El Hobbit, Un Viaje Inesperado

 8,5/10
Bilbo Bolsón nunca fue un hobbit al uso. Más allá de las excentricidades propias de la edad, como la de organizar una espléndida fiesta por su 111 cumpleaños para más tarde desvanecerse en pleno discurso de agradecimiento ante la estupefacción de su nutrida y heterogénea familia, Bilbo cargaba con un bagaje existencial que lo hacía especial. Un individuo peculiar cuyas historias de trolls petrificados y dragones codiciosos bordeaban las divagaciones fantásticas de un viejo loco frente a la mirada extrañada de los demás. Ahora bien, ¿cuánta verdad encerraban las narraciones escritas en su madriguera durante los últimos años en Bolsón Cerrado antes de legar su tesoro a Frodo? 

Para aquellos que se interrogaban acerca del modo en que Bilbo halló el anhelado anillo único, el por qué de su insólita amistad con Gandalf el Gris, o de dónde habia sacado aquellas riquezas apenas adivinadas por el menguado ingenio de sus conciudadanos, las respuestas están en El Hobbit, la obra literaria que el escritor J.R.R. Tolkien ideó sin más objetivo inicial que el de alimentar la imaginación de sus hijos antes de dormir. Tras ella, el universo fantástico que había creado en torno a las aventuras de Bilbo se amplió hasta componer un relato épico en el que las frontreras de la Tierra Media se expandían, el Mal crecía en el Sur y el destino de los hombres se encaminaba hacia la batalla definitiva. Y todo por un anillo, precisamente el anillo que Bilbo encontró a tientas en la oscuridad bajo la montaña y que ganó a su celoso propietario mediante un acertijo con trampa. 

Muchos se preguntarán, entonces, porqué Peter Jackson decidió adaptar en primer lugar la trilogía de El Señor de los Anillos si es en El Hobbit donde se origina la trama que dio lugar al azaroso destino de Frodo Bolsón y su abnegada compañía. Como suele ser habitual, las razones obedecen más a criterios legales y económicos que a los puramente artísticos. Las negociaciones por los derechos de producción y distribución de El Hobbit, en manos del productor estadounidense Saul Zaentz (quien ya produjera en 1978 la versión animada de El Señor de los Anillos) y de United Artists respectivamente, se encallaron hasta obligar a Jackson a tomar las riendas de la adaptación de la trilogía. El resto ya es historia. La Comunidad del Anillo inició en 2001 uno de los fenómenos cinematográficos más grandes de todos los tiempos entre público y crítica cosechando 17 Oscar y cientos de millones de euros en las taquillas de todo el mundo. 

Un éxito demasiado jugoso para no prolongarse con una nueva adaptación, en esta ocasión la precuela literaria de El Señor de los Anillos. En 2006, Metro Goldwyn Mayer, que era por entonces propietaria de United Artists, desatascó la pugna por los derechos de El Hobbit y se asoció con Peter Jackson y New Line Cinema para producir dos películas que plasmarían en la gran pantalla las aventuras de Bilbo. 

En esta ocasión, Jackson se mantendría alejado de las cámaras y sus funciones quedarían relegadas a la elaboración del guión junto a su esposa, Fran Walsh, así como a las tareas de producción, ya que, tal y como señalaría en alguna ocasión el exitoso director, quería evitar comparaciones respecto a su trabajo en la trilogía anterior. Una de las primeras decisiones del equipo fue precisamente designar a un realizador que afrontara el reto de continuar la senda de triunfos de El Señor de los Anillos. En 2008, Guillermo del Toro firmaría el contrato que lo vinculaba a El Hobbit. 

No obstante, los problemas no tardarían en llegar. MGM quebró en 2010 y dejó en el aire el inminente rodaje de la película, precipitando de esta forma la salida del proyecto de Del Toro, quien anunció públicamente que "a la luz de los constantes retrasos en la fecha de inicio del rodaje de 'El Hobbit', debo afrontar la decisión más dura de mi vida". Todo ello tras trabajar intensamente en el guión y planificación de la película durante un año en el que incluso se había mudado con su familia a Nueva Zelanda. Por otro lado, la batalla legal iniciada por el hijo de J.R.R Tolkien, Christopher Tolkien, para paralizar el rodaje por la supuesta deuda que New Line (propiedad de Warner Bros) mantenía con los herederos del escritor, quienes reclamaban el 7,5% de los beneficios de El Señor de los Anillos (unos 158 millones de euros), no hacía más que sembrar una nueva incógnita sobre el futuro de la adaptación cinmatográfica, que ya acumulaba un año de retraso. 

Ante este panorama, Peter Jackson decidió tomar las riendas del proyecto y ponerse una vez más tras las cámaras trabajando sobre el material ya avanzado por Del Toro, Walsh, Philippa Boyens y él mismo. No sería hasta el 21 de marzo de 2011 cuando se iniciará al fin el rodaje, que se prolongaría 266 días, hasta el 3 de julio de 2012, tras otras sucesión de inconvenientes como la huelga de actores neozelandeses, la operación quirúrgica de urgencia que precisó Jackson o cambios en la producción tan trascendentales como el de añadir una película más a las dos previstas inicialmente. 

No en vano, las críticas en torno a esta decisión no tardaron en llegar en base a un razonamiento muy sencillo; ¿cómo puede ocupar el mismo metraje la adaptación de El Hobbit, un libro de poco más de trescientas páginas, que la de El Señor de los Anillos, con más de mil? La respuesta más inmediante es, como no podía ser de otro modo, las posibilidades de negocio que se le abren a las productoras con una película extra, más aún teniendo en cuenta la costosa inversión del proyecto (cifrada en algo más de 800 millones de dólares). Sin embargo, Jackson argumentó que habían añadido algunos ejes argumentales y personajes que no aparecían en el original literario pero que habían sido extraídos de algunos escritos de Tolkien concebidos presumiblemente por el escritor para ampliar las aventuras de Bilbo Bolsón por la Tierra Media. 

Sea como fuere, el hecho es que el pasado 14 de diciembre se estrenó en los cines de todo el mundo la primera parte de la trilogía de 'El Hobbit', Un viaje inesperado, tras años de larga espera y una expectación apenas contenida por los millones de fans del universo Tolkien. ¿El resultado? Analicémoslo. 

Una de las premisas ineludibles bajo las que tiene que acudir cualquier espectador que conozca la obra literaria original a la sala donde se proyecte la película es que esta ha sido concebida de forma independiente a su homóloga de papel. Más allá de los disparatados (y habituales) debates acerca de las diferencias halladas entre uno y otro formato, conviene valorar cada obra en su conjunto, como una entidad autónoma con sus propios códigos, debilidades y métodos de persuasión. Peter Jackson no ha dudado en incorporar a esta primera entrega una subtrama que añade una importante dosis de acción a un material originario que carecía de ella, al menos en sus primeros compases. Muchos argumentarán que esto supone un ultraje contra la obra de Tolkien, pero no se puede negar que el experimento funciona cinematográficamente y contribuye a conformar un relato con más componentes épicos y de conflicto que los habidos en una adaptación más fiel. 

La inclusión de la historia del Orco Pálido, si bien en algunos instantes parece estar incrustada forzadamente en la narración, dota de mayor relieve al personaje de Thorin e imprime una dinámica de contrapuntos magistralmente dispuestos por Jackson. De este modo, la película camina de forma trepidante en una dinámica en la que se alternan los momentos de alta tensión con escenas donde el ritmo decae para otorgar mayor profundidad a la trama, como si de un complejo artefacto de relojería se tratase. 

El mejor ejemplo de ello es un arranque pausado, concebido como prólogo, en el que se presentan a los personajes sin rehuir el humor y la fantasía que caracteriza a la obra literaria. Después de ello, los relatos a la luz de la hoguera o las paradas en el camino se conjugan con las escaramuzas con los orcos y los distintos desafíos de la aventura en una administración perfecta de los tiempos. Eso sí, respetando algunos de los momentos clave de la novela, como las vicisitudes de los trolls a la hora de cocinar a los enanos o el trascendental encuentro entre Bilbo y Gollum en las profundidades de la montaña. De hecho, esta quizás sea la secuencia más conseguida de la película gracias a un diseño de producción impecable y a los avances alcanzados en la recreación digital de la criatura, cuya expresividad está muy por encima de la lograda en El Señor de los Anillos. 

En el apartado humano, Martin Freeman compone una brillante interpretación de Bilbo Bolsón (a años luz de la realizada por Elijah Wood de Frodo) haciendo suyo un personaje que se debate entre la añoranza del cálido y mullido hogar y el espíritu de aventura y osadía que parece aglutinar en su interior. Por su parte, Ian McKellen vuelve a regalar una portentosa muestra de la bondad disfrazada de rectitud de Gandalf el Gris, quien en esta ocasión debe lidiar con la tozudez de 13 enanos liderados por un rey desterrado, Thorin Escudo de Roble, al que da vida Richard Armitage. De hecho, este es el único enano que parece diferenciarse de un grupo por lo demás homogéneo que nada tiene que ver con el carisma individual de la Compañía del Anillo. 

Peter Jackson, más allá del carácter pionero de los 48 fotogramas por segundo, los cuales ni siquiera serán proyectados de forma mayoritaria, ha logrado superar el despliegue técnico de su trilogía anterior y ofrece un auténtico espectáculo visual sin perder de vista lo realmente importante, la historia que sumerge a Bilbo en un viaje inesperado para arrebatar a un codicioso dragón el tesoro de un reino enano. De esta forma, el regreso a la Tierra Media es una más que satisfactoria experiencia que continuará el mes de diciembre del año próximo y concluirá en el verano de 2014.

