[Crítica] César debe morir


7,5/10

Shakespeare vuelve al teatro. Julio César regresa a la escena. En Rebibbia, una prisión italiana, una serie de reclusos se preparan para dar voz y vida a los personajes que retrató en sus páginas el dramaturgo inglés y cuyos actos pasaron a la Historia de la Literatura universal. César debe morir es una película acerca de la libertad encerrada, de la confrontación de dos sentimientos aparentemente opuestos.
El Sevilla Festival de Cine Europeo nos ha dado la oportunidad de asistir en el Teatro Lope de Vega a la proyección de una de las películas más destacadas del cine italiano del último año. Los hermanos Taviani, quienes ya visitaron el certamen hispalense con El destino de Nunik, se superan en la concepción de su última obra. Recuperando el estilo que legó Shakespeare, este pseudo-documental, o docuficción, inserta la cámara en los ensayos de un grupo de presos que preparan a conciencia su representación del César del inmortal dramaturgo.
Cada uno de ellos llega al casting y debe leer una línea de texto en diferentes estados de ánimo. De ahí saldrá el encargado de representar a Casio, Bruto, César, Antonio o Casca, personajes clave en la representación final de la obra. Pese a carecer de mayor profundidad en el aspecto psicológico de cada uno de los presos, los Taviani se limitan a plasmar la libertad que tiene cada reo a la hora de concebir sus movimientos, sus gestos, su manera de actuar ante el gran público. Y eso, precisamente, es lo que configura la magia de la película.
Con diferentes tipos de fotografía para cada uno de los momentos temporales en los que la cinta transcurre, el espectador va identificando de pleno a cada preso con su papel. Todo se vuelve teatro. Cuando nos queremos dar cuenta, ya no sabemos sí estamos asistiendo a los ensayos o si ya estamos de lleno en la representación definitiva. Los directores resucitan a Shakespeare y redimen a sus actores. Este drama pretende confiar la salvación de los condenados al uso de la cultura. Uno de esos presos llega a pronunciar una de las frases más hermosas escuchadas en este Sevilla Festival de Cine Europeo: “Desde que descubrí el arte, esta celda se ha convertido en una prisión para mí”.
Estas sencillas palabras resumen la sensación de libertad contenida de la que gozan aquellos que cometieron errores, presumiblemente muy graves, en el pasado y buscan una segunda oportunidad para volver a sentirse personas y seres capaces de llevar a cabo algo tan real y virtuoso como es la representación de una de las mayores obras jamás escritas en el teatro. Oso de Oro en Berlín, Selección EFA en nuestro certamen, 5 premios David Di Donatello y 4 nominaciones a los Premios del Cine Europeo. Son las credenciales para disfrutar de una película tan insólita como hermosa, tan veraz como sincera.

[Reportaje] Los grandes olvidados de los Oscars 2013


Cada año resulta de obligado cumplimiento realizar un repaso por todos aquellos nombres propios que, por un motivo u otro, se han quedado fuera de la carrera por los grandes premios del mundo del cine: los Oscars. Las ausencias en este 2013 son notables y la carrera por alzarse por el trono de la Meca hollywoodiense está tomando un cariz impetuoso con algunos y olvidadizo con otros.
Por estas mismas fechas, hablábamos de Ryan Gosling, Steve McQueen, Michael Fassbender, con sus respectivas películas, Drive y Shame. También reclamábamos la presencia de Pedro Almodóvar por la que, sin duda, resulta una de sus películas más sugerentes en la categoría de Mejor Película de Habla No Inglesa, La piel que habito.
Pero este año no pueden faltar aquellos nombres que son sacrificados para dar paso a otros mucho más jóvenes, a veteranos faltos de las necesarias menciones o a inexplicables sucesos de la naturaleza que hacen que, por muchos años que pasen, su presencia en las nominaciones quede más que en entredicho.
En la ceremonia de 2013 podremos acordarnos del mayor error de la temporada de premios del presente año. ¿Alguien se ha preocupado de homenajear al gran y eterno Jean-Louis Trintignant? ¿Alguno ha oído mencionar su sólo nombre en referencia a su papel en la última masterpiece de Michael Haneke? El caso de Trintignant es algo impropio de los grandes premios del cine pero muy propio de la Academia. Olvidar a los grandes y premiar a los irregulares ha sido una constante en los 85 años de existencia de los Oscars. En Amor coinciden dos veteranos actores en plenas facultades pese a su avanzada edad. Sin Trintignant no hay Emmanuelle Riva y sin Riva no hay Jean-Louis Trintignant. El complemento mutuo que se proporcionan durante el metraje y la complejidad psicológica de cada personaje les hacen merecedores de unos premios que este año estarán representados en la figura de la actriz francesa, protagonista de entre otras, Hiroshima Mon Amour. Por tanto, ¿cómo no dedicarle a Trintignant un merecido homenaje por parte de los que creemos que son los más grandes del mundo del cine?
Si seguimos buceando en la categoría de Mejor Actor, hay voces que reclaman una mayor presencia en esta temporada de premios de uno de los actores franceses más versátiles y malditos, al igual que su director fetiche Leos Carax, por uno de los papeles más sugerentes del año. Y es que Denis Lavant realiza en Holy Motors una de las interpretaciones más complicadas, arriesgadas y surrealistas del cine de 2012. La película de Carax, ganadora en el pasado Festival de Sitges a la Mejor Película y presente en el Sevilla Festival de Cine Europeo celebrado en noviembre, ha cosechado un gran éxito, no exento de polémica, al plantearnos una interpretación dentro de siete interpretaciones donde contemplamos el devenir de una vida a través de sus múltiples facetas. Holy Motors es harto pretenciosa aunque no exenta de un estilo inconfundible y digna de mención entre lo más destacado del año.
Saltando de categoría, nos movemos desde Mejor Actor hasta Mejor Director para hacer referencia a tres nombres que han sido arrinconados. Comenzamos por Quentin Tarantino. Y es que el ya casi mítico director se queda fuera de la carrera por el gran premio al mejor realizador por Django desencadenado, una de sus películas más personales y también una de las que más ha extasiado y entusiasmado al gran público. Su personal estilo, para unos basado en el plagio de otras películas y para otros simple homenaje a sus referencias cinéfilas de juventud, es fuente de inspiración para muchos espectadores. La ausencia de Tarantino se produce después de dos nominaciones frustradas por Pulp Fiction y Malditos bastardos.
Sin abandonar la categoría, desde Tarantino nos vamos hasta Kathryn Bigelow. Aquella realizadora antes conocida por su matrimonio con James Cameron ha conseguido hacerse un hueco en el panorama hollywoodiense y colocarse como una de las damas de la dirección consiguiendo además el honor de haber sido la primera mujer ganadora de un Oscar a Mejor Director. De eso hace ya cuatro años, cuando fue galardonada por En tierra hostil. Este año se presentaba con La noche más oscura, una polémica cinta basada en las investigaciones de la CIA sobre la caza y captura de Osama Bin Laden, el terrorista más buscado del planeta. Sin embargo, los académicos nos han privado de la presencia de Bigelow en una de las categorías más insípidas de los últimos años.
Parece ser que el más damnificado por la carrera por los Oscars ha sido un Ben Affleck crecido tras sus últimas victorias en los diferentes sindicatos y que le han aupado, o al menos a su película Argo, como la gran favorita para llevarse el premio a la Mejor Película muy por encima de su más directa contrincante: Lincoln. Y es que siempre se ha dicho que Affleck era mejor director y guionista que actor. Buena prueba de ello es su premio, compartido con Matt Damon, por el libreto de El indomable Will Hunting así como su éxito en sus dos cintas anteriores tras las cámaras, Adiós pequeña, adiós y The Town: Ciudad de ladrones. Sin duda, habrá quien afirme que la presencia de alguno de los tres directores anteriormente mencionados sobra para hacer recaer las miradas en Behn Zeitlin o David O. Russell como nominados inmerecidos y que la carrera a Mejor Director ya se encuentra en las manos de Steven Spielberg, quien la noche del 24 de febrero puede alzar su tercer Oscar como realizador tras La lista de Schindler y Salvar al soldado Ryan.
La categoría de Mejor Actriz de Reparto también se encuentra ya decidida. Anne Hathaway parece no tener rival para ganar su primer Oscar por Los miserables. Su Fantina ha enamorado y embaucado a medio mundo cinéfilo y la ha consagrado como una de las mejores actrices contemporáneas. Además, este año también ha sabido cambiar de registro y salir airosa del rodaje de El Caballero Oscuro: La leyenda renace. Fantina y Catwoman. Dos caras de la misma moneda que pueden poner a Hathaway en el disparadero para continuar una carrera plagada de grandes éxitos.
Muchos otros afirman que el Oscar debe recaer en una veterana actriz que podría también ganar un tercer premio de la Academia. Sally Field y su Mary Lincoln se guardan algún as en la manga por si hay cambios de opinión a última hora. También se han oído voces que reclaman la nominación de Emma Watson por Las ventajas de ser un marginado. En la película, de inminente estreno en España, la joven actriz demuestra su talento más allá de los ya destruidos muros de Hogwarts y se confirma como una de las jóvenes promesas a tener en cuenta.
Ya es sabido que Skyfall ha sido todo un logro dentro de la saga Bond. Sus cinco nominaciones la proclaman como la película de la saga más nominada de la historia. Buena parte de la culpa la tiene un Sam Mendes que ha sintetizado los cincuenta años de trayectoria del agente 007 en una sola película así como escoger una de las canciones de inicio más poderosas de la saga. Adele y su portentosa voz han dotado de personalidad a una de las películas más exitosas y taquilleras de toda la saga Bond. Pero ya hay quien echa de menos en la categoría de Mejor Actor de Reparto a un Javier Bardem que repite corte y tinte de pelo tras No es país para viejos para enfundarse en la piel de Silva, uno de los villanos más sanguinarios que ha conocido 007. Su nominación al BAFTA le atestigua como uno de los papeles más destacados del año aunque quizás no al nivel de una nominación a los Oscars.
Y para finalizar nuestro repaso por los nombres más importantes que han sido olvidados en esta ceremonia de entrega de los Oscars 2013, no podemos dejar pasar la oportunidad de hablar de Leonardo DiCaprio. Su cambio de registro en Django desencadenado le proporcionó la candidatura en los Globos de Oro. Pero los académicos de Hollywood siguen negándole un premio que se le resiste desde ¿A quién ama Gilbert Grape?, El aviador y Diamante de sangre. Su villano en la nueva cinta de Tarantino podría haberle dado por fin la oportunidad de reconciliarse con los Oscars pero lo cierto es que cruzarte con Christoph Waltz en la misma película no es buena señal. El actor alemán sí está nominado y es favorito junto con Tommy Lee Jones (Lincoln) para alzarse con la ansiada estatuilla. Sin embargo, tendremos que esperar para ver a DiCaprio recoger un Oscar. O al menos este es el mensaje que le está mandando la Academia.
El próximo 24 de febrero conoceremos los nombres de los ganadores de esta edición. Grandes títulos se reúnen en el Kodak Theatre de Los Ángeles. Será una ceremonia vibrante. Pocos son los premios que a día de hoy resultan claros favoritos. Este escritor apuesta por Lincoln y por el gran Daniel Day-Lewis como triunfadores de la noche. Pero alguna sorpresa nunca está de más.

