Crítica Brave, Pixar regresa con poco fuelle


6,5/10

Pixar, en un intento por emular al clásico Disney en su confección de las historias que atañen a las princesas de cuento, nos trae este año Brave, la que ya califican muchos como la mejor película de animación del año y firme candidata a los grandes premios del próximo año. También es cierto que la competencia frente a Pixar es escasa y encontrar una producción que pueda hacerle frente es algo más que complicado.
El componente feminista que impone la película es lejano al que acompañaba a las antaño exitosas princesas Disney, sujetas al yugo de un hombre igual o menos poderoso que ellas y siempre bajo los designios de su propia cultura. En esta ocasión, Mérida será una de las pocas mujeres Disney a la que veremos caminar olímpicamente por los deseos políticos de sus majestuosos padres desobedeciendo las leyes y tradiciones de su pueblo para finalmente encontrar, no a un hombre con el que hallar el amor, sino a sí misma frente a la adversidad personal y familiar.
Brave gustará a los más pequeños de la sala gracias al ritmo y capacidad de diversión que imponen sus tres responsables, Mark Andrews, Brenda Chapman y Steve Purcell. Sin embargo, los más mayores encontrarán una sugestiva decepción llevada a cabo por los enormes éxitos y cualidades que han caracterizado a Pixar en los últimos años. Las anteriores producciones de la compañía del flexo han sabido cambiar por completo no solo los códigos del cine de animación sino los convencionalismos del cine moderno en base a distintas fuentes pasadas y presentes. En Brave encontramos una curiosa leyenda medieval que aporta mucho menos de lo esperado al imaginario colectivo que conforman la totalidad de las cintas de Pixar.
Pese a que estamos ante una de las películas más llamativas de este 2012, nos queda esperar a que lleguen muchas de las obras llamadas a convertirse en los mejores largometrajes animados de este año, entre otros, la esperada Rompe Ralph, producida por Walt Disney Animation. Brave es una cinta dividida en tres actos con una actitud guerrera e inconformista muy característica de las películas de Pixar. Con una princesa “antiprincesa”, nos conformamos ante una cinta que adolece de continuidad rítmica en el segundo tercio de la cinta.
No obstante, la cinta contiene secuencias realmente imperdibles y momentos que podemos calificar como los mejores del año tanto en animación como en cine en general. Pixar dota a esta película de ciertos aires orientales, véase los fuegos fatuos que tan usualmente marcan el destino a nuestra protagonista. El recuerdo de La princesa Mononoke y de Hayao Miyazaki se respira constantemente en esta última producción de Disney Pixar. Sin embargo, y para no cerrar el círculo de influencias, el cruce entre las actitudes de la naturaleza y la fantasía medieval se encierra también en las ancestrales tradiciones gaélicas así como leyendas populares de la isla de Gran Bretaña, donde encontramos restos de cuentos galeses y escoceses. 
¿Es Brave una de las mejores producciones de Pixar? Posiblemente no. Aunque no dista mucho de la línea que ha marcado el sendero de los grandes éxitos del flexo. Se encuentra lejos de Up, Wall-E o Toy Story. Pero, aun así, sigue demostrando que Pixar llega con fuerza, aunque no tanta como esperábamos en un principio.
Antes de cada sesión de Brave podemos ver un corto emotivo y precioso titulado La Luna, en el que abuelo, padre e hijo acuden a trabajar como cada día en la Luna. La banda sonora de Michael Giacchino y las reminiscencias al mejor Meliés son credenciales fijas para emocionarse con estos 7 minutos que acompañan a la proyección de Brave. El corto fue nominado a los Oscar a Mejor Cortometraje de Animación en la edición de 2011.

Clásicos de autor: Blow Up (Deseo de una mañana de verano) y Michelangelo Antonioni

La realidad. Cada uno de nosotros somos una pequeña parte de ella. Una minúscula partícula que divide la inmensidad. El cineasta italiano, en su novena película, recoge esta idea a la hora de crear una obra tan compleja como interesante que forma una de sus obras maestras más inmortales. Blow Up (Deseo de una mañana de verano) es una parábola sobre el voyeurismo, la superposición de realidades y la combinación de varios puntos de fuga ante una misma (o distintas) realidades.
Con dos papeles protagonistas interpretados por David Hemmings y Vanessa Redgrave, Antonioni se adentra en el interior del ojo humano para identificar la mirada del otro. Una cámara es un artificio ocular que retrata diversas realidades vistas por el fotógrafo protagonista. En una de ellas, a partir de la mitad del metraje, persigue la visión de un asesinato en mitad de un parque mientras ejerce su posición de voyeur al contemplar y retratar a una joven pareja.
Basada libremente en un cuento de Julio Cortázar llamado Las babas del diablo, Michelangelo Antonioni compone una obra a medio camino entre lo conceptual y el cine mod. Pese a las interpretaciones modernistas que surjan de esta obra, Blow Up no podrá calificarse como tal puesto que no identificamos ningún rasgo propio de este movimiento. La posterior Quadrophenia basada en la ópera rock de los The Who o la inclusión de The Kinks o Small Faces serán clave a la hora de entender el movimiento mod.
El personaje de Hemmings no va en scooter ni viste de cuero sino que circula en Rolls Royce, viste encamisado y aparentemente parece vivir bastante bien en los barrios londinenses más alejados de cualquier atisbo de turismo, modernidad o peregrinación. Pese a estar ambientada en Londres, Antonioni se preocupó de no mostrar en ningún momento ni Buckingham Palace, ni la Torre de Londres ni el Big Ben. Sólo vemos bloques de casas humildes, de barrios obreros en una historia compleja que se desarrolla en mitad de una sociedad clásica casi escondida de su amplitud correspondiente de la realidad.
Elipsis, planos secuencia, fragmentación de planos es lo que encontraremos en esta joya de Antonioni que consiguió ganar la Palma de Oro del Festival de Cannes por su arriesgada apuesta. En ningún momento sabemos como se llama el protagonista. La percepción de la realidad es tan amplia que su misma ambigüedad nos impide conocer los detalles más comunes de las relaciones sociales. Antonioni se pregunta si lo que vemos responde a la definición de lo real frente a lo que el ojo contempla. Una cámara fija la realidad y la convierte en imagen. Lo que vemos en ese momento se diluye y se fragmenta en nuevas realidades, aquellas que estudia Hemmings en su habitación mientras contempla decenas de fragmentos aumentados (blow-up en inglés) en busca de un asesino que responda a su percepción de la realidad.
Imperdible también es la secuencia final, una de las más destacadas de la filmografía de Antonioni. Una secuencia en la que la queda demostrado que no somos más que parte de una inmensa realidad de la que no podemos captar ni tan siquiera lo que tenemos alrededor. Tampoco nos llega el raciocinio para entender todo lo que sucede en torno a nosotros. Nos hacemos miles de preguntas a lo largo de nuestra vida pero ¿cuántas de ellas llegamos a responder?

Crítica El Caballero Oscuro: La leyenda renace

7,5/10

Christopher Nolan remata su función sobre el Caballero Oscuro con una película absorbente, enérgica, con fuerza y con un final que sorprenderá a propios y extraños. Aquí no hay peonza que gira pero sí interpretaciones sobre si verdaderamente estamos ante el final de una trilogía o si Nolan se ha quedado con nosotros en el sentido más estricto de la expresión.
Pese a que acudimos a la proyección sabiendo que era imposible superar a su antecesora, El Caballero Oscuro: La leyenda renace es un espectáculo artificioso que prolonga su arranque hasta límites soporíferos y que contiene interpretaciones para todos los ejemplos de interpretación.
Batman ya no quiere ser Batman. O Christopher Nolan quiere desentendernos de la imagen que une a Bruce Wayne con su alter ego. En 165 minutos de metraje el Caballero Oscuro hace unas apariciones mucho más escasas pero no desprovistas de toda la energía que se le debe imprimir a un superhéroe de esta categoría. Echamos de menos al superhéroe entre tanta palabrería. El problema reside cuando le pedimos a ese ídolo de oro apellidado Nolan que siga actuando de mesías. El ritmo adolece en ciertas partes de la trama y los personajes secundarios están algo más que desaprovechados. Michael Caine, Morgan Freeman, Marion Cotillard o Matthew Modine se contraponen a los notables papeles de Gary Oldman, Christian Bale e incluso Anne Hathaway, quien consigue salvar su papel de Catwoman aunque sin llegar a la euforia.
Emular a Joker en cualidades de maldad es algo impensable. Tom Hardy tenía la ardua tarea de intentar mitigar el efecto Heath Ledger en esta tercera entrega. Pese a que se desenvuelve bien y consigue crear una némesis perfecta para luchar contra los poderes físicos de Batman no llega a lograr la ansiada dualidad psíquica que hicieron que Ledger y su Joker se convirtieran en el mejor villano de la primera década del presente milenio. Hardy impone la dureza imprescindible a su personaje aunque se encuentre torturado y castigado por un farragoso doblaje en castellano que tenemos que condenar enérgicamente. Algo más que positivo es encontrar una banda sonora espectacular y omnipotente compuesta por el siempre eficaz Hans Zimmer, el paradigma de compositor que entiende los nuevos tiempos que corren en la industria musical del cine.
Otro aspecto a tener en cuenta a la hora de analizar El Caballero Oscuro: La leyenda renace es el claro mensaje revolucionario que desprende la toma de Gotham por parte de Bane. En un claro ejercicio de Nolan por adaptar al héroe a la más fiera actualidad, escucharemos frases a lo largo de la película que incitan a la lucha de clases e incluso a la toma de la Bolsa de Nueva York. Wall Street ejemplifica en la película lo peor del ser humano en su relación con el dinero, algo que también contraponen Selina Kyle y el propio Bruce Wayne en un interesante momento del metraje. Batman es un héroe de cómic pero nunca estará ajeno a la sociedad que lo mantiene con vida. Y en esta redención llevada a cabo por Christopher Nolan, en mitad de una sucesión de disparos y explosiones, se encuentran mensajes que abogan por juzgar a los adinerados en una especie de resurrección de un Robin Hood moderno.
El Caballero Oscuro: La leyenda renace otorga un final ambicioso y engañoso a una supuesta trilogía que terminaría en esta película. Quién sabe si esta maniobra del director respondía a una de las mayores inocentadas de la Historia del Cine o si la continuación de la película se encuentra en la imaginación de los millones de personas que han elevado este desenlace a las puertas doradas del cine de superhéroes. Posiblemente, Nolan revolucionase el cine de superhéroes con El Caballero Oscuro aunque las páginas del libro de Bruce Wayne terminan de escribirse en cuanto contemplamos el final de esta ambiciosa cinta. 
O no. Siempre habremos de recordar que un héroe no tiene por qué llevar una máscara.

Clásicos de Autor; John Ford y su Misión de Audaces

Lo siento por La diligencia, Centauros del desierto o El hombre que mató a Liberty Valance. Considero Misión de audaces como una de las grandes películas del género de manera incontestable. Aquí no hay indios ni vaqueros. Sólo la inmensidad de los Estados Unidos, llevados al éxtasis del entretenimiento en un recorrido por la Guerra Civil americana.
Capitaneados por John Ford y dirigido por John Wayne y William Holden, este escuadrón de caballería del ejército de la Unión representa una de las tramas que siempre quise ver de niño cuando me decían que las películas del Oeste eran una maravilla. El derroche de talento y carisma que desbordan en la pantalla dos genios como Wayne y Holden es suficiente motivo para elevar a categoría de masterpiece esta genialidad del maestro Ford.
En una época en la que Estados Unidos estaba rasgada en dos, John Ford pone en su punto de mira una historia sobre un escuadrón de caballería cuyo coronel va a hacer cruzar hasta llegar a la boca del lobo, Baton Rouge, en poder del ejército de los Confederados. El Sur contra el Norte. Y en ese clima de crispación, Ford crea una obra llena de energía, desbordante de escenas antológicas y un ritmo endiabladamente entretenido.
John Wayne interpreta, con su habitual maestría en estos papeles, al férreo coronel de la Unión a quien ni una bala puede detener en su empeño de acabar con cuanto soldado confederado se le ponga por el camino. Acompañándolo está el siempre inimitable William Holden, interpretando a un médico militar que pronto hará chocar sus humanizadas ideas con el salvajismo patriótico de su coronel. Y por la trama circula una mujer que hará temblar los cimientos del escuadrón por su tendencia a simpatizar con los muchachos del Sur.
Un guión estruendoso en esplendor de un género que enamoró a generaciones de personas que disfrutaron con las magníficas aventuras que John Wayne y John Ford nos regalaron. La intensidad de todas las interpretaciones sumada al frenético ritmo de la trama son motivos suficientes para detenerse ante esta producción que en la época fue despreciada por la crítica por ensalzamiento de la guerra cuando lo cierto es que se desprende un asco y una repulsión por todo lo que tiene que ver con lo bélico.
Si desea pasar dos horas entretenidas con el mejor cine del western, no debe perderse esta obra maestra que merece la pena rescatar como una de las mejores piezas del género. Con dos actores inolvidables que conocen al dedillo cómo desenvolverse en cualquier papel y que harán que la función sea totalmente deseable e incluso repetible.

Crítica El dictador; El "humor" de Sacha Baron Cohen

5/10

Tras Borat y Brüno, Sacha Baron Cohen vuelve a la comedia satírica para reírse en la cara de todo aquel dictador que aún siga pululando por el mundo acosando a su población y a medio mundo con amenazas que rondan la violación de los derechos humanos y las armas nucleares. El dictador Aladeen es la tercera cara de una trilogía dirigida por Larry Charles en la que el actor da rienda suelta a su capacidad de burla hacia los miedos de la sociedad. Acompañado de actores secundarios dispuestos a reirse de sí mismos al aparecer en esta película con los rostros de Megan Fox, Ben Kingsley o John C. Reilly, Sacha Baron Cohen dibuja una película que cumple con su objetivo principal: causar la risa en el espectador con chistes sobre el 11-S, el SIDA o hacer un símil entre un artefacto nuclear de destrucción masiva y un consolador. Con gracietas de este estilo, Baron Cohen disfruta como un niño sabiendo que tiene la complicidad del espectador que acude a ver la película sabiendo que no dejará títere sin cabeza en algo tan controvertido como la política internacional.
Sin embargo, y a pesar del loable intento del actor de realizar una parodia de la complicada situación política, bélica y económica mundial, tenemos un guión que roza el absurdo con situaciones realmente espantosas. Larry Charles no guarda el ritmo debido a las secuencias cortando o alargando en el metraje escenas sin importancia y contraponiéndolas a los importantes mensajes de la película. Por si fuera poco, algunos chistes, dentro de los objetivos de la película, resultan de muy mal gusto aunque no debemos olvidar que la indignación es precisamente lo que busca el actor protagonista, capaz de lo mejor y de lo peor en sus interpretaciones.
El dictador no es una cinta que quedará en el imaginario colectivo como una feroz crítica al star-system político actual donde los ministros, embajadores y diplomáticos son personajes de alguna mala obra de teatro y que tienen sus peleas de patio de colegio sin pensar que sus actos repercuten en la vida, educación y calidad de vida de millones de personas. El dictador ahonda, sin manifestarlo expresamente, en los retratos de sátrapas como Saddam Hussein o Gadafi, dictadores totalitarios que sometían al pueblo y que odiaban profundamente la palabra “democracia”. Sacha Baron Cohen conoce a la perfección todos los movimientos que se realizan en aquellas dictaduras y tiene la suficiente desvergüenza para dedicar la película a la memoria del fallecido Kim Jong Il, dictador coreano con el que nos llevamos el primer golpe de efecto. Por contra, resulta bastante irrisorio ver la autoparodia de Megan Fox o la vejez de un Ben Kingsley que se da un homenaje cómico alejado de los papeles a los que nos tiene acostumbrados. No faltarán los chistes machistas, contra Justin Bieber, Harry Potter o xenófobos. ¿Qué nos tendrá preparado Sacha Baron Cohen para su próxima sátira cinematográfica?

Películas para dos vidas; Ninotchka

Las líneas de diálogo de Ninotchka poseen las mejores virtudes del trabajo en la máquina de escribir de dos portentos. Billy Wilder y Charles Brackett trabajaron codo con codo para hacer artífice aquello que calificaban como “el toque Lubitsch”. El cineasta alemán Ernst Lubitsch conocía los entresijos del humor para condensar todo el comportamiento humano en un solo plano. Wilder y Brackett cuestionaban en numerosas ocasiones muchas de las situaciones de sus guiones y siempre se acababan preguntando: “¿Cómo lo haría Lubitsch?
La dirección ejemplar del cineasta germano, sumada al enorme talento de sus dos guionistas y la primera película en la que vemos a aquella gran dama de la pantalla llamada Greta Garbo esbozar su primera sonrisa son motivos suficientes para detenerse en el visionado de Ninotchka, una de las comedias mejor valoradas por generaciones de cinéfilos a lo largo de la Historia del Cine.
El capitalismo a través de los ojos de tres genios. Lubitsch, Wilder y Brackett contraponen la forma de vida de la Unión Soviética, férrea y con creencia en el porvenir justo del obrero, frente al sistema capitalista hundido en mitad de la capital francesa, París. Allí iremos contemplando como los hoteles de lujo y los restaurantes caros son algo más que habitual. Por si fuera poco, el desencadenante de la trama es una venta de joyas a cargo de tres camaradas curtidos en lo más profundo del sovietismo y que se ven embaucados por el brillo y el valor de aquellos diamantes.
La actriz sueca Greta Garbo siempre fue considerada como un férreo rostro que jamás supo lo que era reírse hasta que Ninotchka escribió páginas y páginas sobre la inolvidable secuencia en el restaurante en el que Melvyn Douglas, tras no muchos intentos, consigue hacer que la Garbo suelte una de las carcajadas más sonoras y esperadas de toda la Historia del Cine. Precisamente es el personaje de Douglas el que inspira un cambio de raciocinio en la bolchevique mente de la agente comunista, dividiendo la película en tres actos claramente diferenciados. La publicidad de la película durante su estreno se llenó de la frase "¡Garbo ríe!" celebrando que, por fín, la actriz sueca rompía su pétreo rostro.
El primero de esos actos se inspira en la más absoluta comedia. Tres camaradas rusos y catorce joyas propiedad de una rica condesa. El conflicto está servido cuando llega para mediar la estricta Garbo y se encuentra con un panorama totalmente diferente al que está acostumbrada en su Moscú de referencia. Inolvidable la secuencia de la estación de tren o aquella en la que la actriz sueca coloca una fotografía de Lenin en mitad de la suite más lujosa del hotel más caro de todo París. Un segundo acto donde la comedia desaparece y sobreviene el romanticismo. La carcajada de Greta Garbo diferencia una parte de otra mientras asistimos a la reconversión de la agente comunista en un acto de mimetización ejemplar orquestado por el buen hacer de Lubitsch detrás de la cámara y las palabras escritas por Wilder y Brackett. Finalmente, y coincidiendo con el final de la película, encontramos un desenlace lleno de tristeza al que no haremos referencia alguna por evitar deseos de contar más allá de la trama ya que lo que pretendemos es acercar este clásico al gran público.
Ninotchka es una película inolvidable que demuestra que el cine clásico es la fuente de referencia de la sociedad moderna. Las líneas de Wilder, la dirección de Lubitsch o las interpretaciones de Garbo y Douglas son alicientes más que suficientes para seguir explorando en la maravillosa trayectoria del Séptimo Arte.

