[Retrospectiva Woody Allen] Días de radio

7/10

Woody Allen, además de hacer buenas películas, es especialista en homenajear a los grandes mitos que la Historia de la Humanidad ha legado. Referencias, una detrás de otra, a grandes momentos, personajes, instrumentos, artistas, políticos o intelectuales de toda condición social, geográfica e ideológica. 
De los hechos e ideas de todos los anteriores, Allen se sirve continuamente para hilvanar diálogos mordaces que radiografían al ser humano. Seguimos a continuación con la idea que planteamos en esta reseña por la cual estamos absolutamente embelesados por la forma de rendir culto que tiene el director neoyorquino de todo aquello que le ha servido para aprender más acerca del comportamiento humano. Woody Allen no es Sigmund Freud pero conoce de una manera sublime como funciona el engranaje de este planeta habitado por seres tan distintos.
Fruto de esas mentes distintas nació, a finales del siglo pasado, una serie de cerebros prodigiosos inventaron un sistema de transmisión de ondas sonoras que acabaría por denominarse radio. Este medio de comunicación resultó ser el más exitoso desde su invención hasta que la televisión acaparó el lugar en los hogares que antes pertenecía a los sintonizadores en los cuales se forjaron decenas de regímenes políticos que gobernaron los designios de medio mundo durante lustros.
Pero la radio no solo fue un instrumento de propaganda sino también una forma de hacer llegar al público, a los trabajadores, la "realidad" de lo que estaba sucediendo a su alrededor. La información estaba muy controlada por los magnates (siempre nos acordaremos de Hearst y Pulitzer) que aseguraban cada palmo de voz que se transmitía desde su espectro radiofónico. Noticiarios, radionovelas y mucha música formaban parte de la parrilla de la radio de principios, e incluso mediados, del siglo XX. La importancia que tuvieron las ondas de radio en la Segunda Guerra Mundial no la tuvieron las armas o los periódicos. Escuchar a Roosevelt declarando la guerra a Japón tras el ataque a Pearl Harbor, a Churchill llamando a la calma a los habitantes de Londres en 1940 tras los bombardeos de la Luftwaffe, a Hitler arengando a sus batallones o a Mussolini en uno de sus míticos mítines en Roma eran la prueba fehaciente de que la radio marcó la vida de dos generaciones que crecieron con el miedo que los políticos de la época inculcaban ante sus arriesgadas propuestas.
Pero la radio no solo nos dejó momentos para el miedo durante la Segunda Guerra Mundial. Orson Welles llegó a ser uno de los personajes más odiados durante el año 1938. Su retransmisión de La Guerra de los Mundos acongojó a millones de personas en la Norteamérica de la época. Los marcianos estaban a punto de aterrizar en un mundo que no estaba preparado para recibirlos (como tempoco en 1996 cuando Tim Burton los trajo de nuevo en Mars Attacks!!).
Y toda esta parrafada para hablar de Días de Radio, una película que narra precisamente esto. Todas las historias familiares que surgieron a raíz de la escucha de los sintonizadores de radio en los hogares, todas las controversias políticas que nacieron de una época en la que la única ventana al mundo era ese aparato que posteriormente sería sustituido por la bien llamada "caja tonta".
En 1987, Woody Allen decidió hacerle un bien merecido homenaje a la radio, también presente en su niñez y su juventud en el Nueva York de los años 40 y 50. Las grandes obras del blues, el jazz y la música clásica, grandes historias de superhéroes, famosos concursos y retransmisiones deportivas primaban en las parrillas radiofónicas de la época dorada de la radio. En la película es un niño judío el que vive pendiente de todas las historias que la radio cuenta y, en base a lo que escucha, va tomando forma su comportamiento con sus semejantes. Cuando eres niño y escuchas las grandes hazañas de grandes héroes, siempre se te subía algo por el estómago. Deseabas con todas tus fuerzas tener los objetos que acompañaban el día a día de nuestro personaje favorito. Yo me críe con Batman, ya en la televisión, así que puedo alcanzar a comprender qué es lo que se sentía.
Un guión muy dulce y amable acompaña cada uno de los planos de este exquisito homenaje a un medio de comunicación que, por muchos años que pasen, jamás desaparecerá. Sin embargo, puede pecar de ser excesivamente almibarada y lejana a la irónica forma de ver la realidad de Allen. Pero de vez en cuando, merece la pena salirse del registro y trazar otro dibujo de las mismas realidades. Yo no puedo seguir hablando de la película sin pedirte, estimado lector, que te acerques a una obra maravillosa de un realizador que supo como nadie reflejar las inquietudes de toda una generación a través de un transistor. Con interpretaciones muy correctas, excepto la de mi odiada Mia Farrow, a la cual sigo sin poder soportar, Días de Radio es un exquisito plato para un buen rato de cine.

1 comentario: