[Crítica] Amor en su punto

La buena costumbre de acudir a una película con las expectativas rozando el subsuelo trae consigo muy gratas recompensas. Cuando crees acudir a una comedia más, que rozará el ridículo o el surrealismo más vergonzante y te encuentras con atisbos de calidad como los que posee Amor en su punto, podemos decir que estamos ante un triunfo de las expectativas. 
La película, de coproducción hispano-irlandesa, tiene a dos protagonistas que poseen algo que casi se halla perdido en el cine contemporáneo, especialmente en el delicado género de la comedia, ahondando en el subgénero comedia romántica y excavando hacia la especie comedia gastronómica. Ese algo se llama “química” y, normalmente, se usa para otorgar un estatus de complicidad a dos personajes en relación mutua, y casi siempre íntima, entre ellos. 
Leonor Watling y Richard Coyle marcan un duelo interpretativo que, aunque no esté a la altura de grandes obras del género, sirve para entretener durante unos medidísimos noventa minutos que agradecen los espectadores más exigentes, aquellos que no suelen aguantar cuando el cronómetro decide pasar de la peligrosa cifra de cien. Rodeados de un reparto de secundarios a la altura de lo que exige un guión sin complicaciones ni artificios de mal gusto, la pareja protagonista navega con sentido por un libreto que les hace justicia como intérpretes. 
Rodada con energía, sus directores han sabido transmitir una vitalidad impresa en cada fotograma de la película. Puestos al día incluso con las redes sociales, la película se encuentra dividida en varias fases que coinciden con diversos apartados del blog gastronómico de su protagonista. Hay toques de humor elegante, nada obsceno, sucio o malsonante. Se agradece, y perdón por la reiteración, este tipo de diversiones sanas en una sala de cine a sabiendas de no saber con exactitud qué se va a encontrar al apagar las luces de la sala. 
No hay lugar para el arrepentimiento, Amor en su punto entra como un buen plato de aquello que consideremos mejor para saciar nuestros apetitos. Una película cocinada con mimo, con buenas sensaciones y para todos los paladares, que siempre es mucho mejor.

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