Breve relato arbitrario y subjetivo de La Cosecha del Año;Las 10 mejores películas de 2012 más una joya inédita

Un antiguo proverbio swahili dice que el ser humano es tan sólo memoria y regreso, lo cual nos puede ayudar a entender la razón de esa costumbre tan arraigada de mirar hacia atrás cuando el deshojar implacable del calendario nos arroja a un desenlace que siempre nos sorprende con demasiados propósitos por realizar y un regusto de melancolía por lo vivido. La retrospección es un ejercicio tan arbitrario como necesario, más aún en los tiempos de la autocomunicación de masas, como catalogó Manuel Castells a ese revolucionario y enigmático fenómeno por el que se instituía a gran escala el onanismo mental de los que prefieren escuchar su propio eco en las resonantes cavidades de la Nube antes que atender pasivamente a las idioteces de otros mejor posicionados en la toma del altavoz. 

Es por ello que no voy a eludir la responsabilidad de, como cada año, elevar el subjetivismo a su máxima expresión elaborando una caprichosa lista carente de cualquier tipo de rigor, validez y/o utilidad de las diez películas que, desde mi juiciosa percepción, lo han petado en el ya difunto año 2012. Entiéndase todo ello dentro de los límites de ese Yo mayúsculo que dota de sentido a la incoherencia natural de tal selección. Muchos ya habían pronosticado el fin irrevocable del mundo para ese año y, ciertamente, llegó el momento en que los creí a tenor del ambiente de funeral de pueblo que parece haberse instalado en nuestro país y, en extensión, en la toda esfera occidental a causa de la interminable crisis que acecha ante cualquier atisbo de esperanza. Quizás por ello los productores de Hollywood decidieron, en un alarde de cooperativismo solidario, incrementar la dosis de entretenimiento rancio de la mano de un batiburrillo de superhéroes de la Marvel y semihéroes literarios. Y es que 2012 ha sido el año de Los Vengadores, Spiderman o Batman, de la continuación postmoderna que Guy Ritchie se ha sacado de la manga en torno a la figura de Sherlock Holmes, del final de la saga Crepúsculo, del inicio de la de Los Juegos del Hambre y de El Hobbit, de la enésima aventura del espía británico más famoso de la historia, del fracaso a escala Disney de John Carter, de las tres versiones de Blancanieves, o las secuelas de Men In Black, Los Mercenarios, Ira de Titanes, Ice Age, Madagascar, Resident Evil, Venganza y un largo etcétera. Lo que queda claro a la luz de esta lista es que la originalidad no es un valor especialmente estimado en la fábrica de sueños estadounidense. Suerte que no sólo de Hollywood vive el cinéfilo y de los cientos de películas estrenadas a lo largo del año consiguen filtrarse un grupo reducido de propuestas notables que mantiene vivo el interés en tan respetable arte (nótese la elevada representación española). 

Sin más dilación, ahí van las 10 mejores películas de 2012, más un bonus especial de la joya inédita del año. Porque lo digo yo. 

Intocable 


Puede que a estas alturas sea una obviedad carente de todo ese afán snob de críticos rebuscados en caza y captura de joyas ocultas, pero la película de Olivier Nakache y Eric Toledano es en sí misma un fenómeno cinematográfico que ha logrado complacer a casi todos los que la han visto, que no han sido pocos. Su éxito arrollador parte del osado ejercicio de malabarismo melodramático desarrollado sobre la delgada cuerda que separa el pastel lacrimógeno del drama condescendiente en un virtuoso juego de luces y sombras sustentado por la complicidad certera de Francois Cluzet y Omar Sy. Poco se puede alegar contra una película que camina con paso seguro entre los recodos emocionales del espectador hasta engatusarlo con las malas artes de una comedia teñida por un punto de melancolía que hace más verosímil si cabe la hermosa (y verídica) historia que narra. 

 La invención de Hugo 


Pocos hubiesemos acertado a imaginar en alguna ocasión a un Martin Scorsese que, en la recta final de su carrera artística, se reinventase de una forma tan radical abandonando sus ya tradicionales tramas de gángsters y personajes torturados. Por ello, tras gozar con juvenil entusiasmo La invención de Hugo y comprobar una vez más que, efectivamente, en los títulos de créditos aparece el realizador neoyorkino como responsable máximo, tan solo cabe quitarse el sombrero ante tan temerario desprecio de una reputación forjada durante décadas (incluyendo Kundun). Al bueno de Scorsese le salió bien la jugada y nos brindó una aventura visualmente fascinante que buceaba en las mágicas raíces de un arte que aún nos sigue sorprendiendo un siglo después de los imposibles trucos de Melies. Como apuntábamos al inicio de este artículo, tan sólo somos memoria y regreso. 

 El Hobbit 


Tras el épico espectáculo brindado por la trilogía de El Señor de los Anillos y el efervescente inicio de una nueva (y dilatada) adaptación literaria en tres entregas de El Hobbit, no puedo dejar de ver a Peter Jackson como una suerte de albacea cinematográfico del fantástico mundo acuñado por J.R.R. Tolkien hace más de medio siglo. Puede que ningún otro realizador hubiera podido captar con tanta fidelidad el espíritu literario en su mudanza a la gran pantalla, dotándole incluso de vida más allá de las páginas de los libros originales. Como aficionado a ese universo de elfos, enanos, orcos y hobbits, es difícil no rendirse al cautivador talento visual de Jackson y, sobre todo, a su heterodoxa disección del mito de Tolkien, eludiendo así las tradicionales cadenas de una encorsetada adaptación para los que deseen ver en el cine lo que ya dibujaron en sus mentes. 

La vida de Pi 


El ser humano tiene una insana obsesión por examinar con excesiva pulcritud la veracidad de los hechos ignorando que estos no se desarrollan de forma autónoma a nuestra propio percepción subjetiva de los mismos. Quizás por ello, la ambiguedad intencionada de Ang Lee y, consecuentemente, del autor de la obra original, Yann Martel, a la hora de narrar la fábula real del joven Pi en su particular odisea por el océano pacífico sin más compañía que un majestuoso tigre de Bengala, logra instar al espectador a ese necesario ejercicio de creer más allá de lo que dicta nuestro raciocinio. De hecho, los instantes de mayor intensidad de La Vida de Pi se hallan en las secuencias más inverosímiles, como el desembarco en la isla caníbal de los suricatas. Puede que no fuese del todo así, pero lo que está claro es que es mucho más fascinante. Y si además lo ponemos al servicio de las nuevas tecnologías cinematográficas, la experiencia es inolvidable. 

