[Mostra de Venecia 2011] George Clooney y Roman Polanski triunfan en la Bienale


Las dos propuestas presentadas en el Festival de Venecia han dado muy buenos resultados de crítica y asistencia. Tanto Los Idus de Marzo, dirigida y protagonizada por George Clooney como Un Dios Salvaje, del realizador polaco han triunfado en sendos pases al público y periodistas asistentes a esta 68º edición de la Mostra de Venecia.
De un lado, la película que inauguró la presente edición de la Mostra resultó ser todo un thriller político en el que las intrigas, la maldad, la falsedad y la hipocresía definían el concierto ejecutivo mundial. George Clooney pone a caer de un burro a toda la clase política mundial basándose en la verdadera historia de un joven idealista que comienza a trabajar en la campaña electoral de un candidato a las primarias del Partido Demócrata. Pronto se dará cuenta de que en el juego político sólo vale ganar, caiga quien caiga.
Por otro lado, la nueva cinta de Roman Polanski, Un Dios Salvaje, hizo que su reparto saliera vencedor en una noche que brilló con luz propia. Kate Winslet, Jodie Foster, Christoph Waltz y John C. Reilly, de los cuales faltaron Foster y Polanski, se alzaron con los aplausos del Lido mientras público y prensa contemplaban una adaptación de la obra teatral de Yasmina Reza en el que dos matrimonios se reúnen para hablar de las peleas de sus hijos en un parque sin saber que esa discusión terminará llevándose hasta límites insospechados.
Pocas horas después, llegaba la primera decepción. Tampoco nos esperábamos mucho de la segunda película como directora de Madonna. La cantante aterrizaba en Venecia imaginándose que su cinta iba a triunfar entre tanto nombre consagrado. Sin embargo, los bostezos y los sustos en el asiento (provocados por espasmos musculares de cansancio) triunfaron en una película que intentaba reflejar las vicisitudes a las que se enfrentó el rey Eduardo VIII tras verse obligado a abdicar a causa de su matrimonio con Wallis Simpson. Lo que se pretendió ver como una película histórica se ha convertido en una mala secuela de El Discurso del Rey.
Estamos a la espera de ver las primeras impresiones acerca de las dos películas que se estrenan hoy. Por un lado, la nueva cinta de David Cronenberg, A Dangerous Method y lo nuevo y polémico de Monica Belucci, Un été brûlant.

Crítica Cowboys & Aliens; Sentimientos encontrados

4,5/10
La última vez que se juntaron Indiana Jones y James Bond salió una obra maestra del cine de aventuras: Indiana Jones y la Última Cruzada. Estamos en el año 1989 y sus protagonistas eran un Sean Connery pletórico y un Harrison Ford que venía de probar las mieles del éxito. Ahora, en 2011, otra reunión de estos dos héroes nos deja una sensación un tanto insípida acerca del resultado final de este estreno, Cowboys and Aliens, que trataremos de analizar fríamente.
Lejos queda comparar a aquel escocés con porte elegante y sobrio cuyo apellido sirvió para ensombrecer a todos los intérpretes que tuvieron la suerte y agallas de encarnar a Bond, James Bond. Connery fue el que sentó las bases y el encargado de dar vida al agente 007 en estos tiempos es el rudo Daniel Craig, que por su apariencia física, parece ser la antítesis de lo que Ian Fleming tenía pensado para su Bond.
No es que Craig actúe mal. Es que la película no está hecha para él. Cowboys and Aliens es un producto confuso, quizás el más indefinido del año. Una cinta que navega entre la ciencia ficción y el western. Éste que os escribe es muy poco dado a las mezclas extrañas. Y este cóctel entre La Guerra de los Mundos y Sin Perdón me parece un tanto retorcido.
A priori, su reparto resulta incluso interesante. Harrison Ford, Daniel Craig, Sam Rockwell, Olivia Wilde, Keith Carradine, visto en la segunda temporada de Dexter y Paul Dano, excelente actor joven que triunfó con Pequeña Miss Sunshine y Pozos de Ambición. Pero todos estos intérpretes se hallan perdidos en medio de un pozo sin fondo que parece no tener término.
Con un argumento absolutamente inverosímil, parece querer plantear en el espectador que en el Lejano Oeste aterrizaron los extraterrestres para aterrorizar a indios y vaqueros. Aunque parezca una completa tontería, lo cierto es que peores cosas se han visto en el cine durante los últimos años. Si atacan la Tierra en pleno siglo XXI, ¿por qué no lo iban a hacer dos centurias atrás? Suponemos que los aliens son una civilización avanzada y nos atacan cuando nos da la real gana.
Es por eso que tengo sentimientos encontrados con una película. Por una parte, mi instinto me dice que es una absoluta gilipollez. Sin embargo, y aunque los actores no me digan absolutamente nada y haya pasado dos horas de absoluta insulsez viendo esta sucesión de secuencias a cual más grotesca para ambos géneros cinematográficos, algo me dice que no debo ser cruel. El poder de innovar hace más que el placer de destrozar cualquier película.
Podemos intentar excusar a Jon Favreau, que se debió quedar en el backstage de Iron Man, excusándonos en que se trata de la adaptación de un cómic publicado en 2006 y que mezcla con mucha ironía los dos géneros más propensos al espectáculo. Favreau comienza la trama como si de una película de Sergio Leone se tratara pero termina convirtiéndose en un Roland Emmerich cualquiera.
¿Cuál es mi conclusión? Pues ciertamente no lo sé. No me ha gustado que Harrison Ford se venda ante cualquier guión que le ofrezca un suculento cheque. Tampoco me ha gustado que un poderoso Craig que tan duro luce en la saga Bond no tenga absolutamente nada que decir en esta cinta. Que por no decir, no dice ni su nombre. Tampoco me ha gustado que se desaproveche el talento de dos fantásticos intérpretes como Paul Dano y Sam Rockwell.
Sin embargo, tampoco creo que sea para tanto. Es cierto que el guión no resulta todo lo sólido que debería y que la banda sonora es demasiado insustancial para una película que podría haber ofrecido mucho más espectáculo del que da. Quizás ver a unos vaqueros liándose a mamporros con aliens en vez de con los tradicionales indios del Mississippi, bien vale una entrada de cine.
¿Entretenimiento? Puede. Pero tampoco es para tirar cohetes.