Fallece Ernest Borgnine, la excelencia del actor de reparto

En la Historia del Cine hay varios nombres que brillan con luz propia entre el mercado de actores secundarios que los productores y directores consideraban para sus películas. Ernest Borgnine acompañó siempre a los mejores de su generación y, en ocasiones, adelantaba su posición para merendarse a los actores principales de cualquier película en la que participase. El gran Borgnine falleció ayer a los 95 años víctima de un fallo renal en Los Ángeles rodeado de toda su familia. La importancia que hoy se le da al actor secundario o de reparto viene concedida por una legión de nombres que, sin interferir en la labor principal de su compañero de turno, supieron adaptarse a las necesidades de su guión, pronunciar no más frases de las necesarias y convertirse en leyendas o mitos del Séptimo Arte. Es el caso de Karl Malden, Edward G. Robinson, Anthony Quinn o el eterno Ernest Borgnine.
Marty fue la película que terminó por consagrarlo, no entre los cinéfilos y espectadores, sino entre los miembros de la Academia de Hollywood. Su primera nominación obtuvo el mayor premio del año en una ceremonia en la que se enfrentó a Frank Sinatra, James Dean, Spencer Tracy y el gran James Cagney. El debut en el cine del director Delbert Mann consagró como estrella principal a Borgnine. Por si fuera poco, Marty también fue la primera película norteamericana en llevarse la Palma de Oro en el Festival de Cannes, allá por 1956.
Con raíces italianas, al actor siempre le gustó volver a tierras transalpinas para rodar producciones menores pero con mucha carga sentimental para él. Barrabás, Venganza siciliana o El juicio universal son algunos ejemplos de su amor por Italia. Sin embargo, y pese a la gran cantidad de películas que rodó, siempre le recordaremos por su participación en las ya legendarias Doce del patíbulo, De aquí a la eternidad, Grupo salvaje, Los vikingos, El vuelo del fénix, Jesús de Nazaret o La aventura del Poseidón. En todas ellas actuó de secundario y su nombre brilló con luz propia incluso por encima de la del resto del reparto e incluso el equipo técnico. Da igual que trabajara con Lee Marvin, Burt Lancaster, James Stewart o William Holden. Ernest Borgnine siempre destacaba. Uno de los hechos más recordados de los últimos años de vida de Borgnine es su viaje en autobús por toda Norteamérica reuniéndose con sus fans. Lo hizo en dos ocasiones y de una de ellas salió su autobiografía, Ernie. Su presencia no solo fue cinematográfica sino también televisiva. Y es que apareció en la serie Urgencias, siendo nominado a su tercer Emmy, varios episodios de Bob Esponja y Todos los perros van al cielo como doblador. También tuvo su mítica aparición en un capítulo de Los Simpsons. Su última aparición en la gran pantalla fue en Red, cinta que lo reunió con Bruce Willis, Helen Mirren, John Malkovich y Morgan Freeman en el que terminaría siendo su epitafio cinematográfico.
La vida de Ernest Borgnine se apagó ayer en Los Ángeles a los 95 años dejando una estela de grandes películas en las que participó, protagonizó y se forjó una leyenda. No queremos empezar el día de hoy sin recordar a uno de los mejores actores de reparto que jamás ha pasado por la gran pantalla. Ernest Borgnine forma parte de una generación de nombres que poco a poco nos va dejando. El Hollywood dorado se marcha. Descansa en paz, Ernie.

Crítica Carmina o revienta; La naturalidad de la familia León

7/10

Un hijo reúne a una madre y a su hermana y las coloca delante de una cámara para que se muestren tal y como son. La realidad se rinde ante Paco León y su familia en este cruce entre comedia y drama en el que su propia madre, Carmina Barrios, ejerce una situación de monopolio en una pantalla que se le hace pequeña conforme avanza el metraje. Carmina o revienta es la síntesis de toda una vida dedicada a su familia. Y Paco León lo sabía. Se encontró con una madre con un talento delante de la cámara tan inesperado como derrochador. Una madre que es capaz de sacar su negocio adelante amenazando hasta al cobrador del frac o fingiendo un accidente absolutamente inverosímil. Sin embargo, Carmina Barrios tiene duende, tiene arte para expresar cada palabra que sale de su boca y convertirlo en la mejor de las realidades. Situaciones que pueden parecer estrambóticas son las que se suceden continuamente en Carmina o revienta incluyendo a esa buena amiga de la protagonista, una amiga que siempre presumirá de conocer a gente más importante de la que tú conoces.
El equilibrio que León encuentra en esta película entre ficción o realidad se encuentra a medio camino entre lo que queramos creer y lo que consideremos como juego entre espectador y guionista. Un buen ejemplo de ello es la frase final, reflexiva y curiosa al mismo tiempo que sacamos nuestras propias conclusiones tras conocer el desenlace final de este falso documental escrito y dirigido por Paco León en su debut en la dirección.
El director y guionista provoca la risa, sobre todo en aquel que conozca desde dentro lo que está sucediendo y cada palabra que se está pronunciando, en este documental sobre su familia protagonizado por su familia. Por otro lado, ver como la inconmensurable María León, se cambia el delantal que tantos éxitos le dio en La voz dormida por los zarzillos, una voz poligonera y salir airosa del experimento la encumbran a lo más alto del potencial interpretativo del panorama cinematográfico español.
La enorme interpretación de Carmina Barrios es el punto clave de una película que, sin faltar a la verdad, decae en su ritmo a medida que se va acercando el final. Paco León nos mete en una ceremonia familiar donde lo único interesante es ver a su hermana María levantando la voz por flamenco antes del esperado desenlace. El rodaje en formato pseudo-documental excusa la gran cantidad, por otro lado y en ocasiones algo molesta, de primeros planos que acortan la profundidad del espacio. Carmina o revienta es, por tanto, una sesión de psicoanálisis a la sevillana en el diván de Paco León. Las luchas entre Triana y la Macarena, lugares emblemáticos de compra de embutidos, algún que otro coche vetusto y la presencia de una Carmina Barrios que hace las veces de madre, fumadora, empresaria y hasta mafiosa son ejes centrales de la trama. La comedia se mezcla con la realidad en cada plano y la ficción se diluye a cada minuto que pasa. Llega un momento en que es imposible justificar ambas partes y nos dejamos llevar por el discurso marcado por Paco León, quien conoce a la perfección las técnicas para sorprender al público.
Con Carmina o revienta, el actor y ahora director, ha establecido un sistema revolucionario de distribución y exhibición de la película jamás visto en el cine español. Y es que, a partir de hoy, día 5 de julio, podremos ver la cinta tanto en Internet como en DVD o en las salas de cine a partir del 6 de julio.

