciada en los distritos y que cuenta con el rostro de Jennifer Lawrence como principal esperanza para su triunfo. La propaganda, la represión, la censura, los ataques indiscriminados a la población son conceptos tristemente de moda en nuestros días. 
Todos y cada uno de los personajes están perfectamente equilibrados. Desde Liam Hemsworth, cuyo papel queda bien definido, hasta los realizados por un enorme Stanley Tucci, Elizabeth Banks o el recién incorporado Philip Seymour Hoffman. Precisamente Tucci, mucho más presente en la primera entrega, vuelve a conservar de manera sobresaliente el rostro más rastrero, inhumano, ruin e indigno de la televisión algo que se le agradece sobremanera. 
Una cuidada fotografía, en tonos muy cálidos que se contraponen con la frialdad con la que los protagonistas deben enfrentarse a su incierto futuro en la hora final de metraje. La espectacular banda sonora de alguien que estuvo siempre ahí y ha vuelto a lo grande, un James Newton Howard al que esperamos ver en los grandes premios del año. 
Es de agradecer que los adolescentes se enganchen a este tipo de sagas que les proporcionan, además de una historia de amor arquetípica, una conciencia de supervivencia, de poder, de gobierno, de compañerismo y de lucha. Pese a su fachada de película comercial, Los juegos del hambre contiene secuencias realmente inquietantes en lo que a comparación con la realidad se refiere. Y para ello echa mano de unos efectos especiales justos y necesarios que no desentonan en ningún momento. 
Los prejuicios con la saga, y tristemente lo digo por experiencia, están infundados. Ver Los juegos del hambre es una de las experiencias más satisfactorias que podremos vivir en el cine de entretenimiento y blockbuster de este fructífero año de cine.

[Crítica] La cabaña en el bosque

6,5/10

La yuxtaposición de estereotipos suele darse fácilmente en las películas de terror o de suspense más que en cualquier otro tipo de cine. La cabaña en el bosque no es una excepción y, aunque pretenda engañar al espectador con sus artificios, no es más que una sucesión de secuencias tomadas de otras obras similares formando un crossover que enganchará y disgustará a partes iguales.
El índice de clichés vertidos por minuto es considerable y, aunque este experimento de Drew Goddard y Joss Whedon no es más que un conjunto de imitaciones de otras películas, la sensación de estar ante una original propuesta es latente. El fenómeno Whedon, guionista de la cinta, le ha llevado a ser considerado cineasta casi de culto por una generación de veneradores de sus trabajos en televisión (Buffy Cazavampiros, Ángel, Firefly o Agentes de S.H.I.E.L.D.) así como de sus escasos largometrajes, léase Los vengadores, Serenity o la esperada Mucho ruido y pocas nueces cuyo estreno en España será el próximo 20 de diciembre.
Este hype mediático alrededor de Whedon es comparable al que vivió hace algunos años otro cineasta encumbrado por la televisión y respetado en el cine: J. J. Abrams. Sin embargo, y pese a las taquillas de todo el mundo, Whedon parece ser más un autor que un director comercial. Y hay posos de cine de autor en La cabaña en el bosque. Whedon juega sus cartas como guionista rindiendo homenaje a las películas que llenaron el género de líneas teóricas (Scream, Posesión infernal o La matanza de Texas) y que hoy tienen un hueco en el imaginario colectivo.
La cabaña en el bosque propone un juego con el espectador en el que la narración se pone de parte del que está tras la pantalla. En todo momento, la sensación de miedo ha sido abandonada en detrimento del suspense. No estamos ante una película de terror al uso sino ante un experimento que bien podría beber incluso de las líneas de Los juegos del hambre (novela de 2008) ante los dos planos narrativos que propone.
El terror pasa a un segundo plano cuando este slasher se convierte en un placentero juego que va desgranando poco a poco los códigos del género y los reconvierte para su propio regocijo interno. Whedon y Goddard han sabido tejer una película desgastada por sus precedentes pero innovadora en su planteamiento. Y para ello han contado, por ejemplo, con la participación de un actor al que estamos poco acostumbrados en este género, un Richard Jenkins que consigue llevarse los aplausos de la función.
Y es que este teatro cinematográfico triunfó en todo festival al que acudió. No es de extrañar puesto que su puesta en escena es, cuanto menos, arriesgada. Hasta hacer un batiburrillo de secuencias clásicas del cine de terror te puede granjear enemigos o muy buenos amigos. Este tipo de ficción tan poco arquetípica, tan libre de convencionalismos es lo que hace falta en estos tiempos de crisis creativa en un Hollywood plegado a sus propias idiosincrasias y altamente autocomplaciente. Muy por encima de la calidad de las propuestas, muchas de ellas como La cabaña en el bosque, verdaderamente loables.