Series de Televisión; Treme... Welcome to New Orleans!

 9/10
Ya se siente; las trompetas cantan, el trombón gruñe y la trompa gime, el color y la música se mezclan en una vertiginosa espiral de ritmo y swing, estamos en Treme y lo vamos a pasar bien. Pues ni siquiera el más implacable de los huracanes o el más despiadado abandono del gobierno puede acallar el espíritu polifónico, multicultural y bullicioso de la legendaria Nueva Orleans, cuna irrenunciable del legado musical de los Estados Unidos; Jazz, Rithm' & Blues, Rock n´ Roll, Blues, Funk o Cajún combinados al son de los ritmos africanos, caribeños, indios, franceses y latinos para el más absoluto deleite de cualquier oído exigente o cuerpo atrevido. Ya se siente; hemos llegado, esto es el paraíso, Welcome to New Orleans!
El tiempo ha pasado pero los vestigios de la destrucción aún permanecen visibles. Lo que bien podría ser el paisaje decadente de una capital de país subdesarrollado si el skyline irregular de rascacielos no delatase su pertenencia al gran imperio económico mundial, corresponde a la ciudad sureña con más encanto de Estados Unidos y su denodada lucha por recobrar la normalidad tras el desastre desatado por el huracán Katrina en 2005, que sumergió el 85% de la urbe bajo el agua y provocó el éxodo apresurado de buena parte de su población.
Los ciudadanos de medio mundo asistieron atónitos al colapso televisado de una de las ciudades más emblemáticas de un país de apariencia omnipotente pero acuciado por las lacras consustanciales de la corrupción, la incompetencia política y la falta de solidaridad. Al fin y al cabo, la mayor parte de los residentes de Nueva Orleans eran afroamericanos caricaturizados por sus propios compatriotas como vagos y pendencieros que además votaban tradicionalmente a los demócratas. De ahí la parsimonia del señor Bush para paliar lo que era un tragedia previsible, así como para propiciar la rápida reconstrucción de la ciudad.
La nueva serie del laureado David Simon (The Wire, The Corner) nos traslada a ese lugar de reminiscencias funestas donde el olor a moho y humedad se mezcla con la putrefacción de los cuerpos aún no enterrados en una atmósfera inquietante de tintes postapocalípticos, cargada de una extraña energía decadente. La gente regresa paulatinamente a sus hogares (o lo que queda de ellos), recobra el ritmo de una cotidianeidad impostada, vuelve a la vida intentando obviar la herida supurante del pasado reciente; pero la mirada de cada uno de ellos apenas puede disfrazar el pesar arrastrado desde la tormenta, el dolor por la pérdida, el miedo que se apoderó de sus nervios ante la incertidumbre de su propia supervivencia, la indignación hacia aquellos que dicen ser sus representantes y que nada hicieron cuando la necesidad apremiaba. Nueva Orleans es una ciudad de espectros en vida a los que tan sólo la música puede amparar.
Los destinos de los personajes de este drama coral se entrecruzan en virtud a su relación con ella, un canal de conexión único e insólito a través del cual los sentimientos soterrados afloran con mayor facilidad, ya sea bajo la impetuosidad del trombón doliente de Antoine Batiste, las letras mordaces de Davis McAlary, el quejido delicado del violín de Annie, los cánticos espirituales de 'Big Chief' Lambreaux o la amalgama de trompas, saxos, guitarras, contrabajos y voces únicas que jalonan la trama de este tributo entregado a la música de New Orleans. Y es que en Treme, el mítico barrio negro de la ciudad, transitan de forma desordenada generaciones de prodigiosos solistas, cantantes legendarios y melómanos de todo el mundo atraídos por el ambiente excitante y espontáneo del lugar. Aquí todo emana ritmo y música en un ciclo sin fin cuyo momento cúlmen es el Mardi Gras (martes de carnaval), fecha trascendental para la vida de todos sus habitantes y auténtico punto de confluencia de los diferentes ejes argumentales de la serie.
El desfile de este año, sin embargo, se encuentra lastrado por la ausencia de muchos y el dolor de los que han regresado. El espíritu de fiesta y jolgorio rivaliza con el ánimo lúgubre que la destrucción ha sembrado en derredor. Un Mardi Gras extraño, desvaído, pero no por ello menos colorista y estimulante. La gente necesita del aire despreocupado de los desfiles, del sentimiento de comunidad en torno a las barbacoas, del goce de las bandas de la ciudad tocando y las tribus de indios marchando con su aire místico por las calle. Es imposible resistirse al magnetismo de este vórtice cultural cuando apenas puedes retener tus pies del ritmo eléctrico de los trombones.
Esto es Treme, la compleja crónica musical de una ciudad con luces y sombras, con dramas subyacentes y heridas abiertas, pero sobre las que emerge un espíritu irredento de pasárselo bien. La HBO lo ha vuelto a hacer; nos ha cautivado con este acertado retrato social de una época y un lugar determinados compuesto por retazos de vida interconectados a los que dan forma un extenso cúmulo de intérpretes brillantes encabezado por Khandi Alexander, Wendell Pierce y Rob Brown (todos ellos viejos conocidos de The Wire), así como otros nombres de referencia en Hollywood como Melissa Leo, John Goodman o Steve Zahn. Y por último, la música, la que mueve este mundo, la que expresa todo el amor, la incertidumbre, el gozo y el dolor del ser humano. Tan sólo disfruten de esta joya, véanla, escúchenla, siéntenla. 

