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[Crítica] El lobo de Wall Street

Cuando Martin Scorsese decide desfasar, es un maestro. En toda esta orgía cinematográfica de proporciones hercúleas sobresale un nombre propio. Un hombre que dejó atrás hace tiempo el aura de ídolo adolescente para convertirse en un actor con mayúsculas. Leonardo DiCaprio se arriesga hasta límites sobrehumanos en la concepción de un papel que podría haberle sobrepasado. Sin embargo, su fuerza y electricidad, demostrada a lo largo de tres horas sin bajar el pistón ni un solo segundo, lo coronan como una de las mejores interpretaciones masculinas del año.
Si quisiéramos describir las analogías entre Scorsese y su cine con El lobo de Wall Street diríamos que bien podría constituir el fin de una trilogía que reuniría Uno de los nuestros y Casino. La portentosa capacidad de Marty para iluminarnos y hacernos sentir empatía con sus personajes masculinos, por muy perversos que sean sumada a la épica de la narrativa de la que puede (y debe) vanagloriarse el cineasta hacen que necesitemos reunir estos tres títulos en una misma tarde lluviosa. El lobo de Wall Street es un prodigio de escritura narrativa (obra de Terence Winter, masterclass en Los Soprano) y de montaje. Salir de una sala de cine totalmente exhausto tras ver lo que Scorsese ofrece es una prueba del ritmo impreso a una película que necesitaba ser tomada en serio de principio a final.
DiCaprio, en su exhibición interpretativa, tiene la réplica en una serie de personajes a cual más disparatado. Sus secuaces en las distintas fechorías que lleva a cabo se llevan el premio gordo. Pero sin la aparición de Matthew McConaughey, el prólogo no tendría sentido. Jonah Hill tiene momentos de lucidez realmente brillantes que lo encumbran de nuevo tras una serie de afortunadas apariciones en los últimos años. Hay mucho del Ray Liotta de Uno de los nuestros en ese Jordan Belfort. Hay mucho de la Sharon Stone de Casino en el imponente papel (y bellezón) de Margot Robbie, todo un descubrimiento.
Martin Scorsese presenta su película, la adaptación de las memorias de uno de los crápulas más importantes que Wall Street haya conocido, en un momento de ferviente crisis económica y social en todo el mundo. Hace algún tiempo, nos podríamos haber reído con todo lo que vemos. Pero ahora, conociendo lo que sabemos, no nos hace ninguna gracia saber que existen miles de Jordan Belfort sueltos por el mundo. Y Scorsese lo sabe, provocando que DiCaprio se regodee en su libertinaje interpretativo que merecidamente le ha dado un Globo de Oro y, esperemos, el ansiado Oscar que lo consagre definitivamente en la Meca del Cine.
¿Hay que ir a ver El lobo de Wall Street? Definitivamente sí. Independientemente de su temática, de la que podremos renegar años luz, se trata de una de las experiencias cinematográficas más estimulantes de este periodo. Estamos ante un Scorsese que regresa al cine que mejor se le da hacer, el de los personajes sin escrúpulos, que venderían a su madre por una bala para su pistola. El mundo de los De Niro, de los Liotta, de Keitel, de Nicholson. Donde Marty se siente cómodo y donde nosotros, como sus seguidores y admiradores, deseamos verle, retratando lo más oscuro, ruin y avariento del ser humano.

[Crítica] Django desencadenado


8/10

Quentin Tarantino vuelve a brillar. Django desencadenado ofrece la mejor versión de uno de los directores más importantes del cine contemporáneo. La versión del narrador de grandes historias y no la del simple retratista de pasajes míticos de la serie B, el spaghetti-western o el cine asiático.
Django desencadenado resulta más apasionante que su anterior obra, Malditos bastardos, pero lejana (aunque no demasiado) a sus dos obras clave: Reservoir Dogs y Pulp Fiction. Sin embargo, la película ofrece un entretenimiento estimulante, plagado de referencias a Ennio Morricone o Sergio Leone y Sam Peckinpah pasando por Lee Van Cleef o Sergio Corbucci. Todo ello aderezado de algunas de las secuencias más desvergonzadas de las que es capaz el cine de Tarantino.
Sin embargo, la película posee un grave problema. Y es que aunque Jamie Foxx está más que correcto, Tarantino no sabe jugar las cartas del equilibrio de personajes haciendo hincapié en uno u otro sin posibilidad a la equidad interpretativa. Christoph Waltz se merienda durante los primeros cuarenta y cinco minutos a un Foxx que parece desubicado. Y es que el actor alemán, deudor de su éxito al coronel Hans Landa de Malditos bastardos, es una de las piezas clave de la película. Sin él, la cinta pierde fuelle y navega en un mar de diálogos hasta que encontramos al siguiente gran personaje.
Hablamos de un Leonardo DiCaprio con piel de lobo. Sorprende ver a un maduro y consecuente actor disfrutando con su papel mientras ejerce de villano al más puro estilo Griffith en El nacimiento de una nación. El personaje de Calvin Candie resulta de lo más apetecible de una película en la que el lucimiento de su verdadero protagonista no llega hasta el final, en un clímax insuperable entre siluetas.
Django desencadenado es bizarra. La sangre fluye a borbotones, como era de esperar en cualquier proyecto que lleve el nombre de Tarantino. La banda sonora es ejemplar, como no podía ser de otra manera. Temas míticos y antológicos del gran Ennio Morricone procedentes de cintas como Los días de la ira o la antigua Django, de la que Tarantino ha rescatado a Franco Nero y alguna que otra escena para su ópera prima. Películas como El gran silencio, La muerte tenía un precio o Mandingo han sido una fuente clara y diáfana de inspiración para este southern al más puro estilo Tarantino.
La polémica surge en el momento en que nos tomamos en serio las licencias narrativas que acoge el director en su guión, por otro lado, plagado de sentencias y prácticas muy graves contra las personas de color pero que realmente, y no me extrañaría, pudieron suceder en su época. Y es que la esclavitud, como la Alemania nazi en su anterior película, le sirve a Tarantino para crear una atmósfera divertida por la que puede haber alguien sensible que se sienta herido. Existe un componente de denuncia en el metraje. Pero hay que entender de quién viene esa denuncia.
Django desencadenado es una de las mejores películas del año. No por su extensa duración, por otro lado justificada, sino por lo sugestivo de su planteamiento. ¿Por qué ver un western de Tarantino de casi tres horas de duración? Es una experiencia para los amantes del cine del director y para aquellos que se sienten y se dejen llevar por una historia bien llevada y con un trasfondo apasionante. El amor, el drama, la violencia, el suspense, el miedo e incluso el humor están tratados de forma equilibrada. Ojo a la aparición, rebosante de surrealismo, del Ku Klux Klan.
Y no digo más.