Grupo 7/ El mundo es nuestro 

 
Probablemente no tengan muchos elementos en común, pero como soy juez soberano de esta lista he querido crear el binomio sevillano del año por excelencia. De un lado, la minuciosa reconstrucción de la capital hispalense pre-Expo '92 de la mano de Alberto Rodríguez en el laberíntico mapa de actuaciones del Grupo 7, una suerte de exterminador de plagas en el centro histórico de la ciudad con un porcentaje de éxito elevadísimo a tenor de la mayoritaria presencia en la actualidad de hombres con patillas y mujeres con cardados en lugar de yonkis con el mono. De otro lado, la reconstrucción simbólica de una Sevilla en tiempos de crisis donde dos poligoneros deciden tomarse la justicia por su mano y asaltar una sucursal bancaria. El resultado en ambos casos es el de películas con un ritmo ágil e intenso que deambulan entre el drama psicológico y la comedia más gamberra, respectivamente. 






Luces Rojas 


Partiendo de la base de que no soy un aficionado acérrimo a ese género muy de la marca Hollywood (ahora reinterpretado por numerosas industrias nacionales, incluida la nuestra) en el que una ya de por sí enrevesada premisa argumental se complica más y más hasta alcanzar su climax en un apoteósico e inexplicable final, el valor de una película como la de Rodrigo Cortés es mucho mayor del que aparenta. Llámeme temerario pero, con tan sólo tres películas en su haber, este realizador español hace augurar una carrera plagada de éxitos en base a su talento innato para engatusar al espectador. Luces Rojas es una triquiñuela efectista que funciona de principio a fin, por más absurdo que pueda parecer este. 

 Lo Imposible 

No puedo dejar de preguntarme qué hubiese pasado si esta película la hubiese rodado Roland Emmerich, ese extraño visionario del apocalipsis en sus múltiples vertientes tan incomprendido por la crítica (nótese la ironía). Desde luego, sus tramas son tan 'imposibles' como la de Bayona, pero la diferencia reside en la empatía que se logra con el público. La película española más taquillera de todos los tiempos puede parecer a simple vista un remedo del cine de catástrofes estadounidense, pero consigue un plus que la hace especial. El hecho es que 'Lo Imposible' nos atenaza desde esos momentos previos a la gran ola hasta un final tan esperado como improbable que nos hace exhalar el aliento que hemos contenido al sumergirnos en esa vorágine dramática. Es cierto que Bayona parece tener un excesivo interés por meternos el dedo en el ojo; puede que sea un puro defecto profesional. 

Profesor Lazhar 


La muerte no es un tema muy recurrente en el cine actual, aunque pueda parecer paradójico. Y es que me refiero a la muerte como un asunto existencial, de lo que significa en su contraposición a la vida. Por ello, la valentía de Philippe Falardeau a la hora de afrontar la muerte desde esta perspectiva y, además, relacionarla con la niñez, es digna de admiración. Con ese objetivo, parte de una premisa brutal como es el suicidio de una maestra de escuela en su propia aula, para vertebrar todo una lección de pedagogía de la mano de un profesor argelino exiliado que elude los clásicos cuentos de hadas y teorías imbéciles para aplacar la inquietud natural de sus pupilos. Una película hermosa que plantea preguntas devastadoras. 

 Los Miserables 


El género musical tiene mucho de pose y artificialidad. Al fin y al cabo, la comunicación cantada no está académicamente establecida junto a la verbal o la corporal. Y esta puede que sea la razón del poder de evocación que puede llegar a desencadenar en su plasmación en la gran pantalla, si se administra en su justa medida. La magna obra de Victor Hugo, en la versión de Tom Hooper, llega a ser cargante en algunos momentos pero la tónica que prevalece es la de una belleza cautivadora, gracias en parte a la fuerza visual que detentan las secuencias álgidas de sus números musicales, en especial los más revolucionarios. Digno de destacar es, de igual modo, la comicidad gamberra y excéntrica introducida a partir de los personajes interpretados por Sacha Baron Cohen y Helena Bonham Carter, que aligera ese dramatismo romántico de gran novela que impregna la trama. 

Arrugas 


Ya sea por criterios artísticos o mercantilistas, la animación ya no es territorio limitado al público infantil. De hecho, este año hemos disfrutado con películas tan notables como Brave o Rompe Ralph. Algo más novedosa es la utilización de esta técnica para narrar historias con un fuerte componente humano, por decirlo de alguna forma. El año pasado ya destacamos la deliciosa Chico y Rita, y este año queremos repetir con otro largometraje español que va un paso más allá. Arrugas aborda el auténtico drama del deterioro del ser humano en los últimos compases de la vida como lo haría una auténtica obra maestra; con ironía, originalidad y poca o nula condescendencia. A pesar de algunos deslices en el guión, el resultado de la adaptación del cómic de Paco Roca es una devastadora muestra de lo que nos queda por afrontar... si llegamos. 

Like Crazy 

 Intentar desgranar las bondades de una película como esta en apenas unas lineas es una tarea compleja. Me sobra con una palabra; amor. No hay más. Drake Doremus (apunten este nombre) narra una historia tan sencilla como el enamoramiento de dos jóvenes universitarios y su posterior deriva por los vericuetos de una relación a distancia. Pero lo hace con la delicadeza, la elegancia y la verosimilitud de alguien dotado con una sensibilidad especial. Sus intérpretes hacen el resto; Anton Yelchin y Felicity Jones logran una complicidad en pantalla que trasciende los límites de la propia narración hasta hacer suyo el sufrimiento del desapego y la misteriosa química del reencuentro. El hecho de que no se haya estrenado en cine en nuestro país tan sólo puede obedecer a un operativo especial contra el romanticismo más veraz. No esperen más en descubrir la joya más resplandeciente de los últimos años.

El Hobbit, Un Viaje Inesperado

 8,5/10
Bilbo Bolsón nunca fue un hobbit al uso. Más allá de las excentricidades propias de la edad, como la de organizar una espléndida fiesta por su 111 cumpleaños para más tarde desvanecerse en pleno discurso de agradecimiento ante la estupefacción de su nutrida y heterogénea familia, Bilbo cargaba con un bagaje existencial que lo hacía especial. Un individuo peculiar cuyas historias de trolls petrificados y dragones codiciosos bordeaban las divagaciones fantásticas de un viejo loco frente a la mirada extrañada de los demás. Ahora bien, ¿cuánta verdad encerraban las narraciones escritas en su madriguera durante los últimos años en Bolsón Cerrado antes de legar su tesoro a Frodo? 

Para aquellos que se interrogaban acerca del modo en que Bilbo halló el anhelado anillo único, el por qué de su insólita amistad con Gandalf el Gris, o de dónde habia sacado aquellas riquezas apenas adivinadas por el menguado ingenio de sus conciudadanos, las respuestas están en El Hobbit, la obra literaria que el escritor J.R.R. Tolkien ideó sin más objetivo inicial que el de alimentar la imaginación de sus hijos antes de dormir. Tras ella, el universo fantástico que había creado en torno a las aventuras de Bilbo se amplió hasta componer un relato épico en el que las frontreras de la Tierra Media se expandían, el Mal crecía en el Sur y el destino de los hombres se encaminaba hacia la batalla definitiva. Y todo por un anillo, precisamente el anillo que Bilbo encontró a tientas en la oscuridad bajo la montaña y que ganó a su celoso propietario mediante un acertijo con trampa. 

Muchos se preguntarán, entonces, porqué Peter Jackson decidió adaptar en primer lugar la trilogía de El Señor de los Anillos si es en El Hobbit donde se origina la trama que dio lugar al azaroso destino de Frodo Bolsón y su abnegada compañía. Como suele ser habitual, las razones obedecen más a criterios legales y económicos que a los puramente artísticos. Las negociaciones por los derechos de producción y distribución de El Hobbit, en manos del productor estadounidense Saul Zaentz (quien ya produjera en 1978 la versión animada de El Señor de los Anillos) y de United Artists respectivamente, se encallaron hasta obligar a Jackson a tomar las riendas de la adaptación de la trilogía. El resto ya es historia. La Comunidad del Anillo inició en 2001 uno de los fenómenos cinematográficos más grandes de todos los tiempos entre público y crítica cosechando 17 Oscar y cientos de millones de euros en las taquillas de todo el mundo. 

Un éxito demasiado jugoso para no prolongarse con una nueva adaptación, en esta ocasión la precuela literaria de El Señor de los Anillos. En 2006, Metro Goldwyn Mayer, que era por entonces propietaria de United Artists, desatascó la pugna por los derechos de El Hobbit y se asoció con Peter Jackson y New Line Cinema para producir dos películas que plasmarían en la gran pantalla las aventuras de Bilbo. 