[Crítica] Blue Jasmine

8/10

¿Qué diría Blanche DuBois si contemplase con su mirada distante a Jasmine? ¿Cuál sería la opinión de Vivien Leigh de la última película de Woody Allen? ¿Y la de Elia Kazan o Tennessee Williams? Aunque parezca extraño, lo que escribo no es ninguna tomadura de pelo. Blue Jasmine, la nueva e interesantísima película del genio neoyorquino es una ficticia precuela, si se me permite la licencia, de la inmortal obra de Tennessee Williams Un tranvía llamado deseo.
Allen, en su amplio acerbo intelectual y de influencias, toma prestados algunos retazos de lo que Blanche DuBois siempre quiso ocultar bajo su antipática apariencia en la obra de Williams y los traslada a la actualidad. Resulta de lo más interesante contemplar esta influencia en el desarrollo de una trama basada en una obra escrita en los años 40 y ambientada en pleno siglo XXI con los cambios de código social y narrativo que ello implica.
Woody Allen vuelve a coronarse como autor después de ocho años, fecha en la que realizó su última obra magna: Match Point, con Jonathan Rhys Meyers y Scarlett Johansson. Blue Jasmine es la síntesis de la rabiosa actualidad financiera, económica, cultura, política y social que nos puede hacer un genio de tamaña capacidad como es Allen. El pilar fundamental de la película se sostiene en un solo nombre. Una actriz, como pocas en la actualidad, capaz de llevarse al extremo a sí misma y crear uno de los papeles femeninos más espectaculares de los últimos años. Hablamos de Cate Blanchett. ¿Tendremos a la nueva musa del neoyorquino?
Y es que en esta suerte de Blanche DuBois de la postmodernidad, Blanchett se erige como absoluto hilo conductor entre el espectador y Woody Allen así como entre el realizador y sus propias influencias. Hablamos siempre de la importancia de Ingmar Bergman en el cine de Allen pero no sabemos hasta qué punto la obra de Williams (Mississippi, 1911 – Nueva York, 1983) ha influido en sus películas y obras de teatro. Los códigos sexuales, la ramificación psicológica de sus personajes, la decadencia de clases, los sentimientos de culpa. Todas ellas son temáticas comunes entre Allen y Williams. Y era el momento pertinente de llevarlas a la gran pantalla.
Jasmine acude, tras una serie de acontecimientos de coherente y denunciable actualidad, a San Francisco para ver a su hermana. Ésta, divorciada, ha comenzado una relación con un hombre rudo, con cierta afición al juego, al alcohol y el barullo callejero. ¿No nos suena de algo esta sinopsis? Allen sabe cómo mostrar sus cartas y, en lugar de narrar una historia de manera lineal, se inventa un montaje abstracto en el que conocemos los acontecimientos previos al hilo narrativo principal en seco, fríamente, al corte.
Si hablamos de Cate Blanchett, lo hacemos sintiendo que ella es el alma mater de la película. No nos podemos imaginar a otra intérprete capaz de representar en apenas 90 minutos de película un papel a la medida de Woody Allen, con sus neuras y patologías, con la complejidad de una Blanche DuBois resucitada en nuestro siglo. Si somos justos, Penélope Cruz se llevó el Oscar por mucho menos. Pero tampoco nos podemos olvidar de un actor renacido de sus propias cenizas. Si Kim Basinger ha ido cayendo poco a poco en el más relativo olvido, Alec Baldwin se encuentra en su segunda juventud. Disfrutando de su tercera colaboración con el cineasta neoyorquino tras Alice y A Roma con amor. Sintiendo de nuevo lo que es hacer cine y triunfando en la televisión gracias a 30 Rock.
Con un guión marca de la casa, una banda sonora que atesora los más grandes temas del jazz clásico y unas interpretaciones más allá del sobresaliente, Blue Jasmine se presenta con credenciales para ser una de las mejores películas del año.

[Crítica] Séptimo

4/10

Ricardo Darín consigue salvar cualquier propósito narrativo que se le cruce por delante. Su personaje es el más complejo de la película, el que más sufre, el que más se presta al disfrute del público y el que se lleva el peso de la trama. Y ahí está. Imponente como siempre, sea cual sea la calidad del producto final.
Séptimo arranca muy bien. Amezcua se mueve con soltura por la complicación de rodar en espacios limitados y convierte una escalera de vecinos y el ascensor en el hilo conductor de una trama que, al principio, parece bien planteada. Sin embargo, y a medida que avanza el metraje nos vamos topando con una síntesis de tres películas muy importantes de este género. De La comunidad (Álex de la Iglesia, 2000) encontramos la singularidad de un patio de vecinos del que más vale desconfiar en primera instancia. De Rescate (Ron Howard, 1996) obtenemos ciertos elementos narrativos y recursos de guión mientras que de la reciente Prisioneros (ver crítica en este enlace) nos topamos con la consecuente angustia de un padre al ver que sus hijos han desaparecido de la manera más increíble.
La idea de Séptimo es bien simple. Darín es un abogado, padre de dos hijos, que cada mañana acude a su casa para recogerlos y llevarlos al colegio. Pero una mañana, jugando al típico juego de “yo por las escaleras, tú por el ascensor”, los niños desaparecen sin dejar rastro en su propio bloque. El argumento es digno de las mejores aventuras del maestro del suspense. Sin embargo, es cuando aparece la desaprovechada Belén Rueda, cuando la cosa empieza a enturbiarse.
El papel femenino, una mujer harta de los devaneos de su marido y que quiere a toda costa el divorcio, está a cargo de una de las actrices españolas contemporáneas más reconocidas. Una Belén Rueda que cumple con su papel pero que no destaca en ninguna de las secuencias. Bien es cierto que, sin desvelar nada, su orientación dentro del guión siempre le va a dejar por debajo de Ricardo Darín quien, de manera excepcional, vuelve a resolver el más absoluto desorden como ya sucedió con Tesis sobre un homicidio.
Estamos en la era de los teléfonos móviles. Y en una película de suspense, de la actualidad fundamentalmente, este factor juega un papel muy importante. El elemento tecnológico no me sirve para justificar los fallos de guión. Todo sucede a través del teléfono y eso deshumaniza las tramas. Una auténtica pena por lo que pudo haber sido y no es.