[SEFF´12] Amor


9/10

[SEFF´12] Michael Haneke tiene la cualidad de hacernos temblar en la sala de cine. Sus películas dan auténtico miedo, sientan y hielan al espectador. Un miedo frío, que se introduce lentamente en el cuerpo y deposita unas sensaciones indescriptibles que duran incluso después de haber salido de la sala de cine. El cineasta alemán ha dado con la tecla en su última obra maestra, Amor. Con dos interpretaciones realmente sublimes orquestadas por el gran Jean-Louis Trintignant y por una sobresaliente Emmanuelle Riva, Haneke crea su mundo de tensión en un piso parisino donde reside una pareja de ancianos. Un inesperado suceso cambiará la vida de ambos y también la del espectador. Tras ver Amor, quedaremos convencidos de que estamos a merced de la crueldad de la vida. Una crueldad que se torna caprichosa y ante la que deberemos responder consecuentemente.
El espacio no es un obstáculo para Haneke, quien coge su cámara y diseña unos espacios íntimos, acogedores, llenos de calor humano y con recuerdos de épocas pasadas en algunas secuencias maravillosas. El paso del tiempo se consigue en los diferentes elementos decorativos y los protagonistas guardan frases de oro que quedarán grabadas en la memoria del espectador.
Amor es una historia de amor, una tremenda historia romántica. Pero es el peor de los dramas que veremos jamás. Aquí hay un final muy diferente a lo que estamos acostumbrados. No hay ninguna escena que sobre, ni tan siquiera ninguna que falte. Un guión sólido acompaña a una trama en la que los sentimientos de una pareja se ponen de manifiesto. Trintignant y Riva ejecutan unos papeles ampliamente complejos a los que suman un sinfín de matices que se clavan en la mirada del espectador. Tras ver Amor, sólo quedan ganas de salir de a la calle y reposar lo que se ha contemplado durante algo más de dos horas. La sensación de que la vida puede irse en cualquier instante permanece pero Haneke nos muestra que el amor puede hacernos realizar cosas impensables con tal de terminar con el sufrimiento propio. Y el ajeno. Michael Haneke volvió a ganar la Palma de Oro en Cannes por esta obra maestra, lo mejor del Sevilla Festival de Cine Europeo hasta el momento y una de las películas clave de cara a la temporada de premios que llega en las próximas semanas, entre ellos los de la European Film Academy anunciados este fin de semana en Sevilla.
El cineasta no adorna su mensaje sino que lo simplifica de tal modo que llega a resultar terrorífico. Aquí no hay medias tintas ni dobles raseros sino una muestra de cómo un cineasta de prestigio con una larga trayectoria en un tipo de cine muy concreto es capar de mantener sus principios y dejar abrumado a un espectador que se queda clavado en el asiento contemplando un final anunciado.

[SEFF´12] César debe morir


7,2/10

[SEFF´12] Shakespeare vuelve al teatro. Julio César regresa a la escena. En Rebibbia, una prisión italiana, una serie de reclusos se preparan para dar voz y vida a los personajes que retrató en sus páginas el dramaturgo inglés y cuyos actos pasaron a la Historia de la Literatura universal. César debe morir es una película acerca de la libertad encerrada, de la confrontación de dos sentimientos aparentemente opuestos. El Sevilla Festival de Cine Europeo nos ha dado la oportunidad de asistir en el Teatro Lope de Vega a la proyección de una de las películas más destacadas del cine italiano del último año. Los hermanos Taviani, quienes ya visitaron el certamen hispalense con El destino de Nunik, se superan en la concepción de su última obra. Recuperando el estilo que legó Shakespeare, este pseudo-documental, o docuficción, inserta la cámara en los ensayos de un grupo de presos que preparan a conciencia su representación del César del inmortal dramaturgo.
Cada uno de ellos llega al casting y debe leer una línea de texto en diferentes estados de ánimo. De ahí saldrá el encargado de representar a Casio, Bruto, César, Antonio o Casca, personajes clave en la representación final de la obra. Pese a carecer de mayor profundidad en el aspecto psicológico de cada uno de los presos, los Taviani se limitan a plasmar la libertad que tiene cada reo a la hora de concebir sus movimientos, sus gestos, su manera de actuar ante el gran público. Y eso, precisamente, es lo que configura la magia de la película.
Con diferentes tipos de fotografía para cada uno de los momentos temporales en los que la cinta transcurre, el espectador va identificando de pleno a cada preso con su papel. Todo se vuelve teatro. Cuando nos queremos dar cuenta, ya no sabemos sí estamos asistiendo a los ensayos o si ya estamos de lleno en la representación definitiva. Los directores resucitan a Shakespeare y redimen a sus actores. Este drama pretende confiar la salvación de los condenados al uso de la cultura. Uno de esos presos llega a pronunciar una de las frases más hermosas escuchadas en este Sevilla Festival de Cine Europeo: “Desde que descubrí el arte, esta celda se ha convertido en una prisión para mí”. Estas sencillas palabras resumen la sensación de libertad contenida de la que gozan aquellos que cometieron errores, presumiblemente muy graves, en el pasado y buscan una segunda oportunidad para volver a sentirse personas y seres capaces de llevar a cabo algo tan real y virtuoso como es la representación de una de las mayores obras jamás escritas en el teatro. Oso de Oro en Berlín, Selección EFA en nuestro certamen, 5 premios David Di Donatello y 4 nominaciones a los Premios del Cine Europeo. Son las credenciales para disfrutar de una película tan insólita como hermosa, tan veraz como sincera.

Crítica Skyfall; Volviendo a los orígenes

6,8/10

James Bond regresa con fuerza tras la debacle de Metro Goldwyn Mayer y el desastre que supuso Quantum of Solace. Bajo la dirección de Sam Mendes y con la batuta musical de Thomas Newman, el agente secreto más famoso del mundo regresa a sus orígenes más primigenios en una cinta que, aunque adolece del arranque y carisma de Casino Royale, está a la altura de las expectativas creadas para esta vigesimotercera aventura de Bond.
Y es que la primera de las películas en las que Daniel Craig interpretó al agente 007 ha sido muy difícil de superar. Pese a la gran interpretación de Javier Bardem como uno de los villanos más retorcidos de la saga, Skyfall no es más que un mero entretenimiento alejado de los códigos que hicieron a Bond un personaje mítico en la Historia del Cine. Sam Mendes no es ajeno a las ansias de renovación del protagonista y otorga al espectador la posibilidad de regresar al pretérito, un pasado en el que recordaremos pedazos de otras entregas de la saga.
Los incondicionales de James Bond no quedaremos plenamente satisfechos con Skyfall a excepción del mencionado Bardem, la excelsa banda sonora y una secuencia de títulos de crédito que unen las creaciones visuales del gran Daniel Kleinman con la intensa voz de Adele. Pese al intento de Mendes de reflotar la saga, y aunque ya hemos afirmado que lo consigue con creces, inunda a los espectadores más apasionados del personaje una sensación de que todo está en pleno cambio sin querer afirmarlo. La última media hora de Skyfall representa una vuelta a los orígenes en medio de una revolución cinematográfica de un personaje afectado por la influencia del psicoanálisis del héroe de ciertos directores norteamericanos y una saga que, con Matt Damon a la cabeza, terminó por cambiar los códigos del cine de acción.
Bourne no es Bond. Ni tan siquiera se le parece. Sin embargo, el peso de las tramas va cayendo conforme avanzan los metrajes. Skyfall posee todo lo bueno que podría tener una película de Bond pero adolece de ciertos vacíos de guión que son realmente considerables. Por lo demás, el despliegue de explosiones, disparos y acción queda de manifiesto. Los constantes guiños al fan de 007 y sus películas no pararán de llenar la gran pantalla. Sam Mendes sabe que un personaje con cincuenta años de historia no puede cambiar en dos horas y media. Y su esfuerzo es de debido reconocimiento. Sin embargo, hay que buscar nuevas fórmulas para no parecer copias de otras sagas y seguir manteniendo el espíritu que ha llevado a James Bond a ser uno de los mitos cinematográficos más importantes del siglo XX.
El problema no es si Daniel Craig es mejor o peor Bond. El problema reside en la complicada labor de actualización de un personaje. Mejor suerte ha corrido Ralph Fiennes, reconvertido en un personaje más que importante en esta película y al que veremos más a menudo de lo que podíamos imaginar. Y, por supuesto, un Q adaptado ya por completo a los nuevos tiempos. Atrás consiguieron quedar Desmond Llewelyn o John Cleese como artífices de los mejores artilugios de toda la saga Bond. Ben Whishaw combina el talento de los actores de la nueva generación con la sabiduría transmitida por los años.
Sam Mendes ha hecho un loable trabajo con Skyfall y debemos seguir reivindicando la figura de Daniel Craig, que pese a su tremenda inexpresividad, hay que recordar que ha sido el James Bond con más presión y más castigado con los tiempos modernos. Confiemos en que la siguiente entrega del agente secreto no decepcione a los verdaderos y entregados amantes de la saga.

Crítica Blancanieves; El silencio de una plaza

9/10

Pablo Berger, aquel cineasta olvidado en su particular exilio tras rodar Torremolinos 73, ha vuelto. Y lo ha hecho por la puerta grande. Blancanieves es, posiblemente, la apuesta más original y arriesgada que ha llegado al cine español en los últimos años. Todo ello aderezado con una magnífica banda sonora y un reparto estelar. Antes de comenzar a expresar mi opinión quiero dejar claro que ni tengo ni deseo tener ninguna relación con el mundo del toreo. Ni soy amante de la calificada como “fiesta nacional” ni acudo los domingos a la plaza a contemplar tan debatido espectáculo. Pero no por ello, y perdón por utilizar la primera persona, puedo dejar de alabar las virtudes que ofrece esta última producción de un director que se ha consagrado con esta, su tercera aventura cinematográfica después del corto Mama y Torremolinos 73. Acudir a la sala de cine con la mente abierta y sin prejuicios es pieza clave para entender el desarrollo de la misma.
Sin duda, era una apuesta arriesgada el llevar de nuevo a la gran pantalla el cuento de Blancanieves y transformarlo en una historia con tintes taurinos y flamencos. Mucho más arriesgado era salir airoso y, aún más, conseguir convertirse en la película que representará a España en los premios de la Academia de Hollywood. Lo cierto es que Blancanieves despierta emociones que otras producciones del mismo género o las mismas circunstancias no consiguen.
La valentía con la que Berger ha decidido inundar de mantillas, pasodobles, clarines y timbales el ya mítico cuento de los Hermanos Grimm le ha hecho valedor de un hueco entre las mejores producciones del año, en lo que a guión y técnica se refiere. Sin desprestigiar ni un ápice los versos del cuento original, el cineasta teje una intriga casi palaciega con unas sensacionales Maribel Verdú y Macarena García, acreedora esta última del premio a la Mejor Actriz en el pasado festival de San Sebastián. No olvidamos tampoco los enormes papeles del reconvertido Pere Ponce, Daniel Giménez Cacho, Ángela Molina o Josep María Pou.
Sin duda, de no conseguir mayores premios y elogios fuera de nuestras fronteras, será por el efecto The Artist, otra obra maestra del pasado año que arrasó allá por donde pasó. Blancanieves llevaba muchos años esperando su momento y ha tenido la mala suerte de pisar en terreno ocupado. Sin embargo, hay que afirmar que ésta producción no tiene absolutamente nada que envidiarle a la cinta dirigida por Michel Hazanavicius, si acaso The Artist nos enamoró algo más por sus constantes homenajes al propio cine. Ambas fueron concebidas al mismo tiempo y una tuvo más suerte que otra con su distribución. Gusten o no los festejos taurinos, no hay que olvidar que estamos ante una película que marcará época en nuestro cine. Blancanieves es un producto original, fruto de una gran imaginación y que desborda sentimiento. Bien por la constante banda sonora con aires de flamenco, bien por las intensas interpretaciones o bien por la imaginería cinematográfica muda europea a la que recuerdan muchas de sus secuencias. La combinación de los elementos clásicos del cine mudo con las nuevas técnicas actuales que incluyen movimientos de cámara, planos imposibles y ejercicios de fotografía es uno de los puntos más fuertes de una película que incluye uno de los mejores paradigmas del cine de autor español.

