Películas para Dos Vidas; Amelie

Las grandes historias que jalonan nuestras vidas son un material artístico voluble susceptible de adoptar formas divergentes según la capacidad de quien las moldee. El terreno de los sentimientos humanos, de su devenir emocional, es limitado, no está sujeto a una evolución por la que se creen o muten nuevas manifestaciones del sentir individual. Sin embargo, el arte, ya sea en formato cinematográfico, pictórico o literario, sí que está sujeto al cambio, a un dinamismo que lo impele a seguir experimentando con un material permanente y natural al que adherir nuevos enfoques con el único objeto de no caer en el tedio más absoluto. La originalidad del creador se antoja, pues, imprescindible para suscitar la sorpresa en el espectador, como si de un mundo nuevo desplegado ante sus ojos se tratase.
En este sentido, la obra del francés Jean Pierre Jeunet es la sublimación de ese arte que hace que la realidad adquiera tintes insólitos, a pesar de que la materia prima no sea más que un producto cotidiano. El amor como sentimiento floreciente y delirante ha sido tantas veces abordado como películas y libros han sido concebidos, sin embargo, en escasas ocasiones su tradicional esquema (chico conoce a chica o viceversa) fue sujeto de una deformación fantástica como la que desarrolla Jeunet en su Amelie, suscitando esa vaga (e inquietante) sensación de estar asistiendo a un espectáculo totalmente nuevo y original. Y es que la película no es más que un tortuoso camino hacia el encuentro con 'el otro', con esa persona con la que siempre soñaste, aquella que supliera las carencias de tiempos pretéritos; una travesía hacia el amor, al fin y al cabo.
Amelie Poulain es un chica introvertida, incapaz de entablar una relación profunda con nadie debido al lastre de una infancia solitaria marcada por la muerte prematura de su madre y la inutilidad emocional de su padre. Aislada, de este modo, del mundo al que pertenece, la muchacha halla en la fantasía y en su desbordante imaginación al compañero que le fue negado a lo largo de su infancia, sembrando así un particular placer por los detalles, las preguntas absurdas o las historias disparatadas nacidas de su febril ingenio. En su madurez, esa peculiar agudeza la utiliza Amelie para constituirse como la silenciosa defensora de los débiles, los tímidos y las causas perdidas, una revisión femenina del icónico justiciero 'El Zorro'; una actitud que, por otro lado, se evidencia como un vano intento de acercarse a las personas que la rodean manteniendo esa distancia de protección interpuesta por su incapacidad para relacionarse libremente.
Jeunet desgrana paulatinamente y con gran maestría ese juego de tímidas aproximaciones de su protagonista, cuyas fronteras de defensa se tambaleen de forma temeraria cuando el extraño chico que recoge los trozos desgarrados de las fotografías de un fotomatón, aparece en su vida tal y como ha estado esperando durante años. Pero su inseguridad extrema la emplaza a crear un singular pasatiempo de identidades ocultas y gymkanas por la ciudad para retrasar la decisión definitiva que, finalmente, deberá tomar si no quiere dejar escapar la oportunidad que el azaroso destino le ha concedido para amar y ser amada.
De este modo, la película nos conduce en un apasionante recorrido por el universo mágico de Amelie, en el que toda una amalgama de personajes nostálgicos, tiernos o sencillamente desequilibrados completan la insólita atmósfera musical y cromática que hace de esta película todo un hallazgo visual y narrativo. La luz líquida, de un amarillo crepuscular, de los exteriores se tiñe de verde en el café parisino, para dar paso a las tonalidades cálidas del hogar de la protagonista, en una mutación constante asociada con el sentir de la misma e hilvanada por la presencia ubicua de los compases concebidos por el soberbio talento de Yann Tiersen. Aquí, la cámara del realizador no es más que el punto de fuga de la mente inquieta de Amelie, dando lugar a una desquiciada composición de digresiones fantásticas televisadas, juegos visuales y montajes fotográficos animados ajenos a la coherencia formal del medio en el que se inscribe. Todo adquiere visos de excitante delirio, como una fábula introspectiva sin reglas ni límites; tan sólo una desbordante creatividad como axioma ineludible.
Amelie es humor, melancolía, amor y ternura. Una bocanada de aire fresco e hilarante frente a la rutina y la sobriedad del 'mundo real' que invita a soñar, a viajar más allá del estado 'normal' de las cosas, a concebir la realidad como un juguete al que vestir con las prendas que nuestro espíritu nos dicta. Un lúcido alegato, al fin, contra la mezquindad emocional y a favor de la espontaneidad de las bondades humanas. Una película que marca un hito en la historia del cine por su transgresora capacidad de sorprender hasta a el más resabiado espectador y que encandila por su inusitado gusto por la fantasía, tanto visual como narrativa. Un placer, pues, para todos los sentidos.

Series de Televisión; The Borgias

Siempre que aparece una serie de este estilo suelen salir tambien de debajo de las piedras centenares de expertos que se ubican en la corriente del llamado "escepticismo televisivo". Esta denominación podría enmarcar a todos aquellos que analizan cada segundo de cada ficción de la pequeña pantalla para poder criticar simple y llanamente (aunque a veces, con mucha razón) comportamientos de los guionistas que poco tienen que ver con lo realmente sucedido.
Yo no proclamo la inexactitud histórica pero todos sabemos de qué pie cojeamos. La objetividad es un mito viviente y aún hoy, para los que tenemos la ingrata suerte de estudiar Periodismo, es uno de esos preceptos máximos y dogmas de fe a los que debemos llegar algún día. Los periodistas somos como una suerte de budistas que esperan llegar a su "nirvana".
Efectivamente, la objetividad en la ficción televisiva histórica es algo que resulta casi quimérico. Nuestro viaje por el éxito comenzó en 2005 cuando la Meca de la Televisión, la Home Box Office (HBO) realizó con un presupuesto de 100 millones de dólares por temporada una de las series más exitosas de la historia de la pequeña pantalla: Roma. Un recorrido por una de las más apasionantes tramas urbanas de la Roma imperial y que tenía a carismáticos personajes como lúcidos protagonistas. Vorenus, Marco Antonio, César y toda la sarta de arpías y sátrapas que poblaban los palacios romanos estaban reflejadas en una serie que pasará a la Historia por querer narrar cientos de relatos de una manera apabullante y que posteriormente quedó en un exceso de metraje y una apabullante puesta en escena que bien mereció cada dólar invertido en su producción. Roma fue uno de los primeros ejemplos en la televisión actual de que la objetividad no estaba tan diáfana como se pretendía. Hay teorías, procedentes de los historiadores más ávidos, que investigan la procedencia real de cada uno de los personajes que aparecen en el metraje.
En todas estas series hay una obsesión por encontrar un equilibrio entre la realidad / Historia y la ficción / licencias narrativas. Al final nos preocupamos más de si Marco Antonio realmente concibió a sus hijos con Cleopatra en un campamento entre Tebas y Alejandría que de intentar disfrutar con una superproducción como nunca jamás volveremos a ver. Por si fuera poco, se nos introducía en una espiral de sexo y violencia que a poca gente gustó en su primer visionado pero que fue sustituyendo por altas dosis de calidad en la redacción de todos y cada uno de sus veinticuatro capítulos de una hora de duración.
En segundo lugar, y dos años después, el actor irlandés Jonathan Rhys Meyers estrenaba bajo el auspicio de la productora Showtime una serie muy popular sobre un tema muy recurrente en la Historia como son los seis matrimonios del rey Enrique VIII y el fatídico destino de algunas de sus esposas. Con un planteamiento tan atractivo, a Los Tudor le llovieron los palos nada más comenzar. Nadie se imaginaba al orondo y rosado monarca británico con aquel porte esbelto que poseía Rhys Meyers. Sin embargo y a pesar de su flagrante éxito, las inexactitudes históricas en la serie son evidentes. Muchos de los acontecimientos ni siquiera sucedieron o están confundidos de una manera bastante escandalosa. La muerte de Ana Bolena o Tomás Moro, el nacimiento de Bolena, la fundación del Vaticano o algunas fechas de guerras imposibles de librar por Enrique VIII son algunos de los ejemplos más demostrados de una serie que terminó con su cuarta temporada pero que le dio numerosas alegrías tanto a su productora como a sus intérpretes, resucitando las carreras de Sam Neill y Jeremy Northam o relanzando la de Jonathan Rhys Meyers.
Es normal que para el estreno de The Borgias la mayor parte de los historiadores ya estén de uñas a ver lo que se encuentran en esta serie que bebe, sobre todo, de Los Tudor en su planteamiento aunque difiere en su temática. Especialmente atentos se hallan los expertos españoles que, viendo como nos tratan fuera de nuestras fronteras, están a la espera de cualquier atisbo de ineficacia narrativa para comenzar a dar palos a diestro y siniestro.
Tras ver el episodio piloto (en versión original, por supuesto) este escritor os anima y os exhorta a no perder el hilo de una serie que promete seguir en la estela de las grandes ficciones históricas. En España tendremos ocasión de verla en Cuatro aún sin fecha confirmada aunque ya podemos ver las correspondientes promos que nos ponen la miel en los labios.
Puedo afirmar que la serie tiene todos los ingredientes necesarios para convertirse en un éxito. Jeremy Irons ha sido siempre un intérprete formidable y lo sigue demostrando a sus 62 años encarnando de manera sublime a Rodrigo Borgia, heredero de la familia española que llega como miembro de la curia a Roma y se convierte en Vice-Cardenal del papa Inocencio VIII. La trama comienza con la muerte de dicho pontífice y se nos van retratando las intrigas que rodean a una saga familiar que ha sido objeto de las más diversas teorías y conspiraciones. Los cuatro hijos de Rodrigo Borgia (Juan, Gioffre y, sobre todo, César y Lucrecia) serán el origen de los desvelos del protagonista y de nosotros, los espectadores ansiosos de ver cada uno de los capítulos de una serie que ya ha conquistado su terreno en Estados Unidos y Canadá como perfecta heredera de la recientemente desaparecida Los Tudor.
Creada por Michael Hirst, guionista de todos los episodios de la trama de Enrique VIII, The Borgias supone la primera incursión de un director consagrado como es el irlandés Neil Jordan (Juego de Lágrimas, Entrevista con el Vampiro, Michael Collins) en el terreno televisivo. Diálogos sólidos, una ambientación perfecta de la ciudad de Roma en el año 1492, cuando Rodrigo Borgia comienza sus fechorías, y un tema inicial que invita al visionado de cada capítulo es lo que se nos ofrece en esta nueva apuesta de la cadena Showtime, la cual sigue teniendo en Dexter a su buque insignia dentro de la alta competencia inserta en la nueva ficción televisiva norteamericana.
Sólo hemos visto un episodio, el piloto, pero las sensaciones son más que excelentes. Yo, gran amante de la Historia y de las artes interpretativas de Jeremy Irons, encuentro en esta serie un aliciente para seguir creyendo que todavía existen posibilidades de poder ver buenas tramas en televisión alejadas de los condicionantes adolescentes o de los tópicos harto repetidos de las series que se están estrenando recientemente. La fidelidad a ficciones como Mad Men, Dexter, House o Breaking Bad son garantía de calidad.
Y ahora más que nunca. Mi compañero Jesús Benabat tuvo el placer de hablar sobre sus sensaciones acerca de la llegada de la primera temporada de Juego de Tronos a la pequeña pantalla, en lo que supone una nueva serie de HBO que está enamorando a centenares de miles de espectadores y que, junto con The Borgias, se convierte en una de las apuestas más importantes para este 2011 en lo que a televisión se refiere.