Puedes escuchar toda la música de la serie en el siguiente podtcast de CadenaSer

El Cine Que Vivimos Peligrosamente se une a SFC Radio

En el mes de junio llegó a las ondas radiofónicas un programa muy especial llamado Generación Geek. Cine, series, videojuegos y actualidad se dan la mano todos los martes y jueves en SFC Radio (91.6 FM Sevilla y SFC Radio en internet), de 20:00 a 21:00.
Los redactores de este, vuestro blog de crítica cinematográfica, también participan y colaboran en este programa. Por un lado, Jesús Benabat nos trae actualidad de cine y series así como análisis de películas, series actuales o retos muy especiales para todos los oyentes.
De otro lado, Antonio Sánchez-Marrón le hace un repaso al cine clásico todos los martes mientras que los jueves, en compañía del equipo del programa, analiza la cartelera para el fin de semana.
Si no podéis escucharnos en directo, no os preocupéis. Os dejamos en esta entrada el link al podcast con los programas que se llevan realizados.
Y recordad, martes y jueves, de 20:00 a 21:00, en rigurosísimo directo y sin apenas guión, Generación Geek se convierte en vuestro programa de cine, series, videojuegos y actualidad de todo lo que más te interesa.

Películas para Dos Vidas; Un Tranvía Llamado Deseo

Hace ya muchos años que compré, motivado por la enorme pasión que siento por aquel ídolo de masas y pandas de motoristas llamado Marlon Brando, una película sobre el machismo, el maltrato, la locura y las camisetas de manga corta de color blanco.
Aquella cinta llevaba por título Un Tranvía Llamado Deseo y mostraba la crudeza de un país, Estados Unidos, tras el regreso de aquellos que fueron a luchar por los designios de Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Algunos de ellos emigraron a América en busca de una vida mejor, de ahí que el protagonista de la película, aunque americano de tomo y lomo, tenga en su apellido reminiscencias polacas en forma de Stanley Kowalski.
Si analizamos la película fríamente, obtenemos una de las mejores adaptaciones al cine que se han hecho nunca, especialmente a tener en cuenta siendo de dificil transfiguración reescribir un libreto para el celuloide de una obra de teatro del inmortal Tennessee Williams, autor de legendarias páginas como La Gata Sobre el Tejado de Zinc, Piel de Serpiente o Dulce Pájaro de Juventud, todas ellas adaptadas con más o menos suerte.
En esta ocasión, el encargado de poner en escena Un Tranvía Llamado Deseo fue Elia Kazan, responsable confeso de diversos chivatazos durante la fatídica Caza de Brujas, orquestada por el senador Joseph McCarthy. Odiado durante toda su carrera, Kazan ha sido una de las referencias para la nueva generación de realizadores que surgieron durante los últimos años del cine clásico, allá por los 70 u 80. Precisamente, Brando, Kazan, Kim Hunter y Karl Malden participaron en la adaptación que, en 1947 y durante dos años, se representó de la obra de Williams en Broadway.
Un Tranvía Llamado Deseo representa todo lo peor de una sociedad asqueada consigo misma. En un núcleo familiar donde el hombre lleva todos los avances o retrocesos del hogar, una mujer queda totalmente anulada ante los designios, casi siempre impuestos, de un macho retrógrado y anacrónico. Una época en la que las féminas consiguieron hitos tan importantes como el derecho al voto y que veían que, de puertas para adentro, su vida seguía anclada en la más absoluta Edad Media. El matrimonio al que nos referimos, formado por un fabuloso Brando en su segunda película en Hollywood tras Hombres y Kim Hunter (ganadora del Oscar por su recreación de Stella Kowalski), forman una pareja brillante interpretativamente y simbólicamente hablando.
Sin embargo, y aunque con esta película naciese el mito Brando, sin duda el peso del metraje recae sobre la actriz Vivien Leigh, la cual con graves desórdenes psíquicos que desembocaron en una bipolaridad, su participación en esta cinta no hizo más que agravar su enfermedad y ocasionar tanto el ocaso de su carrera (que vivió su gloria con Lo Que El Viento Se Llevó) como el divorcio con su marido, el magnífico Laurence Olivier. Una actriz que dibujó la locura y el deseo de una manera fiel aunque un tanto sobreactuada.
Hablamos de machismo cuando nos referimos a un marido que agrede física y psicológicamente a su mujer sin motivo ni razón aparente. Y en esta época, se acentúa un factor que ha dado lugar a largos debates a lo largo de la Historia. ¿La mujer debe perdonar una agresión si siente un profundo amor por ese hombre con el que comparte su vida? Se escuchan muchas cosas andando por la calle, leyendo o incluso viendo la televisión, mientras personas ya ancianas cuentan sus vivencias. Es lo que, a lo largo de toda la película se plantea con diversas situaciones entre los dos protagonistas. Aunque será la escena final la que ponga sobre la mesa la intención del autor de darle esa voz perdida a una mujer que sufre en silencio el golpeo de la "mano de hierro". Y si a ello le sumamos un factor clave, un niño, el debate comienza a tomar forma.