Crítica Ice Age 4; Las moralejas del 3D

6,8/10

La familia que lucha junta permanece junta. Sin duda es la moraleja que se desprende del estreno de Ice Age 4: La formación de los continentes. Dirigida por uno de los responsables de la tercera entrega, la cuarta película de la saga representa uno de los mayores entretenimientos del año destinados al público infantil. Todos los personajes, ya míticos de las tres entregas anteriores, de nuevo muestran todas sus armas en esta cinta que recupera el espíritu de diversión que han hecho de la franquicia uno de los éxitos más destacados de los últimos diez años. La primera película ya fue nominada a los Oscar a la Mejor Película de Animación y ha sido considerada como una de las aventuras, ajenas a los consabidos éxitos de Pixar o DreamWorks.
En esta cinta veremos como Scrat encuentra su Atlántida en un éxtasis bellotero jamás visto anteriormente. Ice Age 4 está repleta de situaciones divertidas propias para la diversión infantil más auténtica gracias al cataclismo que provoca tan divertido animalito en la eterna persecución de su escurridizo fruto. También veremos como el enorme Manny da veracidad a la moraleja inicial manteniendo a su familia a salvo de las fauces de un villano que recuerda en demasía al Davy Jones de la exitosa saga de Piratas del Caribe.
Por si fuera poco, Sid vuelve con todas sus fuerzas y en esta película trae a su Abuela Gruñona para dotar a ciertas partes del guión de una profunda complicidad con el espectador gracias a situaciones de humor cotidiano transformadas en animaladas. Ice Age 4 profundiza en el sentimiento de la amistad, visto en sus entregas anteriores, y trae a colación la unión familiar como excusa para construir una trama que ahonda en las diferentes situaciones que se dan en la adolescencia como en la edad adulta. Sin embargo, y como contrapunto, la película parece ofrecer un mensaje muy alejado de las producciones recientes tales como Lorax o Los Muppets en los que, según pregonan algunas voces, se vierten contenidos cercanos al izquierdismo político en consonancia con la lucha ante el empresario opresor o el capitalismo. Aquí, se vuelve a recalcar la idea de la familia como punto de partida para comenzar la trama. Recordemos que estas teorías siempre están al servicio de aquellos que buscan más allá de lo que se contempla en la gran pantalla.
El que aparece mucho más desaparecido es Diego, quien parece ser la mera compañía de la trama sin aportar más allá de la nota de amor que siempre tiene que aparecer en la película. El argumento es plano y navega entre un Jasón con sus Argonautas o un épico Ulises volviendo a su ansiada Ítaca al lado de su Penélope. Bien es cierto que el argumento de Ice Age 4 puede pecar de ya visto o redundante aunque también resulta adictivo y reconciliador ante aquellos que odien o aborrezcan el formato de las tres dimensiones. El uso del 3D resulta más que agradable dotando de una belleza animada a los paisajes que aparecen detrás de los personajes aumentando la realidad de la acción. Esto parece definitorio y novedoso aunque para alguien que deteste este formato le resultará digno de agradecimiento. Fox ha preparado, también para su exhibición en salas, un cortometraje que sirve de prólogo a la película sobre una lucha que mantiene Maggie Simpson en una guardería para salvar a una mariposa. Este corto parece no premonizar una nueva película de la familia más amarilla de los Estados Unidos ya que la productora no tiene todavía noticias de que Matt Groening y cía. estén interesados en dotar de secuela a su predecesora. Ojo también al detalle, sin venir a cuento, en el que se suelta una perla en relación con el supuesto fin y solución a las descargas ilegales. Algo que, cuanto menos, resulta algo patético en medio del metraje.
Por tanto, aquel que decida elegir entre las opciones de la cartelera Ice Age 4 debe saber que no verá una profunda película con elementos renovadores del cine de animación actual sino un entretenimiento infantil con altas dosis de adrenalina que harán las delicias de cuantas familias quieran disfrutar de una aventura amenizada, con personajes simpáticos y un sinfín de situaciones peligrosamente divertidas.

Crítica Red State; Sectarismo religioso a lo Kevin Smith

6,8/10

Kevin Smith es uno de esos cineastas que reinventaron el concepto de cine independiente en Estados Unidos en el momento en que estrenó su aclamada Clerks. Partiendo de un presupuesto inferior a lo conocido y con un formato pseudo doméstico, Smith se hizo un hueco en el panorama del cine de culto. Red State se aleja de todo lo que el director ha realizado hasta el momento y quizá ahí radique lo interesante de esta sangrienta película.
Tomando como ejemplo el caso real del líder extremista religioso Fred Phelps, Kevin Smith nos traslada hacia cuatro paredes en las que obtendremos el agobio y la repulsión como punto de partida a una cinta galardonada en el pasado Festival de Sitges. Repulsión hacia los grupos extremistas que asesinan, torturan y embaucan a miles de personas en todo el mundo prometiéndoles todo tipo de perdones y salvaciones. Habrá cientos de religiones y opciones políticas en este mundo pero Smith arremete contra las que promocionan la violencia y la xenofobia gratuita en un país tan cuarteado como es Estados Unidos.
Red State peca de ser excesivamente interesante. Desde la interpretación de su actor protagonista, Michael Parks, galardonado en Sitges e inolvidable Earl McGraw para los amantes del cine de Tarantino. Basándose en la figura del sangriento Phelps, el actor recrea a los líderes de estas sectas que lavan el cerebro de manera irremediable defendiendo con su sangre, e incluso la vida de sus hijos, unas creencias muy indeterminadas.
Mención aparte merece la interpretación de Melissa Leo, una de las mejores actrices del panorama norteamericano contemporáneo. Una de las mayores virtudes de Kevin Smith es la de sacar el mejor partido a sus actores en los terrenos más inexplorados por él como cineasta. En Red State se aleja de la comedia para introducirnos de lleno en la violencia, el racismo y la intolerancia de los grupos extremistas. Pero, pese a lo interesante del planteamiento, Smith se pierde en ocasiones en la irreverencia que le supone llamarse Kevin Smith y haber rodado productos de muy baja calidad. Su sello queda impregnado en una película que lo desmerece. Red State, en las manos de otro director, podría haber sido un melodrama de proporciones épicas y no una película con un sanguinario final, demasiado para su condición de denuncia.
Kevin Smith inaugura su filmografía seria con un thriller de corte psicológico que en ocasiones llega a helar la sangre al contemplar atrocidades que resultan más auténticas y reales de lo que podemos imaginar. El monólogo sobre la certeza de la religión que libera Michael Parks es una lección de asfixia al espectador imaginando caer en las redes de los grupos sectarios religiosos que existen a lo largo y ancho de tan infinito mundo.
Red State es una cinta que merece la pena ver, quizás una de las más interesantes del año por lo que a temática y realidad se refiere. Sin embargo, habrán de disculpar a Kevin Smith y su obsesión por fantasear demasiado cuando crucen la última frontera de la película, aquella que muestra un desenlace desmerecedor de una película que podría haber callado muchas bocas.

Crítica Los Vengadores; Mucho ruido y pocas nueces

6/10

Los Vengadores constituyen un ejercicio fabricado por y para fans del universo Marvel. Es por eso que las notas numéricas de un producto tan discutible como el que contemplamos estén tan infladas en diversos sitios de la red. Joss Whedon ha realizado una película para uso y disfrute exclusivo de las legiones de amantes de los superhéroes de la factoría ya mencionada.
Desde el punto de vista del que redacta esta reseña, no se trata de una película de escasa o nula calidad en absoluto sino que, simplemente, no siente el aprecio necesario para que las acciones que llevan a cabo los diferentes roles de la cinta surtan efecto y simpatía como amante del cine. Eso sin contar el aberrante uso del 3D en secuencias fabricadas específicamente para tal fin como lo son todas aquellas películas previamente diseñadas para rascar los bolsillos más descosidos.
Los Vengadores es, a pesar de lo coral de su reparto, una película para disfrute y lucimiento (una vez más) del gran Robert Downey Jr. Su presencia en la pantalla inunda y devora a sus demás compañeros con un solo levantar de pestañas. El carisma que desprende su personaje unido al que despierta su propio rostro le hacen no necesitar nada más para llevarse los aplausos y las risas del público. Si hemos de ponernos exigentes, notamos que al rol de Downey Jr. se unen el de Chris Evans y Mark Ruffalo como puntos interesantes de la película en cuanto a captación psicológica de su condición de superhéroes. Iron Man, el Capitán América y Hulk se bastan ellos solos para sostener el peso de la guerra alienígena que se les viene encima en la eterna secuencia final. Ni Scarlett Johansson, ni Chris Hemsworth, tampoco Jeremy Renner o el veterano Samuel L. Jackson consiguen funcionar individualmente dentro del grupo sino que parecen estar pidiendo a gritos una película para ellos solos, en el caso de Thor, las ganas de que llegue su secuela.
A Los Vengadores no hay quien les niegue su presencia en los premios técnicos de la próxima temporada de galardones. A fecha de hoy, vaticinamos por lo menos los Oscars a Efectos Visuales, Efectos de Sonido y Montaje de Sonido. La espectacularidad de sus escenas es sobrecogedora y eso no se lo arrebata nadie. Sin embargo, cuando el espectáculo devora al guión hay un problema. Y Los Vengadores adolece de falta de trama. Por no hablar de un villano que, desde que apareció en Thor, se ha ganado la antipatía del que escribe por sobreactuado.
La historia del origen de Los Vengadores es lo suficientemente interesante como para mostrar algo de respeto por aquel escuadrón de superhéroes que consiguió hacerle frente a la Liga de la Justicia de DC Comics, liderada por los héroes de la competencia, Batman y Superman. Sin embargo, nos remitimos al background que nos proporciona haber visto las distintas aventuras de Thor, Hulk, Capitán América o Iron Man para no perdernos en una trama reconducida hacia estos propios personajes.
Los Vengadores resulta interesante como espectáculo visual y sonoro. Su artificio embauca de principio a fin. Sin embargo, la dosis de adrenalina que se descarga a partir del tercer cuarto de hora debió ser dosificada para no cansar al espectador más exigente con la obra original. Primer y segundo acto deberían haber estado alternados para presentar algo más la psicología de todos los personajes y no abandonar los momentos más llamativos de la película en un Robert Downey Jr. que sabe aprovecharse bien de estas situaciones.
Con ojo crítico, y desde el punto de vista de este redactor, Los Vengadores posee una gran cantidad de aspectos muy mejorables y otros tantos excesivamente virtuosos, tales como una impactante fotografía y una banda sonora que roza la más absoluta épica.

