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[Crítica] 9 meses... de condena

El humor absurdo debería ser considerado ciencia desde el momento en que, lo que parece que va a hacernos levantar del asiento, cerrar el libro o apagar el sistema, nos hace esbozar una vergonzosa sonrisa que no sabemos si borrar rápidamente antes de que nos descubran o mantenerla con todas las consecuencias. En cine hay multitud de ejemplos que ilustran situaciones que rozan el límite de lo que debería ser considerado “humor”. Sin embargo, en todos nosotros existe un cierto componente morboso que nos hace ir más allá.
En 9 meses… de condena, el actor, guionista y director Albert Dupontel nos pone en la tesitura de rendirnos ante lo que se presupone una nueva muestra del absurdo barato o seguir viendo una comedia sobre los equívocos provocados por una noche descontrolada de una magistrada excesivamente controladora. Llena de paradojas y situaciones que bordean peligrosamente la comedia con la vergüenza ajena, 9 meses… de condena es una experiencia disfrutable pero no olvidable. ¿A qué se refiere el término “no olvidable”? Pues a dos apariciones sorpresa, que no desvelaré por motivos inherentes a la crítica, que hacen desembocar la sonrisa en carcajada. Una mención, evidentemente retocada, al preso más peligroso de cierta Familia encarnado por un Monty Phyton (ojo al dato) y un peculiar traductor al lenguaje de signos de un telediario recreado por un actor francés recientemente galardonado con el Oscar.
Todo ello se encuentra aderezado con pinceladas, pocas pero concisas, de comedia surrealista. Una película que se ríe de sí misma y que, por lo menos, cumple lo que promete. No decepciona pero tampoco interesa demasiado más allá del mayor pecado del film, sacrificar la historia completa al recuerdo por parte del espectador de secuencias a cual más bizarra obviando grandes premisas que podrían haberla convertido en, otra más, deliciosa comedia muy del estilo francés. Sin embargo, los galos cuando quieren también dominan el arte de provocar desde lo más primigenio.

[Crítica] Gente en sitios

Hay que tenerlos bien puestos, muy bien colocados, para crear una obra de semejante calado social, económico y cultural. Gente en sitios, dirigida por Juan Cavestany, representa todo lo bueno y lo malo del ser humano en su interrelación con sus congéneres. De la mano de un reparto con lo más iluminado del cine español, el cineasta nos levanta una sonrisa con una desvergonzada muestra del surrealismo más cotidiano.
En el Manifiesto de André Breton, escrito en 1924, encontramos una definición del movimiento que encaja perfectamente con el sentimiento que demuestran los algo más de 80 minutos de metraje que propone Cavestany: “Automatismo psíquico puro, por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral.” Aquí no hay razón, solo inconsciencia procedente de la más absoluta rutina y una total pérdida de valor estético de nuestro componente humano.
Si hay una película en la que podemos sentirnos identificados todos y cada uno de los que nos acercamos a ella, esa es Gente en sitios (y ojo al título, generalista, sobrio, neorrealista, autodescriptivo). Con temas tan trascendentales para la sociedad actual como es el fraude inmobiliario, la búsqueda infructuosa de empleo, la lucha vecinal, la incomunicación interpersonal, la pérdida de las sensaciones con los objetos que nos rodean. Todo ello se encuentra encajado en un conjunto de sketches que nos retratan de una forma auténtica, objetiva e incluso hiriente.
No podemos ser ajenos a lo que Cavestany, con una técnica natural, nada artificiosa, nos muestra. Hay un nombre y apellidos de esta España en cada uno de los personajes de Gente en sitios. Todos y cada uno de nosotros nos reímos de la existencia de estos caracteres pero, si hallamos el verdadero fondo, encontraremos una pequeña parte de nuestra existencia necesitada de cambio. Con esta propuesta, el director ahonda en nosotros y nos propone otra mirada a la vida, a la cotidianeidad, a la rutina.