Técnicamente, Un Tranvía Llamado Deseo resulta una obra más que apetecible para aquel cinéfilo empedernido que quiera ver en estado puro a cuatro de los grandes nombres del cine clásico: Elia Kazan, Marlon Brando, Vivien Leigh y Karl Malden, premiado con otro Oscar como actor de reparto en su papel del confuso enamorado de Blanche DeVois, encarnada por la también oscarizada Leigh.
Si a ello le sumamos una banda sonora fantástica, la primera de la Historia compuesta en el género jazz, y dirigida por Alex North, la sugerencia se hace imperdible.
Desde aquí recomendamos un vistazo intensivo a una lección de cine magistral sobre temas tan controvertidos que hicieron que la censura actuase en más de una y de dos escenas de la película para no dañar la intachable moral de los años 50, en tan reciente comienzo.
Una obra legendaria e imperdible que absolutamente ningún amante del cine debe perderse. La locura de Blanche, las luchas internas de Stella, la mítica escena de Brando al pie de la escalera llamando a gritos a su amor y la batuta del mejor Elia Kazan son motivos más que suficientes para situarnos delante de una de las obras maestras del cine clásico.

Crítica Amigos...; Todo por la pasta

5/10
El bochorno público al que se someten de forma cotidiana algunos personajes grotescos de nuestra televisión se ha convertido ya en una tendencia social ampliamente justificada por los propios espectadores. Al fin y al cabo, ¿quién no vendería su propia dignidad a cambio de una lucrativa exclusiva o de una actuación hilarante remunerada en un programa de ínfima calidad? El dinero parece ser hoy día (o quizás lo ha sido siempre pero de forma más disimulada) la razón última de los comportamientos más indecentes, que además son retransmitidos de forma masiva y rutinaria para un mayor impacto, así como el objetivo irrenunciable de un gran número de personas de diferente índole.
Lo que viene a ilustrar la película de Borja Manso y Marcos Cabotá es que nadie parece escapar de esta especie de clima inmoral que rige el funcionamiento de la sociedad actual; ni el humilde trabajador con familia, ni el eterno galán de escasa fortuna, ni siquiera el arquitecto remilgado con aires de intelectual. Y es que 17 millones de euros bien valen toda una vida de amistad y el mayor de los ridículos televisados. Esa es la recompensa para el ganador de una absurda apuesta a la que les reta su amigo Nacho, un obseso de los desafíos que incluso muerto no puede dejar de jugar con su abultada herencia; Santi, Diego y Víctor deberán acumular de forma individual el mayor índice de audiencia en televisión, por lo que iniciarán una alocada carrera por ser el personaje más mediático valiéndose de las estrategias más ruines y desesperadas.
Los ingredientes de esta comedia española se reducen a una premisa atractiva, un ritmo frenético que oculta las evidentes deficiencias del guión y un rendido tributo a la cultura pop emanada del universo catódico de los últimos años. Más allá de eso, el dibujo apresurado de sus personajes facilita la previsibilidad de una trama que, a pesar de ser digna para un mero entretenimiento veraniego, no guarda momentos verdaderamente desternillantes, adolece de chispa e ingenio, no provoca la carcajada. Y ello a pesar del esfuerzo de sus tres actores protagonistas; un inspirado Ernesto Alterio, el algo cargante Diego Martín y el bobalicón Alberto Lozano, a quienes acompañan una pérfida Goya Toledo y la siempre encantadora Manuela Velasco.
Desde luego, son malos tiempos para la amistad, sobre todo cuando una cifra de dinero de ese tamaño se cruza en tu destino. Si a ello unimos la televisión como instrumento a partir del cual conseguirlo, el resultado es un escandaloso viaje por los más bajos instintos humanos con el que muchos empatizarán; aunque ello signifique entrar en la casa de Gran Hermano para convivir con la fauna más heterogénea (geniales las escenas de Alterio como concursante del programa), crear una gran mentira sobre tus orígenes en un talk-show (los redundantes chistes xenófobos del personaje de Diego Martín no hacen ninguna gracia), o aprovecharte de que un famoso te atropelle (una clara muestra de la escasa originalidad de los guionistas).
Amigos... no deja de ser un pasatiempo tolerable para una época del año en la que no apetecen grandes retos intelectuales. Su desenlace es todo un despropósito pero al menos te quedas con la sensación de que ha valido la pena a tenor del resto de estrenos de la cartelera veraniega. La comedia española sigue su marcha con el apoyo cada vez más numeroso del público; esperemos que la originalidad de sus planteamientos se desarrolle en la misma medida que las cifras de recaudación.