[Crítica] The Bling Ring

5,5/10

Un grupo de jóvenes se dedica a entrar en las casas de los famosos para probarse su ropa, joyas, zapatos, convirtiéndose en objetivo de uno de los casos más surrealistas de la historia reciente de Estados Unidos. El culto a las celebridades, a la tecnología, a las drogas y al materialismo son máximas que, Sofia Coppola, en uno de sus ejercicios más certeros desde Lost In Traslation, retrata en The Bling Ring, donde no deja títere adolescente con cabeza. 
Basado en un artículo publicado en Vanity Fair en 2000, de la pluma de Nancy Jo Sales, la película retrata de una manera sobria y sin aspavientos técnicos el día a día de esta pandilla de delincuentes que acabaron con sus huesos en la cárcel tras haber desplumado a Paris Hilton, Lindsay Lohan u Orlando Bloom, entre otros. Entre sus errores de falta de inteligencia radican el haber utilizado esa tecnología de la que tanto dependen para fotografiarse con sus “logros” y así autodelatarse.
The Bling Ring es, estéticamente, uno de los más interesantes filmes de Coppola. El trasfondo y su capacidad para trabajar con un reparto de intérpretes jóvenes la convierten en una directora a seguir a pesar de su tendencia a la autocomplacencia y la pretenciosidad. Emma Watson atesora, también por ser la más conocida del reparto, todas las miradas críticas y sale realmente airosa de una película interesante aunque intrascendente en su filmografía.
Coppola firma con el nervio y el suspense suficiente para hacernos partícipes de las peripecias de este grupito pero la escasa profundidad en el desarrollo de los personajes nos hacen perdernos, aburrirnos e incluso querer abandonar su visionado cuanto antes. No sabemos cuáles son las motivaciones reales de estos chavales para cometer tales actos de hurto. Ni tan siquiera alcanzamos a comprender como esta panda se introdujo sin problemas en las mansiones de algunas de las estrellas más cotizadas de Hollywood. 
A Sofia Coppola se le ven las buenas intenciones pero no destaca en ningún aspecto, más allá de la estética. Su particular obra maestra le ha ido pesando en el tiempo y no ha sabido estar a la altura de las expectativas en ninguna de las películas posteriores a Lost In Traslation. María Antonieta era una apología de lo kitsch, con una Kirsten Dunst irreconocible. Y aunque Somewhere era algo más que interesante, terminaba también por perderse en la falta de ritmo, el tedio y la narrativa más lineal posible.
No hay nada más allá de los robos. No hay personalidades, no hay desarrollo. No hay un principio ni un final. The Bling Ring es la siguiente película en la lista de Sofia Coppola hasta que decida volver por el camino por el que decidió empezar.

[Crítica] El camino de vuelta

7/10

Nos encontramos ante la típica apuesta indie que nos trae cada año Fox bajo su pseudónimo de productora independiente. Este sello, Fox Searchlight, se caracteriza por producir todas aquellas cintas que no entran en los planes de la gran factoría de Rupert Murdoch y que, casi siempre, se cuelan en la categoría de Mejor Guión Original en los Oscars. 
El camino de vuelta no es más que una historia sincera, directa, sin pretensiones sobre el paso de la adolescencia a la madurez psicológica, que no física, de un muchacho apartado conscientemente por los mayores que tiene alrededor y que no comprende el mundo que le rodea. Sin embargo, en el preciso momento en que la persona que más quiere comienza a destruir su autoestima y a verse engañada, toma conciencia de los acontecimientos y una actitud de cambio, optimista, pragmática.
Al principio, parece que no llegamos a entender qué hacen los personajes en cada momento ni cuáles son las interrelaciones últimas entre ellos. Como ejemplo, ponemos a Sam Rockwell y Liam James. Su evolución, intrínseca al desarrollo de la trama es ejemplar. El camino de vuelta es una cinta familiar, amable aunque no para ver en cualquier momento. Pese a lo optimista de su tramo final, el análisis breve de circunstancias tan complejas y opuestas como son la infidelidad o el divorcio comparadas con el primer amor de verano, tan americano, nos hacen pensar en que realmente nos encontramos ante una película de lo más cotidiano aunque necesitemos un día libre de presiones para poder disfrutar de su calidad.  
El camino de vuelta trata de la casuística adolescente. De la incomprensión ante el mundo adulto, de la necesidad de convencerse de que hay que madurar, encontrar un trabajo y evolucionar como persona. El primer trabajo, el primer amor, los primeros problemas influyen en tu capacidad para afrontar todas las situaciones de la vida. 
Nos encontramos un reparto asociado ya a este tipo de cine. Steve Carell y Toni Colette repiten con Fox Searchlight al igual que hicieran con Pequeña Miss Sunshine, uno de los buques insignias de la productora. En los últimos años, la factoría ha sido responsable de ofrecer los éxitos más importantes del cine independiente norteamericano con títulos como Los descendientes, Cisne negro, 127 horas o El árbol de la vida. Todas ellas multipremiadas en la mayor parte de los festivales y premios de años anteriores. 
Pese a contar con Colette y un renovado Carell, en un papel que no nos imaginábamos viendo su trayectoria en la comedia, el que realmente se lleva su peso en la función es Sam Rockwell. El californiano es uno de los actores más versátiles de su generación y pilar fundamental de la nueva generación de intérpretes a los que tener en cuenta en años venideros. Sus interpretaciones en cintas como Moon, Confesiones de una mente peligrosa, La milla verde o El asesinato de Jesse James... le acreditan como uno de los rostros más llamativos del nuevo cine americano. 
¿Por qué debemos ir a ver El camino de vuelta? Pues sencillamente por lo sencillo de su planteamiento, valga la redundancia. No encontraremos artificios de guión ni grandes dotes de dirección. Encontraremos una historia emotiva, sincera, optimista y que deja con la mejor de las sonrisas recordándonos que las pequeñas decisiones marcan un gran futuro. 