Crítica Lo Imposible; Tragedia de un recuerdo imborrable

7,5/10

Juan Antonio Bayona consigue superar su enorme debut, aquel que trajo con El Orfanato, cinta que dividió el terror español hasta la fecha y nos volvió a colocar en el panorama internacional. Con Lo Imposible, Juan Antonio Bayona presume de haber realizado uno de los proyectos más ambiciosos, personales y conmovedores de este año 2012. El cineasta barcelonés ha reunido, en un reparto inmejorable, a dos estrellas del séptimo arte contemporáneo que llenan la pantalla con sus portentosas interpretaciones. De un lado, la norteamericana Naomi Watts, una de las intérpretes con mayor proyección en los últimos años y con mejor muestra de talento a lo largo de su ya dilatada filmografía. Del otro lado, el siempre genial Ewan McGregor, autor de varias de las interpretaciones más respetadas y aclamadas de los últimos años, véase Trainspotting, El escritor o Big Fish.
Y todo ello de la mano de J.A. Bayona, un creador con un talento impagable que ha demostrado estar a la altura de las circunstancias. Sin caer en el drama fácil ni en el sentimentalismo barato, Lo Imposible es una muestra atroz, posiblemente la más real, de lo que sucedió aquel 26 de diciembre de 2004 en que, tal y como reza el prólogo de la película, miles de personas vieron como su vida cambiaba en cuestión de segundos. Aunque la espectacularidad de la primera parte de la película sobra para elogiar la última obra de Bayona, bien es cierto que carece de una mayor profundidad en su guión y de una quizás innecesaria extensión de la agonía y el sufrimiento. Este aspecto queda salvado si tenemos en cuenta el poco margen de maniobra de su director en una obra colosal y de proporciones ampliamente lacrimógenas.
Lo Imposible, muy probablemente no sea la mejor película española del año pero, si reunimos los proyectos que se han ido estrenando a lo largo de este año, es loable destacar el giro radical en las temáticas que estamos sufriendo. Cada vez estamos explorando nuevas vertientes que no hay que dejar pasar. León, Bayona, Sánchez, Berger, Calparsoro, Vigalondo, Fresnadillo o Balagueró son algunos de esos renovadores que están encontrando nuevas vías de atraer al público a las salas nada menos que a ver una película española o, al menos, con producción española. Juan Antonio Bayona ha arrasado con su último estreno y lo ha hecho basándose en una tragedia que, con el paso de los años, permanece en la memoria de miles de personas en todo el mundo. El énfasis en contarnos una “historia verdadera” hace que la emoción embargue al espectador más sensible y la congoja sacuda al más corrosivo. Aunque la totalidad no consiga el ansiado toque de perfección, Lo Imposible no deja de ser uno de los estrenos más importantes de toda la Historia del Cine español en cuanto a taquilla y técnica se refiere. Pocas producciones íntegramente patrias han tenido la evidente complicación técnica que ha supuesto rodar Lo Imposible.

Crítica Salvajes; El suicidio colectivo de Oliver Stone

3,5/10

El cineasta Oliver Stone es uno de esos directores a los que le van como anillo al dedo los panfletos políticos y la búsqueda de la moral en la corrupción, los retratos biográficos y la ética de la denostada clase dirigente (recogiendo palabras muy de moda). Pero Salvajes no es más que una mala representación del poder de los cárteles de la droga mexicana con extrañas referencias a Truffaut, Soderbergh y una odiosa comparación con Dos hombres y un destino.
Tanto por las intenciones, bizarras por otro lado, de Oliver Stone de recrear más o menos fielmente las torturas y el sangriento color del dinero que se mueve en el tráfico de drogas esta película merecía ser vista como una cinta atrevida heredera del mejor Stone, autor de obras magnas como Nacido el 4 de julio, Platoon o JFK: Caso abierto. Sin embargo, el colorido metraje que nos ofrece esta vez se torna aburrido en parte por las carencias interpretativas del trío protagonista. Ni Taylor Kitsch, ensombrecido por su fracaso en John Carter, ni Blake Lively consiguen salvar una película condenada irremediablemente al tedio.
Y es que situar como eje central de la trama al personaje de Lively, Ofelia en la película, es una declaración de mal hacer por parte de un director que creíamos consagrado. Tras ver Salvajes nos creemos en la obligación de recomendar al lector un visionado calmado y atento a Traffic, la obra más potente e interesante de Steven Soderbergh donde Benicio del Toro realiza uno de los papeles de su carrera. A esta obra sí la podemos considerar como capital en el cine que retrata el narcotráfico. En esta ocasión, los tres grandes nombres que incluía el reparto, entre ellos el del propio Benicio del Toro, no resultan más que meras anécdotas perdidos en una fotografía efectista aunque nada convencional.
Por si fuera poco, y algo que este redactor odia profundamente, nos encontramos con un doble final. Al salir de la sala de cine uno se queda con la sensación de que Oliver Stone poseía dos formas de culminar su historia pero no sabía con cual quedarse. Pocas veces en la Historia del Cine veremos una forma más burda de tomar el pelo al espectador y alargar un metraje innecesariamente extenso. Y es que para eso sirve arriesgarse e incluir todo lo que podría haber sido y no fue en los extras de los DVD´s.
Si al menos la película gozara de un ritmo vertiginoso o un guión comprometido con la situación actual del narcotráfico estaríamos hablando del verdadero Oliver Stone, aquel al que todos conocemos por no dejar títere con cabeza en sus panfletarios metrajes. Sin embargo, parece perdido. Su mano y su estilo no se identifican en muchos momentos de la película. Oliver Stone se ha traicionado a sí mismo.
Los asistentes a las salas que consigan disfrutar con esta película estarán de enhorabuena. Aquellos que queramos ver una película del mejor Stone tendremos que llegar a casa y buscar en nuestra videoteca.

Crítica Mátalos Suavemente; Sociedad en podredumbre

6/10
Brad Pitt y Andrew Dominik vuelven a la carga con este pretencioso thriller en el que, basándose en diversos elementos del film-noir, se nos consigue atrapar en una insaciable madeja de personajes que convergen todos en una nueva definición del cine de gángsters.
Pese a que no estamos ante una película del género propiamente dicha encontramos elementos definitorios que nos hacen pensar que Andrew Dominik quiere regresar a una época en la que los asesinos a sueldo tienen pensamiento propio y no actúan como simples marionetas. El personaje confeccionado por Brad Pitt posee muchas características que lo hacen ser el protagonista magno de la película. Sin embargo, diversos fallos de contexto en la redacción del guión ocasionan una pérdida instantánea de la atención en la figura del renacido Pitt.
Los que se llevan la función y al público al bolsillo son tres secundarios de lujo que se posicionan brevemente en la película pero de una manera sobresaliente. Ray Liotta, Richard Jenkins y el excelso James Gandolfini otorgan el contrapunto al personaje protagonista. Andrew Dominik navega por la más rabiosa actualidad económica en una suerte de imitación de la cinta italiana Una jornada particular, dirigida por Ettore Scola y en la que podemos escuchar la radio durante todo el metraje. En aquella ocasión era Hitler el que visitaba en Roma a Mussolini. Aquí es Obama el que, según demuestra su director, pronuncia diversas mentiras que hacen confundir a los ciudadanos equivocados con su grata presencia.
Fruto de esta mentira nace el final de la película. Una conclusión lapidaria que escuchamos de boca de uno de los actores más reconocidos y talentosos del panorama norteamericano. Brad Pitt culmina la película con la sensación de vivir en un mundo mucho peor que el que heredamos de nuestros antepasados. Cargando contra Jefferson y el propio Obama, Andrew Dominik no muestra falsedades sino que pretende reflexionar acerca de los verdaderos motores que mueven cualquier mundo. Desde el universo de los negocios hasta el del crimen: el poder y el dinero.
Cierta escena con Ray Liotta puede recordar al cine de Sam Peckinpah, por nombrar otra influencia de Dominik a la hora de rodar Mátalos suavemente. La lentitud de planos y el regocijo por lo violento dominan la última cinta del director de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford. Las sombras, la noche, el humo del tabaco, la cultura de lo soez, el uso de la mujer como elemento de divertimento son algunas de las claves para entender este new film noir, una nueva corriente de cine negro que nace desde el hastío de realizadores que pretenden huir del clásico drama y ofrecer una visión mucho más maquiavélica de la sociedad, ingrata y podrida sociedad.