Películas Para Dos Vidas; Con la Muerte en los Talones

Al son de violines y tambores escuchamos una de las bandas sonoras más emblemáticas de la Historia del Cine. Así comienza Con la Muerte en los Talones. El compositor Bernard Herrmann realizó un portentoso trabajo realzando el impetuoso suspense de esta película que nació de la mente del gran guionista Ernest Lehman. 
Hay poca gente que todavía no haya contemplado esta maravilla por la que siempre habremos de dar las gracias a ese orondo director llamado Alfred Hitchcock. Y también hay muy poca gente que admita que no ha visto en su vida ninguno de los metrajes realizados por el aclamado realizador británico, apodado no sin razón, "el maestro del suspense". Y especialmente ésta película, una de las más famosas del genial director donde tenemos oportunidad de perdernos en una maraña de espías, confusiones y terceras identidades que nos harán disfrutar de lo lindo.
Con la Muerte en los Talones fue realizada en 1959 y estrenada con un éxito atronador que aún, hoy en día, dura entre las generaciones más recientes de cinéfilos. Todas y cada una de sus secuencias son magia pura del cine. Hitchcock era único a la hora de hacernos temblar en el asiento del cine y, ahora, en las ediciones de vídeo doméstico donde ver Psicosis o Los Pájaros en una noche oscura no es lo más recomendable.
Un director que explotó los recovecos más profundos de la mente humana en cintas de corte más psicológico como Sabotaje, Marnie o Frenesí, realizó en esta ocasión una simple y diáfana película de suspense y espionaje donde tenemos oportunidad de recrearnos con uno de los intérpretes más maravillosos que la Historia del Cine nos legó, un Cary Grant en estado de gracia que nos obsequia con, posiblemente, una de las secuencias más impresionantes jamás rodadas la cual se halla en el imaginario colectivo de millones de amantes del buen cine. Hablamos de la secuencia donde está a punto de morir abatido por los disparos de una avioneta fumigadora en mitad del desierto más árido de la zona central de Estados Unidos. 
Sin embargo, no es solamente esta escena por lo que Con la Muerte en los Talones merece ser recordada por siempre. Interpretaciones sublimes de grandes actores como James Mason, Eva Marie Saint o Martin Landau sostienen un guión fácil pero con más de una trampa que el espectador debe intentar resolver a medida que transcurren los minutos de esta gran película.
Nos encontramos también con un libreto castigado por la censura de la época. Es por ello que algunas partes de la película están montadas a posteriori con un doblaje bastante más deficiente que la cinta original. El sexo era un elemento tabú en aquella mitad del siglo XX y por ello los censores decidieron meterle la tijera al metraje dañando por siempre el resultado final.
Algo que debemos tener en cuenta a la hora de ver la película es el elemento llamado MacGuffin, una palabra acuñada por el propio Hitchcock en el que se fija un objetivo dentro del guión a través del cual todos los personajes se van interrelacionando. Pero la trampa está en que ese objetivo no es nada, no representa nada en particular sino que simplemente es una excusa para tejer alrededor de uno o varios personajes una serie de acontecimientos que lo irán llevando a un destino, a veces simpático, otras veces muy desagradable.
Con la Muerte en los Talones representa lo mejor del cine clásico. Cary Grant fue el galán por excelencia de una época en la que las mujeres (y muchos hombres) bebían los vientos por cada película que aparecía de este formidable intérprete británico. Su soltura en la gran pantalla y su química con el espectador hicieron que trabajase hasta cuatro veces con Alfred Hitchcock, siendo ésta la última de ellas tras Encadenados, Sospecha y Atrapa un Ladrón. Ingrid Bergman, Joan Fontaine y Grace Kelly tuvieron la oportunidad de deleitarse con la compañía en escena de un actor tan grande como universal.
George Kaplan siempre será ese personaje del que todos los amantes del cine de Hitchcock siempre tendremos como cabecera de los guiones de uno de los directores sagrados para todo buen aficionado al buen Séptimo Arte, ese del que siempre nos acordamos cuando vamos a las salas de cine y no encontramos más que bazofias indeseables fruto de una economía de mercado que nos está castigando día si y día también.

Crítica Perdona pero quiero casarme contigo; Moccia se reinventa en su culto al pseudorromanticismo