Crítica Project X; la Risky Business a lo bestia

5,5/10

La sociedad cambia a medida que avanza la peligrosa combinación que ofrecen las distintas formas de diversión que abundan entre adolescentes cada vez más precoces y la posibilidad que tienen de acceder a todo tipo de redes sociales a través de sus teléfonos móviles. Es lo que ocurre en Project X, una película que ahonda en la extrema capacidad de diversión de los menores de 18 años en Estados Unidos. Sorprende el éxito de taquilla que una película aparentemente intrascendente como puede ser Project X ha cosechado tras su estreno. Y es que la cinta dirigida por Nima Nourizadeh no ahonda en el perfil psicológico de los jóvenes que organizan estas macrofiestas sin el consentimiento paterno y abandonan su condición de seres humanos por cada hectolitro de alcohol que entra por sus venas sino que retrata cualquiera de las fiestas organizadas por los jóvenes norteamericanos elevada a su máxima expresión.
Al final de la película contemplamos un apocalipsis etílico que, aunque pueda rozar los límites del surrealismo, es más real de lo que parece. Los jóvenes ya no se divierten organizando partidos de fútbol ni yendo a comer hamburguesas mientras discuten sobre el instituto, las chicas o los videojuegos y películas que tienen en casa. La mayor parte de los adolescentes, sobre todo en Estados Unidos, están más preocupados por teclear en su móvil todo tipo de bárbaras ocurrencias y averiguar en qué momento perderán la virginidad y con cuántas chicas.
Es lo que se desprende del comportamiento de estos centenares de adolescentes que se reúnen en casa de un pobre diablo que cumple 17 años y que desconoce el número de escobas y fregonas que necesitará para recoger el desastre que sus amigos le han organizado. Project X analiza el descontrol que existe entre los menores de edad que, en ocasiones, roza lo peligroso. Facebook y Twitter se han convertido en herramientas básicas para la diversión de los jóvenes norteamericanos, y de medio mundo, fomentando la comunicación instantánea y la organización de macroeventos de todo tipo en cuestión de segundos.
En la película, rodada con un estilo documental, se deja de lado las verdaderas inquietudes de los jóvenes antes de pegarse al cuello de la botella. Sin embargo, resulta interesante de ver por el simple hecho de contemplar en qué desemboca todo lo que estamos viendo aún sabiendo que, al salir de la sala de cine, no recordaremos absolutamente nada. Project X es una película rodada para el público adolescente, el cual suele llenar los cines si la ocasión lo merece. Sin embargo, para un amante del cine le parecerá más que intrascendente e incluso aberrante. Y es que tener detrás al director de Resacón en Las Vegas como productor, Todd Phillips, no ayuda demasiado a evadirse del género. Project X es la Risky Business del siglo XXI. Sus protagonistas son la versión bizarra de aquel Tom Cruise que bailaba en calzoncillos con una escoba. Eso ya no se lleva. Los hastags del futuro mandan ponerse hasta arriba de todo lo que se encuentre y realizar bromas pesadas que resultan cargantes y hasta odiosas. Y es lo que analizan películas como la que nos ocupa o sus referencias más allá de la cinta de Cruise tales como Supersalidos o Aquellas Juergas Universitarias.
Si analizamos fríamente Project X el resultado no es ni una comedia ni un drama. Es una película de desprende un miedo atroz sobre las terribles consecuencias que tienen las costumbres de los adolescentes de nuestros días. Aún sin saber de qué tienen que evadirse, utilizan el alcohol y las fiestas épicas para demostrar su valía de cara a una sociedad que parece marginar al más débil. Parece que en Estados Unidos si no organizas la fiesta más legendaria jamás conocida, nunca llegarás a conseguir el respeto que necesita tu ego para seguir sobreviviendo. Pero, ¿de qué huyen los jóvenes en realidad? Es lo que Project X abandona a favor de una jungla doméstica de costosas consecuencias.

Series de Televisión: Black Mirror

8/10
Los grandes acontecimientos que marcan la historia de la humanidad no son valorados en su justa medida hasta que el tiempo termina por desvelar su auténtica trascendencia. La extensión masiva de las nuevas herramientas tecnológicas de interaccion social es un fenómeno en constante reconfiguración al que hoy día resulta imposible definir de forma certera pues sus tendencias son inescrutables y sus manifestaciones totalmente novedosas, inexploradas. No existe un manual de uso ni una hoja de ruta que nos permita afrontar los retos que día tras días nos presenta la sociedad en red, se nos escapa a un control lógico y racional, se desborda por la inexistencia de fronteras y por la globalidad de una comunicación compulsiva. Ese el panorama que nos presenta Charlie Brooker en Black Mirror, una miniserie británica compuesta por tres episodios autoconclusivos tejidos en torno a la omnipotencia de la tecnología en el mundo actual y los efectos absolutamente demoledores que puede desencadenar en nuestra propia percepción de la realidad.
The National Anthem (el primero de los episodios) arranca con una llamada de teléfono en mitad de la noche; han secuestrado a la princesa; el Primer Ministro es quien responde. Los raptores han colgado un video en Youtube en el que aparece la princesa maniatada y en un estado de nerviosismo crítico explicando los insólitos pasos que se debería seguir para su rescate. El estado es incapaz de controlar la difusión del video, se reproduce a una velocidad vertiginosa, como una hidra con innumerables cabezas que no dejan de brotar a pesar de los intentos por cercenarlas. En apenas unas horas, todo el país, todo el mundo, conoce las peticiciones de los terroristas; el Primer Ministro deberá mantener relaciones sexuales con un cerdo delante de una camara de televisión, en directo y retransmitido para todo el mundo. Si no cumple con esta particular exigencia, la princesa morirá.
Podemos imaginar el rostro de escepticismo de los productores televisivos a los que Brooker presentó la idea. No sólo se trata de una historia arriesgada y políticamente incorrecta, sino de una fábula tan inmoral como veraz en los tiempos de morbosidad histérica que vivimos, de una descabellada premisa que, no obstante, no se encuentra demasiado alejada de una realidad en la que aún está todo por escribir; un territorio virgen, tal y como asevera la asesora del Primer Ministro. Un nuevo panorama en el que los viejos cimientos de las estructuras de poder se resquebrajan bajo el peso de la información como herramienta suprema de influencia política. Una información que además resulta imposible de controlar, que se filtra entre los resquicios de los ingentes flujos de contenidos que atraviesan la Red.
Puede que The National Anthen sea lo más transgresor que este crítico haya visto jamás en televisión. Las sensaciones que suscita al espectador están cargadas de una obscenidad moral que revuelve las tripas, que hace vacilar nuestros propios patrones de integridad, que nos sumerge en un estado de catalepsia impúdica difícil de digerir, pues no es sólo ficción, nos muestra una hipótesis verosímil de hasta donde podemos llegar como sociedad, de cuan débiles pueden ser los principios éticos sobre los que se sustenta nuestra civilización. Al fin y al cabo, quién sería capaz de apartar la mirada del televisor, quién primaria su propia rectitud al espectáculo incalificable compartido entre el morbo y la repulsión por buena parte de la humanidad. Brooker nos convierte en la diana pasiva de su particular órdago postmoderno (o quizás hiperpostmoderno) haciéndonos reflexionar acerca de nuestra propia percepción mediatizada de la realidad y el rol desempeñado como espectadores y ávidos consumidores de información en la magnificación de todos los acontecimientos amorales que acaecen en el mundo.
Las personas que deciden cometer actos dañinos ya no se contentan con ejercer violencia sobre el otro, sino que persiguen el ridículo público, que todos puedan contemplar los niveles de indignidad a los que puede llegar la víctima. Se trata de un nuevo fenómeno. El secuestrador de la princesa no quería dinero, ni poder, tan sólo que todos viesen al Primer Ministro en la posición más deshonrosa posible. El episodio, en sus apenas cuarenta minutos de metraje, se centra en el breve lapso de tiempo que transcurre entre la publicación del video y la hora límite para cumplir sus exigencias. Y además lo hace con una admirable eficacia, sin grandes efectismos dramáticos o recursos típicos del thriller; simplemente plantea el asunto y lo desarrolla sin ambages, con una abrumadora sencillez que golpea con dureza una y otra vez al espectador hasta un final resuelto de forma rápida y aséptica aunque no por ello menos cruel.
Aún intento recobrar el aliento...