Películas para Dos Vidas; Braveheart

La épica, el sacrificio del héroe, la sed de venganza o la lealtad a una causa son poderosos sentimientos que enaltecen al ser humano de un modo irracional y primigenio. Todos, al fin, atesoramos un cierto componente animal, instintivo, que relacionamos con el honor, la valentía o el coraje. Por ello, quizás, nuestro espíritu es estimulado con las grandes historias de batallas, mártires y cruzadas suicidas, aquellas que, curiosamente, vencen al paso del tiempo e inspiran a los hombres de épocas postreras. Mel Gibson, en este sentido, ha sabido sublimar esa fascinación por la figura del héroe al componer la que posiblemente sea la epopeya cinematográfica más sangrienta y desmesurada de todos los tiempos, valiéndose de los códigos consustanciales del género e hilvanando una narración de resonancias medievales, sencilla aunque profusamente evocadora. 
Las hazañas del mítico héroe nacional escocés William Wallace suponían la base idónea para una película con un objetivo irrenunciable; conmocionar al espectador hasta el delirio, en una catarsis de violencia, traiciones, lealtades e historias de amor truncadas, vertebrada por un espíritu de épica que tiende a eclipsar el resto de emociones desatadas. Para ello, Gibson se concede algunas licencias históricas en favor del espectáculo, así como el empleo de artimañas argumentales algo tramposas que favorecen el determinismo último de la trama. Esta, al fin y al cabo, es la historia de una venganza, la de un hombre que perdió de joven a su padre y a su hermano a manos de los ingleses, y que ya adulto, presenció cómo le era arrebatada la mujer a la que amaba por los mismos opresores. El odio alimentado durante años es la guía de un destino que lo impulsará a enfrentarse a un poderoso reino regentado por el sanguinario Eduardo I de Inglaterra y a sus numerosos vasallos escoceses, comprados por este en detrimento de su propio pueblo.
Braveheart es el relato de un héroe de otro tiempo que conecta la tradición oral épica europea, como el Cantar del Mío Cid o La Canción de Roland, pero trasladada a la pantalla desde un enfoque actual. Puede que las escenas de amor sean excesivamente edulcoradas, con un estética cercana al cuento de hadas ante las que es difícil contener una sonrisa irónica (más aún con un Mel Gibson melenudo como protagonista y una banda sonora de James Horner algo cargante); sin embargo en pocas ocasiones hemos asistido a batallas rodadas con tanto frenetismo, autenticidad y violencia. La cámara se sumerge entre los cuerpos rudos de los adversarios, con el fango y la sangre mezclándose en una atmósfera sucia e implacable, donde la muerte es un hecho presumible obviado por la irracionalidad a la que condena la guerra. Aquí no hay lugar para dilataciones ralentizadas de la imagen o interludios épicos; tan sólo miembros amputados, cabezas cercenadas, mandobles que atraviesan cuerpos (incluso furgonetas y otroz gazapos); una acción vibrante, agotadora y visceral que reivindica la espectacularidad artesanal del cine de antes en contraposición al abuso de los nuevos recursos visuales.
Y es que los ejércitos masivos recreados por imagen digital en el cine contemporáneo y retratados por lejanos planos cenitales, apenas pueden competir con la fiereza real de unos centenares de extras entusiastas arengados por un Mel Gibson de ojos inyectados en sangre y rostro perturbado clamando por la libertad de su pueblo. Pocos discursos más inspiradores se han filmado que esa oda de Wallace a sus compañeros, cabalgando su corcel con la cara pintada de azul, enalteciendo incluso nuestros espíritus de meros espectadores; uno de esos momentos álgidos de la historia del cine, filmado con maestría, épica y emoción. Tanto es así que hasta la Academía estadounidense se rendiría a Gibson de forma sorprendente, concediéndole los galardones de película y director (más otros tres técnicos), a pesar de la historia un tanto anglófoba que narra la cinta.
Braveheart no es una película perfecta; tiene momentos irrisorios, algunas interpretaciones secundarias cuestionables y un guión modelado a su antojo para el lucimiento del héroe; sin embargo, pocos serán los que se atrevan a replicar que no han sido contagiados por el espíritu irredento de Wallace/Gibson, golpeado una y otra vez en la vida, pero con el aliento suficiente para gritar, por última vez, la palabra 'libertad'. Drama, acción, romance y épica a raudales para una leyenda inmortal con un lugar honorable en nuestra memoria cinéfila.