 2/10
Cuando el cine no te dota de argumentos suficientes por esgrimir aunque tu intención no sea otra que dilapidar malévolamente el producto en cuestión, es mejor despojarse de la pedantería consustancial del cinéfilo exigente y entregarse, en un ejercicio francamente reparador, a la crítica más feroz que tu mente vapuleada por la película te permita expresar. El antecedente mas cercano lo encontramos en esa revisitación patria de la obra literaria de Federico Moccia, 3 metros sobre el cielo, la cual desempeñó a la perfección su papel de salvavidas de las maltrechas arcas comerciales del cine español a la vez que provocaba la náusea entre los espectadores que no tenían los ojos empañados en lágrimas ante tamaño caudal de emociones desatadas por el suspense de una historia de amor tan honda y veraz.
Curiosamente, cuando el trágico recuerdo de la película se iba difuminando en la memoria, el bueno de Federico Moccia regresa de nuevo a las pantallas, esta vez dirigiendo la adaptación de su propia novela, con la intención de convertirse en el héroe indiscutible de toda una generación de jovencitas entregadas a ese compendio de clichés, comicidad forzada y pseudorromanticismo que compone el universo creativo y sentimental del escritor-director italiano. Es una lástima que sus películas no sean aptas para un sector del público al que las dosis ingentes de edulcorante rosa pueden causar efectos irreversibles en su salud mental, más aún si los conceptos que manejan en torno al amor o el compromiso van más allá de una sucesión de vaivenes absurdos en la historia de una pareja cuyo fin último y previsible es la sílaba afirmativa en el día más importante de la vida de cualquier persona; la boda (léase en clave irónica).
Lo cierto es que en la primera entrega de lo que promete ser una saga primordial en la historia del cine (B, de bodrio), Perdona si te llamo amor, Moccia conseguía alcanzar ciertas cotas de comicidad gracias a la herencia residual del ritmo apresurado e hilarante del género cómico italiano de los 70, todo ello al servicio de una historia convencional aunque hasta cierto punto tolerable sostenida por el atractivo de sus dos actores protagonistas. En esta secuela, Perdona pero quiero casarme contigo, el terreno avanzado a medias por su director es desandado de forma fulminante gracias a una peligrosa carencia de ideas con un mínimo de originalidad y a un evidente desconocimiento del medio cinematográfico en el que se mueve. Y es que, a pesar del éxito cosechado en el terreno literario con novelas a las que me abstengo de enjuiciar, Moccia debería haber sido apercibido de que la traslación literal de diálogos y soliloquios narrativos del papel a la pantalla, sencillamente no funcionan, de hecho, lastran una película que en la mayor parte del metraje se asemeja más a un anuncio de bombones o de perfume para jóvenes que a un verdadero producto fílmico. 
 La estética y la puesta en escena tampoco socorren la linealidad del tejido argumental. Moccia recurre redundantemente a los primeros planos, a los travellings eternos para imprimir cierto ritmo, a la música para silenciar la simplicidad de los diálogos, al mismo tiempo que realiza digresiones fantásticas (cuando los personajes hablan para sí mismos) con recursos más propios de una sitcom televisiva de bajo presupuesto o incluso de una obra de teatro de instituto. Y todo ello no es debido precisamente a una financiación limitada, si se tiene en cuenta que la productora que respalda al proyecto es nada menos que Medusa Films, división cinematográfica del gigante mediático de Silvio Berlusconi, Mediaset. Nos resulta fácil imaginar a 'Il Cavaliere' gozando en su mansión una lluviosa tarde de domingo de la película de su amigo Moccia, identificándose con el atractivo del maduro Raoul Bova, encantador de 'velinas' veinte años (o cincuenta en el caso del primer ministro italiano) más jóvenes aunque entregadas a las bondades de su atractivo físico (o económico). Ese, al fin y al cabo, es el verdadero espíritu de macho italiano que ha defendido a lo largo de su vida y que puede anticipar su esperada jubilación, para el alborozo de su pueblo y del mundo.
Perdona pero quiero casarme contigo es una muestra más de los niveles subterráneos a los que está descendiendo la comedia romántica en su particular proceso de mimetización con los subproductos norteamericanos. No hay sorpresas, ni giros inesperados, ni imaginación, ni siquiera romanticismo verdadero, tan sólo una ridícula simulación de lo que realmente es una relación de pareja. La película de Moccia repasa todos los lugares comunes del proceso de madurez del noviazgo (comenzar a vivir juntos, conocer a los suegros, fraternizar con las cuñadas, la pedida de mano y, al fin, la boda) aunque comprimiendo los tiempos a apenas unas semanas y exagerando hasta lo grotesco cada una de las etapas, incluida la de las dudas prematrimoniales. El resultado es una comedia sin gracia, previsible y con momentos que se internan en el bochorno más absoluto.
A tenor de las consecuencias en las que han derivado sus ambiciones artísticas, cada vez resulta más necesario que alguien le diga al bueno de Federico Moccia; "Perdona, pero no quiero volver a saber de tí".

Series de Televisión; Juego de Tronos

Es un hecho incontestable; las fronteras interpuestas entre los formatos televisivos convencionales y la producción cinematográfica tradicional han sido arrumbadas finalmente propiciando un transvase de calidad y presupuesto desde la industria del séptimo arte hasta el mercado masivo de la pequeña pantalla. Para aquellos que aún guardaban ciertas reticencias en legitimar este movimiento iniciado por series como Hermanos de Sangre, Los Soprano o The Wire, la cadena de cable estadounidense Home Box Office (HBO) ha dado un rotundo golpe de autoridad en el panorama televisivo con una nueva propuesta de ficción de tintes épicos, tanto en su argumento como en su despligue financiero, que promete marcar el definitivo hito histórico de la gran época dorada que estamos viviendo desde nuestros hogares.
Juego de Tronos (Game of Thrones) no es ya sólo una muestra más del rigor creativo de una productora independiente que ha suplido la carencia de originalidad de Hollywood, sino la traslación definitiva del espectáculo cinematográfico a un formato seriado de infinitas posibilidades narrativas al que se adhieren elementos hasta este momento inéditos en el espectro catódico. Lejos quedan ya las historias convencionales filmadas según patrones rutinarios y con un indisimulado conservadurismo formal; la televisión de hoy es un estimulante laboratorio de apuestas transgresoras que no eluden la violencia, el sexo o el humor más negro para cautivar a una audiencia masiva global. En ese sentido, la nueva serie de HBO concentra en sí misma muchos de esos ingredientes y les añade un escenario totalmente nuevo, inaudito, reservado hasta ahora para las grandes superproducciones cinematográficas. Juego de Tronos podría haber sido una saga fantástica al estilo de la trilogía de El Señor de los Anillos, no en vano se basa igualmente en una serie de novelas (Canción de Hielo y Fuego) escritas por George R.R. Martin; sin embargo su singularidad viene dada por su adaptación a un formato episódico que puede elevarla a una categoría antológica.
Al menos sus responsables, la plana mayor del panorama televisivo entre los que destacan Tim Van Patten (Los Soprano, Boardwalk Empire), Brian Kirk (Los Tudor, Luther), Daniel Minahan (Deadwood, True Blood) y Alan Taylor (Roma, Bored to Death); van a poner todo su empeño en conseguirlo con el respaldo económico suficiente para lograr una ambientación fiel al original literario. Juego de Tronos en un proyecto majestuoso que ya en su capítulo piloto sienta las bases de lo que promete ser todo un espectáculo visual sustentado en un tejido argumental complejo subdividido en diferentes tramas y en las interpretaciones sólidas de un elenco actoral encabezado por el siempre convincente Sean Bean.
Llega el invierno... y con él la oscuridad de una época cruda y larga en la que la amenaza de criaturas salvajes y las ambiciones enconadas por el trono de los siete reinos se extiende como una sombra preludio de aventuras y empresas por llevar a cabo. La acción se abre paulatinamente, con cierto aire enigmático, tenebroso, en los confines del Muro, en un bosque helado donde unos soldados se enfrentan a un enemigo incierto, temido desde hace siglos. El pulso del primer acto es brillante, algo grotesco, pero con un sentido del ritmo deudor de las grandes obras del suspense, hasta dar paso a un desarrollo más disperso aunque no menos cruento. En este primer episodio, los personajes son esbozados con cierto hondura por una cámara curiosa, con el genuino estilo de Van Patten (pues ya en televisión podemos hablar de cierta autoría), que enlaza los tres grandes bloques de una historia que confluye en la lucha por el tan ansiado vértice de poder, a través de una sólida narración enmarcada por el ambiente gris, frío e implacable de Invernalia.
Una obertura que anticipa algunas de las bondades de una serie en la que la violencia, el sexo sin tapujos y las truculentas relaciones entre sus protagonistas van abriéndose paso en el flujo discursivo de los episodios, hilvanados por un necesario componente adictivo emplazado en el final de cada uno de ellos (o al menos eso se intuye tras la primera entrega). La expectación en torno a Juego de Tronos ha estado, pues,  justificada a tenor de la calidad indiscutible de su inicio demoledor, por lo que las sombras de dudas acerca de si logrará mantener el pulso en su posterior desarrollo están desacreditadas. La HBO ha apostado fuerte y su consecuencia directa no puede ser otra que la competitividad de un mercado que vive un esplendor al que auguramos una larga existencia. Millones de espectadores ya han quedado prendidos por este espectacular entrega de fantasía épica que adapta lo inadaptable según los propios directivos de la cadena, y aún quedan otros once capítulos por disfrutar, además de una segunda temporada confirmada. La aventura continua..nosotros no nos la perderemos.

