[Crítica] Snowpiercer

Aunque nos repitan las mismas historias una y otra vez, la originalidad de las propuestas puede convertir una película en un bochorno sin paliativos o en una arriesgada y original experiencia con multitud de referentes y con un fin último situado a caballo entre el entretenimiento y el compromiso social y político.
Snowpiercer, Rompenieves para los traductores españoles, es la última película de Bong Joon-ho, cineasta de referencia en Asia que nos sitúa en un futuro con estilismo apocalíptico pero demasiado cercano en el tiempo. La preocupación por el cambio climático ha llevado a una paradójica destrucción de la humanidad en un mundo helado y cubierto de una nieve que se ha llevado por delante a cuanto ser vivo osara respirar. El director surcoreano nos hace viajar en un tren, una prodigiosa máquina creada por un magnate que dirige los destinos de todo aquel que mora en sus vagones. Una rebelión, orquestada por Chris Evans y sus compañeros, se encargará de llegar a la máquina y tomar el control de una población diezmada por el hambre y la injusticia practicada a bordo.
Evans sabe que hay vida detrás del Capitán América y lo demuestra embarcándose en un proyecto arriesgado por su concepción pero seguro del potencial de una película que, aunque sigue mostrando lo mismo que hemos leído en Orwell o visto en el primer Lucas, posee una extraña diferenciación adrenalítica a medida que cruzamos vagón a vagón. No hace falta explicar el amplio componente social y de actualidad que posee la película. Implícitamente a las acciones de los protagonistas, encontramos la motivación que mueve a todo aquel que desea cambiar un sistema que considera injusto desde la base, romper todo lo que ese Winston de 1984 quiere introducir en las mentes de toda la población, quebrar la idea de la predeterminación de la persona en una sociedad y su función, supuestamente útil, para el conjunto.
Hay secuencias que transitan por el mejor cine de ciencia ficción que se haya podido rodar. La base de Snowpiercer se encuentra en la novela gráfica Le Transperceneige, publicada en 1982 por Jacques Lob y Jean-Marc Rochette. Bong Joon-ho realiza una transliteración recogiendo elementos esenciales de la actualidad mundial combinándolos con la idea principal transmitida por su fuente primaria y plasmando elementos autobiográficos para crear una angustiosa trama, bien construida, argumentalmente tejida con maestría y que retrotrae elementos muy característicos del cine asiático (violencia explícita, movimientos coreografiados) manifiestamente inducidos también por su productor, Park Chan Wook. Todo se sincroniza a la perfección, asistido también por la banda sonora de Marco Beltrami, hasta pocos minutos antes del desenlace cuando el ritmo decae prácticamente de sopetón para ofrecernos una dura lección de filosofía humana que, aunque importante en su resolución, precipita las sensaciones antes del final.
Pese a todo, Snowpiercer es una de las mejores películas del año en cuanto a su arriesgada propuesta y su imaginativa captación de una realidad nada lejana y tristemente propia. Conviene reflexionar con cada nueva aportación que nos llega de este género, siempre y cuando se encuentre fuera de los cauces hollywoodienses, comerciales y ampliamente reiterativos. Apuestas como Snowpiercer merecen la pena y no deben pasar desapercibidas. 

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