Crítica Los Juegos del Hambre: El 'Tú si que vales' bizarro

6/10
Los fenómenos literarios y/o cinematográficos dirigidos a adolescentes y jóvenes en general son altamente impredecibles. Ya pueden triunfar las aventuras de un joven mago en su particular 'high school' barroco, las diatribas amorosas de una joven desvaída en torno a sus dos particulares amantes, o incluso la épica medieval de un mundo de fantasía oscura marcada por la ambición al trono. Probablemente los vínculos compartidos entre estas sagas de rotundo éxito mundial sean cuanto menos nimios, sin embargo han logrado filtrarse en el imaginario colectivo de millones de personas (y no solo jóvenes) con una facilidad digna de admirar.
Ahora nos llega una nueva entrega de esta suerte de catálogo de fenómenos literarios que son inexorablemente trasladados a la gran pantalla, bajo la apariencia híbrida de una atractiva conjunción de géneros. Los Juegos del Hambre, la primera novela de la trilogía creada por Suzanne Collins, se inscribe en un eje temporal futurista que elude las tradicionales ensoñaciones tecnológicas del género para componer una historia sobre la violencia y la capacidad narcotizante de la televisión protagonizada por unos sufridos adolescentes que son entregados como tributo por las diferentes secciones de un estado que eterniza su poder gracias a la administración medida de espectáculo, miedo y esperanza.
Ciertamente, la estrategia aplicada por los gobernantes de Panem no es ninguna novedad; la élite romana ya gozó de las bondades de circo como aglutinador de la indolencia de su pueblo ante las injusticias, una práctica que en la actualidad se ha acentuado con un extenso abanico de extensiones 'inteligentes' de nuestra inconsistencia que nos impide observar el auténtico bosque de la realidad. Lo original de la propuesta de Collins es que la televisión (y muchos ya pronosticaban el declive de este medio de comunicación) se erige como el instrumento de excepción para mostrar los autos de fe (la plaza pública de la Inquisición ya se quedó obsoleta) de dos docenas de adolescentes que se debaten entre una muerte segura y el resquicio de esperanza de un triunfo improbable.
La premisa de Los Juegos del Hambre es lo suficientemente sugerente como para atraer la atención de cualquier espectador ávido de cierta originalidad. Si a ello unimos que la adaptación cinematográfica está cosechando un éxito sin parangón en Estados Unidos convirtiéndose en la película del año sin duda alguna, los alicientes son dignos de consideración. Ahora bien, el gran inconveniente de un buen planteamiento argumental es que crea altas expectativas que pueden no ser satisfechas. Y ese es precisamente el caso de la película de Gary Ross; si bien cuenta con un sustento literario (el cual desconozco) que guia la trama y que asegura una legión de fieles lectores, es preciso ir más allá y adaptar el lenguaje de la novela a los códigos cinematográficos en un proceso a todas luces obviado en la confección de un filme un tanto desgarbado, sin ese ingenio y vivacidad exigible a un producto de masas de estas características.
Los Juegos del Hambre nos remite a un futuro casi apocalíptico (se llega a alardear del AVE) en el que el control del Capitolio se cierne sobre una población dividida en sectores con grandes desequilibrios y deficiencias de desarrollo crónicas. El primero problema es que la justificación provista del macabro certamen no es creíble o al menos suficiente para entender la pasividad de la ciudadanía, la cual permite que cada año un grupo de jóvenes se despedace en un espectáculo televisivo sin sentido. En segunda instancia, la recreación de este aterrador mundo del futuro es poco imaginativa a nivel estético, de hecho su barroquismo excéntrico es más propio de un baile de carnaval que de una posteridad sugestiva (la barba de Wes Bentley o el personaje en sí mismo de Stanley Tucci son dos claros ejemplos). Por último, la brutalidad moral inherente a los juegos se diluye en una maniquea división entre buenos y malos que facilita la digestión del espectáculo. Esto es estadounidense en estado puro; esbozamos a personajes ruines para que su asesinato esté plenamente justificado, e incluso los unimos en una alianza absurda para resaltar la bondad de unos cuantos (lo realmente sobrecogedor es un enfrentamiento entre iguales por la mera supervivencia).
A pesar de los errores descritos, la película consigue atrapar la atención del espectador a partir de un ritmo sostenido y amplificado en el último tramo que hace en cierto modo gozosa la experiencia cinematográfica. Por otro lado, cabe reseñar el talento corroborado de Jennifer Lawrence como representante de una nueva hornada de intérpretes femeninas con una larga carrera de éxito por delante, complementado por un elenco pintoresco (incluso con la intervención estelar de Lenny Kravitz) aunque eficaz.
Los Juegos del Hambre es ya el nuevo fenómeno de masas gracias a la interesante conjunción de sadismo desbordado al más puro estilo Battle Royale (la cinta japonesa que según muchos inspiro a la autora) y la
parafernalia del espectáculo televisivo en la línea de un 'Tú si que vales' bizarro con Woody Harrelson en el rol de Risto Mejide. Y la saga continúa...

Crítica Titanic; La majestuosa leyenda del barco inundible

7,5/10
La abrumadora trascendencia global que cosechó Titanic desde su estreno en cines hace 15 años supuso un punto de inflexión en la historia del cine popular estadounidense. Hoy día son pocas personas las que pueden reconocer con menor o mayor pesar que aún no ha visto la película de James Cameron. Y esa es precisamente una de las razones por las que su consideración entre los círculos cinéfilos parece haberse visto minusvalorada de forma notoria (a pesar del unánime respaldo que obtuvo en la Academia); al fin y al cabo, nadie con un mínimo de pasión por el cine y ciertas dosis de conocimiento está dispuesto a reconocer que se emocionó con la inmortal historia de amor de Jack y Rose en la misma medida que millones de espectadores en todo el mundo (ese sentimiento de exclusividad se evapora). Así pues, hagamos justicia, quitémonos nuestros trajes de críticos respetables y exigentes, y valoremos una película que, más allá de su éxito inigualable entre un público de todas las edades, cuenta con los ingredientes suficientes para ser un clásico inmortal.
Y es que el entramado argumental de la película es todo un ejemplo de clasicismo cinematográfico con ciertos tintes 'pop' (la cara de Leo estaba destinada a forrar las carpetas de millones de adolescentes) que actualizan muchos de los rasgos que comparte de forma inequívoca con las colosales producciones de la era dorada de Hollywood; un despliegue técnico considerable (en este caso las nuevas herramientas digitales supusieron un aliciente más), una realización elegante aunque sin grandes destellos de originalidad, un minucioso diseño de producción que abarcaba desde la recreación histórica del monumental transatlántico hasta el vestuario de sus pasajeros, una banda sonora emotiva popularizada hasta el hartazgo, y, sobre todo, una historia de amor que rompía con los esquemas preestablecidos de las clases sociales y confluía en un épico y dramático final entre el desastre propiciado por el hundimiento del Titanic, el barco más seguro de todos los tiempos.
Lo cierto es que la relación de encuentros y desencuentros de dos enamorados que desafían las convenciones de una sociedad aristocrática e injusta, ilustrada a la perfección por los diferentes niveles de privilegio en los que se dividía el barco, supone una reedición más de un relato romántico narrado hasta la saciedad a lo largo de la historia de la literatura y el cine; sin embargo, su poder de atracción entre el público continúa siendo tan abrumador como la inclinación del ser humano a fantasear con tórridas e imposibles aventuras amorosas que, en cierto modo, se escapan de su realidad cotidiana. Por ello, esos dos amantes que se enfrentan a los prejuicios de la clase acomodada e incluso a un pretendiente y una madre maliciosos se erigen ante el espectador como representaciones perfectas de un amor enaltecedor del romanticismo más tradicional. Y así seguimos los pasos de Jack y Rose, entre ebrios bailes irlandeses en las bodegas, distinguidas cenas en cubierta, sesiones de pintura al más puro estilo Goya, y tórridos escarceos sin más testigo que el vaho fruto de la pasión más desenfrenada.
Es decir, que Titanic basa buena parte de su éxito en una historia de amor que se filtró en los corazones de la mayoría de los espectadores. Si a ello unimos que, como telón de fondo, presenciamos uno de los acontecimientos históricos más traumáticos del pasado siglo en el que se conjugaban el drama por el importante número de víctimas y cierto morbo (aunque velado) por el hundimiento de un barco monumental (y lujoso) con toda una serie de ilustres personas en su interior (probablemente, si se hubiese tratado de un barco corriente con pasajeros corrientes la leyenda habría sido mucho menor); logramos la fórmula perfecta para una película que rompió todos los récords de notoriedad posibles. De hecho, cuando se cumplen 100 años de la tragedia, los homenajes y evocaciones se suceden a lo largo del mundo con la imagen siempre presente de la película de James Cameron, como si la ficción y la historia se confundieran a partir de una obra cinematográfica.
Apuesto que son muchos los que imaginan a Jack y Rose extendiendo sus brazos al viento con los compases de Celine Dion (y el pasteloso James Horner) de fondo como un hecho absolutamente verídico (por ello el señuelo de la mujer anciana que rememora la historia). Lo cierto es que en realidad son Leonardo DiCaprio y Kate Winslet, dos actores que, curiosamente y a pesar del abrumador éxito de la película, han logrado labrarse una carrera profesional envidiable hasta alcanzar ser reconocidos unánimemente como dos de los grandes intérpretes de la actualidad. Y eso que todo apuntaba que DiCaprio no pasaría de ser el pasajero objeto de deseo  de millones de chicas, más aún tras sus desastrosos años posteriores (tuvo que rescatarlo Spielberg en 2002 con Atrápame si Puedes); mientras que Winslet se vería sobrepasada (como en realidad fue) por una fama desmedida nunca deseada.
James Cameron, sin duda, es un visionario. Muchos pueden criticar su oportunismo (el reestreno de la película en 3D es una nueva muestra de ello), pero es preciso reconocer que nadie como él ha sabido congeniar con los gustos e inquietudes del público, ya sea a través de un robot semihumano del futuro, de criaturas azules de un universo paralelo o de la historia de dos amantes en un barco que naufraga. Titanic, pese a quien pese, es un clásico absoluto del cine que, a pesar de sus errores consustanciales y concesiones de dudoso gusto al espectáculo, se mantiene de forma inalterable en el imaginario colectivo no sólo de los aficionados al cine, sino de buena parte de la sociedad occidental.

