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[Crítica] Godzilla

Enésimo remake, innecesario si se quiere, de uno de los monstruos clásicos del cine. Godzilla regresa a la gran pantalla acompañado de un reparto un tanto desequilibrante, lo que al final viene a parafrasear al maestro Shakespeare en un “mucho ruido y pocas nueces”. Si la versión de Roland Emmerich flaqueaba por todas las aristas, uno de sus pocos aciertos era incluir un despliegue de efectos especiales que suplantaba las evidentes deficiencias del guión. 
Sin embargo, esta nueva revisión del clásico sacrifica los efectos especiales y el guión en favor de unas inexplicables elipsis que logran templarse hacia los minutos finales cargando toda la acción en manos de un Aaron Taylor Johnson solvente en su papel pero demasiado abandonado a su suerte. Bryan Cranston crece, se reproduce y muere en una carencia interpretativa a la que nos tiene poco acostumbrados. 
Hay un nombre que sobresale por encima del resto y sorprende, pese a los pocos minutos que le sirven para desarrollar su personaje. Elizabeth Olsen, breve pero lo suficientemente intensa, se lleva el gran premio de la película, casi por detrás del archiconocido monstruo. Mención aparte merece una inexplicable aparición de Juliette Binoche, ya que la última vez que la vimos fue en la estimable Camille Claudel 1915 y actualmente se encuentra en Cannes para presentar Clouds of Sils Maria
Alexandre Desplat cumple con creces, casi como siempre, una complicada labor detrás de la partitura. Acompaña los créditos una música épica, que recuerda a las grandes producciones del terror y la aventura clásicas combinando diversos elementos propios de la composición cinematográfica contemporánea. Si bien, algunas melodías recuerdan a los Zimmer, Horner y demás músicos rimbombantes y con cada vez más acordes comerciales que pueblan nuestros días. 
Godzilla entretiene sin más. Es tan plana como un folio de papel en el que se escribe esta crítica. Su duración se alarga pero no llega a molestar, sino que obliga a recolocarse en el asiento a la espera de una nueva secuencia que anime la función y no haga recapacitar si en la sala de al lado estarán poniendo algo mejor. 

[Crítica] Camille Claudel 1915

6,5/10

Juliette Binoche. Su solo nombre es atractivo primordial para la cinefilia de autor más exigente. La actriz francesa, siempre consciente de sus fortalezas y debilidades como intérprete, vuelve a darnos una lección silenciosa de ejemplaridad, riesgo y profesionalidad. 
En esta ocasión es Bruno Dumont el realizador que la lleva a los más límitrofes rincones de la lógica interpretativa para ofrecernos, en Camille Claudel 1915, un dibujo aproximado de la realidad triste de la escultora y amante de Auguste Rodin. Dumont y Binoche forman un dúo apasionado, él tras la cámara plasmando cada rostro, cada línea, cada espacio de locura. Ella prestándose a ser observada, en medio de la nada, rodeada de aquellos con quien no le correspondía estar. Los caprichos de Paul Claudel, mantener a su hermana en aquel castillo de Montdevergues, constituyen el nexo de unión de la trama principal con la que es el origen de toda circunstancia fílmica en la película. 
Decía Gilbert Chesterton, autor británico, que “loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo menos la razón.” Camille Claudel, vista por Juliette Binoche es una solitaria isla en medio de un mar. Es perfectamente consciente de sus actos, por muy descabezados o ilógicos que parezcan. Es un alma recluida contra su propia voluntad. La crudeza de Claudel radica en su condición de mujer en un mundo controlado por su familia, especialmente un hermano que quiso alejarla de cualquier cosa que le supusiera un dolor de cabeza. Abandonada, sola, arruinada, Bruno Dumont nos dibuja a la Camille Claudel que otro Bruno, Nuytten, no pudo o no supo dibujar en la versión anterior con Isabelle Adjani y Gerard Depardieu. 
Dumont, cabeza visible del cine de autor más exigente de la Francia contemporánea, pasea la cámara entre acantilados, caminos áridos y angostos, representando el futuro incierto de su protagonista. Siempre al límite, sin saber bien dónde pisa, encomendada a su propia suerte y defensa. A ello contribuye una Juliette Binoche en uno de sus más arriesgados trabajos, el de interactuar con enfermos reales durante el rodaje de la película. Camille Claudel 1915 es una representación poética, lírica, pictórica de una época. Los encuadres con los que Dumont representa el descenso personal de su protagonista recuerdan a todos aquellos intentos que los realizadores más cuidadosos con la fotografía han realizado en sus películas durante este medio siglo. Goya o Friedrich son referentes en esta obra del cineasta francés.
La primera impresión tras ver la película puede resultar negativa. No es una cinta para todos los públicos y es necesario enfrentarse al cine de Dumont, largo, complejo, paciente, antes de sentarse ante Camille Claudel 1915. Sin embargo, poder contemplar la secuencia del reencuentro, los dos monólogos de Camille, las lecciones pontificias de Paul Claudel a un sacerdote que encuentra por el camino a Montdevergues o la simple satisfacción de poder ver a una de las actrices más respetadas del cine actual es una experiencia altamente recomendable.