Crítica A Roma Con Amor; La última postal de Woody Allen

7,5/10

Woody Allen regresa al terreno de la más absoluta comedia con el trasfondo de una postal turística como viene haciendo desde hace siete años, cuando decidió marcharse a Londres para rodar una de sus obras magnas: Match Point. Barcelona, París y ahora Roma han sido otros destinos por los que el cineasta neoyorquino ha paseado su exilio cinematográfico.
Recuperando el viejo estilo italiano de las cintas capitulares, Woody Allen recoge a una legión de excelentes intérpretes y les exprime su potencial para crear una película divertida, reflexiva y muy crítica con diversos aspectos de la sociedad actual. Imperdibles son las apariciones del propio Allen en la cinta, auténticos momentos de diversión y regodeo al contemplar que el eterno Woody sigue en plena forma delante de una cámara.
Judy Davis, Alison Pill u Ornella Mutti son algunos de los secundarios que acompañan a un excelso Alec Baldwin en un curioso y sorprendente rol en compañía de Jesse Eisenberg y Ellen Page, ambos dando la réplica filosófica, poética y metafísica presente en todas las aventuras del director de Annie Hall y Manhattan. Por otro lado, una discreta pero efectista Penélope Cruz en un ya repetitivo papel y un loable Roberto Benigni protagonizando uno de los capítulos más críticos y actuales de la película: aquel que narra la situación de los medios de comunicación a la hora de crear y destruir la fama de los inocentes ciudadanos y transeúntes.
No estamos ante una obra maestra de Woody Allen, ni tan siquiera ante una de sus mejores películas. No obstante, el cineasta ha conseguido volver a encantarse a sí mismo rodando una de sus ya archiconocidas guías turísticas por las capitales europeas. Las risas y carcajadas no faltarán en el visionado de A Roma Con Amor y tendremos más que presente la animadversión que siente Allen hacia todo lo relacionado con el matrimonio y el amor en todas sus vertientes.
Por si fuera poco, y sintiéndonos herederos del mejor Billy Wilder, asistimos al comienzo de la película a un momento que recuerda a aquella maravilla titulada Uno, Dos, Tres, donde un veterano norteamericano dedicado a la industria musical (Allen) discute con un joven apasionado por la izquierda y los sindicatos.
Woody Allen culmina su periplo por Europa con una película que, aunque supera con creces a Conocerás al Hombre de Tus Sueños e incluso a Vicky Cristina Barcelona, queda lejos de las últimas obras maestras que el cineasta ha rodado en Europa. Match Point, Scoop, El Sueño de Casandra y Midnight in Paris permanecen a años luz de esta última película.
A Roma Con Amor posee escenas insuperables con protagonistas insospechados en situaciones inesperadas. También nos encontramos ante una película que provocará grandes carcajadas en la mayor parte del metraje y que cuenta con una banda sonora con temas que se introducen en el imaginario personal italiano con canciones de las que jamás podremos desprendernos.

Crítica El Mundo Es Nuestro; Odios y sevillanía

7,5/10

La financiación a través de los designios de los grandes estudios queda ya como parte de la Historia. El Mundo Es Nuestro demuestra que se pueden rodar grandes películas que laten en la más absoluta actualidad solo con ganas, convicción y un buen guión.
Sin duda, este homenaje a Tarde de Perros, Pulp Fiction y El Precio del Poder merece estar entre las mejores películas de este año. Quizás no por su calidad técnica ni por el método interpretativo utilizado por sus actores. El Mundo Es Nuestro merece estar en lo más alto de este 2012 gracias a la capacidad de su equipo para empatizar con la realidad, triste, de la sociedad actual y convertirla en poco menos de una hora y media de risas y evasión.
Simulando a los Al Pacino y John Cazale, aquellos que entraron a robar en una sucursal bancaria y se convirtieron en un espectáculo mediático, Alfonso Sánchez y Alberto López (más conocidos como el “Culebra” y “er Cabesa”) han conquistado a todo el público que se ha acercado a las salas aprovechando también la coyuntura y amabilidad del precio al que la película estaba disponible.
Una sucursal bancaria donde también tenemos momentos para la más absoluta intriga. ¿Quién no recuerda aquel misterioso maletín de Pulp Fiction que Travolta y Samuel L. Jackson abrían y del que jamás supimos su contenido? En El Mundo Es Nuestro tenemos un homenaje a muchas de las grandes películas del género a las que, con razón, pretende homenajear y emular.
En esta sucursal no tenemos dobles raseros ni medias tintas. La crisis económica y el malestar de la sociedad en general con la clase económica y política se pone sobre la mesa para denunciar los abusos tanto de la élite señorial (muy típica en Andalucía) como de los trabajadores, los patronos por ejercer de dictadores y los obreros por buscar trabajos a escondidas y cobrando peonadas a diestro y siniestro. Funcionarios hartos de su situación, empleados de banca resentidos con su propia empresa, parejas incomprendidas entre sí en busca de un futuro incierto, periodistas valientes y negados, policías corruptos y dos atracadores que rinden cuentas con el más puro estilo sevillano. La cinta no deja títere con cabeza a la hora de denunciar públicamente los excesos de la élite dirigente mal situada en un panorama que no los merece.
Posiblemente fuera de los límites de Sevilla, la película pueda no ser entendida en su totalidad en aspectos como los de las procesiones y sus cambios de itinerarios imposibles. La idiosincrasia sevillana queda de manifiesto en una obra notable financiada con el novedoso crowdfunding, es decir, la donación de fondos particulares por absoluto altruismo. Al igual que Carmina o Revienta, el debut en la dirección del actor Paco León, El Mundo Es Nuestro supone una lección de financiación, genialidad, originalidad y puesta en escena de la que los grandes estudios deberían aprender para acercarse a un público que cada vez está más perdido entre americanadas baratas, folletines de barrio y subidas de impuestos.

Crítica Brave, Pixar regresa con poco fuelle


6,5/10

Pixar, en un intento por emular al clásico Disney en su confección de las historias que atañen a las princesas de cuento, nos trae este año Brave, la que ya califican muchos como la mejor película de animación del año y firme candidata a los grandes premios del próximo año. También es cierto que la competencia frente a Pixar es escasa y encontrar una producción que pueda hacerle frente es algo más que complicado.
El componente feminista que impone la película es lejano al que acompañaba a las antaño exitosas princesas Disney, sujetas al yugo de un hombre igual o menos poderoso que ellas y siempre bajo los designios de su propia cultura. En esta ocasión, Mérida será una de las pocas mujeres Disney a la que veremos caminar olímpicamente por los deseos políticos de sus majestuosos padres desobedeciendo las leyes y tradiciones de su pueblo para finalmente encontrar, no a un hombre con el que hallar el amor, sino a sí misma frente a la adversidad personal y familiar.
Brave gustará a los más pequeños de la sala gracias al ritmo y capacidad de diversión que imponen sus tres responsables, Mark Andrews, Brenda Chapman y Steve Purcell. Sin embargo, los más mayores encontrarán una sugestiva decepción llevada a cabo por los enormes éxitos y cualidades que han caracterizado a Pixar en los últimos años. Las anteriores producciones de la compañía del flexo han sabido cambiar por completo no solo los códigos del cine de animación sino los convencionalismos del cine moderno en base a distintas fuentes pasadas y presentes. En Brave encontramos una curiosa leyenda medieval que aporta mucho menos de lo esperado al imaginario colectivo que conforman la totalidad de las cintas de Pixar.
Pese a que estamos ante una de las películas más llamativas de este 2012, nos queda esperar a que lleguen muchas de las obras llamadas a convertirse en los mejores largometrajes animados de este año, entre otros, la esperada Rompe Ralph, producida por Walt Disney Animation. Brave es una cinta dividida en tres actos con una actitud guerrera e inconformista muy característica de las películas de Pixar. Con una princesa “antiprincesa”, nos conformamos ante una cinta que adolece de continuidad rítmica en el segundo tercio de la cinta.
No obstante, la cinta contiene secuencias realmente imperdibles y momentos que podemos calificar como los mejores del año tanto en animación como en cine en general. Pixar dota a esta película de ciertos aires orientales, véase los fuegos fatuos que tan usualmente marcan el destino a nuestra protagonista. El recuerdo de La princesa Mononoke y de Hayao Miyazaki se respira constantemente en esta última producción de Disney Pixar. Sin embargo, y para no cerrar el círculo de influencias, el cruce entre las actitudes de la naturaleza y la fantasía medieval se encierra también en las ancestrales tradiciones gaélicas así como leyendas populares de la isla de Gran Bretaña, donde encontramos restos de cuentos galeses y escoceses. 
¿Es Brave una de las mejores producciones de Pixar? Posiblemente no. Aunque no dista mucho de la línea que ha marcado el sendero de los grandes éxitos del flexo. Se encuentra lejos de Up, Wall-E o Toy Story. Pero, aun así, sigue demostrando que Pixar llega con fuerza, aunque no tanta como esperábamos en un principio.
Antes de cada sesión de Brave podemos ver un corto emotivo y precioso titulado La Luna, en el que abuelo, padre e hijo acuden a trabajar como cada día en la Luna. La banda sonora de Michael Giacchino y las reminiscencias al mejor Meliés son credenciales fijas para emocionarse con estos 7 minutos que acompañan a la proyección de Brave. El corto fue nominado a los Oscar a Mejor Cortometraje de Animación en la edición de 2011.