En esta ocasión, Jackson se mantendría alejado de las cámaras y sus funciones quedarían relegadas a la elaboración del guión junto a su esposa, Fran Walsh, así como a las tareas de producción, ya que, tal y como señalaría en alguna ocasión el exitoso director, quería evitar comparaciones respecto a su trabajo en la trilogía anterior. Una de las primeras decisiones del equipo fue precisamente designar a un realizador que afrontara el reto de continuar la senda de triunfos de El Señor de los Anillos. En 2008, Guillermo del Toro firmaría el contrato que lo vinculaba a El Hobbit. 

No obstante, los problemas no tardarían en llegar. MGM quebró en 2010 y dejó en el aire el inminente rodaje de la película, precipitando de esta forma la salida del proyecto de Del Toro, quien anunció públicamente que "a la luz de los constantes retrasos en la fecha de inicio del rodaje de 'El Hobbit', debo afrontar la decisión más dura de mi vida". Todo ello tras trabajar intensamente en el guión y planificación de la película durante un año en el que incluso se había mudado con su familia a Nueva Zelanda. Por otro lado, la batalla legal iniciada por el hijo de J.R.R Tolkien, Christopher Tolkien, para paralizar el rodaje por la supuesta deuda que New Line (propiedad de Warner Bros) mantenía con los herederos del escritor, quienes reclamaban el 7,5% de los beneficios de El Señor de los Anillos (unos 158 millones de euros), no hacía más que sembrar una nueva incógnita sobre el futuro de la adaptación cinmatográfica, que ya acumulaba un año de retraso. 

Ante este panorama, Peter Jackson decidió tomar las riendas del proyecto y ponerse una vez más tras las cámaras trabajando sobre el material ya avanzado por Del Toro, Walsh, Philippa Boyens y él mismo. No sería hasta el 21 de marzo de 2011 cuando se iniciará al fin el rodaje, que se prolongaría 266 días, hasta el 3 de julio de 2012, tras otras sucesión de inconvenientes como la huelga de actores neozelandeses, la operación quirúrgica de urgencia que precisó Jackson o cambios en la producción tan trascendentales como el de añadir una película más a las dos previstas inicialmente. 

No en vano, las críticas en torno a esta decisión no tardaron en llegar en base a un razonamiento muy sencillo; ¿cómo puede ocupar el mismo metraje la adaptación de El Hobbit, un libro de poco más de trescientas páginas, que la de El Señor de los Anillos, con más de mil? La respuesta más inmediante es, como no podía ser de otro modo, las posibilidades de negocio que se le abren a las productoras con una película extra, más aún teniendo en cuenta la costosa inversión del proyecto (cifrada en algo más de 800 millones de dólares). Sin embargo, Jackson argumentó que habían añadido algunos ejes argumentales y personajes que no aparecían en el original literario pero que habían sido extraídos de algunos escritos de Tolkien concebidos presumiblemente por el escritor para ampliar las aventuras de Bilbo Bolsón por la Tierra Media. 

Sea como fuere, el hecho es que el pasado 14 de diciembre se estrenó en los cines de todo el mundo la primera parte de la trilogía de 'El Hobbit', Un viaje inesperado, tras años de larga espera y una expectación apenas contenida por los millones de fans del universo Tolkien. ¿El resultado? Analicémoslo. 

Una de las premisas ineludibles bajo las que tiene que acudir cualquier espectador que conozca la obra literaria original a la sala donde se proyecte la película es que esta ha sido concebida de forma independiente a su homóloga de papel. Más allá de los disparatados (y habituales) debates acerca de las diferencias halladas entre uno y otro formato, conviene valorar cada obra en su conjunto, como una entidad autónoma con sus propios códigos, debilidades y métodos de persuasión. Peter Jackson no ha dudado en incorporar a esta primera entrega una subtrama que añade una importante dosis de acción a un material originario que carecía de ella, al menos en sus primeros compases. Muchos argumentarán que esto supone un ultraje contra la obra de Tolkien, pero no se puede negar que el experimento funciona cinematográficamente y contribuye a conformar un relato con más componentes épicos y de conflicto que los habidos en una adaptación más fiel. 

La inclusión de la historia del Orco Pálido, si bien en algunos instantes parece estar incrustada forzadamente en la narración, dota de mayor relieve al personaje de Thorin e imprime una dinámica de contrapuntos magistralmente dispuestos por Jackson. De este modo, la película camina de forma trepidante en una dinámica en la que se alternan los momentos de alta tensión con escenas donde el ritmo decae para otorgar mayor profundidad a la trama, como si de un complejo artefacto de relojería se tratase. 

El mejor ejemplo de ello es un arranque pausado, concebido como prólogo, en el que se presentan a los personajes sin rehuir el humor y la fantasía que caracteriza a la obra literaria. Después de ello, los relatos a la luz de la hoguera o las paradas en el camino se conjugan con las escaramuzas con los orcos y los distintos desafíos de la aventura en una administración perfecta de los tiempos. Eso sí, respetando algunos de los momentos clave de la novela, como las vicisitudes de los trolls a la hora de cocinar a los enanos o el trascendental encuentro entre Bilbo y Gollum en las profundidades de la montaña. De hecho, esta quizás sea la secuencia más conseguida de la película gracias a un diseño de producción impecable y a los avances alcanzados en la recreación digital de la criatura, cuya expresividad está muy por encima de la lograda en El Señor de los Anillos. 

En el apartado humano, Martin Freeman compone una brillante interpretación de Bilbo Bolsón (a años luz de la realizada por Elijah Wood de Frodo) haciendo suyo un personaje que se debate entre la añoranza del cálido y mullido hogar y el espíritu de aventura y osadía que parece aglutinar en su interior. Por su parte, Ian McKellen vuelve a regalar una portentosa muestra de la bondad disfrazada de rectitud de Gandalf el Gris, quien en esta ocasión debe lidiar con la tozudez de 13 enanos liderados por un rey desterrado, Thorin Escudo de Roble, al que da vida Richard Armitage. De hecho, este es el único enano que parece diferenciarse de un grupo por lo demás homogéneo que nada tiene que ver con el carisma individual de la Compañía del Anillo. 

Peter Jackson, más allá del carácter pionero de los 48 fotogramas por segundo, los cuales ni siquiera serán proyectados de forma mayoritaria, ha logrado superar el despliegue técnico de su trilogía anterior y ofrece un auténtico espectáculo visual sin perder de vista lo realmente importante, la historia que sumerge a Bilbo en un viaje inesperado para arrebatar a un codicioso dragón el tesoro de un reino enano. De esta forma, el regreso a la Tierra Media es una más que satisfactoria experiencia que continuará el mes de diciembre del año próximo y concluirá en el verano de 2014.

[SEFF´12] Amor


9/10

[SEFF´12] Michael Haneke tiene la cualidad de hacernos temblar en la sala de cine. Sus películas dan auténtico miedo, sientan y hielan al espectador. Un miedo frío, que se introduce lentamente en el cuerpo y deposita unas sensaciones indescriptibles que duran incluso después de haber salido de la sala de cine. El cineasta alemán ha dado con la tecla en su última obra maestra, Amor. Con dos interpretaciones realmente sublimes orquestadas por el gran Jean-Louis Trintignant y por una sobresaliente Emmanuelle Riva, Haneke crea su mundo de tensión en un piso parisino donde reside una pareja de ancianos. Un inesperado suceso cambiará la vida de ambos y también la del espectador. Tras ver Amor, quedaremos convencidos de que estamos a merced de la crueldad de la vida. Una crueldad que se torna caprichosa y ante la que deberemos responder consecuentemente.
El espacio no es un obstáculo para Haneke, quien coge su cámara y diseña unos espacios íntimos, acogedores, llenos de calor humano y con recuerdos de épocas pasadas en algunas secuencias maravillosas. El paso del tiempo se consigue en los diferentes elementos decorativos y los protagonistas guardan frases de oro que quedarán grabadas en la memoria del espectador.
Amor es una historia de amor, una tremenda historia romántica. Pero es el peor de los dramas que veremos jamás. Aquí hay un final muy diferente a lo que estamos acostumbrados. No hay ninguna escena que sobre, ni tan siquiera ninguna que falte. Un guión sólido acompaña a una trama en la que los sentimientos de una pareja se ponen de manifiesto. Trintignant y Riva ejecutan unos papeles ampliamente complejos a los que suman un sinfín de matices que se clavan en la mirada del espectador. Tras ver Amor, sólo quedan ganas de salir de a la calle y reposar lo que se ha contemplado durante algo más de dos horas. La sensación de que la vida puede irse en cualquier instante permanece pero Haneke nos muestra que el amor puede hacernos realizar cosas impensables con tal de terminar con el sufrimiento propio. Y el ajeno. Michael Haneke volvió a ganar la Palma de Oro en Cannes por esta obra maestra, lo mejor del Sevilla Festival de Cine Europeo hasta el momento y una de las películas clave de cara a la temporada de premios que llega en las próximas semanas, entre ellos los de la European Film Academy anunciados este fin de semana en Sevilla.
El cineasta no adorna su mensaje sino que lo simplifica de tal modo que llega a resultar terrorífico. Aquí no hay medias tintas ni dobles raseros sino una muestra de cómo un cineasta de prestigio con una larga trayectoria en un tipo de cine muy concreto es capar de mantener sus principios y dejar abrumado a un espectador que se queda clavado en el asiento contemplando un final anunciado.