Crítica Intocable: Lecciones para hacer buen cine comercial

8/10
En ocasiones, las historias que nos conmueven hallan su grandeza en la sencillez que las inspira. O eso es lo que debieron creer Olivier Nakache y Eric Toledano cuando vieron el documental sobre la vida de un tetrapléjico y su particular relación con su cuidador. De ella obtuvieron la inspiración para llevar a la gran pantalla la historia que ha encandilado a millones de espectadores en toda Europa, convirtiendo la película en el gran evento cinematográfico del año. 
La tierna comicidad que desprende la amistad entablada contra todo pronóstico entre Philippe, un rico aristócrata que tras un accidente en parapente vive postrado en una silla de ruedas sin mayor autonomía que la que le confiere su sensibilidad de cuello hacia arriba, y Driss, un joven de la periferia que acaba de salir de la cárcel y necesita realizar una entrevista de trabajo para obtener el subsidio de desempleo; hacen de la película una emotiva experiencia con trasfondo social que no cesa de conquistar a espectadores. Tras permanecer durante diez semanas consecutivas en el número uno de la taquilla francesa atrayendo a las salas a más de 18 millones de personas (se convierte así en la segunda película con mayor recaudación en la historia del país), Intocable ha emprendido su itinerario por el resto de países europeos prolongando un éxito de público que parece no tener límites. 
En España, la película desembarcó en su primera semana de exhibición en el segundo puesto de la taquilla con una recaudación de algo más de 1,3 millones de euros, cifra que ha crecido exponencialmente en las dos semanas posteriores, en las que se ha mantenido como la opción más vista por el público español, hasta alcanzar los 5,5 millones de euros. 
Los ingredientes del filme de Nakache y Toledano se basan en una historia sencilla sobre la amistad y el afán de superación, la trasgresión de los prejuicios raciales inherentes a las sociedades europeas, una certera construcción emocional de los personajes tanto principales como secundarios, la complicidad desbordante de los actores que encarnan a Philippe (Francois Cluzet) y Driss (Omar Sy), y la recreación de una atmósfera cargada de vitalidad, alegría y humor. 
 La trascendencia cosechada por la película en su país de origen ha sido tal que el 52% de los franceses la han votado como el mayor evento cultural del año superando, entre otras obras, a la unánimemente aclamada a nivel internacional The Artist, un hecho que muestra el excelente estado de salud del cine francés tanto entre la crítica especializada como entre público. 
En el caso de Intocable, sus responsables logran salvar la exigua franja que separa el melodrama edulcorado y el delicioso canto a la vida que es en realidad  la película a partir de una conseguida empatía con el público, que logra identificarse con los actos y emociones de sus dos protagonistas principales gracias a la complicidad que se desprende entre ambos y la sinceridad de los sentimientos que transmite.
Intocable, al fin y al cabo, es una película concebida por y para el goce del público, y no se avergüenza en demostarlo en cada una de las secuencias de la trama. Los franceses lo han vuelto a conseguir; nos han regalado unas cuantas lecciones de cómo hacer buen cine sin obviar a una parte importante de los espectadores que acuden a la sala sin mayor objetivo que el de pasar un rato agradable en compañía de una dupla irrepetible

Series de Televisión; Titanic (TV)

5,5/10

La noche del 15 de abril de 1912 se hundía el trasatlántico más ambicioso construido hasta el momento, el Titanic. 269 metros de eslora, 860 tripulantes y capacidad para más de 3500 pasajeros que quedaron el fondo del Atlántico Norte aquella fatídica noche. A partir de ese momento, miles de personas en todo el mundo se vieron identificados con todas y cada una de las personas que viajaban en aquel viaje inaugural del barco más espectacular.
El cine y la televisión han rescatado el viaje del Titanic en innumerables ocasiones. Tantas, que incluso llegan a hartar. La más reciente y exitosa ha sido la que James Cameron rodó en 1997 y que se saldó con 11 premios de la Academia. Ahora, y bajo el auspicio del creador de la ficción Downton Abbey Julian Fellowes, aterrizó anoche en Antena 3 la miniserie de cuatro capítulos que recuerda la memoria de aquellos que perecieron en aquel fatídico viaje.
Cuatro capítulos de cuarenta minutos que fueron emitidos anoche con una duración de tres horas en las que pudimos obviar toda espectacularidad en lo concerniente al naufragio del Titanic, aquella con la que los efectos especiales de Cameron triunfaron en todo el mundo. En esta ocasión, Julian Fellowes sacrifica todo el aspecto visual para narrarnos el hundimiento desde diferentes puntos de vista con un guión que engancha aunque no apasiona, sobre todo en su tramo final. El equipo de la serie decide que, como ya conocemos de sobra la imagen que portaba el Titanic cuando partió de Southampton, la cinta no mostrará más que el interior del buque.
Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos para conseguir una buena fotografía y una exquisita dirección artística marca de la casa, la serie deja indiferente frente a otras opciones televisivas. No se ahonda en la parte técnica del barco ni en los motivos por los que se hundió sino que vemos una lucha de clases muy arraigada en la época a falta de tan solo un par de años para que la Primera Guerra Mundial irrumpa en el viejo continente. El guión de la miniserie resulta de lo más apetecible sobre todo si conocemos que Toby Jones o Maria Doyle Kennedy figuran entre el reparto.
Pese a lo impactante de la trama y al mito que existe en torno al Titanic, la serie resulta poco más que interesante y no homenajea lo suficiente a aquellos que murieron bien buscando una vida mejor o bien presumiendo de dinero para pagar los camarotes de la primera clase. Los diferentes puntos de vista en los que la serie se desarrolla permiten al espectador conocer más de cerca pero no mejor la vida de aquellos que quedaban relegados irremediablemente a una muerte segura por no tener recursos para haberse pagado un billete que, de saberlo, les hubiera salvado la vida.
Julian Fellowes confía en que su criterio al frente de Downton Abbey le de muchos éxitos procedentes de la televisión británica. Sin embargo, las expectativas con Titanic eran demasiadas y poco compensadas con lo que se nos queda la sensación de tener ganas de volver a ver la epopeya multipremiada que James Cameron tejió alrededor del barco más espectacular jamás construido. El hundimiento del Titanic merece un reconocimiento por su centenario mucho más digno de su grandilocuencia marítima que el que se nos ofreció anoche en Antena 3.