Clásicos de autor: Blow Up (Deseo de una mañana de verano) y Michelangelo Antonioni

La realidad. Cada uno de nosotros somos una pequeña parte de ella. Una minúscula partícula que divide la inmensidad. El cineasta italiano, en su novena película, recoge esta idea a la hora de crear una obra tan compleja como interesante que forma una de sus obras maestras más inmortales. Blow Up (Deseo de una mañana de verano) es una parábola sobre el voyeurismo, la superposición de realidades y la combinación de varios puntos de fuga ante una misma (o distintas) realidades.
Con dos papeles protagonistas interpretados por David Hemmings y Vanessa Redgrave, Antonioni se adentra en el interior del ojo humano para identificar la mirada del otro. Una cámara es un artificio ocular que retrata diversas realidades vistas por el fotógrafo protagonista. En una de ellas, a partir de la mitad del metraje, persigue la visión de un asesinato en mitad de un parque mientras ejerce su posición de voyeur al contemplar y retratar a una joven pareja.
Basada libremente en un cuento de Julio Cortázar llamado Las babas del diablo, Michelangelo Antonioni compone una obra a medio camino entre lo conceptual y el cine mod. Pese a las interpretaciones modernistas que surjan de esta obra, Blow Up no podrá calificarse como tal puesto que no identificamos ningún rasgo propio de este movimiento. La posterior Quadrophenia basada en la ópera rock de los The Who o la inclusión de The Kinks o Small Faces serán clave a la hora de entender el movimiento mod.
El personaje de Hemmings no va en scooter ni viste de cuero sino que circula en Rolls Royce, viste encamisado y aparentemente parece vivir bastante bien en los barrios londinenses más alejados de cualquier atisbo de turismo, modernidad o peregrinación. Pese a estar ambientada en Londres, Antonioni se preocupó de no mostrar en ningún momento ni Buckingham Palace, ni la Torre de Londres ni el Big Ben. Sólo vemos bloques de casas humildes, de barrios obreros en una historia compleja que se desarrolla en mitad de una sociedad clásica casi escondida de su amplitud correspondiente de la realidad.
Elipsis, planos secuencia, fragmentación de planos es lo que encontraremos en esta joya de Antonioni que consiguió ganar la Palma de Oro del Festival de Cannes por su arriesgada apuesta. En ningún momento sabemos como se llama el protagonista. La percepción de la realidad es tan amplia que su misma ambigüedad nos impide conocer los detalles más comunes de las relaciones sociales. Antonioni se pregunta si lo que vemos responde a la definición de lo real frente a lo que el ojo contempla. Una cámara fija la realidad y la convierte en imagen. Lo que vemos en ese momento se diluye y se fragmenta en nuevas realidades, aquellas que estudia Hemmings en su habitación mientras contempla decenas de fragmentos aumentados (blow-up en inglés) en busca de un asesino que responda a su percepción de la realidad.
Imperdible también es la secuencia final, una de las más destacadas de la filmografía de Antonioni. Una secuencia en la que la queda demostrado que no somos más que parte de una inmensa realidad de la que no podemos captar ni tan siquiera lo que tenemos alrededor. Tampoco nos llega el raciocinio para entender todo lo que sucede en torno a nosotros. Nos hacemos miles de preguntas a lo largo de nuestra vida pero ¿cuántas de ellas llegamos a responder?

Crítica El Caballero Oscuro: La leyenda renace

7,5/10

Christopher Nolan remata su función sobre el Caballero Oscuro con una película absorbente, enérgica, con fuerza y con un final que sorprenderá a propios y extraños. Aquí no hay peonza que gira pero sí interpretaciones sobre si verdaderamente estamos ante el final de una trilogía o si Nolan se ha quedado con nosotros en el sentido más estricto de la expresión.
Pese a que acudimos a la proyección sabiendo que era imposible superar a su antecesora, El Caballero Oscuro: La leyenda renace es un espectáculo artificioso que prolonga su arranque hasta límites soporíferos y que contiene interpretaciones para todos los ejemplos de interpretación.
Batman ya no quiere ser Batman. O Christopher Nolan quiere desentendernos de la imagen que une a Bruce Wayne con su alter ego. En 165 minutos de metraje el Caballero Oscuro hace unas apariciones mucho más escasas pero no desprovistas de toda la energía que se le debe imprimir a un superhéroe de esta categoría. Echamos de menos al superhéroe entre tanta palabrería. El problema reside cuando le pedimos a ese ídolo de oro apellidado Nolan que siga actuando de mesías. El ritmo adolece en ciertas partes de la trama y los personajes secundarios están algo más que desaprovechados. Michael Caine, Morgan Freeman, Marion Cotillard o Matthew Modine se contraponen a los notables papeles de Gary Oldman, Christian Bale e incluso Anne Hathaway, quien consigue salvar su papel de Catwoman aunque sin llegar a la euforia.
Emular a Joker en cualidades de maldad es algo impensable. Tom Hardy tenía la ardua tarea de intentar mitigar el efecto Heath Ledger en esta tercera entrega. Pese a que se desenvuelve bien y consigue crear una némesis perfecta para luchar contra los poderes físicos de Batman no llega a lograr la ansiada dualidad psíquica que hicieron que Ledger y su Joker se convirtieran en el mejor villano de la primera década del presente milenio. Hardy impone la dureza imprescindible a su personaje aunque se encuentre torturado y castigado por un farragoso doblaje en castellano que tenemos que condenar enérgicamente. Algo más que positivo es encontrar una banda sonora espectacular y omnipotente compuesta por el siempre eficaz Hans Zimmer, el paradigma de compositor que entiende los nuevos tiempos que corren en la industria musical del cine.
Otro aspecto a tener en cuenta a la hora de analizar El Caballero Oscuro: La leyenda renace es el claro mensaje revolucionario que desprende la toma de Gotham por parte de Bane. En un claro ejercicio de Nolan por adaptar al héroe a la más fiera actualidad, escucharemos frases a lo largo de la película que incitan a la lucha de clases e incluso a la toma de la Bolsa de Nueva York. Wall Street ejemplifica en la película lo peor del ser humano en su relación con el dinero, algo que también contraponen Selina Kyle y el propio Bruce Wayne en un interesante momento del metraje. Batman es un héroe de cómic pero nunca estará ajeno a la sociedad que lo mantiene con vida. Y en esta redención llevada a cabo por Christopher Nolan, en mitad de una sucesión de disparos y explosiones, se encuentran mensajes que abogan por juzgar a los adinerados en una especie de resurrección de un Robin Hood moderno.
El Caballero Oscuro: La leyenda renace otorga un final ambicioso y engañoso a una supuesta trilogía que terminaría en esta película. Quién sabe si esta maniobra del director respondía a una de las mayores inocentadas de la Historia del Cine o si la continuación de la película se encuentra en la imaginación de los millones de personas que han elevado este desenlace a las puertas doradas del cine de superhéroes. Posiblemente, Nolan revolucionase el cine de superhéroes con El Caballero Oscuro aunque las páginas del libro de Bruce Wayne terminan de escribirse en cuanto contemplamos el final de esta ambiciosa cinta. 
O no. Siempre habremos de recordar que un héroe no tiene por qué llevar una máscara.

Clásicos de Autor; John Ford y su Misión de Audaces

Lo siento por La diligencia, Centauros del desierto o El hombre que mató a Liberty Valance. Considero Misión de audaces como una de las grandes películas del género de manera incontestable. Aquí no hay indios ni vaqueros. Sólo la inmensidad de los Estados Unidos, llevados al éxtasis del entretenimiento en un recorrido por la Guerra Civil americana.
Capitaneados por John Ford y dirigido por John Wayne y William Holden, este escuadrón de caballería del ejército de la Unión representa una de las tramas que siempre quise ver de niño cuando me decían que las películas del Oeste eran una maravilla. El derroche de talento y carisma que desbordan en la pantalla dos genios como Wayne y Holden es suficiente motivo para elevar a categoría de masterpiece esta genialidad del maestro Ford.
En una época en la que Estados Unidos estaba rasgada en dos, John Ford pone en su punto de mira una historia sobre un escuadrón de caballería cuyo coronel va a hacer cruzar hasta llegar a la boca del lobo, Baton Rouge, en poder del ejército de los Confederados. El Sur contra el Norte. Y en ese clima de crispación, Ford crea una obra llena de energía, desbordante de escenas antológicas y un ritmo endiabladamente entretenido.
John Wayne interpreta, con su habitual maestría en estos papeles, al férreo coronel de la Unión a quien ni una bala puede detener en su empeño de acabar con cuanto soldado confederado se le ponga por el camino. Acompañándolo está el siempre inimitable William Holden, interpretando a un médico militar que pronto hará chocar sus humanizadas ideas con el salvajismo patriótico de su coronel. Y por la trama circula una mujer que hará temblar los cimientos del escuadrón por su tendencia a simpatizar con los muchachos del Sur.
Un guión estruendoso en esplendor de un género que enamoró a generaciones de personas que disfrutaron con las magníficas aventuras que John Wayne y John Ford nos regalaron. La intensidad de todas las interpretaciones sumada al frenético ritmo de la trama son motivos suficientes para detenerse ante esta producción que en la época fue despreciada por la crítica por ensalzamiento de la guerra cuando lo cierto es que se desprende un asco y una repulsión por todo lo que tiene que ver con lo bélico.
Si desea pasar dos horas entretenidas con el mejor cine del western, no debe perderse esta obra maestra que merece la pena rescatar como una de las mejores piezas del género. Con dos actores inolvidables que conocen al dedillo cómo desenvolverse en cualquier papel y que harán que la función sea totalmente deseable e incluso repetible.

Crítica El dictador; El "humor" de Sacha Baron Cohen

5/10

Tras Borat y Brüno, Sacha Baron Cohen vuelve a la comedia satírica para reírse en la cara de todo aquel dictador que aún siga pululando por el mundo acosando a su población y a medio mundo con amenazas que rondan la violación de los derechos humanos y las armas nucleares. El dictador Aladeen es la tercera cara de una trilogía dirigida por Larry Charles en la que el actor da rienda suelta a su capacidad de burla hacia los miedos de la sociedad. Acompañado de actores secundarios dispuestos a reirse de sí mismos al aparecer en esta película con los rostros de Megan Fox, Ben Kingsley o John C. Reilly, Sacha Baron Cohen dibuja una película que cumple con su objetivo principal: causar la risa en el espectador con chistes sobre el 11-S, el SIDA o hacer un símil entre un artefacto nuclear de destrucción masiva y un consolador. Con gracietas de este estilo, Baron Cohen disfruta como un niño sabiendo que tiene la complicidad del espectador que acude a ver la película sabiendo que no dejará títere sin cabeza en algo tan controvertido como la política internacional.
Sin embargo, y a pesar del loable intento del actor de realizar una parodia de la complicada situación política, bélica y económica mundial, tenemos un guión que roza el absurdo con situaciones realmente espantosas. Larry Charles no guarda el ritmo debido a las secuencias cortando o alargando en el metraje escenas sin importancia y contraponiéndolas a los importantes mensajes de la película. Por si fuera poco, algunos chistes, dentro de los objetivos de la película, resultan de muy mal gusto aunque no debemos olvidar que la indignación es precisamente lo que busca el actor protagonista, capaz de lo mejor y de lo peor en sus interpretaciones.
El dictador no es una cinta que quedará en el imaginario colectivo como una feroz crítica al star-system político actual donde los ministros, embajadores y diplomáticos son personajes de alguna mala obra de teatro y que tienen sus peleas de patio de colegio sin pensar que sus actos repercuten en la vida, educación y calidad de vida de millones de personas. El dictador ahonda, sin manifestarlo expresamente, en los retratos de sátrapas como Saddam Hussein o Gadafi, dictadores totalitarios que sometían al pueblo y que odiaban profundamente la palabra “democracia”. Sacha Baron Cohen conoce a la perfección todos los movimientos que se realizan en aquellas dictaduras y tiene la suficiente desvergüenza para dedicar la película a la memoria del fallecido Kim Jong Il, dictador coreano con el que nos llevamos el primer golpe de efecto. Por contra, resulta bastante irrisorio ver la autoparodia de Megan Fox o la vejez de un Ben Kingsley que se da un homenaje cómico alejado de los papeles a los que nos tiene acostumbrados. No faltarán los chistes machistas, contra Justin Bieber, Harry Potter o xenófobos. ¿Qué nos tendrá preparado Sacha Baron Cohen para su próxima sátira cinematográfica?

Películas para dos vidas; Ninotchka

Las líneas de diálogo de Ninotchka poseen las mejores virtudes del trabajo en la máquina de escribir de dos portentos. Billy Wilder y Charles Brackett trabajaron codo con codo para hacer artífice aquello que calificaban como “el toque Lubitsch”. El cineasta alemán Ernst Lubitsch conocía los entresijos del humor para condensar todo el comportamiento humano en un solo plano. Wilder y Brackett cuestionaban en numerosas ocasiones muchas de las situaciones de sus guiones y siempre se acababan preguntando: “¿Cómo lo haría Lubitsch?
La dirección ejemplar del cineasta germano, sumada al enorme talento de sus dos guionistas y la primera película en la que vemos a aquella gran dama de la pantalla llamada Greta Garbo esbozar su primera sonrisa son motivos suficientes para detenerse en el visionado de Ninotchka, una de las comedias mejor valoradas por generaciones de cinéfilos a lo largo de la Historia del Cine.
El capitalismo a través de los ojos de tres genios. Lubitsch, Wilder y Brackett contraponen la forma de vida de la Unión Soviética, férrea y con creencia en el porvenir justo del obrero, frente al sistema capitalista hundido en mitad de la capital francesa, París. Allí iremos contemplando como los hoteles de lujo y los restaurantes caros son algo más que habitual. Por si fuera poco, el desencadenante de la trama es una venta de joyas a cargo de tres camaradas curtidos en lo más profundo del sovietismo y que se ven embaucados por el brillo y el valor de aquellos diamantes.
La actriz sueca Greta Garbo siempre fue considerada como un férreo rostro que jamás supo lo que era reírse hasta que Ninotchka escribió páginas y páginas sobre la inolvidable secuencia en el restaurante en el que Melvyn Douglas, tras no muchos intentos, consigue hacer que la Garbo suelte una de las carcajadas más sonoras y esperadas de toda la Historia del Cine. Precisamente es el personaje de Douglas el que inspira un cambio de raciocinio en la bolchevique mente de la agente comunista, dividiendo la película en tres actos claramente diferenciados. La publicidad de la película durante su estreno se llenó de la frase "¡Garbo ríe!" celebrando que, por fín, la actriz sueca rompía su pétreo rostro.
El primero de esos actos se inspira en la más absoluta comedia. Tres camaradas rusos y catorce joyas propiedad de una rica condesa. El conflicto está servido cuando llega para mediar la estricta Garbo y se encuentra con un panorama totalmente diferente al que está acostumbrada en su Moscú de referencia. Inolvidable la secuencia de la estación de tren o aquella en la que la actriz sueca coloca una fotografía de Lenin en mitad de la suite más lujosa del hotel más caro de todo París. Un segundo acto donde la comedia desaparece y sobreviene el romanticismo. La carcajada de Greta Garbo diferencia una parte de otra mientras asistimos a la reconversión de la agente comunista en un acto de mimetización ejemplar orquestado por el buen hacer de Lubitsch detrás de la cámara y las palabras escritas por Wilder y Brackett. Finalmente, y coincidiendo con el final de la película, encontramos un desenlace lleno de tristeza al que no haremos referencia alguna por evitar deseos de contar más allá de la trama ya que lo que pretendemos es acercar este clásico al gran público.
Ninotchka es una película inolvidable que demuestra que el cine clásico es la fuente de referencia de la sociedad moderna. Las líneas de Wilder, la dirección de Lubitsch o las interpretaciones de Garbo y Douglas son alicientes más que suficientes para seguir explorando en la maravillosa trayectoria del Séptimo Arte.

Fallece Ernest Borgnine, la excelencia del actor de reparto

En la Historia del Cine hay varios nombres que brillan con luz propia entre el mercado de actores secundarios que los productores y directores consideraban para sus películas. Ernest Borgnine acompañó siempre a los mejores de su generación y, en ocasiones, adelantaba su posición para merendarse a los actores principales de cualquier película en la que participase. El gran Borgnine falleció ayer a los 95 años víctima de un fallo renal en Los Ángeles rodeado de toda su familia. La importancia que hoy se le da al actor secundario o de reparto viene concedida por una legión de nombres que, sin interferir en la labor principal de su compañero de turno, supieron adaptarse a las necesidades de su guión, pronunciar no más frases de las necesarias y convertirse en leyendas o mitos del Séptimo Arte. Es el caso de Karl Malden, Edward G. Robinson, Anthony Quinn o el eterno Ernest Borgnine.
Marty fue la película que terminó por consagrarlo, no entre los cinéfilos y espectadores, sino entre los miembros de la Academia de Hollywood. Su primera nominación obtuvo el mayor premio del año en una ceremonia en la que se enfrentó a Frank Sinatra, James Dean, Spencer Tracy y el gran James Cagney. El debut en el cine del director Delbert Mann consagró como estrella principal a Borgnine. Por si fuera poco, Marty también fue la primera película norteamericana en llevarse la Palma de Oro en el Festival de Cannes, allá por 1956.
Con raíces italianas, al actor siempre le gustó volver a tierras transalpinas para rodar producciones menores pero con mucha carga sentimental para él. Barrabás, Venganza siciliana o El juicio universal son algunos ejemplos de su amor por Italia. Sin embargo, y pese a la gran cantidad de películas que rodó, siempre le recordaremos por su participación en las ya legendarias Doce del patíbulo, De aquí a la eternidad, Grupo salvaje, Los vikingos, El vuelo del fénix, Jesús de Nazaret o La aventura del Poseidón. En todas ellas actuó de secundario y su nombre brilló con luz propia incluso por encima de la del resto del reparto e incluso el equipo técnico. Da igual que trabajara con Lee Marvin, Burt Lancaster, James Stewart o William Holden. Ernest Borgnine siempre destacaba. Uno de los hechos más recordados de los últimos años de vida de Borgnine es su viaje en autobús por toda Norteamérica reuniéndose con sus fans. Lo hizo en dos ocasiones y de una de ellas salió su autobiografía, Ernie. Su presencia no solo fue cinematográfica sino también televisiva. Y es que apareció en la serie Urgencias, siendo nominado a su tercer Emmy, varios episodios de Bob Esponja y Todos los perros van al cielo como doblador. También tuvo su mítica aparición en un capítulo de Los Simpsons. Su última aparición en la gran pantalla fue en Red, cinta que lo reunió con Bruce Willis, Helen Mirren, John Malkovich y Morgan Freeman en el que terminaría siendo su epitafio cinematográfico.
La vida de Ernest Borgnine se apagó ayer en Los Ángeles a los 95 años dejando una estela de grandes películas en las que participó, protagonizó y se forjó una leyenda. No queremos empezar el día de hoy sin recordar a uno de los mejores actores de reparto que jamás ha pasado por la gran pantalla. Ernest Borgnine forma parte de una generación de nombres que poco a poco nos va dejando. El Hollywood dorado se marcha. Descansa en paz, Ernie.

Crítica Carmina o revienta; La naturalidad de la familia León

7/10

Un hijo reúne a una madre y a su hermana y las coloca delante de una cámara para que se muestren tal y como son. La realidad se rinde ante Paco León y su familia en este cruce entre comedia y drama en el que su propia madre, Carmina Barrios, ejerce una situación de monopolio en una pantalla que se le hace pequeña conforme avanza el metraje. Carmina o revienta es la síntesis de toda una vida dedicada a su familia. Y Paco León lo sabía. Se encontró con una madre con un talento delante de la cámara tan inesperado como derrochador. Una madre que es capaz de sacar su negocio adelante amenazando hasta al cobrador del frac o fingiendo un accidente absolutamente inverosímil. Sin embargo, Carmina Barrios tiene duende, tiene arte para expresar cada palabra que sale de su boca y convertirlo en la mejor de las realidades. Situaciones que pueden parecer estrambóticas son las que se suceden continuamente en Carmina o revienta incluyendo a esa buena amiga de la protagonista, una amiga que siempre presumirá de conocer a gente más importante de la que tú conoces.
El equilibrio que León encuentra en esta película entre ficción o realidad se encuentra a medio camino entre lo que queramos creer y lo que consideremos como juego entre espectador y guionista. Un buen ejemplo de ello es la frase final, reflexiva y curiosa al mismo tiempo que sacamos nuestras propias conclusiones tras conocer el desenlace final de este falso documental escrito y dirigido por Paco León en su debut en la dirección.
El director y guionista provoca la risa, sobre todo en aquel que conozca desde dentro lo que está sucediendo y cada palabra que se está pronunciando, en este documental sobre su familia protagonizado por su familia. Por otro lado, ver como la inconmensurable María León, se cambia el delantal que tantos éxitos le dio en La voz dormida por los zarzillos, una voz poligonera y salir airosa del experimento la encumbran a lo más alto del potencial interpretativo del panorama cinematográfico español.
La enorme interpretación de Carmina Barrios es el punto clave de una película que, sin faltar a la verdad, decae en su ritmo a medida que se va acercando el final. Paco León nos mete en una ceremonia familiar donde lo único interesante es ver a su hermana María levantando la voz por flamenco antes del esperado desenlace. El rodaje en formato pseudo-documental excusa la gran cantidad, por otro lado y en ocasiones algo molesta, de primeros planos que acortan la profundidad del espacio. Carmina o revienta es, por tanto, una sesión de psicoanálisis a la sevillana en el diván de Paco León. Las luchas entre Triana y la Macarena, lugares emblemáticos de compra de embutidos, algún que otro coche vetusto y la presencia de una Carmina Barrios que hace las veces de madre, fumadora, empresaria y hasta mafiosa son ejes centrales de la trama. La comedia se mezcla con la realidad en cada plano y la ficción se diluye a cada minuto que pasa. Llega un momento en que es imposible justificar ambas partes y nos dejamos llevar por el discurso marcado por Paco León, quien conoce a la perfección las técnicas para sorprender al público.
Con Carmina o revienta, el actor y ahora director, ha establecido un sistema revolucionario de distribución y exhibición de la película jamás visto en el cine español. Y es que, a partir de hoy, día 5 de julio, podremos ver la cinta tanto en Internet como en DVD o en las salas de cine a partir del 6 de julio.

