[Crítica] Todos están muertos

Elena Anaya vuelve a la pantalla, algo que siempre se debe agradecer, para recrear a una vieja gloria de la Movida madrileña. Aquella época donde la música definía la contracultura y todo lo que respirase nuevos aires alternativos a la realidad de la juventud en los años 70 y 80. Beatriz Sanchís dibuja en Todos están muertos, la caída de una diosa de aquel Olimpo, aquejada de una agorafobia destructiva y traumatizada por la muerte de su hermano. 
Pese a lo interesante de la propuesta, Todos están muertos no termina de dar con la tecla para tocar una fibra a aquellos irredentos que vivieron lo mejor de la diversión madrileña en tan agitada época ni los que llegamos tarde a sus letras, sentidas como poco y destruyendo la realidad dominante haciendo uso de otra realidad de choque. Las secuencias que recrean los videoclips del grupo Groenlandia evocan una necesaria nostalgia a la que hay que rendir pleitesía. 
Sin embargo, Sanchís aleja la trama del espectador al querer dibujar un panorama romántico extraño. El pasado del personaje de Elena Anaya, lo más interesante de la película sin duda alguna, nos interesa demasiado como para desdibujar la trama con posibles, con dudas, con incertidumbres que no llevan a ninguna parte. El peso del recuerdo lo carga sobre sí el personaje de Nahuel Pérez y dibujado en el presente por Patrick Criado, descubierto en Águila Roja y consagrado en La gran familia española (esperemos que por muchos años). 
Es interesante ver como de la Movida madrileña y sus adalides sólo quedan recuerdos, más tristes unos que otros, pero al fin y al cabo recuerdos. Elena Anaya dibuja un personaje férreo pese a su debilidad psicológica, donde cada paso significa aún más que el anterior. Su personalidad es tan arrolladora como inestable es el guión donde se sustenta. En medio de todo ello, transitan las vidas de unos personajes que buscan una irremediable redención en un mundo que, por muchos años que transcurran, ya no les pertenece. 

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