[Crítica] Turbo

6,5/10

El primer largometraje oficial de David Soren, tras su paso por los cortos navideños y románticos de la saga Madagascar, es una aventura muy simpática en su planteamiento y con un componente de diversión óptimo para los más pequeños de la casa. Además, en algo que sucede últimamente, el uso del 3D está totalmente justificado a la hora de disfrutar de la alta velocidad que propone el desarrollo del metraje.
Uno de los elementos que le otorga más autenticidad a la película es el carisma del personaje protagonista, un joven caracol que vive por y para las carreras de coches. Su sueño es acabar corriendo con Guy Gagné, su ídolo del automovilismo y con quien desea con todas sus fuerzas batirse en duelo. Con este gasterópodo vivimos la idea principal, desarrollada de manera surrealista, en la que Turbo escapa del jardín donde vive con sus amigos y familia para acabar en una autovía sorteando los peligros de la velocidad. Sin comerlo ni beberlo, su diminuto tamaño le hará introducirse por accidente en el motor de un coche y acabar “intoxicado” por el óxido nitroso, al más puro estilo Need For Speed.
Los más pequeños de la casa disfrutarán, insisto, aún más del 3D gracias a la espectacularidad de las escenas de velocidad, rodadas con nervio, brío y con un montaje muy destacable en la que no faltará la emoción. Sin embargo, y si algo bueno tiene la película también es el mensaje positivo que transmite desde el primer minuto. Hay que perseguir los sueños incansablemente; lo que uno se propone, tiene que pelearlo y conseguirlo por mucho que nos pongan obstáculos por delante. Si nuestros hijos, nietos, sobrinos o amigos más peques son capaces de hallar y comprender este mensaje que comunica Turbo, recuperaremos el valor del cine de animación para la infancia.
Con las voces, en versión original, de Ryan Reynolds, Paul Giamatti o Samuel L. Jackson, Turbo transita por la emoción de las carreras, lo extraño y sin igual de su planteamiento y la falta de prejuicios que se exige mentalmente para ver una película de estas características. Se leen críticas referentes a las cualidades del guión, de si narrativamente está bien construida o no. Turbo no es más que un buenísimo entretenimiento para su público objetivo. Su target son aquellos niños y niñas que disfrutan con la Fórmula 1, los rallies, que tienen en casa videojuegos de competición.
DreamWorks, desde hace algunos años, no tiene nada que envidiarle a Pixar. Siempre solemos poner que una es muy superior a las demás por su trayectoria. Sin embargo, a veces nos encontramos películas que, aunque tengan su multitud de fallos, nos hacen retroceder hasta nuestra infancia. Aquella en la que mirábamos la cartelera para ver cuál era la siguiente película de “dibujitos” que podíamos ir a ver. Unos tiempos que se han perdido, incluso ahora para los más pequeños.
Turbo nos pone la primera marcha hacia la diversión, sin pretensiones de ningún tipo. Solamente para que seamos testigos de que todos los sueños pueden hacerse realidad. De que el que la sigue, la consigue.

[Crítica] Prisioneros

8/10

Prisioneros, la nueva película del realizador canadiense Denis Villeneuve, es todo un ejercicio de suspense, angustia e ira que nos sumerge en un peligroso infierno hasta desembocar en uno de los mejores thrillers de lo que va de año y, esperemos, cabeza de serie de cara a los próximos Oscars.
Ante la atenta mirada del paternal, e impresionante, Hugh Jackman, Villeneuve nos muestra el doloroso sufrimiento de dos familias que se ven azotadas por el secuestro de sus respectivas hijas. En Prisioneros nos encontraremos una muestra de lo que puede llegar a suceder cuando alguien, rabioso y lleno de ira, decide tomarse la justicia por su mano. Y precisamente ahí es donde se sitúa uno de los pilares de la película, la conjunción entre dos actores absolutamente impagables en sus papeles. De un lado, un Hugh Jackman avanzando en su status dentro del Hollywood moderno y optando de nuevo a ser considerado entre los grandes intérpretes del año. De otro, un Paul Dano ya consagrado gracias a sus papeles en Pequeña Miss Sunshine o Pozos de ambición, donde le valieron el favor y la consideración de crítica y público.
Una sorpresa nos llevamos al descubrir a Jake Gyllenhaal en el que posiblemente sea el papel de su carrera. Un policía, con un distintivo tic nervioso, culpable en todo momento de lo que está sucediendo sin poder hacer más de lo que la burocracia le permite. Su papel, discreto y en ocasiones ensombrecido por el colérico Hugh Jackman, es un punto fuerte a la hora de descubrir y disfrutar de Prisioneros.
El argumento puede resultar algo enrevesado y la duración es excesiva para una película de estas características. Sin embargo, al salir de la sala se siente que no sobra ninguna escena. Todo está calculado de manera sobresaliente para hacer caer al espectador en un submundo de miseria, maldad, fe y venganza. La religión está presente en la película de una manera latente y veremos cómo se oponen las cualidades más ruines del ser humano con las oraciones propias de la religión católica.
En la película, todos los personajes son prisioneros de sí mismos, de su pasado. Estamos ante un laberinto de culpabilidad, una espiral de violencia, sed de venganza. Hay giros argumentales que, aunque esperados, no dejan de sorprender. Prisioneros es un gran ejercicio cinematográfico, una de las películas más impactantes del año. El estilo visual de su director, cultivando una fotografía oscura, áspera, ayudándose en un montaje rápido, cortante, distante, sin tiempo para hacer una reflexión sobre lo que vemos en tiempo real.
Prisioneros es extremadamente cruel. Lo mejor que tiene la película es que podemos empatizar con todos y cada uno de los personajes, culpables o no. Prisioneros es un rompecabezas donde todas las piezas encajan a la perfección y poseedor de uno de los mejores finales que se hayan podido ver en mucho tiempo. ¿Debe perdérsela? No lo creo. Por nada del mundo.

