[Crítica] Carmina y amén

Carmina ha vuelto. Y lo hace desde su forma más espiritual, religiosa pero a la vez humana. El factor sorpresa se ha diluido. Ya conocemos los movimientos de Carmina, cómo se toma la vida, cómo gestiona los acontecimientos y cómo dibuja alrededor de sí un manual de soluciones ante el que, de forma inevitable, hay que plegarse y dejarse dominar. 
Carmina es un animal cinematográfico, un ser que domina la pantalla desde el primer minuto. Su capacidad de improvisación es directamente proporcional a la forma en que se ajusta a lo establecido de antemano en un guión perfectamente calculado y con mayor trasfondo que el de su antecesora. Carmina y amén es la culminación de la creación de una experiencia cinematográfica que se siente auténtica desde el primer minuto. Si la primera película, Carmina o revienta, respiraba naturalidad en cada fotograma, esta secuela nace desde la mayor de las realidades que se viven día a día en miles de hogares. 
Carmina Barrios asienta su poder sobre su hija, impresionante María León heredando el portento desvergonzado de su madre. Paco León, guionista y director, nos adentra en el hogar que no pudimos contemplar en Carmina o revienta. Jugando con los espacios, los León intentan llevar a cabo una de sus fechorías (tan surrealista como cotidiana) de una forma más sobria, más correcta, mucho menos predispuesta. 
En ese juego entramos gracias a una serie de personajes que vuelven a contagiarnos de un espíritu de insolencia, descaro y mucha cara dura. Aquí es donde entra Yolanda Ramos, ganadora del premio a la Mejor Actriz de Reparto en el pasado Festival de Málaga y con la que Carmina vive una de las conversaciones más épicas que jamás haya tenido. Narrada casi en plano secuencia, Ramos es la única actriz que ha osado plantarle la mejor de las caras a la inconmensurable Carmina. 
La Reina Sofía vuelve a colación, la marihuana terapéutica, el reiki como método sanador y el cobro de una paga extraordinaria harán que Paco León componga una nueva manifestación del poder y frescura de su ya inolvidable madre así como una familia desinhibida y cotidiana. Paco León se nutre de alguna secuencia portentosa para terminar de convencernos de que el mapa cinematográfico español sigue teniendo en cuenta proyectos tan personales como comerciales. Carmina y amén da buena cuenta de un espíritu de arte incluso dentro de un marco familiar tan evidente como el de los León Barrios.   

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