[Crítica] Welcome To New York

Decía Milan Kundera que “el hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores". La frase, perteneciente a una de sus obras cumbre, La insoportable levedad del ser, podría resumir ciertos trasuntos que se asientan a lo largo de la última película de Abel Ferrara. Inspirada de manera libre y sin veracidad alguna en el caso que sacudió a Dominique Strauss-Kahn, Welcome To New York explora con firmeza los límites del control con un arriesgadísimo protagonista en plena posesión de facultades interpretativas.
Gérard Depardieu asume unos riesgos portentosos a la hora de llevar a la gran pantalla a Deveraux, un grotesco personaje que sirve para redefinir las palabras más malsonantes que puedan existir en los diccionarios de medio mundo. Un ser ignominioso, deshonroso, portador de una de las adicciones más controvertidas que existen: el sexo. Sin medir las consecuencias de sus actos, Deveraux se enfrentará a la justicia norteamericana, a su familia y a sus propios demonios en un intento por desgranar el porqué de sus acciones. Pero, pese a los intentos, contemplamos atónitos, como su conducta no cambia ni un ápice.
Depardieu compone uno de los papeles más arriesgados de su ya prolífica carrera. Un intérprete con cincuenta años de profesión a sus espaldas desde que debutara con Agnès Varda. Su condición personal, que podríamos tipificar como “de vuelta de todo”, le permite ponerse a las órdenes del controvertido Abel Ferrara para dibujar los instintos más bajos del hombre, aquellos por los que somos capaces de perder el control y desdibujar la moral que nuestra sociedad ha acatado como justa y necesaria. Quejarse de los desnudos que ilustran las orgías y abusos sexuales de la película es querer poner una excusa que descentre la calidad del producto final.
Como contrapunto a los pensamientos de Deveraux nos encontramos a Simone, brillante Jacqueline Bisset, y que encuentra nuestra total complicidad a la hora de juzgar al monstruo con el que nos enfrentamos. Hay secuencias plano-contraplano entre ambos actores que sirven en bandeja una batalla dialéctica entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo incorrecto, entre la moral y el placer enfermizo. Deveraux actúa con premeditación, utilizando los mismos métodos para tratar de desnudar a cada mujer que transita a través de sus ojos.
El juicio que Ferrara realiza de Strauss-Kahn le valdrá alguna que otra demanda por parte del personaje real. Ahora que su caso comenzaba a dejarse atrás y rehacía su vida en Francia, alejado de la política y con sus acusaciones en un caso ya sobreseído, aparece una película que no da ni una posibilidad de redimir a un personaje absolutamente enfermo. Enfermo de sexo, enfermo de una vida que no le correspondía y por la cual sigue (y seguirá) respondiendo por muchos años más. Existe una secuencia, casi al final de la cinta, en la que Deveraux propone una redención a sus pecados pero, curiosamente, nunca manifiesta una voluntad preclara de proceder a darse a sí mismo una oportunidad de cambio. La redención no es posible. Y Abel Ferrara no da tregua.

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