Dulce Cine de Juventud; Señora Doubtfire

 Era refinada, eficiente, cándida, laboriosa, amable, tenía buena mano con los más pequeños... una perfecta niñera británica para armonizar un familia desestructurada por el traumático divorcio de sus progenitores. No obstante, como diría John E. Brown en el antológico final de Con faldas y a lo loco; "Nadie es perfecto", y la encantadora señora Doubtfire resultó no serlo por el nimio detalle de esconder una verdad tan frívola como que en realidad era Robin Williams travestido magistralmente en anciana en un arrebato desesperado por disfrutar del tiempo que el juez le negaba para estar con sus tres hijos. Suerte que su amor tenía más vigor que su ignorancia manifiesta en tareas del hogar ordinarias como cocinar, hacer la colada o servir de consejero amoroso de su propia mujer; una misión francamente engorrosa si, de forma paralela, debe ocultar su identidad (no siempre de forma cuidadosa, y si no que le pregunten a su hijo adolescente cuando descubrió a la dulce nannie haciendo pis desde las alturas), al mismo tiempo que intenta conseguir un trabajo digno o sortear las exigencias de una inspectora social asfixiante y demasiado exigente.
En resumen, todo un clásico del género cómico familiar con una decena de escenas memorables conectadas por el talento indiscutible de un comediante total venido a menos pero con una carrera de éxito arrolladora en la década de los 90. Y es que nadie como Robin Williams para hacer de la personalidad disociativa de su personaje un ejemplo perfecto de comedia amable, divertida y saludable con la que seguir profiriendo carcajadas tras un ingente número de visionados en televisión. Es lo que tienen los clásicos (cada uno en su categoría); el tiempo no causa los estragos inherentes a su naturaleza, sino que se reivindican entre tanto producto cínico y sin gracia.
En ese sentido, Chris Columbus siempre tuvo meridianamente claro que su carrera como cineasta no era más que una excusa para hacer un poco más feliz al espectador medio, y así lo demuestra en Señora Doubtfire, conjugando ternura con cierto toque gamberro al jugar con el profundo contraste entre el candor de la anciana y la masculinidad incontenible del hombre que cobija bajo su apariencia; de hecho, nunca se vio en el lugar una abuela que bien podría haberse presentado al rookie del año de baloncesto, a la reina de la pista de baile con aspiradora y escoba como acompañantes al más puro estilo Risky Bussines, o a lanzadora olímpica de peso, en este caso de kiwis, como el que sobrevoló con asombroso tino hasta la nuca del galán de turno, Pierce Brosnan.
Y es que el bueno de Daniel Hillard tenía razones para guardar cierto rencor hacia este personaje (y a su coche), pues con su encanto irresistible conquistaba a su ex mujer (Sally Field no puede desembarazarse de esa vis neurótica que la caracteriza y que hace las delicias de sus seguidores), al mismo tiempo que se internaba peligrosamente en la vida de sus hijos como sustituto paterno; algo que no impidió que la señora Doubtfire (o lo que quedaba de ella tras la ingesta apresurada de varios whiskys) lo salvara de una intoxicación (previamente planeada) por pimienta en su comida que dejó al descubierto la farsa que había iniciado con la sesión de maquillaje más divertida de la historia del cine (categoría en la que consiguió el Oscar). Las cosas, finalmente, no le salieron nada mal a Hillard-Doubtfire y a pesar de las mentiras piadosas vertidas durante su doble vida, su ex mujer comprendió las locuras que se pueden llegar a cometer por el amor irrefrenable hacia unos hijos.
Robin Williams (consiguió el Globo de Oro por este papel) debería ser recordado en la posteridad con interpretaciones tan decididamente histriónicas como la que lleva a cabo en esta deliciosa Señora Doubtfire, pues todo en ella, cada gesto, cada voz impostada, cada escena disparatada, es una clase magistral de comedia en estado puro en la que resulta imposible contener la risa. Qué felicidad produce seguir recordando películas como esta, clásicos de un género en peligro de extinción, pero con un patrimonio que permanecerá en el tiempo. Les dejo con una muestra de lo que se han perdido aquellos que han sorteado las innumerables reemisiones televisivas de la cinta. 

                                                                         

Fallece Sidney Lumet, la voz de la Norteamérica oscura


Nueva York despidió anoche a uno de los cineastas norteamericanos más prolíficos de la época dorada del Séptimo Arte. Sidney Lumet fallecía a los 87 años con una tremenda filmografía a sus espaldas. Nadie como Lumet para indagar en los entresijos más ocultos de su propia condición de norteamericano. Un hombre que conocía como ninguno los secretos más sombríos del ser humano y los explotó en todas y cada una de sus películas.
Su primera obra, su debut como director, se ha convertido en uno de los grandes clásicos que jamás se han rodado en Hollywood. 12 Hombres Sin Piedad fue una de las apuestas más interesantes de aquel 1957 llegando a estar nominada a la Mejor Película, Director y Guión Original. Eso es lo que se suele llamar "un buen comienzo".
Lumet ha trabajado con los mejores actores y actrices que jamás vimos pasar por la gran pantalla. Desde Henry Fonda a Marlon Brando pasando por Paul Newman, Rod Steiger, Faye Dunaway o Al Pacino. Todos ellos dieron un vuelco a su carrera tras colaborar con este cineasta al que tanto le debe el moderno cine social norteamericano. 
Ahora, a ese cine lo calificamos como indie, pero Lumet ya supo como indagar en los más oscuros sentimientos del ser humano mucho antes de que esta corriente terminara de triunfar. Sidney Lumet recorrió la geografía de Estados Unidos buscando historias en las que sentirse identificado él mismo y rodar con la libertad de no plegarse a los designios de una industria con la que jamás quiso tener nada que ver.
Incluso su última película, Antes Que El Diablo Sepa Que Has Muerto, poseía ese aura que identificó el lado más corrosivo de la América antipática. Indudablemente, la calidad de esta última película no se puede comparar con obras maestras como Veredicto Final, Network: Un Mundo Implacable, Equus (con el incomparable Richard Burton), Tarde de Perros, Serpico, Asesinato en el Orient Express o Piel de Serpiente
En todas ellas, desde la más profunda de las Américas hasta ambas costas, Sidney Lumet consiguió trazar un mapa por la dejadez, la corrupción, el amor, la mentira, el soborno, la amistad, la bondad y la maldad del ser humano. 
Sidney Lumet fue un hombre reconocido por sus compañeros de profesión. Y sin que a él le entusiasmasen demasiado los premios, fue nominado en cuatro ocasiones para el Oscar al Mejor Director (Doce Hombres Sin Piedad, Tarde de Perros, Network y Veredicto Final). También tuvo su oportunidad de optar al Oscar al Mejor Guión por Príncipe de la Ciudad. Naturalmente, y como le pasó a los grandes nombres de la Historia del Cine, no recibió premio alguno por ninguna de estas películas y la Academia, en un acto de pentimenti decidió otorgarle el Oscar Honorífico en 2004.
Es por ello que dedicamos desde este rincón cinematográfico nuestro recuerdo a un director magnífico que nunca dejó de trabajar para dar a conocer lo que pensaba del mundo que vivía a su alrededor. Gracias a Lumet, hoy podemos disfrutar de todo un catálogo fílmico inimitable que ya jamás podremos borrar de nuestras cinéfilas memorias.
Descanse en paz, Sidney Lumet.

Crítica HappyThankYouMorePlease; Hablemos de amor...

6/10
La comedia romántica con el inconfundible sello 'indie' norteamericano parece que prosigue en su ardua conquista del terreno monopolizado por los grandes estudios y las rutilantes estrellas mediáticas del género; y lo hace filtrándose por las rendijas de un mercado profundamente competitivo a través de apuestas originales que encuentran un foro idóneo en festivales alternativos como Sundance. Hace dos años, una comedia pequeña aunque de gran interés titulada (500) días juntos y protagonizada por Joseph Gordon-Levitt y Zooey Deschanel consiguió abrirse camino entre el gran público internacional con una narración que rompía los esquemas tradicionales del género, con una cadencia más pausada y tintes dramáticos que conferían mayor hondura a sus personajes, en contraposición a la llanura intelectual exhibida por el ingente número de productos estandarizados y pseudorrománticos que fabrica Hollywood cada año.
Josh Radnor, vértice narrativo de una de las series cómicas más 'legendarias' de toda una generación, Cómo conocí a vuestra madre, se une a este movimiento cinematográfico joven y alternativo al embarcarse en un ambicioso proyecto personal en el que pretende contar de forma diferente una historia de amor (en este caso tres) que no deja de obedecer a la típica dinámica de 'chico-conoce-a-chica'. HappyThankYouMorePlease es una comedia romática que deforma los códigos homogeneizados de su categoría al introducir variables y elementos contradictorios en su desarrollo discursivo. Sólo así podemos entender la cadena de casualidades que llevan a su protagonista (el propio Radnor), un aspirante a escritor con escaso éxito, a iniciar una curiosa amistad con un chico de edad incierta al que encuentra desamparado en el metro cuando se dirigía a una importante reunión que resultó ser un fracaso mayúsculo. Su inesperada paternidad sobrevenida por la negativa del niño a regresar con su familia de adopción, lleva a Sam Wexler a compaginar esta nueva vida con el romance tormentoso al que se ve abocado cuando conoce a una dulce camarera (Kate Mara) de la que queda prendido inmediatamente.
La acción de la película escrita, dirigida y protagonizada por Radnor, se desgaja asimismo en otros dos ejes argumentales enlazados que nos presenta los problemas amorosos de una vitalista chica con alopecia (una excepcional Malin Akerman) incapaz de elegir a la persona correcta para sentirse feliz; y las diatribas existenciales de una pareja joven conmocionada por la noticia de un embarazo inesperado. Si bien es cierto que las historias tienden a cruzarse de forma fluida y sin grandes obstáculos narrativos, el interés de estas es cuanto menos discutible, y su yuxtaposición a lo largo de la trama suscita una cierta sensación de estar siendo entretenidos mientras el relato principal se va desarrollando hasta su esperado final.
El trabajo de Radnor en la dirección es suficientemente eficaz como para mantener la atención activa del espectador a lo largo de toda la película, inyectando un ritmo sosegado y configurando una atmósfera teñida de un ligero tono melancólico y derrotista con la gran urbe neoyorkina como telón de fondo y actor imprescindible de la trama. 
Las emociones desatadas van jalonando la narración a impulsos inconscientes, como si la apatía exhibida por el personaje central sólo fuese interrumpida por el énfasis romántico del momento preciso, en el que su naturaleza de esperanzado escritor emergiera entre el pesimismo de su fallida carrera profesional. Por ello adopta durante cierto tiempo a un chico que lo necesita a pesar de las consecuencias que ello puede acarrearle, o sugiere a la chica a la que acaba de conocer una disparatada proposición por la que ella se mudaría a su casa durante tres días para corroborar si su amor fulminante es real. Ese espíritu apasionado e insensato se esfuerza en escapar de un angustioso desánimo que lo paraliza y le imposibilita entregarse completamente a todo aquello que ama; un círculo vicioso del que quizás se evada gracias a una canción, una oda a la certidumbre, al optimismo más entregado e inconsciente.
HappyThankYouMorePlease (consiguió el Premio del Público en Sundance 2010) supone una interesante y necesaria aportación alternativa a un género castigado por la previsibilidad y el cinismo supuestamente transgresor de sus actuales planteamientos, al erigirse como un inocente (y hasta cierto punto autocomplaciente) juego de niños  en torno a un asunto tan trascendente como el amor. Niños grandes que luchan por despojarse de todo aquello que los arrastra hacia la tristeza y la autodestrucción, hasta brotar con el ímpetu ilusionado de una madurez plena y colmada de ternura, pasión y cariño. Quizás haya que mirar más allá, en nuestro interior, en el del otro. Qué mejor forma para concluir que con una sonrisa, una historia por escribir en nuestra febril imaginación de espectador.