[Crítica] El mayordomo


5/10

Decepción absoluta. Es la expresión que se me viene a la cabeza cuando hablo de El mayordomo. Vendida como una película cabeza de cartel de cara a los Oscars, con un reparto de leyenda y una historia, a priori, interesante sobre uno de los periodos más desgraciados de las décadas recientes de Estados Unidos, nos encontramos ante un sketch de Celebrities de Muchachada Nui, lleno de caracterizaciones que rozan el patetismo, falta de seriedad y rigor en el tratamiento de un tema tan controvertido y algunos actores absolutamente fuera de lugar.
Cuando ya llevamos dos horas de sopor presidencial y el final de tan supuestamente épica historia se acerca, comenzamos a intentar averiguar qué ha sido lo mejor de lo que hemos visto. La discreta pero intensa interpretación de Forest Whitaker, buen actor donde los haya, que acaba hundida en un mar de despropósitos que no le hacen justicia como actor, pese a lo grandilocuente de su planteamiento.
Una galería de presidentes de lo más variopinta dibujada por el peor director de casting que se ha visto en mucho tiempo en una sala de cine. ¿Alguien le dijo a Robin Williams que su parecido con Eisenhower era nulo? ¿O la prótesis nasal de John Cusack le iba a dar más aproximación a Nixon? Por no hablar de la aparición de Lyndon Johnson, de la cual evito hablar por no hacer mayores spoilers. Tenemos adjetivos para todos los presidentes que aparecen en la cinta, por orden cronológico: el pintor, el llorón, el defecador, el mendigo borracho y el bonachón. No hay decisiones políticas, no hay tensión ante lo que le sucede al país.
Pese a contar con unas secuencias muy bien dirigidas en lo que a la lucha de derechos civiles se refiere, todas protagonizadas por David Oyelowo, encontramos una falta de interés que se transmite al espectador por lo que le está sucediendo al mayordomo protagonista y lo que acontece alrededor suyo. De la mano de Oyelowo, que interpreta a Louis Gaines, asistimos a una verdadera micropelícula sobre la crueldad que los blancos tenían con las personas de color en aquella época despiadada y odiosa. Nos parece muy bien que el mayordomo protagonista no se quiera meter en política pero considero que necesitamos conocer el contexto histórico mucho más de lo que Lee Daniels aporta en esta fallida película.
Sin embargo, el contar con el apoyo monetario y el lobby de los Weinstein hará que esta película esté, inmerecidamente, en la carrera por los Oscars. Resulta carne de Academia ya que es correcta, con un reparto nutrido en estrellas y un retrato histórico flojo que no ahonda en detalles. Lo peor de todo es que, si nadie lo remedia y si no hay una rebelión en Hollywood, Oprah Winfrey pagará por su Oscar a Mejor Actriz de Reparto (y esperemos que sea este) la suma que haya que pagar. Fumar, beber y poner cara de circunstancias es su función en la película. Y eso sería demasiado triste. No me quiero aventurar pero esperaremos a que comiencen a salir nombres para tal categoría antes de asegurar un futuro que parece diáfano.
Ojalá me equivoque.

[Crítica] Gravity

9/10

Nunca en un cine había experimentado la sensación de estar atrapado, angustiado, atormentado, nervioso, de salir sudoroso como si el protagonista de tal aventura hubiese sido yo. Es complicado hablar de Gravity sin caer en el consecuente entusiasmo ante la experiencia sensorial a la que Alfonso Cuarón nos ha sometido durante noventa minutos de metraje.
No sé a ciencia cierta si Gravity pasará a la historia del Cine o si quedará en el recuerdo de los espectadores que, abrumados por tal sensación de vértigo, la recordarán en sí mismos como parte de su propia vida. Es diferente a todo lo que hemos visto hasta ahora. Desde el impresionante plano secuencia inicial de treinta minutos de duración hasta el final, acompañados por la banda sonora de Steven Price, donde Sandra Bullock y George Clooney nos consiguen transportar fuera de los límites de nuestro planeta.
Gravity es poderosa en toda su dimensión, es sorprendente en sus escenas y es emotiva, cuando tiene que serlo. Prácticamente podríamos decir que lo tiene todo. El que escribe, ferviente detractor del 3D, ha tenido que cerrar su boca ante lo que el realizador mexicano ha conseguido con esta cinta. He sido uno más de la trama. Nos sentimos atrapados en el traje espacial, hablando a través de la radio, esperando contactar con la Tierra. Somos uno más de la misión. Detrás del casco escuchamos nuestra voz, llamando desesperadamente a nuestro compañero.
He ahí precisamente la magia de esta película. Narrativamente, existen ciertos detalles algo ligeros que afean el conjunto final. A nadie se le ocurriría dejarle el peso de una trama a Sandra Bullock. Sin embargo, y pese a pequeños matices, su papel es el más poderoso de la película. Y es que Gravity es una película sobre el coraje, la valentía, el nihilismo, la superación, el existencialismo. Dentro del guión de Jonás y Alfonso Cuarón se encuentran las mejores líneas escritas que hemos escuchado en mucho tiempo en este tipo de cine, abandonado a su suerte en los últimos años en la gratuidad que supone la destrucción de la Tierra.
No sé a ciencia cierta si Gravity pasará a la historia del Cine o si quedará en el recuerdo de los espectadores que, abrumados por tal sensación de vértigo, la recordarán en sí mismos como parte de su propia vida. Es diferente a todo lo que hemos visto hasta ahora. Desde el impresionante plano secuencia inicial de treinta minutos de duración hasta el final, acompañados por la banda sonora de Steven Price, donde Sandra Bullock y George Clooney nos consiguen transportar fuera de los límites de nuestro planeta.
Gravity es poderosa en toda su dimensión, es sorprendente en sus escenas y es emotiva, cuando tiene que serlo. Prácticamente podríamos decir que lo tiene todo. El que escribe, ferviente detractor del 3D, ha tenido que cerrar su boca ante lo que el realizador mexicano ha conseguido con esta cinta. He sido uno más de la trama. Nos sentimos atrapados en el traje espacial, hablando a través de la radio, esperando contactar con la Tierra. Somos uno más de la misión. Detrás del casco escuchamos nuestra voz, llamando desesperadamente a nuestro compañero.
He ahí precisamente la magia de esta película. Narrativamente, existen ciertos detalles algo ligeros que afean el conjunto final. A nadie se le ocurriría dejarle el peso de una trama a Sandra Bullock. Sin embargo, y pese a pequeños matices, su papel es el más poderoso de la película. Y es que Gravity es una película sobre el coraje, la valentía, el nihilismo, la superación, el existencialismo. Dentro del guión de Jonás y Alfonso Cuarón se encuentran las mejores líneas escritas que hemos escuchado en mucho tiempo en este tipo de cine, abandonado a su suerte en los últimos años en la gratuidad que supone la destrucción de la Tierra.
Aquí no hay más que mala suerte opuesta a las grandes virtudes del ser humano, aquellas que lo convierten en el ser más poderoso del planeta. Una desafortunada misión que tendrá que poner a prueba los límites de los astronautas y los del propio espectador. Ver esta película sin 3D es todo un error, un fallo que no debemos cometer. Esta experiencia implica a todos y cada uno de nuestros sentidos. Todo lo majestuoso que retrata Emmanuel Lubezki con su fotografía se convierte en pesadilla en apenas unos segundos.
Todavía es pronto para calificar a Gravity como la mejor película del año o firme candidata a alzarse con todos los premios habidos y por haber a partir del próximo mes. Lo que sí es cierto es que esta película es un paso de gigante en el uso de las nuevas técnicas cinematográficas y una bofetada a todos aquellos realizadores que, de manera arbitraria y en un amplio sentido de estafa y timo, utilizan las tres dimensiones para hacerse de oro sin respetar lo más mínimo al espectador.
Al finalizar la proyección, y evocar aquella obra maestra titulada 2001: Una odisea del espacio, no podía dejar de preguntarme qué hubiera dicho Stanley Kubrick de esta impresionante, espectacular, portentosa y asombrosa película. Esos planos que Cuarón, desde una cámara que no cesa en su movimiento, nos recuerdan aquel mítico baile de naves espaciales al son del Danubio Azul. Es reconfortante comprobar que, de vez en cuando, existe en el cine la más absoluta magia.

