[Crítica] El gran cuaderno

De nuevo una historia ambientada, aunque esta vez de manera transversal, en la Segunda Guerra Mundial nos lleva hasta la Hungría profunda. Un entorno rural donde dos jóvenes tendrán que procurar discernir que diferencia existe entre el bien y el mal cuando todo parece derrumbarse a cada paso que dan. Es El gran cuaderno, una de las películas a estreno en este miércoles previo a un puente de cine muy sugerente.
Aunque la propuesta parece interesante en los primeros minutos, la película se va diluyendo de manera notable a medida que avanza el metraje. Hay pocos personajes que, al llegar casi a la hora de película, interesen como para seguir indiscutiblemente pendiente de sus acciones. Uno de ellos, quizás el único, es el de Piroska Molnar, la abuela de los dos jóvenes protagonistas y autora del papel más dramático, comprometido y desolador de toda la historia.
Si algo pueden interesar los dos protagonistas es en su rostro imperturbable de perdonavidas, al más puro estilo Andolini en casi un homenaje no pretendido al cine de gángsters. Pese a su grato comienzo, en el que vemos la bondad que se respira en una familia al borde de la destrucción total, El gran cuaderno acaba por desdibujar las líneas que tan bien trazó en su comienzo degenerando en una historia de venganzas personales, maldad con una emotividad casi nula al llegar a la recta final de tan desdichadas vidas.
Se echa de menos mayor implicación emocional para con el espectador, una mayor presteza a la hora de expresar los sentimientos encontrados entre los dos hermanos y la naturaleza bélica de su contexto histórico. Quedan más al descubierto los trazos de maldad que los posibles eventos de optimismo. No hay lugar al recuerdo ni a la melancolía, solo a la venganza y la desazón.

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