Crítica Super 8; Aquel maravilloso cine de juventud...

8/10
Lo reconozco. He sentido cómo un extraño escalofrío recorría mi cuerpo cuando aquella mítica bicicleta apareció, una vez más, en la noche de majestuosa luna llena que en tantas ocasiones sirvió de preludio a una deliciosa sesión de fantasía cinematográfica. La palabra Amblin no era sólo la denominación de una productora, sino una forma de hacer cine, una sensibilidad particular para concebir historias con dosis de acción trepidante, imaginación a raudales y mucho corazón; que contribuyó a configurar el imaginario fílmico de toda una época de la que aún nos sentimos herederos nostálgicos. Y es que tanta trascendencia tuvieron las legendarias películas apadrinadas por Steven Spielberg, Kathleen Kennedy y Frank Marshall, que su carácter fantástico, ahora devenido en puro cine de culto, ha influido en el devenir artístico de una legión de nuevos creadores deseosos de recuperar ese espíritu de aventura irredenta que los inspiró en su juventud.
No es, pues, casualidad que el grupo de amigos protagonista de esta Super 8 dedique todo su tiempo y entusiasmo juvenil a rodar una película de zombies con medios técnicos precarios (apenas la mítica cámara que da nombre a la cinta) pero con una envidiable capacidad de organización que suple cualquier tipo de deficiencia consustancial al carácter amateur del equipo de producción. El cine es concebido aquí como una forma de vida, un modo de acercarse al complejo universo de la adolescencia a partir de los auténticos valores de la amistad, la lealtad y el afán de peripecias por vivir; una suerte de tributo a todo aquello que nos enseñó el cine original de los 80. Al fin y al cabo, J.J.Abrams apenas contaba con 16 años cuando Steven Spielberg estrenaba E.T, por lo que podemos imaginar su fascinada mirada ante la desbordante imaginación de su ahora mentor y mecenas.
Y es que Super 8 puede ser valorada como un ejercicio de nostalgia cinematográfica, un curioso cóctel en el que se dan cita buena parte de los referentes del cine familiar y de ciencia ficción de la época dorada de Amblin. A partir de una estética intencionadamente retro, es difícil no empatizar con las incertidumbres existenciales de un grupo de amigos que nos remite de forma evidente a la sensacional Los Goonies, o sentir ese extraño vínculo de unión entablado entre nuestro protagonista y el ser diferente acosado por los adultos que nos recuerda a la relación inmortal de Elliott con E.T; todo ello aderezado por un ritmo frenético que conjuga la tensión de Parque Jurásico, el misterio de Encuentros en la Tercera Fase, la espectacularidad de La Guerra de los Mundos o incluso el suspense de Lost.
Todo ello parte del aparatoso descarrilamiento de un tren de mercancías que transporta material almacenado en la ya desmantelada y enigmática Area 51. Nuestro grupo de jóvenes cinéfilos, quienes presencian el brutal accidente de forma circunstancial, descubrirán el temible secreto guardado por la fuerza aérea tras una serie de extraños acontecimientos y desapariciones que siembran el pánico en la pequeña ciudad. La perspicacia y perseverancia de los chicos los hará embarcarse en una peligrosa aventura en la que deberán enfrentarse tanto a una legión de oscuros militares como a un insólito ser que utilizará toda su fuerza para regresar a su añorado hogar.
La película tiene un portentoso poder de evocación en cada una de sus secuencias; detenta la capacidad de hacernos rememorar momentos trepidantes de un cine ya lejano en su concepción; nos sumerge en una historia hilvanada en forma de homenaje a su productor y a todos sus seguidores; sin embargo, sería ingenuo pensar que logra alcanzar las cotas de emotividad y emoción de sus referentes. J.J. Abrams construye una película sólida sustentada en un diseño de producción exquisito, unos efectos especiales realistas, la interpretación divertida y auténtica de sus jóvenes protagonistas (encabezados por la talentosa Elle Fanning y el prometedor Joel Courtney) y la banda sonora del siempre sugerente Michael Giacchino; pero su resultado aún queda muy lejos de las excitantes aventuras del cine de los 80.
Puede que la etapa vital en la que se disfrutan este tipo de películas sea un hecho crucial en este aspecto, y por ello esta Super 8 deba ser valorada en su contexto. La película de Abrams nos ha devuelto una forma de sentir el cine, y como tal, debemos rendirnos ante su valentía. Quizás muchos adolescentes de hoy día tomen como hito cinematográfico para el futuro una cinta que para muchos de nosotros es una nostálgica reminiscencia de la más tierna juventud. Sea lo que fuere, Super 8 es ya la película del verano y uno de los mayores acontecimientos fílmicos del año. La fantasía ha regresado, esperemos que para quedarse.

