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[Crítica] Por un puñado de besos

Es preocupante que, desde la gran pantalla, se lancen mensajes un tanto controvertidos sobre las complejas situaciones del enamoramiento entre jóvenes. Por un puñado de besos, la última película de David Menkes, posee algunas frases que suenan bastante mal. Por poner un ejemplo, “hasta que no te acuestes con un chico no sabes si te gusta”. No se entrará a valorar la validez o no de esta afirmación, la cual y personalmente encuentro casi ofensiava, sino el conjunto general de una película que quiere pero que no puede. 
El amor como punto de partida de un renacimiento, de la búsqueda de una nueva vida cuando la enfermedad ataca, sobre todo un mal como el SIDA, y parece arruinar todo cuanto se encuentra alrededor de la persona que lo padece. Ana de Armas y Martín Rivas, con dos interpretaciones bastante normales dentro de lo que podía haber sido, se embarcan en un viaje por la gestación del amor entre dos personas en su fase de enamoramiento. 
David Menkes, aunque no termina de dirigir con certeza cada paso que da, compone una película en la que sobran tantos elementos inusuales e inverosímiles que se va convirtiendo en una propuesta acartonada. Los personajes están desnaturalizados, no consiguen transmitir todos los sentimientos que podrían exigírsele a una trama de estas características. En la mayor parte de los minutos, los actores actúan de una forma tan teatral y despersonalizada que desvirtúan el escaso interés que puede tener el guión. 
Hay un montaje basado en varios conceptos procedentes del videoclip o del formato más televisivo, por ejemplo, la superposición o la división de un mismo plano para ofrecer dos puntos de v
ista distintos del mismo acontecimiento. Ni completa ni distrae, simplemente es un recurso que perfectamente va orientado a apartarse de una línea autoral preconcebida e intentar buscar una narración más cercana, cayendo en la indiferencia.
Por un puñado de besos es una oportunidad perdida para demostrar que, dentro de ese “cine para la juventud”, se pueden crear conceptos serios que reflejen las que deberían ser las preocupaciones de esas edades más que un adoctrinamiento barato que hace más daño del que nos creemos. Hay que ir con cuidado y precaución para no caer en la peor de las comparaciones. Es cierto que hay que apoyar al cine español, pero no a cualquier precio. 

[Crítica] Dallas Buyers Club

La siguiente crítica ha sido redactada por Carlos Fernández Castro (@CarlosFdzCastro) al que agradecemos enormemente su aportación.

Los ejecutivos de Hollywood tienen una mente perversa, ¿qué otra explicación puede encontrarse? Últimamente, parecen haber descubierto el placer definitivo: contratar directores con personalidad propia, con el único propósito de cortarles las alas, mediante la asignación de proyectos artísticamente castrantes. ¿Una demostración de poder? Quizás, pero de lo más absurda, inútil, y poco productiva. La última víctima de esta nueva tendencia ha sido el director de obras tan independientes y arriesgadas como C.R.A.Z.Y. y Café de Flore, lo cual confirma que todos tenemos un precio, excepto los buenos de Park Chan-Wook (Stoker) y Denis Villeneuve (Prisioneros).
Y es que Dallas Buyers Club es ese tipo de películas en las que todos los elementos están al servicio del abominable "basado en hechos reales"; incluso el talento del director. Bien cierto es que su argumento es atractivo e interesante, pero también podemos afirmar que el estilo empleado por Jean-Marc Vallée, a la hora de llevarlo a la gran pantalla, adolece de una impersonalidad alarmante. El estudio de personajes que tanto destacaba en sus anteriores proyectos, brilla por su ausencia en este trabajo, y no precisamente debido al escaso potencial de sus dos protagonistas.
Sería injusto ignorar la impecable factura técnica del film, así como las potentes interpretaciones de Matthew McConaughey y Jared Leto (aunque no por ello merecedoras de un Oscar), y su retrato sobre esa América profunda que desprecia la homosexualidad y derrocha ignorancia por los cuatro costados. Pero no son razones de suficiente peso como para invertir dos horas de nuestras vidas frente a una pantalla de cine. Estamos ante el clásico error de querer realizar una película que cuente una historia más grande que la vida, lo cual desemboca en el no menos clásico quien mucho abarca, poco aprieta.
Dallas Buyers Club podría haberse ahorrado la segunda mitad de su guión, en beneficio de una mayor profundización de los personajes en sus momentos más críticos y psicológicamente interesantes. Sin embargo, la relativa ambición de Vallée parece haberse enfrentado a las insensibles tijeras de sus productores, circunstancia que se percibe en el (frecuentemente) atropellado ritmo narrativo del film.
Dentro de un par de años, habremos olvidado esta película. Tan sólo será recordada como el vehículo que condujo Matthew McConaughey para lograr su primer (¿y único?) Oscar. Después de ver esta película, nadie sentirá indignación por la corrupción reinante en el sistema sanitario americano, nadie experimentará la emoción de haber asistido a una preciosa historia de amistad, y nadie recordará el sufrimiento de su protagonista. Dale un par de semanas y habrás olvidado incluso su título.

[Crítica] Ignasi M.

Ignasi M., la nueva aventura fílmica que nos propone Ventura Pons, es un documental de factura intachable pero que poco aportará a la cinematografía general española a pesar del intento por retratar a lucha de un hombre frente a su enfermedad. El carácter de imperdible que posee este duro, pero por otro lado, simpático documental es un adjetivo otorgado por su protagonista. Un Ignasi Millet que se declara homosexual, seropositivo, restaurador de arte e independentista. Con este cóctel se cuece una forma de ver la vida y afrontar la adversidad rodeado de las posibilidades más positivas que ofrece vivir en cada momento.
Como en todo documental, se pueden extraer lecciones muy valiosas. Y más cuando sabemos que la enfermedad, el terrible SIDA, ataca duramente el cuerpo hasta llevarlo al límite de sus posibilidades. En ese contexto aparece un hombre dispuesto a entregarse a la cámara recordando sus mejores momentos en la vida e intentando repetir de nuevo viejas experiencias con sus amigos, familiares y gente más cercana.
Ventura Pons se acerca a la narración de Ignasi M. con una buena técnica aunque poco arriesgada en su planteamiento. De hecho, su nombre casi parece borrado de la factura final al contemplar la desplegadísima puesta en escena que realiza el propio protagonista de la cinta, dueño y señor de cada fotograma de una forma intensa e inmejorable.