Trilogía Toy Story; La magia de esos juguetes que aún nos hacen soñar... (Parte I)

Los sentimientos que gozan y padecen los seres humanos son una etérea incógnita inherente a nuestra propia naturaleza. Y los modos a través de los cuales se activan no nos son menos desconocidos. Ya sea a través de la pasión del primer (y único) amor, la música en sus diferentes vertientes, la nostalgia de un tiempo mejor, la emoción de un reencuentro esperado, la perfección de un clásico literario, la pena por la pérdida o la sincera alegría por un éxito ajeno; nos conducen a sentir de una forma única, singular e inexplicable, fruto de la misteriosa y sublime maquinaria que rige nuestro interior. El cine, como teatro de los sueños que componen nuestras vidas, funciona como vector y fiel reflejo de esos sentimientos que conmocionan el espíritu del espectador/actor, cuyo rol activo dota de toda esencia a la obra que experimenta como sujeto. 
 Dentro del noble arte del cine también existen diversas modalidades que tienden a suscitar emociones antagónicas de origen incierto. En ocasiones, se nos antoja innecesario un descarnado drama con un pretendido calado moral para sentir lástima o pesar; por el contrario sí que logramos conmovernos con un discurso aparentemente más simple y menos grave. No hay categorías estancas ni clichés preestablecidos para que afloren diferentes sentimientos en un espectador. Sólo es necesario alma y honestidad.
Arrumbando con tópicos ignorantes y prejuicios absurdos, el cine de animación contemporáneo identificado con la factoría de sueños que hoy es Píxar, ha venido a internarse en el complejo mundo emocional del público adulto (al igual que en el universo de fantasía infantil y juvenil) con una inocencia y fingida inocuidad que penetra hasta lo más profundo de las corazas impuestas por la madurez y el aire flemático de las responsabilidades. Sin apenas percatarse, miles de espectadores se han visto desarmados por la inofensiva frescura de seres animados que apelaban a hondas emociones que obras 'hechas para adultos' jamás habría llegado a suscitar. 
 Cómo no sentir acongojamiento con esa bellísima obertura sinfónica de Up, que repasa como un viejo álbum de fotos animado una vida dedicada al amor; o con ese brutal y divertido retrato de la soledad plasmado en Wall-e; o con ese tributo a lo viejo que la modernidad nos fuerza a arrinconar que representaba Cars. Y, de forma aún más evidente, el valor de la amistad como cima de la felicidad en la precursora Toy Story.
La trilogía Toy Story ejemplifica de modo excepcional las bondades que la han erigido como patrimonio fílmico de la modernidad; una historia sólida y atractiva, unos personajes con carisma y corazón, dosis ingentes de humor y trepidante aventura, un ejemplar y medido uso de la animación digital, y una sutil sensibilidad que seduce y encandila los espíritus de legiones de niños grandes que rememoran con nostalgia una infancia perdida en el marasmo de las preocupaciones.
 Una generación ha crecido con las aventuras de esa improbable pareja de amigos incondicionales, el guardián estelar Buzz Lightyear y el sherrif Woody, desde que allá por el año 1995 se presentaron ante el gran público en una película inolvidable que combinaba acción y ternura a raudales. Cuatro años más tarde, los juguetes animados regresaron a nuestras pantallas en buena forma, cautivando de nuevo al espectador más exigente. Y ahora, quince años después de su espectacular inicio, se cierra la trilogía con una entrega de una calidad apabullante que entronca con las emociones de los niños que fuimos y que ahora, melancólicos, echan de menos a los juguetes con los que vivieron infinitas aventuras.
Y es que la felicidad, ese escurridizo camino de mieles y decepciones, puede hallarse en los rincones más insospechados de nuestra memoria. Pocas formas de una plenitud tan radiante se nos antojan como esa libérrima capacidad de fantasía que cualquier niño desarrolla en su más tierna infancia a través de una actividad tan incoherente, envidiable y grandiosa como jugar; y hacerlo con tan sólo unos muñecos de plástico y toneladas de imaginación para construir un mundo paralelo que permanece, indeleble al tiempo, en lo más profundo del espíritu del adulto en el que nos convertimos. 
 Por ello, todas las películas de Toy Story arrancan con una estructura idéntica que nos muestra a un niño cualquiera confeccionando historias con personajes tan improbables como un sherrif de trapo, un Sr. Potato, una hucha-cerdo, un T-Rex, un perro con muelles o un guardián espacial; aunque todos ellos con una identidad atribuida que les dota de la esencia necesaria para erigirse como los amigos imaginarios que en realidad son. Al igual que Andy, todos nosotros hemos fabulado con diversos juguetes, ya fuesen esos míticos Playmobil, los forzudos Action Man o los Lego (en función de la generación), y ahora extrañamos ese tiempo espléndido de la niñez del mismo modo que el propio Andy siente una profunda aflicción tras separarse de sus viejos compañeros.
La trilogía de Toy Story no deja de ser el tierno retrato de generaciones de niños que han crecido en contra de sus deseos.

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