[SEFF´12] César debe morir


7,2/10

[SEFF´12] Shakespeare vuelve al teatro. Julio César regresa a la escena. En Rebibbia, una prisión italiana, una serie de reclusos se preparan para dar voz y vida a los personajes que retrató en sus páginas el dramaturgo inglés y cuyos actos pasaron a la Historia de la Literatura universal. César debe morir es una película acerca de la libertad encerrada, de la confrontación de dos sentimientos aparentemente opuestos. El Sevilla Festival de Cine Europeo nos ha dado la oportunidad de asistir en el Teatro Lope de Vega a la proyección de una de las películas más destacadas del cine italiano del último año. Los hermanos Taviani, quienes ya visitaron el certamen hispalense con El destino de Nunik, se superan en la concepción de su última obra. Recuperando el estilo que legó Shakespeare, este pseudo-documental, o docuficción, inserta la cámara en los ensayos de un grupo de presos que preparan a conciencia su representación del César del inmortal dramaturgo.
Cada uno de ellos llega al casting y debe leer una línea de texto en diferentes estados de ánimo. De ahí saldrá el encargado de representar a Casio, Bruto, César, Antonio o Casca, personajes clave en la representación final de la obra. Pese a carecer de mayor profundidad en el aspecto psicológico de cada uno de los presos, los Taviani se limitan a plasmar la libertad que tiene cada reo a la hora de concebir sus movimientos, sus gestos, su manera de actuar ante el gran público. Y eso, precisamente, es lo que configura la magia de la película.
Con diferentes tipos de fotografía para cada uno de los momentos temporales en los que la cinta transcurre, el espectador va identificando de pleno a cada preso con su papel. Todo se vuelve teatro. Cuando nos queremos dar cuenta, ya no sabemos sí estamos asistiendo a los ensayos o si ya estamos de lleno en la representación definitiva. Los directores resucitan a Shakespeare y redimen a sus actores. Este drama pretende confiar la salvación de los condenados al uso de la cultura. Uno de esos presos llega a pronunciar una de las frases más hermosas escuchadas en este Sevilla Festival de Cine Europeo: “Desde que descubrí el arte, esta celda se ha convertido en una prisión para mí”. Estas sencillas palabras resumen la sensación de libertad contenida de la que gozan aquellos que cometieron errores, presumiblemente muy graves, en el pasado y buscan una segunda oportunidad para volver a sentirse personas y seres capaces de llevar a cabo algo tan real y virtuoso como es la representación de una de las mayores obras jamás escritas en el teatro. Oso de Oro en Berlín, Selección EFA en nuestro certamen, 5 premios David Di Donatello y 4 nominaciones a los Premios del Cine Europeo. Son las credenciales para disfrutar de una película tan insólita como hermosa, tan veraz como sincera.

Crítica Skyfall; Volviendo a los orígenes

6,8/10

James Bond regresa con fuerza tras la debacle de Metro Goldwyn Mayer y el desastre que supuso Quantum of Solace. Bajo la dirección de Sam Mendes y con la batuta musical de Thomas Newman, el agente secreto más famoso del mundo regresa a sus orígenes más primigenios en una cinta que, aunque adolece del arranque y carisma de Casino Royale, está a la altura de las expectativas creadas para esta vigesimotercera aventura de Bond.
Y es que la primera de las películas en las que Daniel Craig interpretó al agente 007 ha sido muy difícil de superar. Pese a la gran interpretación de Javier Bardem como uno de los villanos más retorcidos de la saga, Skyfall no es más que un mero entretenimiento alejado de los códigos que hicieron a Bond un personaje mítico en la Historia del Cine. Sam Mendes no es ajeno a las ansias de renovación del protagonista y otorga al espectador la posibilidad de regresar al pretérito, un pasado en el que recordaremos pedazos de otras entregas de la saga.
Los incondicionales de James Bond no quedaremos plenamente satisfechos con Skyfall a excepción del mencionado Bardem, la excelsa banda sonora y una secuencia de títulos de crédito que unen las creaciones visuales del gran Daniel Kleinman con la intensa voz de Adele. Pese al intento de Mendes de reflotar la saga, y aunque ya hemos afirmado que lo consigue con creces, inunda a los espectadores más apasionados del personaje una sensación de que todo está en pleno cambio sin querer afirmarlo. La última media hora de Skyfall representa una vuelta a los orígenes en medio de una revolución cinematográfica de un personaje afectado por la influencia del psicoanálisis del héroe de ciertos directores norteamericanos y una saga que, con Matt Damon a la cabeza, terminó por cambiar los códigos del cine de acción.
Bourne no es Bond. Ni tan siquiera se le parece. Sin embargo, el peso de las tramas va cayendo conforme avanzan los metrajes. Skyfall posee todo lo bueno que podría tener una película de Bond pero adolece de ciertos vacíos de guión que son realmente considerables. Por lo demás, el despliegue de explosiones, disparos y acción queda de manifiesto. Los constantes guiños al fan de 007 y sus películas no pararán de llenar la gran pantalla. Sam Mendes sabe que un personaje con cincuenta años de historia no puede cambiar en dos horas y media. Y su esfuerzo es de debido reconocimiento. Sin embargo, hay que buscar nuevas fórmulas para no parecer copias de otras sagas y seguir manteniendo el espíritu que ha llevado a James Bond a ser uno de los mitos cinematográficos más importantes del siglo XX.
El problema no es si Daniel Craig es mejor o peor Bond. El problema reside en la complicada labor de actualización de un personaje. Mejor suerte ha corrido Ralph Fiennes, reconvertido en un personaje más que importante en esta película y al que veremos más a menudo de lo que podíamos imaginar. Y, por supuesto, un Q adaptado ya por completo a los nuevos tiempos. Atrás consiguieron quedar Desmond Llewelyn o John Cleese como artífices de los mejores artilugios de toda la saga Bond. Ben Whishaw combina el talento de los actores de la nueva generación con la sabiduría transmitida por los años.
Sam Mendes ha hecho un loable trabajo con Skyfall y debemos seguir reivindicando la figura de Daniel Craig, que pese a su tremenda inexpresividad, hay que recordar que ha sido el James Bond con más presión y más castigado con los tiempos modernos. Confiemos en que la siguiente entrega del agente secreto no decepcione a los verdaderos y entregados amantes de la saga.

Crítica Blancanieves; El silencio de una plaza

9/10

Pablo Berger, aquel cineasta olvidado en su particular exilio tras rodar Torremolinos 73, ha vuelto. Y lo ha hecho por la puerta grande. Blancanieves es, posiblemente, la apuesta más original y arriesgada que ha llegado al cine español en los últimos años. Todo ello aderezado con una magnífica banda sonora y un reparto estelar. Antes de comenzar a expresar mi opinión quiero dejar claro que ni tengo ni deseo tener ninguna relación con el mundo del toreo. Ni soy amante de la calificada como “fiesta nacional” ni acudo los domingos a la plaza a contemplar tan debatido espectáculo. Pero no por ello, y perdón por utilizar la primera persona, puedo dejar de alabar las virtudes que ofrece esta última producción de un director que se ha consagrado con esta, su tercera aventura cinematográfica después del corto Mama y Torremolinos 73. Acudir a la sala de cine con la mente abierta y sin prejuicios es pieza clave para entender el desarrollo de la misma.
Sin duda, era una apuesta arriesgada el llevar de nuevo a la gran pantalla el cuento de Blancanieves y transformarlo en una historia con tintes taurinos y flamencos. Mucho más arriesgado era salir airoso y, aún más, conseguir convertirse en la película que representará a España en los premios de la Academia de Hollywood. Lo cierto es que Blancanieves despierta emociones que otras producciones del mismo género o las mismas circunstancias no consiguen.
La valentía con la que Berger ha decidido inundar de mantillas, pasodobles, clarines y timbales el ya mítico cuento de los Hermanos Grimm le ha hecho valedor de un hueco entre las mejores producciones del año, en lo que a guión y técnica se refiere. Sin desprestigiar ni un ápice los versos del cuento original, el cineasta teje una intriga casi palaciega con unas sensacionales Maribel Verdú y Macarena García, acreedora esta última del premio a la Mejor Actriz en el pasado festival de San Sebastián. No olvidamos tampoco los enormes papeles del reconvertido Pere Ponce, Daniel Giménez Cacho, Ángela Molina o Josep María Pou.
Sin duda, de no conseguir mayores premios y elogios fuera de nuestras fronteras, será por el efecto The Artist, otra obra maestra del pasado año que arrasó allá por donde pasó. Blancanieves llevaba muchos años esperando su momento y ha tenido la mala suerte de pisar en terreno ocupado. Sin embargo, hay que afirmar que ésta producción no tiene absolutamente nada que envidiarle a la cinta dirigida por Michel Hazanavicius, si acaso The Artist nos enamoró algo más por sus constantes homenajes al propio cine. Ambas fueron concebidas al mismo tiempo y una tuvo más suerte que otra con su distribución. Gusten o no los festejos taurinos, no hay que olvidar que estamos ante una película que marcará época en nuestro cine. Blancanieves es un producto original, fruto de una gran imaginación y que desborda sentimiento. Bien por la constante banda sonora con aires de flamenco, bien por las intensas interpretaciones o bien por la imaginería cinematográfica muda europea a la que recuerdan muchas de sus secuencias. La combinación de los elementos clásicos del cine mudo con las nuevas técnicas actuales que incluyen movimientos de cámara, planos imposibles y ejercicios de fotografía es uno de los puntos más fuertes de una película que incluye uno de los mejores paradigmas del cine de autor español.