25 años de fantasía, 25 años de Píxar

La factoría de sueños Píxar cumple 25 años de existencia y desde aquí le rendimos un sencillo homenaje con este video retrospectivo a través de sus doce largometrajes de animación y veinte cortometrajes que han hecho las delicias de jóvenes y adultos en las salas de cine de medio mundo. Son tantas historias trepidantes y emotivas las regaladas por este estudio que aún hoy es complejo vislumbrar su importancia en la configuración de la historia del cine moderno. Disfruten de su creación, gocen de esta lección de sentimientos animados.

Crítica En un mundo mejor; Entre el perdón y el castigo

8,5/10
El cine europeo no es precisamente el irrenunciable punto de referencia del espectador de cine español, más proclive a los productos seriados y ocasionalmente originales de la industria norteamericana. Y todo ello a pesar de los evidentes nexos de unión históricos, culturales y sociales compartidos como consecuencia del espacio físico que ocupamos y de la unión política-económica establecida entre los pueblos. Una verdadera lástima a tenor de las excelentes películas que recurrentemente son realizadas dentro de las fronteras comunitarias. La que hoy presentamos, es un ejemplo ideal para corroborar esta tesis. 
En un mundo mejor es la nueva película de la directora danesa Susanne Bier, una de las voces europeas más legitimadas de la actualidad, quien ya sorprendió a muchos hace dos años dentro del homenaje que el Festival dedicó a Dinamarca con su fascinante y desgarrada Después de la boda (2006). Antes, ya había filmado El amor de mi vida (1999), cuyo éxito de público la encumbró como figura de referencia en su país, Te quiero para siempre (2002), englobada en el movimiento artístico Dogma 95 iniciado por los también daneses Thomas Vinterberg y Lars von Trier; y Hermanos (2004), seleccionada por los festivales de Sundance, Toronto y San Sebastián, donde se alzó con sendas Conchas de Plata a sus intérpretes protagonistas. Incluso ha tenido la oportunidad de realizar su primera incursión en Hollywood de la mano de dos actores consolidados como Benicio del Toro y Halle Berry en su notable Cosas que perdimos en el fuego (2007). Ante estas credenciales, las expectativas suscitadas en torno a su nueva película están plenamente justificadas.
Y, ciertamente, no ha defraudado. Susanne Bier construye un intenso y profundo drama que reflexiona sobre la violencia y las dinámicas del caos que fluyen subterráneamente en la sociedad occidental desarrollada realizando una sugestiva comparación con otra cultura supuestamente inferior (en este caso la africana), en la que curiosamente se repiten y asemejan muchas de las actitudes que brotan en su reverso amable, la otra cara del mundo identificada aquí con la aséptica y feliz Dinamarca.
Como nexo de unión, un médico sueco que trabaja periódicamente en un campamento de refugiados de un lugar indeterminado del continente africano atendiendo, apenas con los medios mínimos, a un flujo incesante de enfermos y heridos sin mayor esperanza que ser recogidos por un espíritu amable. Cuando no se encuentra realizando estas labores humanitarias, viaja a Dinamarca para estar con sus dos hijos y su mujer, de la que se encuentra en proceso de separación. El mayor de sus hijos, de diez años, sufre un acoso constante en el colegio por parte de una banda de chicos que le increpan por ser sueco. Sin embargo, su vida mutará radicalmente cuando conozca a Christian, un chico confuso y lleno de odio que acaba de perder a su madre y regresa con su padre desde Londres; el cual sembrará en su existencia complejas dicotomías acerca de la actitud que tomar dentro de una sociedad aparentemente plácida y pacífica pero en la que se producen subterfugiamente brotes espontáneos del caos que es, en sí mismo, el ser humano.
La realizadora danesa narra con poderoso sentido del ritmo una historia que penetra en la mente del espectador con una alienante y vaga sensación de empatía con los dos paradigmas que se plantean como posición a mantener en el juego interactivo de la vida en sociedad. Por un lado, una actitud pasiva y coherente con los valores morales instituidos como normas en el estado social representada por la figura del médico; por otro, la conducta activa y represiva de la que hace gala Christian. En un mundo mejor analiza las dinámicas de autoridad y dominación que se desarrollan en las relaciones humanas, como un juego de poder en el que el más fuerte prevalece mediante el uso consciente de su superioridad. Christian (una suerte del Max Demián de Herman Hesse) utiliza sus prematuras dotes intelectuales y técnicas para controlar a su nuevo amigo, educado por su padre en los valores (podríamos decir cristianos) del perdón y la tolerancia, al igual que el inefable caudillo africano aterra a toda la población de la región con sus viles secuaces armados.
La colisión entre ambas concepciones se produce en más de una ocasión a lo largo de la película; desde la venganza violenta de Christian contra el abusador del colegio, una actitud ante la que es difícil permanecer en la coherente posición de condena a la que el acto impele, hasta el momento en el que el médico se ve sobrepasado por la situación y facilita el linchamiento del asesino, una escena que concentra en sí misma buena parte del espíritu pesimista de la cinta, con una hondura dramática difícil de ver en el cine actual. El debate queda abierto; la sociedad al borde del caos, a un paso del desorden que nos lleva al exterminio; se trata de elegir entre perdonar o castigar.
En un mundo mejor conmueve y fascina por igual. Más allá de la evidente profundidad de la trama, Susanne Bier filma con un estilo demoledor, sabe cuando ralentizar la imagen, cuando mantenerla sobre el rostro del personaje, cuando dar el giro que añada un significado complementario a la escena; apuesta por un lenguaje fílmico de una belleza cruda, desgarrada e hipnótica, dirige como una cineasta total heredera de los grandes nombres del cine dramático, y además innova en el aspecto formal con nuevos recursos que domina con pasmosa soltura.
 Por si fuera poco, se rodea de una terna de actores que aportan un verismo y unos matices a la trama sorprendentes; el mejor ejemplo, Mikael Persbrandt, toda una institución en Suecia aunque poco conocido fuera de sus fronteras, verdadero centro de la película dando vida al médico solidario y tolerante. Persbrandt realiza una de las interpretaciones más creíbles, dolientes y excepcionales que este humilde cronista ha tenido la oportunidad de disfrutar en los últimos años. Tampoco quedan muy lejos el conocido Ulricht Thomsen (ya trabajó con Bier en Hermanos), Trine Dyrholn, o los dos jóvenes protagonistas, Markus Rygaard y Willian Jonk Nielsen, demostrando el buen hacer de Bier en la dirección de actores poco veteranos.
En un mundo mejor es la película que todo cinéfilo que se precie no debe perderse bajo ningún concepto este año. Su Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa es tan sólo una credencial más de su portentosa capacidad para conmover y conmocionar al espectador a través de un discurso ambiguo que ahonda en los cimientos mismos de nuestra concepción colectiva de la sociedad.