[Crítica] Runner, Runner

4/10

Hoy llega a nuestras pantallas la última incursión de Ben Affleck y Justin Timberlake en la gran pantalla. Runner Runner constituye el sueño de todo estafador y delincuente. Una quimera por la que podemos tocar las narices de los grandes magnates ecónomicos siendo unos auténticos don-nadie y salir absolutamente indemnes. Y, por supuesto, llevándonos a la chica como premio en un avión privado que nadie nos ha regalado.
No es que Runner Runner sea una película mala ni desdeñable. Directamente es un telefilm con mucha música discotequera, demasiadas curvas y exceso de billetes verdes. Es una historia cien veces repetida a lo largo de la historia, en la que un joven entra en la organización de un poderoso, playboy y codicioso hombre de “negocios” para trabajar como su mano derecha y le acaba entregando en pro de una justicia que le haga parecer ético y moral.
En Runner Runner nos falta de todo. Desde un buen guión que nos explique de donde viene cada personaje, sus inquietudes, su desarrollo psico-personal, su ascensión al poder y sus contactos. En este tipo de películas, por experiencia, todo aquello que no explique lo que rodea a las mafias, sean del tipo que sean, están condenadas a ser tratadas como mero producto ligero y de consumo rápido, fácilmente olvidable.
Pese a que no vamos a crucificar a los actores, no nos cabe ninguna duda que son papeles que debieron coger para poder financiar proyectos futuros que, en el caso de Ben Affleck, parecen mucho más interesantes desde que conocemos su implicación en la nueva película de David Fincher o el caché que ha retenido como realizador tras conseguir el Oscar por Argo.  
Runner Runner ha sido su primera prueba de fuego en pantalla tras conocerse que encarnaría a Bruce Wayne y su álter ego en la secuela de El Hombre de Acero. Y ya se han generado ciertas expectativas o, por lo menos, la concesión del beneficio de la duda.
Destellos de buen ejercicio de fotografía, composiciones de montaje bastante salvables y una dirección correcta pero sin profundidad es el resultado de una película que arranca bien pero acaba naufragando sin control alguno. La trama queda sostenida únicamente por las tablas de sus tres intérpretes principales los cuales, en alguna contada ocasión, consiguen que nos olvidemos por un momento de mirar el reloj para ver cuánto falta para poder terminar.
Tal y como está la actualidad cinematográfica resulta complicado no animar al público a ir a ver una película. Sin embargo, el bolsillo agradecerá más si vemos Runner Runner en DVD o alquilada mediante los sistemas actuales para poder disfrutar del cine en casa. Créame que la cartelera está cargada de mejores experiencias.

[Crítica] Las brujas de Zugarramurdi

6,5/10

Álex de la Iglesia ha vuelto. Regresa a sus orígenes con una película alocada, surrealista, divertida y muy resuelta que recuerda el frenetismo de sus primeras obras tales como Acción mutante o El día de la bestia.
Mario Casas y Hugo Silva protagonizan esta nueva incursión del realizador bilbaíno en el terreno que, demostrado queda, mejor se le da: la comedia negra. Con un guión frenético, plagado de humor, reconocemos la coronación de Mario Casas y la desenvoltura de Hugo Silva en un papel de tal magnitud. Ambos se erigen como protagonistas absolutos de esta cinta sin desperdicio ninguno que comienza con un descacharrante atraco en la Puerta del Sol para culminar, de una forma absolutamente surrealista, en una cueva de brujas en el navarro pueblo de Zugarramurdi. La película constituye también un sonoro reportaje sobre la leyenda de las brujas de aquel municipio y las viejas historias que pululan por aquellos lares.
Con la interpretación secundaria de Carmen Maura, Terele Pávez, Enrique Villén, Macarena Gómez, Pepón Nieto, Secun de la Rosa y Carolina Bang, Las brujas de Zugarramurdi es uno de los mejores entretenimientos de los que podemos disfrutar en la cartelera actual y, de paso, apoyar al cine español con uno de sus realizadores más prolíficos.
Tras el paso de Álex de la Iglesia por el drama social en La chispa de la vida, retorna al género que le vio nacer, crecer y desarrollarse como director. La trayectoria del director siempre ha estado plagada de mucha sangre, violencia bizarra y desenfreno. Véase si no, los ejemplos que encontramos a lo largo de su filmografía. El día de la bestia, La comunidad, 800 balas, Muertos de risa o Balada triste de trompeta contienen algunos de los elementos clave del cine de Álex de la Iglesia.
En Las brujas de Zugarramurdi, somos perfectamente conscientes de que la película no hay que tomársela en serio. Estamos ante un despropósito enérgico y sin parangón en los últimos tiempos de cine español. También ante uno de los mejores arranques de la filmografía de su director. Como se ha podido afirmar en uno de los múltiples encuentros con el equipo desde que se lleva promocionando la película, Las brujas de Zugarramurdi es un cruce entre La matanza de Texas y Los Goonies o, incluso, Abierto hasta el amanecer. Ojo al dato.
Ir a ver la última de Álex de la Iglesia es acercarse al cine a divertirse, a no parar de reír, a observar a Mario Casas realizando un magnífico papel (todo hay que reconocerlo), a evadirse sin tomarse en serio lo que está sucediendo y, en definitiva, a divertirse de una manera ligera, sin pretensiones ni malas sensaciones. Una obra tan interesante como intrascendente, tan surrealista como divertida.