Crítica Ice Age 4; Las moralejas del 3D

6,8/10

La familia que lucha junta permanece junta. Sin duda es la moraleja que se desprende del estreno de Ice Age 4: La formación de los continentes. Dirigida por uno de los responsables de la tercera entrega, la cuarta película de la saga representa uno de los mayores entretenimientos del año destinados al público infantil. Todos los personajes, ya míticos de las tres entregas anteriores, de nuevo muestran todas sus armas en esta cinta que recupera el espíritu de diversión que han hecho de la franquicia uno de los éxitos más destacados de los últimos diez años. La primera película ya fue nominada a los Oscar a la Mejor Película de Animación y ha sido considerada como una de las aventuras, ajenas a los consabidos éxitos de Pixar o DreamWorks.
En esta cinta veremos como Scrat encuentra su Atlántida en un éxtasis bellotero jamás visto anteriormente. Ice Age 4 está repleta de situaciones divertidas propias para la diversión infantil más auténtica gracias al cataclismo que provoca tan divertido animalito en la eterna persecución de su escurridizo fruto. También veremos como el enorme Manny da veracidad a la moraleja inicial manteniendo a su familia a salvo de las fauces de un villano que recuerda en demasía al Davy Jones de la exitosa saga de Piratas del Caribe.
Por si fuera poco, Sid vuelve con todas sus fuerzas y en esta película trae a su Abuela Gruñona para dotar a ciertas partes del guión de una profunda complicidad con el espectador gracias a situaciones de humor cotidiano transformadas en animaladas. Ice Age 4 profundiza en el sentimiento de la amistad, visto en sus entregas anteriores, y trae a colación la unión familiar como excusa para construir una trama que ahonda en las diferentes situaciones que se dan en la adolescencia como en la edad adulta. Sin embargo, y como contrapunto, la película parece ofrecer un mensaje muy alejado de las producciones recientes tales como Lorax o Los Muppets en los que, según pregonan algunas voces, se vierten contenidos cercanos al izquierdismo político en consonancia con la lucha ante el empresario opresor o el capitalismo. Aquí, se vuelve a recalcar la idea de la familia como punto de partida para comenzar la trama. Recordemos que estas teorías siempre están al servicio de aquellos que buscan más allá de lo que se contempla en la gran pantalla.
El que aparece mucho más desaparecido es Diego, quien parece ser la mera compañía de la trama sin aportar más allá de la nota de amor que siempre tiene que aparecer en la película. El argumento es plano y navega entre un Jasón con sus Argonautas o un épico Ulises volviendo a su ansiada Ítaca al lado de su Penélope. Bien es cierto que el argumento de Ice Age 4 puede pecar de ya visto o redundante aunque también resulta adictivo y reconciliador ante aquellos que odien o aborrezcan el formato de las tres dimensiones. El uso del 3D resulta más que agradable dotando de una belleza animada a los paisajes que aparecen detrás de los personajes aumentando la realidad de la acción. Esto parece definitorio y novedoso aunque para alguien que deteste este formato le resultará digno de agradecimiento. Fox ha preparado, también para su exhibición en salas, un cortometraje que sirve de prólogo a la película sobre una lucha que mantiene Maggie Simpson en una guardería para salvar a una mariposa. Este corto parece no premonizar una nueva película de la familia más amarilla de los Estados Unidos ya que la productora no tiene todavía noticias de que Matt Groening y cía. estén interesados en dotar de secuela a su predecesora. Ojo también al detalle, sin venir a cuento, en el que se suelta una perla en relación con el supuesto fin y solución a las descargas ilegales. Algo que, cuanto menos, resulta algo patético en medio del metraje.
Por tanto, aquel que decida elegir entre las opciones de la cartelera Ice Age 4 debe saber que no verá una profunda película con elementos renovadores del cine de animación actual sino un entretenimiento infantil con altas dosis de adrenalina que harán las delicias de cuantas familias quieran disfrutar de una aventura amenizada, con personajes simpáticos y un sinfín de situaciones peligrosamente divertidas.

Crítica Red State; Sectarismo religioso a lo Kevin Smith

6,8/10

Kevin Smith es uno de esos cineastas que reinventaron el concepto de cine independiente en Estados Unidos en el momento en que estrenó su aclamada Clerks. Partiendo de un presupuesto inferior a lo conocido y con un formato pseudo doméstico, Smith se hizo un hueco en el panorama del cine de culto. Red State se aleja de todo lo que el director ha realizado hasta el momento y quizá ahí radique lo interesante de esta sangrienta película.
Tomando como ejemplo el caso real del líder extremista religioso Fred Phelps, Kevin Smith nos traslada hacia cuatro paredes en las que obtendremos el agobio y la repulsión como punto de partida a una cinta galardonada en el pasado Festival de Sitges. Repulsión hacia los grupos extremistas que asesinan, torturan y embaucan a miles de personas en todo el mundo prometiéndoles todo tipo de perdones y salvaciones. Habrá cientos de religiones y opciones políticas en este mundo pero Smith arremete contra las que promocionan la violencia y la xenofobia gratuita en un país tan cuarteado como es Estados Unidos.
Red State peca de ser excesivamente interesante. Desde la interpretación de su actor protagonista, Michael Parks, galardonado en Sitges e inolvidable Earl McGraw para los amantes del cine de Tarantino. Basándose en la figura del sangriento Phelps, el actor recrea a los líderes de estas sectas que lavan el cerebro de manera irremediable defendiendo con su sangre, e incluso la vida de sus hijos, unas creencias muy indeterminadas.
Mención aparte merece la interpretación de Melissa Leo, una de las mejores actrices del panorama norteamericano contemporáneo. Una de las mayores virtudes de Kevin Smith es la de sacar el mejor partido a sus actores en los terrenos más inexplorados por él como cineasta. En Red State se aleja de la comedia para introducirnos de lleno en la violencia, el racismo y la intolerancia de los grupos extremistas. Pero, pese a lo interesante del planteamiento, Smith se pierde en ocasiones en la irreverencia que le supone llamarse Kevin Smith y haber rodado productos de muy baja calidad. Su sello queda impregnado en una película que lo desmerece. Red State, en las manos de otro director, podría haber sido un melodrama de proporciones épicas y no una película con un sanguinario final, demasiado para su condición de denuncia.
Kevin Smith inaugura su filmografía seria con un thriller de corte psicológico que en ocasiones llega a helar la sangre al contemplar atrocidades que resultan más auténticas y reales de lo que podemos imaginar. El monólogo sobre la certeza de la religión que libera Michael Parks es una lección de asfixia al espectador imaginando caer en las redes de los grupos sectarios religiosos que existen a lo largo y ancho de tan infinito mundo.
Red State es una cinta que merece la pena ver, quizás una de las más interesantes del año por lo que a temática y realidad se refiere. Sin embargo, habrán de disculpar a Kevin Smith y su obsesión por fantasear demasiado cuando crucen la última frontera de la película, aquella que muestra un desenlace desmerecedor de una película que podría haber callado muchas bocas.