Crítica Lo Imposible; Tragedia de un recuerdo imborrable

7,5/10

Juan Antonio Bayona consigue superar su enorme debut, aquel que trajo con El Orfanato, cinta que dividió el terror español hasta la fecha y nos volvió a colocar en el panorama internacional. Con Lo Imposible, Juan Antonio Bayona presume de haber realizado uno de los proyectos más ambiciosos, personales y conmovedores de este año 2012. El cineasta barcelonés ha reunido, en un reparto inmejorable, a dos estrellas del séptimo arte contemporáneo que llenan la pantalla con sus portentosas interpretaciones. De un lado, la norteamericana Naomi Watts, una de las intérpretes con mayor proyección en los últimos años y con mejor muestra de talento a lo largo de su ya dilatada filmografía. Del otro lado, el siempre genial Ewan McGregor, autor de varias de las interpretaciones más respetadas y aclamadas de los últimos años, véase Trainspotting, El escritor o Big Fish.
Y todo ello de la mano de J.A. Bayona, un creador con un talento impagable que ha demostrado estar a la altura de las circunstancias. Sin caer en el drama fácil ni en el sentimentalismo barato, Lo Imposible es una muestra atroz, posiblemente la más real, de lo que sucedió aquel 26 de diciembre de 2004 en que, tal y como reza el prólogo de la película, miles de personas vieron como su vida cambiaba en cuestión de segundos. Aunque la espectacularidad de la primera parte de la película sobra para elogiar la última obra de Bayona, bien es cierto que carece de una mayor profundidad en su guión y de una quizás innecesaria extensión de la agonía y el sufrimiento. Este aspecto queda salvado si tenemos en cuenta el poco margen de maniobra de su director en una obra colosal y de proporciones ampliamente lacrimógenas.
Lo Imposible, muy probablemente no sea la mejor película española del año pero, si reunimos los proyectos que se han ido estrenando a lo largo de este año, es loable destacar el giro radical en las temáticas que estamos sufriendo. Cada vez estamos explorando nuevas vertientes que no hay que dejar pasar. León, Bayona, Sánchez, Berger, Calparsoro, Vigalondo, Fresnadillo o Balagueró son algunos de esos renovadores que están encontrando nuevas vías de atraer al público a las salas nada menos que a ver una película española o, al menos, con producción española. Juan Antonio Bayona ha arrasado con su último estreno y lo ha hecho basándose en una tragedia que, con el paso de los años, permanece en la memoria de miles de personas en todo el mundo. El énfasis en contarnos una “historia verdadera” hace que la emoción embargue al espectador más sensible y la congoja sacuda al más corrosivo. Aunque la totalidad no consiga el ansiado toque de perfección, Lo Imposible no deja de ser uno de los estrenos más importantes de toda la Historia del Cine español en cuanto a taquilla y técnica se refiere. Pocas producciones íntegramente patrias han tenido la evidente complicación técnica que ha supuesto rodar Lo Imposible.

Crítica Salvajes; El suicidio colectivo de Oliver Stone

3,5/10

El cineasta Oliver Stone es uno de esos directores a los que le van como anillo al dedo los panfletos políticos y la búsqueda de la moral en la corrupción, los retratos biográficos y la ética de la denostada clase dirigente (recogiendo palabras muy de moda). Pero Salvajes no es más que una mala representación del poder de los cárteles de la droga mexicana con extrañas referencias a Truffaut, Soderbergh y una odiosa comparación con Dos hombres y un destino.
Tanto por las intenciones, bizarras por otro lado, de Oliver Stone de recrear más o menos fielmente las torturas y el sangriento color del dinero que se mueve en el tráfico de drogas esta película merecía ser vista como una cinta atrevida heredera del mejor Stone, autor de obras magnas como Nacido el 4 de julio, Platoon o JFK: Caso abierto. Sin embargo, el colorido metraje que nos ofrece esta vez se torna aburrido en parte por las carencias interpretativas del trío protagonista. Ni Taylor Kitsch, ensombrecido por su fracaso en John Carter, ni Blake Lively consiguen salvar una película condenada irremediablemente al tedio.
Y es que situar como eje central de la trama al personaje de Lively, Ofelia en la película, es una declaración de mal hacer por parte de un director que creíamos consagrado. Tras ver Salvajes nos creemos en la obligación de recomendar al lector un visionado calmado y atento a Traffic, la obra más potente e interesante de Steven Soderbergh donde Benicio del Toro realiza uno de los papeles de su carrera. A esta obra sí la podemos considerar como capital en el cine que retrata el narcotráfico. En esta ocasión, los tres grandes nombres que incluía el reparto, entre ellos el del propio Benicio del Toro, no resultan más que meras anécdotas perdidos en una fotografía efectista aunque nada convencional.
Por si fuera poco, y algo que este redactor odia profundamente, nos encontramos con un doble final. Al salir de la sala de cine uno se queda con la sensación de que Oliver Stone poseía dos formas de culminar su historia pero no sabía con cual quedarse. Pocas veces en la Historia del Cine veremos una forma más burda de tomar el pelo al espectador y alargar un metraje innecesariamente extenso. Y es que para eso sirve arriesgarse e incluir todo lo que podría haber sido y no fue en los extras de los DVD´s.
Si al menos la película gozara de un ritmo vertiginoso o un guión comprometido con la situación actual del narcotráfico estaríamos hablando del verdadero Oliver Stone, aquel al que todos conocemos por no dejar títere con cabeza en sus panfletarios metrajes. Sin embargo, parece perdido. Su mano y su estilo no se identifican en muchos momentos de la película. Oliver Stone se ha traicionado a sí mismo.
Los asistentes a las salas que consigan disfrutar con esta película estarán de enhorabuena. Aquellos que queramos ver una película del mejor Stone tendremos que llegar a casa y buscar en nuestra videoteca.

Crítica Mátalos Suavemente; Sociedad en podredumbre

6/10
Brad Pitt y Andrew Dominik vuelven a la carga con este pretencioso thriller en el que, basándose en diversos elementos del film-noir, se nos consigue atrapar en una insaciable madeja de personajes que convergen todos en una nueva definición del cine de gángsters.
Pese a que no estamos ante una película del género propiamente dicha encontramos elementos definitorios que nos hacen pensar que Andrew Dominik quiere regresar a una época en la que los asesinos a sueldo tienen pensamiento propio y no actúan como simples marionetas. El personaje confeccionado por Brad Pitt posee muchas características que lo hacen ser el protagonista magno de la película. Sin embargo, diversos fallos de contexto en la redacción del guión ocasionan una pérdida instantánea de la atención en la figura del renacido Pitt.
Los que se llevan la función y al público al bolsillo son tres secundarios de lujo que se posicionan brevemente en la película pero de una manera sobresaliente. Ray Liotta, Richard Jenkins y el excelso James Gandolfini otorgan el contrapunto al personaje protagonista. Andrew Dominik navega por la más rabiosa actualidad económica en una suerte de imitación de la cinta italiana Una jornada particular, dirigida por Ettore Scola y en la que podemos escuchar la radio durante todo el metraje. En aquella ocasión era Hitler el que visitaba en Roma a Mussolini. Aquí es Obama el que, según demuestra su director, pronuncia diversas mentiras que hacen confundir a los ciudadanos equivocados con su grata presencia.
Fruto de esta mentira nace el final de la película. Una conclusión lapidaria que escuchamos de boca de uno de los actores más reconocidos y talentosos del panorama norteamericano. Brad Pitt culmina la película con la sensación de vivir en un mundo mucho peor que el que heredamos de nuestros antepasados. Cargando contra Jefferson y el propio Obama, Andrew Dominik no muestra falsedades sino que pretende reflexionar acerca de los verdaderos motores que mueven cualquier mundo. Desde el universo de los negocios hasta el del crimen: el poder y el dinero.
Cierta escena con Ray Liotta puede recordar al cine de Sam Peckinpah, por nombrar otra influencia de Dominik a la hora de rodar Mátalos suavemente. La lentitud de planos y el regocijo por lo violento dominan la última cinta del director de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford. Las sombras, la noche, el humo del tabaco, la cultura de lo soez, el uso de la mujer como elemento de divertimento son algunas de las claves para entender este new film noir, una nueva corriente de cine negro que nace desde el hastío de realizadores que pretenden huir del clásico drama y ofrecer una visión mucho más maquiavélica de la sociedad, ingrata y podrida sociedad.