Crítica La Víctima Perfecta; ¿Alquilar? Mejor comprar, gracias.

4/10

Hilary Swank es una de las grandes actrices que han pasado por esta última década de Historia del Cine. Con dos nominaciones a la mejor actriz y dos Oscars (Boys Don´t Cry y Million Dollar Baby, magnífico alegato de Eastwood), Swank proporciona a sus papeles una intensidad que pocas intérpretes saben dotar en estos irregulares tiempos.
Sin embargo, y a pesar de su buen hacer y las ganas que pone en cada trabajo, lo cierto es que Hilary Swank no está demasiado afortunada últimamente en la elección de sus papeles protagonistas. La Cosecha, Amelia y ésta, La Víctima Perfecta son papeles buenos insertos en películas de una factura muy irregular. 
Dirigida por Antti Jokinen y basado en un guión escrito por él mismo, La Víctima Perfecta asegura no más que un rato de entretenimiento que no aporta absolutamente nada al catálogo fílmico de lo que llevamos de 2011. El realizador finlandés nos trae una inquieta obra de suspense en el que la mayor parte de los sustos nos vienen proporcionados por nerviosos movimientos de cámara que ayudan a la sensación de agobio en el espectador más asustadizo. 
Tres son los papeles protagonistas en esta cinta. Por un lado, Swank, la cual consigue transmitir el miedo que siente tras notar los extraños movimientos que se suceden en un fantástico apartamento que alquila donde las vistas al Puente de Brooklyn no son lo único llamativo. Su casero, un destacado Jeffrey Dean Morgan, insiste en azuzar la tranquila vida de su inquilina mientras descubrimos los entresijos de las paredes de todas las estancias de su recién reformado piso. Las perversiones sexuales, alimentadas por pequeños agujeros en las paredes, harán que las relaciones entre casero e inquilina adquieran tintes, cuanto menos, agobiantes.
Y el tercer protagonista es simplemente circunstancial. La Víctima Perfecta, producida por la legendaria factoría Hammer, cuenta también con la presencia de Christopher Lee. El veterano intérprete es uno de los buques insignia, junto con Peter Cushing, de aquel terror de la Hammer que triunfó con versiones de Drácula y Frankenstein. Los tres intérpretes consiguen tejer una trama muy irregular, con momentos de suspense nada novedosos basados en lo típico: ventanas que se bajan o cortinas que se mueven. Podría tratarse de un homenaje a las antiguas películas de terror o bien podríamos estar ante la primera prueba de fuego de un director debutante como el finlandés Antti Jokinen.
Las intenciones son buenas y el entretenimiento rutinario está asegurado. Al finalizar la película, no tendremos la sensación de haber perdido una hora y media de nuestra vida pero tampoco estaremos dispuestos a ver las estrellas ante la pseudo-terrorífica aventura que vivirá Hilary Swank en su flamante piso de alquiler.