[Crítica] Trance

6,5/10

Danny Boyle, con su personalísimo estilo, vuelve a hacer las delicias de sus incondicionales y a interesar en mayor o menor medida a sus detractores. Con Trance, Boyle realiza un auténtico ejercicio de estilo que navega por las profundidades de la mente humana con un único objetivo, darle la vuelta al anquilosado cine de atracos.
Y es que Trance es un experimento más que interesante, una película donde el espectador llega a estar casi tan desequilibrado como los propios protagonistas. Una cinta donde los giros de guión están a la orden del día y a la que el espectador debe acudir dispuesto a dejarse sorprender. Todo ello aderezado con la presencia de tres actores de cartel que sirven en bandeja una de las películas más interesantes de la cartelera actual.
Unir a Vincent Cassel, James McAvoy y Rosario Dawson en una misma película es garantía de atractivo. Puede que no sean los mejores actores de la actualidad pero la construcción de sus personajes parece en inicio definida. Sin embargo, a medida que irá avanzando la trama nos iremos encontrando con una laberíntica puesta en escena que, aunque rápidamente evasiva, nos permite continuar pendientes de lo que está sucediendo.
Aunque en la recta final del metraje ya parecemos casi tan perdidos como los actores en mitad de la maraña narrativa que se nos propone, intentamos descubrir los secretos que nos tiene preparados en una retorcida conjunción de elementos que parecen no tener una desembocadura firme. La premisa con la que llegamos a ver Trance es más que suficiente para sentarnos en una sala de cine y, simplemente, disfrutar.
El montaje, el uso de los planos y la banda sonora son los tres elementos más destacados de una película visionaria y con diversos elementos que hacen pensar que Danny Boyle está reinventando el film-noir. De hecho, así podríamos afirmarlo de no ser porque su experimento no le llega a salir redondo debido a la inclusión de diversos pasajes en el guión que resultan sobrantes, faltos de coherencia y parcheados con el resto de la trama. De hecho este es el punto más negativo de una película que, aunque interesante, no llega a cautivar al espectador más exigente.
Podríamos identificar a Trance como una de las mejores películas de Danny Boyle, un director tan complicado como pretencioso y que posee una legión de admiradores que conocen perfectamente a dónde se dirige su director. Es de agradecer que de vez en cuando salgan historias distintas que sorprendan al espectador y no repitan los mismos códigos una y otra vez hasta caer en el más absoluto tedio.

[Crítica] El Hombre de Acero

5/10

No hay palabras que describan la enorme decepción que siento tras haber salido de la sala de cine y no verse cumplidas mis expectativas con la resurrección de uno de los superhéroes de cabecera de DC Comics. Superman no consigue rozar los nuevos tiempos ni de lejos. Ni en Superman Returns ni en El Hombre de Acero logra darse a sí mismo un homenaje como los que se ha dado Bruce Wayne en honor de multitudes.
La decepción proviene de una película vacía, con multitud de referencias aisladas a la propia idiosincrasia de Clark Kent pero con una dispersión narrativa muy prolongada a lo largo de unas eternas dos horas y media de metraje donde, gracias a Hans Zimmer y su portentosa banda sonora, no conseguimos caer en el tedio y abandonar la proyección. 
No es que El Hombre de Acero sea una película mala. Simplemente, no cumple las expectativas que habíamos depositado en una película dirigida por Zack Snyder, con Christopher Nolan en la producción y David S. Goyer detrás del libreto. No conseguimos más que intentar vislumbrar qué actor consigue llevarse el gato al agua en esta fastuosa y artificial producción. Un protagonista sin carisma ninguno, con un pétreo rostro a lo largo de la película que no se mueve por muy mal que vayan los tiempos. Un villano recargado, excesivo y sobreactuado interpretado por el decepcionante Michael Shannon. Y una pareja, falta de química, formada por Henry Cavill y Amy Adams culminan el cénit del desengaño.
Hemos pasado a lo largo de la Historia del Cine desde el mundo al sonoro y desde el sonoro al ruidoso. Eso nos lleva a preguntarnos si realmente nadie es capaz de crear una superproducción en la que no sea necesario destruir ciudades enteras para conseguir los objetivos propuestos. Nos cuestionamos si realmente los estudios se creen que a la gran mayoría nos conquistan con un festival de pirotecnia computerizada sin sentido alguno ni un mínimo respeto por los decibelios. Es el momento de ponernos nostálgicos y recordar aquella primera aparición de Clark Kent en la gran pantalla, a cargo de Richard Donner y con un excelso Christopher Reeve, un enorme Marlon Brando y un magnífico Gene Hackman en la piel de Lex Luthor (referencia en El Hombre de Acero incluida).
Man of Steel deriva en una sucesión de efectos especiales que transitan entre secuencias de una impagable calidad en las que descubrimos el lado más humano (y a la par divino) de nuestro protagonista. Numerosas son las referencias a Jesucristo y su similitud originariamente concebida con Superman. Impagables están Russell Crowe como Jor-El y Kevin Costner como Jonathan Kent, ambos los padres de la función, y que sintetizan ambos aspectos del alma del joven Clark. 
A lo largo de la película observamos un buen número de razones positivas para quedarnos en la sala. Descubrimos por primera vez el aspecto de Krypton, contemplamos las razones que motivaron a Jor-El y Lara a salvar la vida de su hijo y nos metemos de lleno en la complicada adolescencia de Clark Kent. Sin embargo, en este último aspecto es donde la cinta debería haber indagado más. Los orígenes, su preparación, el descubrimiento de sus poderes de una manera íntima y ligada tanto a su presente como a su pasado. Pero no. Snyder y Nolan nos han privado de una grandiosa película del siempre castigado Superman para legarnos algo parecido a un ruidoso patio de colegio donde las peleas gratuitas y la violencia bizarra quedan al servicio del espectador menos exigente. 