Crítica A Roma Con Amor; La última postal de Woody Allen

7,5/10

Woody Allen regresa al terreno de la más absoluta comedia con el trasfondo de una postal turística como viene haciendo desde hace siete años, cuando decidió marcharse a Londres para rodar una de sus obras magnas: Match Point. Barcelona, París y ahora Roma han sido otros destinos por los que el cineasta neoyorquino ha paseado su exilio cinematográfico.
Recuperando el viejo estilo italiano de las cintas capitulares, Woody Allen recoge a una legión de excelentes intérpretes y les exprime su potencial para crear una película divertida, reflexiva y muy crítica con diversos aspectos de la sociedad actual. Imperdibles son las apariciones del propio Allen en la cinta, auténticos momentos de diversión y regodeo al contemplar que el eterno Woody sigue en plena forma delante de una cámara.
Judy Davis, Alison Pill u Ornella Mutti son algunos de los secundarios que acompañan a un excelso Alec Baldwin en un curioso y sorprendente rol en compañía de Jesse Eisenberg y Ellen Page, ambos dando la réplica filosófica, poética y metafísica presente en todas las aventuras del director de Annie Hall y Manhattan. Por otro lado, una discreta pero efectista Penélope Cruz en un ya repetitivo papel y un loable Roberto Benigni protagonizando uno de los capítulos más críticos y actuales de la película: aquel que narra la situación de los medios de comunicación a la hora de crear y destruir la fama de los inocentes ciudadanos y transeúntes.
No estamos ante una obra maestra de Woody Allen, ni tan siquiera ante una de sus mejores películas. No obstante, el cineasta ha conseguido volver a encantarse a sí mismo rodando una de sus ya archiconocidas guías turísticas por las capitales europeas. Las risas y carcajadas no faltarán en el visionado de A Roma Con Amor y tendremos más que presente la animadversión que siente Allen hacia todo lo relacionado con el matrimonio y el amor en todas sus vertientes.
Por si fuera poco, y sintiéndonos herederos del mejor Billy Wilder, asistimos al comienzo de la película a un momento que recuerda a aquella maravilla titulada Uno, Dos, Tres, donde un veterano norteamericano dedicado a la industria musical (Allen) discute con un joven apasionado por la izquierda y los sindicatos.
Woody Allen culmina su periplo por Europa con una película que, aunque supera con creces a Conocerás al Hombre de Tus Sueños e incluso a Vicky Cristina Barcelona, queda lejos de las últimas obras maestras que el cineasta ha rodado en Europa. Match Point, Scoop, El Sueño de Casandra y Midnight in Paris permanecen a años luz de esta última película.
A Roma Con Amor posee escenas insuperables con protagonistas insospechados en situaciones inesperadas. También nos encontramos ante una película que provocará grandes carcajadas en la mayor parte del metraje y que cuenta con una banda sonora con temas que se introducen en el imaginario personal italiano con canciones de las que jamás podremos desprendernos.

Crítica El Mundo Es Nuestro; Odios y sevillanía

7,5/10

La financiación a través de los designios de los grandes estudios queda ya como parte de la Historia. El Mundo Es Nuestro demuestra que se pueden rodar grandes películas que laten en la más absoluta actualidad solo con ganas, convicción y un buen guión.
Sin duda, este homenaje a Tarde de Perros, Pulp Fiction y El Precio del Poder merece estar entre las mejores películas de este año. Quizás no por su calidad técnica ni por el método interpretativo utilizado por sus actores. El Mundo Es Nuestro merece estar en lo más alto de este 2012 gracias a la capacidad de su equipo para empatizar con la realidad, triste, de la sociedad actual y convertirla en poco menos de una hora y media de risas y evasión.
Simulando a los Al Pacino y John Cazale, aquellos que entraron a robar en una sucursal bancaria y se convirtieron en un espectáculo mediático, Alfonso Sánchez y Alberto López (más conocidos como el “Culebra” y “er Cabesa”) han conquistado a todo el público que se ha acercado a las salas aprovechando también la coyuntura y amabilidad del precio al que la película estaba disponible.
Una sucursal bancaria donde también tenemos momentos para la más absoluta intriga. ¿Quién no recuerda aquel misterioso maletín de Pulp Fiction que Travolta y Samuel L. Jackson abrían y del que jamás supimos su contenido? En El Mundo Es Nuestro tenemos un homenaje a muchas de las grandes películas del género a las que, con razón, pretende homenajear y emular.
En esta sucursal no tenemos dobles raseros ni medias tintas. La crisis económica y el malestar de la sociedad en general con la clase económica y política se pone sobre la mesa para denunciar los abusos tanto de la élite señorial (muy típica en Andalucía) como de los trabajadores, los patronos por ejercer de dictadores y los obreros por buscar trabajos a escondidas y cobrando peonadas a diestro y siniestro. Funcionarios hartos de su situación, empleados de banca resentidos con su propia empresa, parejas incomprendidas entre sí en busca de un futuro incierto, periodistas valientes y negados, policías corruptos y dos atracadores que rinden cuentas con el más puro estilo sevillano. La cinta no deja títere con cabeza a la hora de denunciar públicamente los excesos de la élite dirigente mal situada en un panorama que no los merece.
Posiblemente fuera de los límites de Sevilla, la película pueda no ser entendida en su totalidad en aspectos como los de las procesiones y sus cambios de itinerarios imposibles. La idiosincrasia sevillana queda de manifiesto en una obra notable financiada con el novedoso crowdfunding, es decir, la donación de fondos particulares por absoluto altruismo. Al igual que Carmina o Revienta, el debut en la dirección del actor Paco León, El Mundo Es Nuestro supone una lección de financiación, genialidad, originalidad y puesta en escena de la que los grandes estudios deberían aprender para acercarse a un público que cada vez está más perdido entre americanadas baratas, folletines de barrio y subidas de impuestos.

Crítica Brave, Pixar regresa con poco fuelle


6,5/10

Pixar, en un intento por emular al clásico Disney en su confección de las historias que atañen a las princesas de cuento, nos trae este año Brave, la que ya califican muchos como la mejor película de animación del año y firme candidata a los grandes premios del próximo año. También es cierto que la competencia frente a Pixar es escasa y encontrar una producción que pueda hacerle frente es algo más que complicado.
El componente feminista que impone la película es lejano al que acompañaba a las antaño exitosas princesas Disney, sujetas al yugo de un hombre igual o menos poderoso que ellas y siempre bajo los designios de su propia cultura. En esta ocasión, Mérida será una de las pocas mujeres Disney a la que veremos caminar olímpicamente por los deseos políticos de sus majestuosos padres desobedeciendo las leyes y tradiciones de su pueblo para finalmente encontrar, no a un hombre con el que hallar el amor, sino a sí misma frente a la adversidad personal y familiar.
Brave gustará a los más pequeños de la sala gracias al ritmo y capacidad de diversión que imponen sus tres responsables, Mark Andrews, Brenda Chapman y Steve Purcell. Sin embargo, los más mayores encontrarán una sugestiva decepción llevada a cabo por los enormes éxitos y cualidades que han caracterizado a Pixar en los últimos años. Las anteriores producciones de la compañía del flexo han sabido cambiar por completo no solo los códigos del cine de animación sino los convencionalismos del cine moderno en base a distintas fuentes pasadas y presentes. En Brave encontramos una curiosa leyenda medieval que aporta mucho menos de lo esperado al imaginario colectivo que conforman la totalidad de las cintas de Pixar.
Pese a que estamos ante una de las películas más llamativas de este 2012, nos queda esperar a que lleguen muchas de las obras llamadas a convertirse en los mejores largometrajes animados de este año, entre otros, la esperada Rompe Ralph, producida por Walt Disney Animation. Brave es una cinta dividida en tres actos con una actitud guerrera e inconformista muy característica de las películas de Pixar. Con una princesa “antiprincesa”, nos conformamos ante una cinta que adolece de continuidad rítmica en el segundo tercio de la cinta.
No obstante, la cinta contiene secuencias realmente imperdibles y momentos que podemos calificar como los mejores del año tanto en animación como en cine en general. Pixar dota a esta película de ciertos aires orientales, véase los fuegos fatuos que tan usualmente marcan el destino a nuestra protagonista. El recuerdo de La princesa Mononoke y de Hayao Miyazaki se respira constantemente en esta última producción de Disney Pixar. Sin embargo, y para no cerrar el círculo de influencias, el cruce entre las actitudes de la naturaleza y la fantasía medieval se encierra también en las ancestrales tradiciones gaélicas así como leyendas populares de la isla de Gran Bretaña, donde encontramos restos de cuentos galeses y escoceses. 
¿Es Brave una de las mejores producciones de Pixar? Posiblemente no. Aunque no dista mucho de la línea que ha marcado el sendero de los grandes éxitos del flexo. Se encuentra lejos de Up, Wall-E o Toy Story. Pero, aun así, sigue demostrando que Pixar llega con fuerza, aunque no tanta como esperábamos en un principio.
Antes de cada sesión de Brave podemos ver un corto emotivo y precioso titulado La Luna, en el que abuelo, padre e hijo acuden a trabajar como cada día en la Luna. La banda sonora de Michael Giacchino y las reminiscencias al mejor Meliés son credenciales fijas para emocionarse con estos 7 minutos que acompañan a la proyección de Brave. El corto fue nominado a los Oscar a Mejor Cortometraje de Animación en la edición de 2011.