Clásicos de Autor; Sueños de Akira Kurosawa

La devenir vital del ser humano en ocho cuadros
 
El sol brilla a través de la lluvia
A pesar de la luz irradiada por el sol, magnífico y ubicuo a lo largo de la narración, las primeras gotas de una lluvia neblinosa comienzan a repiquetear contra el frío suelo de la escena. Un niño contempla la imagen bajo la protección de un tejado, al tiempo que una mujer lo advierte apresuradamente de las consecuencias que aquella tormenta puede hacer derivar. Los zorros saldrían en procesión por el bosque. El niño no debe ir. El niño, inmune a las advertencias de la mujer, se dirige al bosque. Camina entre árboles de robustos y majestuosos troncos, cuya altura se pierde en el borde superior del marco de la imagen. El niño, amparado por el espesor de uno de los troncos, asiste, excitado y curioso, a la procesión que los zorros, tras su aparición desde la niebla, están llevando a cabo. Avanzan silenciosos, sigilosos, al son de la música. Sin previo aviso, el chico es sorprendido e inicia su huida. Se ha percatado de un hecho capital, él no debería de estar allí, por ello se apresura a volver a su hogar, sin embargo, en el dintel de la puerta donde anteriormente el mismo niño se había resguardado de la lluvia, espera pacientemente la mujer. Le recrimina su osadía y le comunica su castigo: no volverá a la casa hasta que no sea perdonado por los zorros. El niño inicia su destierro, su camino hacia la redención, más concretamente hacia la casa de los zorros, oculta bajo el arco iris y flanqueada por altas montañas
La huerta de los melocotoneros
Todo nace de una ilusión, de una creencia, de una fantasía quizás. Un niño (de nuevo la figura de una persona en el inicio de su vida) cree que en la habitación se encuentran seis niña cuando en realidad sólo hay cinco. A partir de este momento comienza la persecución del sueño, de la niña que se escapa irremediablemente ante su atónita mirada, de la mujer quimérica. El amor puede erigirse como el más egregio componente de nuestro camino. El niño apresura su paso a través de la niebla hasta toparse con unos extraños personajes, espíritus encolerizados de los melocotoneros talados por la mismísima familia del niño. Sólo queda una nimia esperanza, apenas una pequeñísima rama de un melocotonero caído, símbolo de su anhelo. La devastación aun dispone de una salida hacia un mundo mejor.
La ventisca
El camino es difícil. Muchos se han atrevido a aventurar que en el camino se encuentra la verdadera felicidad pues en muchas ocasiones el camino no posee un final bien definido. En este caso, los montañeros persiguen un fin, un lugar que les reportará la calma y la protección necesaria para continuar viviendo. La relación que mantienen con el entorno es beligerante, como si de una encarnizada batalla se tratase. La niebla, la nieve, el viento, la oscuridad, todos los elementos se combinan para dificultar la ascensión de los intrépidos viajeros que, sin discernir si quiera la delimitación del camino, son conscientes de que deben continuar luchando contra las adversidades.
El túnel
Un viajero  camina por un camino ascendente a cuyas espaldas se abre un paisaje de montañas en pleno proceso de deshielo. Ante sí nace la boca de un oscuro túnel. Cierto sobrecogimiento perturba al hombre, sentimiento acentuado por el sonido de unos ladridos procedentes de la penumbra. Un perro con ciertas tonalidades rojas hace su aparición entre fieros gruñidos. El guardián inspecciona y acecha. Finalmente, el viajero es expulsado de las fauces del orificio perforado en la roca. Sin embargo, algo le hace detenerse, el sonido de unos pasos constantes y regulares, se diría que militares. Al instante emerge de la oscuridad un soldado con gafas oscuras, tan oscuras que podían llegar a ser opacas. Sus disciplinadas piernas se detienen ante su antiguo comandante, perplejo por la visión de su antiguo soldado. Posteriormente, llega el regimiento al completo, aquel regimiento que murió a sus órdenes mientras él era comandante, aquel mismo que había sido aniquilado al completo. El comandante, una vez más los envía, a sus soldados, a la oscuridad, al interior del túnel. Continuará su marcha, pero con el túnel persiguiendo sus talones, con el fiero guardián resoplando sobre su cuello.
Cuervos
Un museo. Cuadros de Vincent Van Gogh. Un observador. El sol.
La contemplación del sol, del arte puede llegar a iluminarnos. Nuestro viajero se detiene en Los Girasoles, en La Noche Estrellada, en Los Cuervos y en el Hombre, en el artista. Necesita conocerlo.
Monte Fuji en rojo
La oscuridad se extiende desde la parte superior de la montaña Fuji, donde las explosiones de fuego y gas se confunden con el rojo carmesí de un cielo embravecido. Las personas huyen despavoridas sin dirección establecida, movidas simplemente por el sentimiento de terror.
El enorme avance de la sociedad humana, postrada en la confortabilidad de una nueva vida de lujo y facilidad, se quiebra ante el desastre nuclear. Un error humano, o quizás una sobrecarga del sistema. El resultado, al fin y al cabo es el mismo, un particular descenso hacia el infierno.
La tierra de los demonios
La tierra luce devastada. Parece desierta, carente de vida. Únicamente una persona, un viajero, queda con vida para ser testigo del fin de la madre natura. Todo ha sido dominado por la oscuridad. El infierno ha vencido. El viajero asiste despavorido a una escena tormentosa, una imagen que revela la perversión absoluta de una especie caída en desgracia, incapaz de morir, condenada a la mísera vida del infierno.
El viajero corre, huye raudo colina abajo, en su descenso infinito, hasta la consecuencia última de nuestra ineptitud... ¿Hay lugar para la esperanza?
El pueblo  de los molinos de agua
Un viajero llega a un lugar idílico a través de un puente que cruza las aguas mansas y cristalinas de un río infinito, suspendido en el tiempo. En los márgenes, se inscriben molinos de viento que retoman una y otra vez el agua que fluye por el cauce. Todo parece un devenir constante.
El viajero pronto encuentra compañía; un venerable anciano que trabaja laboriosamente sentado en el verde suelo. Una lección magistral acerca de la vida comienza: el ser humano y la naturaleza, realidades creadas a la par aunque distanciadas con el paso de los siglos, luchan dialécticamente por la emancipación; la madre natura, vilipendiada por la especie humana, agoniza en sus últimos estertores; el ser humano, se desliga irremisiblemente de todo aquello que en un día fue su origen en pos de una realidad difusa y virtual que desprende del hombre todo resquicio de su misma naturaleza (pues en ni siquiera el nombre se diferencian).

Series de Televisión; Spartacus: Sangre y Arena

3/10

Se que muchos me echarán a los leones por lo que se dispone a leer en esta crítica a continuación. Lo se porque ya me ha pasado y tengo asumido que forma parte del espectro de opiniones que existe alrededor de una serie o película, algunas buenas, otras no tan buenas y algunas pésimas.
La mía sobre esta serie, Spartacus: Sangre y Arena, es de las pésimas. Me bastó el primer capítulo de la primera temporada para darme cuenta de que esta serie no es lo que yo esperaba. Me la anunciaron casi como una continuación de aquella maravillosa serie titulada Roma entremezclada con el montaje sensacional que Zack Snyder tejió para 300. Todos los adjetivos gloriosos se quedaban cortos.
La diferencia es que Snyder, además de sorprendernos con unos efectos especiales realmente novedosos y brillantes, supo captar el espíritu de la época y plasmar a nuestra tecnología y realidad una apasionante historia acerca de trescientos espartanos y su lucha contra el poderoso imperio persa. Si a eso unimos a un Gerald Butler en estado de gracia, tenemos un buen y delicioso cóctel. 
En Spartacus: Sangre y Arena el guión, además de ser uno de los peor construidos de la historia reciente de la televisión, sacrifica la historia en favor de continuas escenas de violencia sin sentido y de sexo explícito que no vienen a cuento. Lo que de verdad resulta sangrante son los saltos temporales donde un soldado aparece, de buenas a primeras, en casa con su amada esposa y en la escena inmediatamente anterior, está con el resto de su guarnición repeliendo un ataque romano en la otra punta de la Europa imperial. Aquí, uno comienza a darse cuenta de que la historia no tiene ni pies ni cabeza y la construcción del metraje parece hecha por algún primo del creador, un adolescente sediento de sangre y sexo.
El montaje es fastidioso. Molesta mucho ver cortes y fundidos sin ton ni son en una serie supuestamente histórica, que debe cuidar un poco el tratamiento del montaje. No es que sea un puritano, pero es lo menos que se debe hacer. Espartaco es una serie informatizada donde los croma-key (pantallas verdes, para los no-iniciados) son la nota dominante. Una serie a la que se le ve el truco desde el primer capítulo y que no aporta nada a la ya consagrada calidad que tiene la televisión norteamericana en materia de series.
Diálogos impropios de una época con palabras como bastard, bitches y lo peor, una frase harto repetida en la serie (con perdón): "por la polla de Júpiter". Escenas de sexo, mujeres desnudas, un asombroso despliegue de pechos, penes, vaginas y toda suerte de aparatos reproductores masculinos y femeninos. Litros y litros de sangre que se derrochan al cortar un cuello. La sangre ni siquiera salpica a la pantalla, se queda lejana. 
Ya lo advierto. Las comparaciones son odiosas. Gladiator, 300 y Roma son tres obras fílmicas independientes de las que esta serie coge ideas. El nivel es bajo y cualquier parecido con la realidad es pura ficción. Lo peor no es eso. Lo peor es que haya habido gente que ha hecho circular el rumor de que esta serie la ha producido HBO, el palacio de la calidad televisiva, cuando es algo totalmente falso y hasta doloroso para los amantes de la buena televisión.
También nos venden la serie como la historia de aquel famoso esclavo que fue apresado y pasó a convertirse en un guerrero que luchó contra la tiranía del Imperio Romano. Si de verdad, quiere conocer la historia le recomiendo que no pierda el tiempo viendo esta serie y se acerque a la obra que hizo Stanley Kubrick en 1963 llamada Espartaco, donde Kirk Douglas, Laurence Olivier, Tony Curtis, Peter Ustinov y Jean Simmons sí hacen las delicias de cualquier aficionado al cine de verdad.
Como siempre, estaré encantado de que me hagan cualquier tipo de comentario a esta crítica. Pero, por favor, absténgase de insultarme. He tenido bastante con los improperios de la serie. Y recuerde que mi opinión es tan respetable como la suya. 
Muchas gracias.