Crítica Los Vengadores; Mucho ruido y pocas nueces

6/10

Los Vengadores constituyen un ejercicio fabricado por y para fans del universo Marvel. Es por eso que las notas numéricas de un producto tan discutible como el que contemplamos estén tan infladas en diversos sitios de la red. Joss Whedon ha realizado una película para uso y disfrute exclusivo de las legiones de amantes de los superhéroes de la factoría ya mencionada.
Desde el punto de vista del que redacta esta reseña, no se trata de una película de escasa o nula calidad en absoluto sino que, simplemente, no siente el aprecio necesario para que las acciones que llevan a cabo los diferentes roles de la cinta surtan efecto y simpatía como amante del cine. Eso sin contar el aberrante uso del 3D en secuencias fabricadas específicamente para tal fin como lo son todas aquellas películas previamente diseñadas para rascar los bolsillos más descosidos.
Los Vengadores es, a pesar de lo coral de su reparto, una película para disfrute y lucimiento (una vez más) del gran Robert Downey Jr. Su presencia en la pantalla inunda y devora a sus demás compañeros con un solo levantar de pestañas. El carisma que desprende su personaje unido al que despierta su propio rostro le hacen no necesitar nada más para llevarse los aplausos y las risas del público. Si hemos de ponernos exigentes, notamos que al rol de Downey Jr. se unen el de Chris Evans y Mark Ruffalo como puntos interesantes de la película en cuanto a captación psicológica de su condición de superhéroes. Iron Man, el Capitán América y Hulk se bastan ellos solos para sostener el peso de la guerra alienígena que se les viene encima en la eterna secuencia final. Ni Scarlett Johansson, ni Chris Hemsworth, tampoco Jeremy Renner o el veterano Samuel L. Jackson consiguen funcionar individualmente dentro del grupo sino que parecen estar pidiendo a gritos una película para ellos solos, en el caso de Thor, las ganas de que llegue su secuela.
A Los Vengadores no hay quien les niegue su presencia en los premios técnicos de la próxima temporada de galardones. A fecha de hoy, vaticinamos por lo menos los Oscars a Efectos Visuales, Efectos de Sonido y Montaje de Sonido. La espectacularidad de sus escenas es sobrecogedora y eso no se lo arrebata nadie. Sin embargo, cuando el espectáculo devora al guión hay un problema. Y Los Vengadores adolece de falta de trama. Por no hablar de un villano que, desde que apareció en Thor, se ha ganado la antipatía del que escribe por sobreactuado.
La historia del origen de Los Vengadores es lo suficientemente interesante como para mostrar algo de respeto por aquel escuadrón de superhéroes que consiguió hacerle frente a la Liga de la Justicia de DC Comics, liderada por los héroes de la competencia, Batman y Superman. Sin embargo, nos remitimos al background que nos proporciona haber visto las distintas aventuras de Thor, Hulk, Capitán América o Iron Man para no perdernos en una trama reconducida hacia estos propios personajes.
Los Vengadores resulta interesante como espectáculo visual y sonoro. Su artificio embauca de principio a fin. Sin embargo, la dosis de adrenalina que se descarga a partir del tercer cuarto de hora debió ser dosificada para no cansar al espectador más exigente con la obra original. Primer y segundo acto deberían haber estado alternados para presentar algo más la psicología de todos los personajes y no abandonar los momentos más llamativos de la película en un Robert Downey Jr. que sabe aprovecharse bien de estas situaciones.
Con ojo crítico, y desde el punto de vista de este redactor, Los Vengadores posee una gran cantidad de aspectos muy mejorables y otros tantos excesivamente virtuosos, tales como una impactante fotografía y una banda sonora que roza la más absoluta épica.

Crítica Project X; la Risky Business a lo bestia

5,5/10

La sociedad cambia a medida que avanza la peligrosa combinación que ofrecen las distintas formas de diversión que abundan entre adolescentes cada vez más precoces y la posibilidad que tienen de acceder a todo tipo de redes sociales a través de sus teléfonos móviles. Es lo que ocurre en Project X, una película que ahonda en la extrema capacidad de diversión de los menores de 18 años en Estados Unidos. Sorprende el éxito de taquilla que una película aparentemente intrascendente como puede ser Project X ha cosechado tras su estreno. Y es que la cinta dirigida por Nima Nourizadeh no ahonda en el perfil psicológico de los jóvenes que organizan estas macrofiestas sin el consentimiento paterno y abandonan su condición de seres humanos por cada hectolitro de alcohol que entra por sus venas sino que retrata cualquiera de las fiestas organizadas por los jóvenes norteamericanos elevada a su máxima expresión.
Al final de la película contemplamos un apocalipsis etílico que, aunque pueda rozar los límites del surrealismo, es más real de lo que parece. Los jóvenes ya no se divierten organizando partidos de fútbol ni yendo a comer hamburguesas mientras discuten sobre el instituto, las chicas o los videojuegos y películas que tienen en casa. La mayor parte de los adolescentes, sobre todo en Estados Unidos, están más preocupados por teclear en su móvil todo tipo de bárbaras ocurrencias y averiguar en qué momento perderán la virginidad y con cuántas chicas.
Es lo que se desprende del comportamiento de estos centenares de adolescentes que se reúnen en casa de un pobre diablo que cumple 17 años y que desconoce el número de escobas y fregonas que necesitará para recoger el desastre que sus amigos le han organizado. Project X analiza el descontrol que existe entre los menores de edad que, en ocasiones, roza lo peligroso. Facebook y Twitter se han convertido en herramientas básicas para la diversión de los jóvenes norteamericanos, y de medio mundo, fomentando la comunicación instantánea y la organización de macroeventos de todo tipo en cuestión de segundos.
En la película, rodada con un estilo documental, se deja de lado las verdaderas inquietudes de los jóvenes antes de pegarse al cuello de la botella. Sin embargo, resulta interesante de ver por el simple hecho de contemplar en qué desemboca todo lo que estamos viendo aún sabiendo que, al salir de la sala de cine, no recordaremos absolutamente nada. Project X es una película rodada para el público adolescente, el cual suele llenar los cines si la ocasión lo merece. Sin embargo, para un amante del cine le parecerá más que intrascendente e incluso aberrante. Y es que tener detrás al director de Resacón en Las Vegas como productor, Todd Phillips, no ayuda demasiado a evadirse del género. Project X es la Risky Business del siglo XXI. Sus protagonistas son la versión bizarra de aquel Tom Cruise que bailaba en calzoncillos con una escoba. Eso ya no se lleva. Los hastags del futuro mandan ponerse hasta arriba de todo lo que se encuentre y realizar bromas pesadas que resultan cargantes y hasta odiosas. Y es lo que analizan películas como la que nos ocupa o sus referencias más allá de la cinta de Cruise tales como Supersalidos o Aquellas Juergas Universitarias.
Si analizamos fríamente Project X el resultado no es ni una comedia ni un drama. Es una película de desprende un miedo atroz sobre las terribles consecuencias que tienen las costumbres de los adolescentes de nuestros días. Aún sin saber de qué tienen que evadirse, utilizan el alcohol y las fiestas épicas para demostrar su valía de cara a una sociedad que parece marginar al más débil. Parece que en Estados Unidos si no organizas la fiesta más legendaria jamás conocida, nunca llegarás a conseguir el respeto que necesita tu ego para seguir sobreviviendo. Pero, ¿de qué huyen los jóvenes en realidad? Es lo que Project X abandona a favor de una jungla doméstica de costosas consecuencias.

Series de Televisión: Black Mirror

8/10
Los grandes acontecimientos que marcan la historia de la humanidad no son valorados en su justa medida hasta que el tiempo termina por desvelar su auténtica trascendencia. La extensión masiva de las nuevas herramientas tecnológicas de interaccion social es un fenómeno en constante reconfiguración al que hoy día resulta imposible definir de forma certera pues sus tendencias son inescrutables y sus manifestaciones totalmente novedosas, inexploradas. No existe un manual de uso ni una hoja de ruta que nos permita afrontar los retos que día tras días nos presenta la sociedad en red, se nos escapa a un control lógico y racional, se desborda por la inexistencia de fronteras y por la globalidad de una comunicación compulsiva. Ese el panorama que nos presenta Charlie Brooker en Black Mirror, una miniserie británica compuesta por tres episodios autoconclusivos tejidos en torno a la omnipotencia de la tecnología en el mundo actual y los efectos absolutamente demoledores que puede desencadenar en nuestra propia percepción de la realidad.
The National Anthem (el primero de los episodios) arranca con una llamada de teléfono en mitad de la noche; han secuestrado a la princesa; el Primer Ministro es quien responde. Los raptores han colgado un video en Youtube en el que aparece la princesa maniatada y en un estado de nerviosismo crítico explicando los insólitos pasos que se debería seguir para su rescate. El estado es incapaz de controlar la difusión del video, se reproduce a una velocidad vertiginosa, como una hidra con innumerables cabezas que no dejan de brotar a pesar de los intentos por cercenarlas. En apenas unas horas, todo el país, todo el mundo, conoce las peticiciones de los terroristas; el Primer Ministro deberá mantener relaciones sexuales con un cerdo delante de una camara de televisión, en directo y retransmitido para todo el mundo. Si no cumple con esta particular exigencia, la princesa morirá.
Podemos imaginar el rostro de escepticismo de los productores televisivos a los que Brooker presentó la idea. No sólo se trata de una historia arriesgada y políticamente incorrecta, sino de una fábula tan inmoral como veraz en los tiempos de morbosidad histérica que vivimos, de una descabellada premisa que, no obstante, no se encuentra demasiado alejada de una realidad en la que aún está todo por escribir; un territorio virgen, tal y como asevera la asesora del Primer Ministro. Un nuevo panorama en el que los viejos cimientos de las estructuras de poder se resquebrajan bajo el peso de la información como herramienta suprema de influencia política. Una información que además resulta imposible de controlar, que se filtra entre los resquicios de los ingentes flujos de contenidos que atraviesan la Red.
Puede que The National Anthen sea lo más transgresor que este crítico haya visto jamás en televisión. Las sensaciones que suscita al espectador están cargadas de una obscenidad moral que revuelve las tripas, que hace vacilar nuestros propios patrones de integridad, que nos sumerge en un estado de catalepsia impúdica difícil de digerir, pues no es sólo ficción, nos muestra una hipótesis verosímil de hasta donde podemos llegar como sociedad, de cuan débiles pueden ser los principios éticos sobre los que se sustenta nuestra civilización. Al fin y al cabo, quién sería capaz de apartar la mirada del televisor, quién primaria su propia rectitud al espectáculo incalificable compartido entre el morbo y la repulsión por buena parte de la humanidad. Brooker nos convierte en la diana pasiva de su particular órdago postmoderno (o quizás hiperpostmoderno) haciéndonos reflexionar acerca de nuestra propia percepción mediatizada de la realidad y el rol desempeñado como espectadores y ávidos consumidores de información en la magnificación de todos los acontecimientos amorales que acaecen en el mundo.
Las personas que deciden cometer actos dañinos ya no se contentan con ejercer violencia sobre el otro, sino que persiguen el ridículo público, que todos puedan contemplar los niveles de indignidad a los que puede llegar la víctima. Se trata de un nuevo fenómeno. El secuestrador de la princesa no quería dinero, ni poder, tan sólo que todos viesen al Primer Ministro en la posición más deshonrosa posible. El episodio, en sus apenas cuarenta minutos de metraje, se centra en el breve lapso de tiempo que transcurre entre la publicación del video y la hora límite para cumplir sus exigencias. Y además lo hace con una admirable eficacia, sin grandes efectismos dramáticos o recursos típicos del thriller; simplemente plantea el asunto y lo desarrolla sin ambages, con una abrumadora sencillez que golpea con dureza una y otra vez al espectador hasta un final resuelto de forma rápida y aséptica aunque no por ello menos cruel.
Aún intento recobrar el aliento...