Clásicos de autor: Blow Up (Deseo de una mañana de verano) y Michelangelo Antonioni

La realidad. Cada uno de nosotros somos una pequeña parte de ella. Una minúscula partícula que divide la inmensidad. El cineasta italiano, en su novena película, recoge esta idea a la hora de crear una obra tan compleja como interesante que forma una de sus obras maestras más inmortales. Blow Up (Deseo de una mañana de verano) es una parábola sobre el voyeurismo, la superposición de realidades y la combinación de varios puntos de fuga ante una misma (o distintas) realidades.
Con dos papeles protagonistas interpretados por David Hemmings y Vanessa Redgrave, Antonioni se adentra en el interior del ojo humano para identificar la mirada del otro. Una cámara es un artificio ocular que retrata diversas realidades vistas por el fotógrafo protagonista. En una de ellas, a partir de la mitad del metraje, persigue la visión de un asesinato en mitad de un parque mientras ejerce su posición de voyeur al contemplar y retratar a una joven pareja.
Basada libremente en un cuento de Julio Cortázar llamado Las babas del diablo, Michelangelo Antonioni compone una obra a medio camino entre lo conceptual y el cine mod. Pese a las interpretaciones modernistas que surjan de esta obra, Blow Up no podrá calificarse como tal puesto que no identificamos ningún rasgo propio de este movimiento. La posterior Quadrophenia basada en la ópera rock de los The Who o la inclusión de The Kinks o Small Faces serán clave a la hora de entender el movimiento mod.
El personaje de Hemmings no va en scooter ni viste de cuero sino que circula en Rolls Royce, viste encamisado y aparentemente parece vivir bastante bien en los barrios londinenses más alejados de cualquier atisbo de turismo, modernidad o peregrinación. Pese a estar ambientada en Londres, Antonioni se preocupó de no mostrar en ningún momento ni Buckingham Palace, ni la Torre de Londres ni el Big Ben. Sólo vemos bloques de casas humildes, de barrios obreros en una historia compleja que se desarrolla en mitad de una sociedad clásica casi escondida de su amplitud correspondiente de la realidad.
Elipsis, planos secuencia, fragmentación de planos es lo que encontraremos en esta joya de Antonioni que consiguió ganar la Palma de Oro del Festival de Cannes por su arriesgada apuesta. En ningún momento sabemos como se llama el protagonista. La percepción de la realidad es tan amplia que su misma ambigüedad nos impide conocer los detalles más comunes de las relaciones sociales. Antonioni se pregunta si lo que vemos responde a la definición de lo real frente a lo que el ojo contempla. Una cámara fija la realidad y la convierte en imagen. Lo que vemos en ese momento se diluye y se fragmenta en nuevas realidades, aquellas que estudia Hemmings en su habitación mientras contempla decenas de fragmentos aumentados (blow-up en inglés) en busca de un asesino que responda a su percepción de la realidad.
Imperdible también es la secuencia final, una de las más destacadas de la filmografía de Antonioni. Una secuencia en la que la queda demostrado que no somos más que parte de una inmensa realidad de la que no podemos captar ni tan siquiera lo que tenemos alrededor. Tampoco nos llega el raciocinio para entender todo lo que sucede en torno a nosotros. Nos hacemos miles de preguntas a lo largo de nuestra vida pero ¿cuántas de ellas llegamos a responder?

Crítica El Caballero Oscuro: La leyenda renace

7,5/10

Christopher Nolan remata su función sobre el Caballero Oscuro con una película absorbente, enérgica, con fuerza y con un final que sorprenderá a propios y extraños. Aquí no hay peonza que gira pero sí interpretaciones sobre si verdaderamente estamos ante el final de una trilogía o si Nolan se ha quedado con nosotros en el sentido más estricto de la expresión.
Pese a que acudimos a la proyección sabiendo que era imposible superar a su antecesora, El Caballero Oscuro: La leyenda renace es un espectáculo artificioso que prolonga su arranque hasta límites soporíferos y que contiene interpretaciones para todos los ejemplos de interpretación.
Batman ya no quiere ser Batman. O Christopher Nolan quiere desentendernos de la imagen que une a Bruce Wayne con su alter ego. En 165 minutos de metraje el Caballero Oscuro hace unas apariciones mucho más escasas pero no desprovistas de toda la energía que se le debe imprimir a un superhéroe de esta categoría. Echamos de menos al superhéroe entre tanta palabrería. El problema reside cuando le pedimos a ese ídolo de oro apellidado Nolan que siga actuando de mesías. El ritmo adolece en ciertas partes de la trama y los personajes secundarios están algo más que desaprovechados. Michael Caine, Morgan Freeman, Marion Cotillard o Matthew Modine se contraponen a los notables papeles de Gary Oldman, Christian Bale e incluso Anne Hathaway, quien consigue salvar su papel de Catwoman aunque sin llegar a la euforia.
Emular a Joker en cualidades de maldad es algo impensable. Tom Hardy tenía la ardua tarea de intentar mitigar el efecto Heath Ledger en esta tercera entrega. Pese a que se desenvuelve bien y consigue crear una némesis perfecta para luchar contra los poderes físicos de Batman no llega a lograr la ansiada dualidad psíquica que hicieron que Ledger y su Joker se convirtieran en el mejor villano de la primera década del presente milenio. Hardy impone la dureza imprescindible a su personaje aunque se encuentre torturado y castigado por un farragoso doblaje en castellano que tenemos que condenar enérgicamente. Algo más que positivo es encontrar una banda sonora espectacular y omnipotente compuesta por el siempre eficaz Hans Zimmer, el paradigma de compositor que entiende los nuevos tiempos que corren en la industria musical del cine.
Otro aspecto a tener en cuenta a la hora de analizar El Caballero Oscuro: La leyenda renace es el claro mensaje revolucionario que desprende la toma de Gotham por parte de Bane. En un claro ejercicio de Nolan por adaptar al héroe a la más fiera actualidad, escucharemos frases a lo largo de la película que incitan a la lucha de clases e incluso a la toma de la Bolsa de Nueva York. Wall Street ejemplifica en la película lo peor del ser humano en su relación con el dinero, algo que también contraponen Selina Kyle y el propio Bruce Wayne en un interesante momento del metraje. Batman es un héroe de cómic pero nunca estará ajeno a la sociedad que lo mantiene con vida. Y en esta redención llevada a cabo por Christopher Nolan, en mitad de una sucesión de disparos y explosiones, se encuentran mensajes que abogan por juzgar a los adinerados en una especie de resurrección de un Robin Hood moderno.
El Caballero Oscuro: La leyenda renace otorga un final ambicioso y engañoso a una supuesta trilogía que terminaría en esta película. Quién sabe si esta maniobra del director respondía a una de las mayores inocentadas de la Historia del Cine o si la continuación de la película se encuentra en la imaginación de los millones de personas que han elevado este desenlace a las puertas doradas del cine de superhéroes. Posiblemente, Nolan revolucionase el cine de superhéroes con El Caballero Oscuro aunque las páginas del libro de Bruce Wayne terminan de escribirse en cuanto contemplamos el final de esta ambiciosa cinta. 
O no. Siempre habremos de recordar que un héroe no tiene por qué llevar una máscara.