Crítica Grupo 7: Un thriller entre rejas y balcones

7/10
Se podría decir que el thriller es un género cinematográfico concebido por y para la mayor gloria del entretenimiento de masas producido en serie por la industria de Hollywood con mayor o menor fortuna. De hecho, las características definitorias del mismo, acción trepidante, historia algo enredada y notorio despliegue técnico, obedecen a un patrón de película reconocible a kilómetros como puramente estadounidense. Otras cinematografías han intentado imitar este estilo con suerte dispar, sin embargo su trascendencia entre el público es siempre menor. En el caso español, es difícil encontrar una película que pueda calificarse sin ambages como thriller, al menos con los ingredientes referidos anteriormente. Pues bien, el realizador sevillano Alberto Rodríguez se atreve con el limitado registro del cine patrio y compone una película de acción policiaca de pulso vibrante que reformula los patrones universales del género a partir de rasgos inequívocamente locales.
Y es que el extenso abanico de opciones que ofrece los tejados y las callejuelas de una Sevilla de contrastes no es sólo escenario de excepción para vertiginosas persecuciones entre un grupo de policías antidroga  demasiado eficaces y una legión yonkis y maleantes de diversa índole que luchan por sobrevivir en el centro de una ciudad en plena eclosión; sino también un elemento más del cóctel folclórico-dramático que nos brinda su director con un brutal sentido del espectáculo y una efectividad argumental digna de admirar. Grupo 7 es una película que hace de la cotidianeidad de nuestro entorno urbano un laberinto de tramas oscuras interpretadas por personajes oscuros con objetivos que pretenden ser deslumbrantes pero que no dejan de confundirse en la amalgama de miserias que los circunda.
Es por ello que la película no es sólo un thriller fácil de ver por su claridad narrativa y lo fascinante de su acción sin descanso; ahonda en las conductas de unos personajes desquiciados por un sentido del deber excesivo valiéndose de un reparto interpetativo que nos confirma una serie de aspectos:
1. El talento desbordante de Antonio de la Torre va más allá del de un secundario eficaz con papeles protagonistas ocasionales (e igualmente memorables). La facilidad del actor malagueño para construir personajes inimitables basados en una presencia en pantalla demoledora es circunstancia suficiente para considerarlo uno de los intérpretes más interesantes del actual panorama cinematográfico españo.
2. La amplitud del registro interpretativo de Mario Casas es inversamente proporcional al tamaño de sus trabajados músculos de gimnasio. El joven actor muestra una vez más que el abanico de personajes que puede abarcar es muy limitado, ya que su capacidad gestual es igualmente exigua. En esta película cumple aunque no puede evitar que su presencia desentone en un entorno que no es el suyo.
3. El resto del elenco de actores que aparece en la película es el resultado de uno de los mejores castings de los últimos años en el cine español. Cada uno de los personales desprende autenticidad, desde el bonachón Joaquín Núñez hasta el último drogadicto que intenta huir de la implacable brigada (digno de mención es el papel de Julián Villagrán).
El resultado, como puede ser previsible con estos datos, es una buena película de acción desarrollada en la Sevilla anterior a la Expo 92 y resuelta tras las cámaras con vigor por Alberto Rodríguez. Cada semana recibimos en nuestras carteleras nuevos thrillers estadounidenses con finales unívocos, escenarios anodinos y estrellas que se debaten con tramas repetitivas que dan sensación constante de deja vu; que el espectador español no pierda el norte y se atreva con un fascinante drama policíaco del sur que no defraudará ni a los adictos de la adrenalina ni a los dependientes de los complejos dramas personales.

El genio de Billy Wilder en tres secuencias inolvidables


La semana pasada se cumplieron diez años desde la muerte de Billy Wilder y la sensación generalizada es que el tiempo no pasa por la genial obra del director de origen austriaco. Más allá de efemérides y homenajes puntuales, las películas de Wilder permanecen de forma indeleble en nuestro patrimonio cinematográfico colectivo como una referencia indiscutible para los amantes del séptimo arte. Y es que, probablemente, ningún director haya abordado las ingentes contradicciones del ser humano con tanta ironía, comicidad y trascendencia en una dilatada filmografía repleta de obras capitales. En un ejercicio de sincretismo extremo, aquí damos cuenta del genio de Billy Wilder a partir de tres fragmentos fundamentales de tres de sus películas más recordadas y entrañables que definen no sólo un modo de hacer cine, sino una manera de entender la vida. Me uno así a la excelente retrospectiva realizada por mi compañero Antonio Sánchez.

Con faldas y a lo loco (1959)

Cumbre absoluta de la producción cómica de Wilder; alocada, desternillante e ingeniosa en cada una de sus secuencias. La posibilidad de ver a dos actores de la talla de Jack Lemmon y Tony Curtis trasvestidos en una orquesta femenina itinerante disputándose la atención de una despampanante Marilyn Monroe, convierten a esta película en un referente incuestionable del género conducida de forma magistral por un Billy Wilder en estado de gracia. Por si fuera poco, y tras un metraje sostenido por un ritmo vertiginoso donde se suceden las situaciones rocambolescas protagonizadas por los dos entrañables granujas, el filme concluye con una de las escenas más recordadas y absolutamente delirantes de la historia del cine con un Lemmon pletórico al que da réplica Joe E. Brown con el ya mítico "Nadie es perfecto".


El Apartamento (1960)

Probablemente ningún director de Hollywood haya tenido jamás la sensibilidad necesaria para componer una melodrama tan cautivador como El Apartamento. El dúo interpretativo compuesto por un Jack Lemmon en el mejor papel de su carrera y una espléndida Shirley McLaine, el incisivo guión escrito a dos manos entre Wilder e I.A.L. Diamond o la recreación minuiciosa de la rutinaria vida del antihéroe C.C. Baxter, son ingredientes más que suficientes para componer una película redonda, de esas a las que el paso del tiempo no daña su esencia, su capacidad de atracción, su tierna comicidad y su romanticismo descubierto en un final antológico. Ese en el que un champagne descorchado siembra el terror en la dama arrepentida que regresa a los brazos del improbable y entregado amante, éste abre la puerta, y los sentimientos se desbordan como el vino espumoso, las palabras de amor se derraman, las promesas brotan como burbujas surgidas al calor de la pasión escondida durante noches de incertidumbre. Pero quizás este no sea el momento, todo a su tiempo; ahora, juguemos a las cartas…

El crepúsculo de los Dioses (1950)

El mundo glamouroso de Hollywood también detenta su lado oscuro, en los márgenes del éxito, donde los sueños se ven truncados y el tiempo no respeta las glorias efímeras. Billy Wilder retrató con una ironía tan sutil como abrumadora la decadencia de una antigua estrella del cine mudo que barrunta entre los doseles de su mansión su anhelado regreso ante los focos entre la locura y la obsesión enfermiza por la popularidad que un día tuvo y que jamás volverá. Gloria Swanson, también actriz de cine mudo venida a menos (una vuelta de tuerca más al sarcasmo que impregna el filme), da vida a la histriónica Norma Desmond en una interpretación memorable que bucea en los más bajos instintos humanos. El recientemente galardonado Michel Hazanavicius recordó a Billy Wilder en su discurso de recogida del Oscar por The Artist, pues en cierto modo su película no deja de ser el reverso luminoso (con happy end incluido) de la dramática historia de Norma, en la que las sombras imperan en un final antológico que nos muestra hasta dónde podemos llegar por la realización de un sueño imposible.

Crítica Lorax En Busca de la Trúfula Perdida; ¿Hasta dónde se puede llegar por amor?

Crítica realizada por Irene Cervera (@IreneCerveraHM)

7,5/10

El  cuidado del medio ambiente es la consigna que lleva por bandera la nueva película de Illumination Entertainment, Lorax: En busca de la trúfula perdida. Tras Gru, mi villano favorito, repite como director, Chris Renaud, quien a lo largo del film plantea una reflexión: ¿Depende nuestro bienestar de unos pocos?
Esta película de animación no sólo entretiene a los más pequeños de la casa por sus divertidos pasajes musicales, su variedad cromática o los adorables personajes, sino que también engancha al público adulto. Detrás de toda la parafernalia infantil, se esconde una feroz crítica social al mundo empresarial y publicitario. Problemas como la tala indiscriminada de arboles, la codicia desmesurada de las empresas y la ambición ilimitada son tratados en poco más de 90 minutos. 
De forma amena, los más pequeños se dejarán llevar por las aventuras del ingenuo Ted, el personaje principal. Un chico que por amor será capaz de desafiar al magnate, O’Hare, y devolverles la cordura a los habitantes "Thneed Ville”. Una ciudad totalmente artificial donde los arboles no tienen hojas sino bombillas y los arbustos son de plástico. Pero, ¿cómo se pudo llegar a tal situación? Once-Ler tiene la respuesta. Su apetito insaciable por hacerse famoso y rico le hizo caer en lo más oscuro, dejando atrás un mundo lleno de color, con árboles que parecían algodones de azúcar y simpáticas criaturas.
Además, la película ensalza el valor de las abuelas. Aquellas mujeres que tienen tantas historias y recuerdos que contar. Norma, la abuela del pequeño Ted, será quien lo guíe en el camino hasta conseguir su más ansiado objetivo: hacerse con el corazón de Audrey. 
Lorax: En busca de la trúfula perdida es una adaptación de la obra de Theodor Geisel, más conocido en Estados Unidos como Dr. Seuss. Este escritor de cuentos infantiles publicó El Lorax en el otoño de 1971. No obtuvo un gran impacto entre el público lector, ya que el planteamiento estaba un poco adelantado a ese momento. Sin embargo, una década después, cuando el movimiento ecologista ganó gran ímpetu, la popularidad del libro despegó con él. Los lectores jóvenes y adultos se identificaron con la historia de un niño que busca respuestas para saber lo que ha sucedido a los árboles.