[Crítica] Stoker

6/10

Park Chan Wook debuta en el cine norteamericano con una sugerente historia acerca de una joven embaucada por la figura de su siniestro tío. Nos encontramos ante Stoker, una película atractiva y adictiva en numerosos aspectos de su desarrollo.
El realizador de la trilogía formada por Oldboy, Sympathy For Mr. Vengeance y Sympathy For Lady Vengeance llega a Estados Unidos con una intrigante narrativa, fruto de su propio cine, en el que los elementos violentos y eróticos se dan la mano para tejer complejas tramas narrativas con una actitud técnica sobresaliente.
El montaje, exquisito y sobresaliente, es la clave de una película que no naufraga en ningún momento pero posee diversos fragmentos en los que el guión parece perderse hacia lugares que no van a ningún sitio. Sin embargo, el uso de una excelente banda sonora permite al espectador volverse a enganchar al argumento en los momentos en los que más perdido se halla. Park Chan Wook conoce demasiado bien los recursos que tiene disponibles y sabe jugar unas cartas que nos remiten a Alfred Hitchcock o a Martin Scorsese. El misterio, encarnado por las figuras de Mia Wasikowska y Matthew Goode, alcanza cotas máximas en una película en la que uno de los más interesantes planteamientos es relacionar su título con la historia de la Literatura universal. 
Stoker tiene parte de originalidad en su planteamiento. No encontramos una manera lineal de narrar una historia, sino que parece que su director pretende que por capítulos nos vayamos sumando a la adicción que provocan las pretensiones de cada uno de los personajes. Stoker es extraña, y he ahí donde radica su encanto. Nos recuerda a esa novela epistolar titulada Drácula, en la que la sangre era la gran protagonista. Remite al angustioso universo de los asesinos en serie, los psicópatas sedientos de tan preciado líquido rojo.
Cada película rodada por Park Chan Wook es un ejercicio de estilo que refina en cada una de sus secuencias una cuidada puesta en escena, movimientos de cámara delicados, seguros, delicados, que se introducen dentro de la mirada de los personajes y que crean una sensación de desazón en el espectador al que hipnotiza durante toda la película. Stoker tiene trampas, muchas. Hay un gran número de cabos sueltos y un personaje algo desaprovechado como es el de Dermot Mulroney. Sin embargo, y pese al esfuerzo de su director en crear algo totalmente novedoso, nos encontramos ante una película que navega por un mundo de oscurantismo, vampirismo, crimen y sexo. Una mezcla demasiado común en nuestros días.

[Crítica] Iron Man 3

5,5/10

La fórmula comienza a agotarse. Muchas son las secuelas a las que se ve venir de lejos que terminarán sus días en ésta o en la sucesiva película. Será el caso, seguro, de Resacón 3 y lo es de Iron Man 3. El carisma de Robert Downey Jr. comienza a resultar repetitivo y el actor deberá tomar la decisión de si sigue explotando su derroche de buen humor y cara dura en películas similares o si comienza a demostrar su talento en otro tipo de cintas, como bien hizo en Tropic Thunder.
Shane Black coge el testigo de Jon Favreau en la dirección para orquestar este conjunto de explosiones y acción barata que termina de provocar el naufragio avanzado de la saga del héroe de Marvel. Hay considerables lagunas de guión que, separadas por un montaje insulso, se combinan unas detrás de otras para crear la ilusión de que estamos ante una gran cinta de superhéroes.
Nada más lejos de la realidad. Pese a la forma y la holgura que demuestra su protagonista y el subidón interpretativo de Guy Pearce y Gwyneth Paltrow, Iron Man 3 nos hace pensar de nuevo en la primera entrega de la saga como la auténtica referencia en los héroes contemporáneos. Shane Black es complaciente con los fans de la saga y utiliza los recursos más característicos del personaje sin huir de la intriga y los inolvidables toques de humor.
Iron Man, lo bueno que tiene, es que no soporta comparaciones con ninguno de sus compañeros en Los Vengadores o con los héroes de DC, a la espera de lo que haga Superman el próximo mes de junio. Iron Man, en la figura de Downey Jr., es el superhéroe más cómodo, desairado, desgarbado, agradable, atrayente y seductor que ha pasado en mucho tiempo por una pantalla de cine. Y la taquilla lo nota. Iron Man 3 no ser la mejor de la saga ni tampoco no es la mejor de la franquicia Marvel. Ni el interesante comienzo con tan nostálgica melodía ni el despliegue de efectos especiales supera a la calidad de su predecesora original. Y la echamos de menos.
Todo parece encajar. Las piezas del puzzle quieren combinarse entre sí y por momentos parecen funcionar. Sin embargo, la trama se descuelga en ciertos momentos aunque sus protagonistas no tengan la culpa. La presencia de Ben Kinsgley no parece demasiado acertada ni tampoco la de una secundaria y desaprovechada Rebecca Hall. Sin embargo, Gwyneth Paltrow consigue zafarse de todos sus miedos y crear un personaje a la altura y, en ocasiones, de superior carisma al del héroe protagonista. Pero el que se lleva la función por completo a su terreno, pese a sus escasas apariciones, es el siempre eficaz Guy Pearce. Estamos ante un actor con un talento innegable demostrado en películas como Memento o L.A. Confidential y que nos ofrece en esta película el toque necesario para satisfacer los giros de guión de los que presume la película.
Aquel que opte por ver Iron Man 3, deberá saber que contemplará un interesante ejercicio de efectos especiales con un protagonista inimitable y secundarios a la altura. Sin embargo, notará el cansancio de una saga que comienza, inevitablemente, a decaer.