Fallece Elizabeth Taylor, los ojos más apasionados de la Historia del Cine

Ha muerto una de las grandes damas del cine. Ha fallecido una de las mejores actrices que vio nacer la época dorada del cine. Ha fallecido Elizabeth Taylor. Es de obligado cumplimiento el hacerle un homenaje a tantos años de carrera y excelsas interpretaciones de una actriz inimitable.
Parece que cuando muere alguien todo el mundo está obligado moralmente a hablar bien de aquel que ha sucumbido ante el inesquivo letargo eterno. Sin embargo, cuando fallece un intérprete con una vida y una carrera profesional tan agitada como la de Elizabeth Taylor merece la pena detenerse ante muchos aspectos de su trayectoria para poder rendirle un sentido y respetuoso homenaje.
Taylor consiguió entrar en el Olimpo de Hollywood al ganar dos Oscar, el primero de ellos en 1960 por Una Mujer Marcada y en segunda ocasión en 1966 por la fantástica ¿Quién Teme a Virginia Woolf? Por si fuera poco, estuvo nominada en otras tres ocasiones por interpretaciones tan sublimes como las que nos regaló en El Árbol de la Vida, junto al eterno Montgomery Clift; La Gata Sobre el Tejado de Zinc, en la que compuso una de las más inmortales parejas del cine junto al gran Paul Newman y por De Repente El Último Verano, donde trabajó nada menos que con Katharine Hepburn y repitió con Clift.
En su adolescencia ya daba muestras de que estábamos ante todo un descubrimiento. Sus interpretaciones en El Padre de la Novia o Ivanhoe le abrieron las puertas al estrellato y comenzó a recibir guiones y libretos donde tuvo para elegir. Elizabeth Taylor fue una mujer con una belleza extraña, felina, con una mirada violeta que enamoraba a compañeros de escena, técnicos y espectadores de todas las clases sociales y condiciones.
Nació el 27 de febrero de 1932 y durante toda su vida se caracterizó por, a pesar de su belleza, tener una salud muy deficitaria. Fue intervenida quirúrgicamente en una veintena de ocasiones incluyendo un tumor al que consiguió derrotar tras una dura lucha que la obligó a retirarse durante algunos años de cualquier atisbo de vida pública.
En todas sus películas demostró una gran profesionalidad hasta que fue haciéndose un hueco entre las estrellas más rutilantes de Hollywood y comenzó a perder ese aura en perjuicio suyo ocasionando incluso los miedos de quiebra de productoras tan importantes como 20th Century Fox y la locura de un realizador tan equilibrado como Joseph L. Mankiewicz en una mítica producción titulada Cleopatra que tantos dolores de cabeza trajo y la cual el tiempo ha situado en su justo lugar en la Historia del Cine.
Uno de los aspectos más conocidos de la vida de Elizabeth Taylor es su propensión a los matrimonios. Siete maridos para ocho matrimonios en toda su dilatada vida amorosa. Pero sin dura, el amor tan sobrenaturalmente pasional que vivió por uno de mis más admirados actores, Richard Burton, la llevó a la más absoluta locura. Fiestas, borracheras, palizas, besos, caricias, películas y sobre todo, la Perla Peregrina, una de las historias más apasionantes que pueden llegar a nuestros oídos.
La Perla Peregrina es una perla considerada una de las joyas más valiosas de la trayectoria histórica de Europa. Estuvo en manos del rey Felipe II y fue parte de la amplia colección de joyas formantes de la Corona de España. Sufrió pérdidas e incluso un robo por parte del depuesto rey José Bonaparte, hermanísimo del emperador francés. Sin embargo, con el paso de los años, esa misma joya acabó en una casa de subastas donde fue tasada y puesta a la venta en 1969.
La Casa Real Española intentó por todos los medios torpedear esta salida a subasta alegando que la Perla Peregrina era falsa. Cantidades de dinero ingentes fueron ofrecidas por esta joya. La mayor cantidad ofertada fue de 20.000 dólares por Alfonso de Borbón Dampierre. Hasta que llegó el actor galés Richard Burton y la adquirió por 37.000 dólares regalándosela a su entonces esposa construyendo toda una legendaria historia que engrandecería aún más la vida de Elizabeth Taylor.

Gigante, Mujercitas, El Padre es Abuelo, La Última Vez que Ví París y Hotel Internacional son algunas de las películas en las que participó esta ya inmortal actriz que ha fallecido esta misma mañana en el mismo hospital donde llevaba internada dos meses por complicaciones con su osteoporosis y donde vio su última gala de los Oscar.
Durante toda su vida fue amiga de sus amigos y casi siempre unas amistades con muchos problemas de todo tipo. La muerte de Montgomery Clift fue un duro varapalo para ella puesto que la fragilidad psicológica del que fue su compañero de reparto en varias películas fue motivo de muchas preocupaciones. El fallecimiento de su gran amigo Rock Hudson a causa del SIDA la mantuvo al frente de numerosas campañas sociales en la lucha contra esta terrible enfermedad.
Gracias a su compromiso con la sociedad fue nombrada Dama del Imperio Británico por la reina Isabel II de Inglaterra y galardonada con el Príncipe de Asturias de la Concordia en 1992. Su última aparición pública fue en el funeral de otro de sus grandes amigos, el cantante Michael Jackson, el cual falleció hace ya dos años, en julio de 2009.
Ha muerto Elizabeth Taylor. Se ha cerrado una época en la Historia del Cine. La muerte de Paul Newman, Tony Curtis y la propia Taylor nos han afectado sobremanera a todos los amantes del cine clásico. Ha fallecido una de las grandes damas y actrices que jamás tendremos ocasión de ver en la gran pantalla. La muerte nos ha arrebatado esa mirada violeta que tanto nos ha enamorado durante setenta años de carrera.
Descanse en paz, Elizabeth Taylor.

Crítica Nunca me abandones; Un ejercicio de estilo sin vida

 5/10
Antes de comenzar a ver la nueva película de Marek Romanek, quien ya dirigió la apreciable Retratos de una obsesión con un Robin Williams perverso y perturbador, el ingenuo espectador debe percatarse de una serie de cuestiones previas cuanto menos singulares; nos enfrentamos a una adaptación cinematográfica de la novela del escritor japonés Kazuo Ishiguro (también inspirador de la cinta de James Ivory Lo que queda del día) ambientada en los años 60 y con un insólito triángulo amoroso como eje central en el que se infiltran tintes de ciencia ficción ciertamente desconcertantes relacionados con la ingeniería genética y un hipotético 'cultivo' de personas concebidas y educadas con el único objeto de ser donantes hasta que su cuerpo resista.
Nunca me abandones nos traslada a un internado en el que conviven cientos de niños a los que se les niega el conocimiento de todo aquello que se encuentra al otro lado de la valla en la que están confinados. Se trata de un universo finito, con unas fronteras claramente delimitadas y vertebrado en torno a la implacable disciplina de su directora. Un campo de reclutamiento, al fin, del que progresivamente vamos descubriendo su verdad oculta y el auténtico sentido de su existencia. Todos esos niños no son más que máquinas humanas, clones desgajados de sus originales para servir a una sociedad de la que jamás se sentirán parte, condenados a un destino cruel e inaplazable que conducirán sus pasos hasta ese preciso instante en el que, tras tres o cuatro donaciones, sus cuerpos dejen de ser útiles para el cometido por el cual fueron creados.
No obstante, el amor es un sentimiento que puede brotar incluso entre los parajes más áridos e inclementes. Y así les ocurrió a Kathy, Tommy y Ruth, tres chicos que crecieron juntos en un ambiente opresivo, carente de cualquier tipo de aliciente, condenados a un trabajo rutinario en granjas apartadas de la civilización, para que, una vez franqueada la mayoría de edad, sus cuerpos fueran utilizados para un mayor fin. Pero sus corazones se aferraban a una fingida realidad con la misma temeridad que un amante prendido de un amor imposible. El tiempo transcurre de forma inexorable, sus caminos se bifurcan para unirse de nuevo en una desgarrada oda a la vida, al anhelo de vivir a pesar de aquello inculcado desde la infancia.
Es una lástima que la película, más allá de lo misterioso de su trama argumental, esta filmada con excesiva frialdad, conformando una atmósfera cargante, anodina y exenta de todo artificio que mantenga el interés del espectador. Todo aquí adquiere una tonalidad gris macilenta, sin vida, como una flor que se marchita paso a paso. De poco valen las rotundas interpretaciones de sus protagonistas, especialmente la de la talentosa Carey Mulligan que, si bien ya despuntó el pasado año con An Education, aquí se reafirma como una actriz a seguir con una portentosa capacidad para el drama. Por otro lado el joven Andrew Garfield, en un registro antitético del desarrollado en La red social, también aporta cierta verosimilitud a su personaje, aunque este en sí esté totalmente desquiciado; mientras que la ya consolidada Keira Knightley queda en un evidente segundo plano dando vida a Ruth, una protagonista de perfil bajo y sin demasiado peso.
Marek Romanek pretende con Nunca me abandones componer una película de culto de evidentes ínfulas autores en la que juega con la originalidad de su referente literario, pero fracasa estrepitosamente al ser incapaz de aportar el más mínimo ápice de ritmo o propiciar cierta empatía con el público. La película aburre y se olvida rápidamente. Una lástima que historias tan interesantes como esta se vean abocadas a una muerte prematura, como la de sus desgraciados personajes.

Series de Televisión; Downton Abbey, la joya de la corona británica

                      8/10                 
Es curiosa la fascinación que causa la pompa y el boato de los dramas conspiratorios de la aristocracia decimonónica entre un público que guarda ya escasas similitudes con la mentalidad y el entorno de estos curiosos personajes arraigados a su tiempo histórico. Probablemente sea el decadente mundo subyacente hibernado entre el oropel y el deslumbrante poder de las apariencias; o la vacilante linde que rige los inciertos terrenos de la grave rectitud y el transgresor nihilismo más insospechado; o quizás el acérrimo inmovilismo de una clase social abocada al precipicio como una crónica anunciada de su propio cataclismo, los que hacen de la amanerada conducta de la nobleza un producto de consumo digno de aprecio y seguimiento entre las nuevas generaciones.
En este sentido, nadie como los británicos han sabido ensalzar las miserias y bondades de la aristocracia conjugando su poder de seducción con el implacable retrato de su fingido pundonor. No en vano, ha sido su propio devenir histórico el encargado de modelar una suerte de icono basado en la dignidad y caballerosidad de su clase, que tradicionalmente se ha opuesto a los excesos grandilocuentes y extravagantes de sus vecinos franceses y españoles o la ruda austeridad de los centroeuropeos. Hablamos de esa característica flema británica, esa distante traza de superioridad que abarca desde el terreno político hasta la herencia cultural heredada a través de los siglos con la asumida certeza de ser los pioneros en crear conceptos tan abstractos como el liberalismo o el teatro. Más allá de ser todas ellas cuestiones al menos objetables, no vamos aquí a negar que se trata de una cultura admirable, repleta de matices, tan profusa en atributos como en lacras; un submundo, en fin, de códigos y lealtades apasionantes que es un verdadero placer ver desgranado en sucesivos episodios en la pequeña pantalla.
Downton Abbey es una obra maestra que corrobora lo que podríamos catalogar como la edad dorada de la televisión. Si bien es cierto que la producción de ficción televisiva estadounidense ha centrado buena parte de la atención de la crítica y el público internacional con series de inestimable valor artístico, no se debe obviar los exigentes patrones cualitativos autoimpuestos por los creadores británicos, especialmente por los responsables de la cadena pública BBC, con trabajos como Sherlock, Luther, Being Human, Doctor Who o Gavin & Stacey. La competencia no ha tardado, pues, en comprender la necesidad de, en lugar de descender al fango del sensacionalismo, apostar por una televisión de calidad; el Canal 4 sorprendió hace dos años con Misfits e ITV arriesgó esta pasada temporada con Downton Abbey, una seria con un coste neto de un millón de euros por episodio, que ha sido recompensada con el favor de crítica y público, hecho que le ha valido la renovación para la esperada segunda temporada, actualmente en proceso de producción.
Es una obviedad que de méritos no adolece. La serie creada por Julian Fellowes cuenta con la clara referencia televisiva de Arriba y Abajo (1971-1975) y evidentes similitudes con la fantástica película de Robert Altman (y escrita por el propio Fellowes) Gosford Park; con las que, además, comparte el minucioso retrato de las relaciones humanas entabladas en un entorno cerrado y estratificado, en este caso la la mansión señorial de los Grantham. Es precisamente esa atmósfera de cierta clausura donde la comunicación exterior es muy limitada la que propicia que los sentimientos recíprocos se intensifiquen, cobren una especial dimensión en cuanto determinan directamente las relaciones entre los personajes. Envidias, ambiciones, amores soterrados, conspiraciones, el honor como máxima indiscutible y lealtades insobornables se dan cita en un microcosmos sobre el comportamiento humano en una época ya superada de la que, sin embargo, perviven muchos de sus equívocos.
Todo se nos antoja como una función de teatro en la que representar mediante máscaras unos roles adquiridos por la tradición y la coyuntura concreta de los acontecimientos. Este espectáculo dramático de tintes rocambolescos se inicia con la contrariedad de una muerte inesperada que puede desencadenar una crisis sucesoria en todo regla, además de introducir un elemento extraño y exótico dentro de la rutina ambiental de Downton Abbey. Desde el conflicto, el cual coincide con el hundimiento del Titanic,  la trama se desarrolla con un ritmo sosegado, desplegando sus claves en un primer acto brillante en el que seguimos por los vericuetos de la abadía a los personajes en sus quehaceres diarios, ya sean estos limpiar una chimenea, preparar el desayuno, planchar las hojas del periódico o dedicarse a la extenuante vida contemplativa de una joven aristócrata. Cada uno de ellos cuenta con su particular libreto que respetar tal y como lo requiere su interpretación; desde el mayordomo severo y algo cotilla, hasta la joven casadera a la que hallar prontamente un pretendiente, pasando por la oronda cocinera gritona, la estricta ama de llaves, la hermana envidiosa, el lacayo malévolo, el padre de familia solemne y consciente de su crucial importancia, o la abuela que da sentido a la expresión rancio abolengo.
El mayor interés de la obra reside, no obstante y paradójicamente, en el cambio. Ese dinamismo temido por una clase social afincada en un tiempo inmemorial que debe adaptarse a una época de efervescencia política, tecnológica y cultural. El cambio de siglo no llegó hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, y los Grantham debe presenciar cómo el orden conocido y heredado de siglos atrás se desintegra en un corto periodo de tiempo; la electricidad revoluciona los hábitos del hogar, el teléfono las comunicaciones, el socialismo amenaza con arrumbar con el orden político, el feminismo y su reivindicación del voto se enfrenta al anacronismo de la tradición machista, la modernidad de pensamiento hace surgir el concepto mismo de 'fin de semana' y un nuevo modo de organización del trabajo... La realidad muta, y los individuos, aunque siempre reticentes a la transformación, deben adaptarse a ella, y así lo presenciamos en una temporada de siete capítulos vertebrados por un rigor histórico envidiable y una capacidad pasmosa para cautivar al espectador mediante historias de evidente atractivo.
En ese sentido, es digno de mención el trabajo excelente del reparto coral que compone la producción, deudores del mítico buen hacer de la escuela interpretativa británica, en el que destaca una Maggie Grace que parece haber nacido bajo la piel de la viuda de lengua afilada Lady Grantham, el inconfundible rostro y la portentosa voz de Jim Carter como el mayordomo omnisciente, o la sugerente Michelle Dockery como Lady Mary. La ambientación, el gusto por el detalle, la fotografía y la banda sonora de John Lunn son otras de las credenciales para poder aseverar sin temor a equivocarnos que Downton Abbey es, a día de hoy,  la serie del año. Juzguen por ustedes mismos. Eso si, no pierdan la oportunidad de gozarla en versión original para apreciar los matices y el acento británico más aristocrático. Una verdadera joya.