Sagas de Cine: Harry Potter y las Reliquias de la muerte Parte 2

 7/10
Para todos aquellos que nutrimos nuestra adolescencia con la fantasía desbordante de las obras de J.K.Rowling, la oportunidad de visualizar el antológico desenlace de la saga literaria en la gran pantalla supone  un acontecimiento trascendental. Es cierto que hemos madurado y nuestras preferencias intelectuales han podido cambiar sustancialmente, sin embargo, todos portamos ese recuerdo indeleble de las noches en vela devorando las aventuras de Harry Potter y trasportándonos a un mundo mágico repleto de criaturas extrañas, héroes circunstanciales y malvados innombrables. Ahora, la otra saga del joven mago que sobrevivió, la cinematográfica, toca a su fin tras diez años y ocho películas ante la expectación de fanáticos, conversos e iniciados en el 'universo Potter' de todos los rincones del mundo, unidos por el deseo de presenciar la apoteósica y última batalla entre el Bien y el Mal.
La espera ha valido la pena. La última parte del séptimo libro escrito por Rowling, Las Reliquias de la Muerte, (dividido en dos entregas en su adaptación cinematográfica), no escatimaba en dosis de espectacularidad, enfrentamientos mágicos y dramatismo a raudales para cerrar dignamente una historia fraguada a lo largo de miles de páginas; por lo que su reverso fílmico tampoco ha dudado en destinar todo el potencial de los nuevos recursos visuales a la recreación fantástica de un desenlace anhelado por todos sus seguidores. El ritmo sosegado y hasta cierto punto cansino de la anterior entrega (de la cual, sin embargo, se echan de menos algunas pinceladas de estilo) deja paso aquí a una acción frenética desarrollada a partir de fuertes impulsos sostenidos, en momentos puntuales, por un dramatismo que deja sin aliento al espectador.
Los responsables de esta última entrega eran conscientes de que cada secuencia, cada plano, debía ser concebido como si fuese el último, teñido por un innegable matiz épico y vertebrado en torno a un discurso de   heroísmo extensible a todos los personajes de la historia (y si no que se lo digan al bueno de Neville Longbottom). Y lo consiguen en virtud a la conjunción giros de guión inesperados, instantes trágicos, un uso de los efectos especiales casi perfecto, acción desbordante y una oscuridad que lo embarga todo y precede al hipotético fin de una era. A menos que Harry Potter asuma el rol atribuído por todos los que le rodean y decida enfrentarse, cara a cara, a su particular némesis, o lo que es lo mismo, el desdoble siniestro de su propia naturaleza como el elegido para abanderar a la comunidad mágica.
A pesar de su conseguido clímax apocalíptico, la película naufraga en los momentos de mayor intensidad, adolece de la emoción que el flujo narrativo y la acción precisan; y en este sentido, la discapacidad interpretativa de Daniel Radcliffe es paradigmática. Si bien ha sido notoria la evolución del actor a lo largo de la saga, la demanda de una mayor profundidad en la construcción de su complejo personaje, asolado por las dudas y el sentido de la responsabilidad del héroe, ha tendido a abrumar las limitadas dotes de Radcliffe y a constituirse en la nota discordante de un nutrido elenco de grandes actores británicos entre los que  destacan, incluso, sus compañeros de aventuras, el irónico y algo bobalicón Ron Weasley/Rupert Grint, o la resabida y madura Hermione Granger/Emma Watson, verdadera revelación de la adaptación cinematográfica e ídolo de masas entre los jóvenes de medio mundo.
El desangelado desenlace, sin el menor ápice de fervor acorde a la situación, o la escasa imaginación en la puesta en escena del etéreo encuentro entre profesor y discípulo, se ve recompensado, al menos, con un fascinante derroche de ingenio visual en las escenas de la batalla de Hogwarts (con un preludio sencillamente mágico), o con la tensión a flor de piel del duelo entre Lord Voldemort y Harry Potter. Es en estos momentos cuando asistimos a un auténtico y apoteósico final que hace justicia a una de las sagas cinematográficas más importantes de la historia, con altibajos, sí, pero definida por una historia que ha encandilado a cientos de miles de jóvenes de todo el mundo.
Harry Potter se despide, y lo hace con una obra irregular, imperfecta, aunque inspirada por un espíritu majestuoso, con una factura visual espléndida y un ritmo que sumerge al espectador en ese inquietante y decadente universo de maldad en ciernes. Ahora ya sólo queda rememorar la saga al completo, una vez conformado el mosaico, para disfrutar de las aventuras del joven mago y sus fieles compañeros, así como del extenso catálogo de secundarios a los que han dado vida el elenco de actores británicos más completo de la historia; desde ese malvado por antomasia que cobra pulso a través de la interpretación de Ralph Fiennes, hasta ese personaje central de la saga, el profesor Snape, que construye Alan Rickman, pasando por Maggie Smith, Michel Gambon, Helena Bonham Carter, Gary Oldman, Kenneth Branagh, William Hurt y un largo etcétera.
Palabras como quidditch, Gryffindor, Hogwarts, dementor o piedra filosofal, ya forman parte del imaginario popular contemporáneo. Y es que, al fin y al cabo, todos llevamos un pequeño Harry Potter dentro. La historia ha finalizado, pero la magia perdura.

Series de Televisión; The Shadow Line

9/10
La difusa línea que separa los bíblicos territorios del bien y del mal parece estar más sujeta a una cuestión de percepción personal que a una división moral definida entre virtuosos e infieles. Al menos eso es lo que se desprende de los contradictorios vaivenes argumentales a los que nos aboca la densa e intrincada trama de esta nueva serie de la BBC, donde cada uno de sus personajes abanderan su propia misión de acuerdo a unas ambiciones variables más allá de dicotomías existenciales acerca de la idoneidad de sus actos. Pues, cómo establecer un valor común sobre lo correcto, lo bueno, lo provechoso para la sociedad, cuando cada uno de los actores de este vasto tablero de ajedrez acomete sus movimientos según sus propias normas de integridad e intereses.
El misterioso asesinato del capo de la droga londinense Harvey Wratten no es sólo el fascinante arranque de esta miniserie de siete episodios creada por Hugo Blick, sino el punto inicial de la reconfiguración de una extensa red de nodos interconectados en torno al lucrativo mercado de las sustancias ilegales. Y es que cuando cae un gigante, son muchos los que acuden ávidos a suplir el vacío dejado. Es entonces, en ese caótico periodo de transición, cuando se desvelan las traiciones y lealtades larvadas durante años, las ambiciones no satisfechas, el miedo a perder lo hasta ahora gozado, las contradicciones de un submundo que no entiende de valores o tradiciones; y emerge, sobre todo ello, el dinero como catalizador último de la multitud de líneas trazadas para su consecución.
En pugna, las dos históricas familias del crimen organizado; los servicios de seguridad del estado y los traficantes, todos ellos unidos en una amalgama de núcleos independientes donde la honradez es una quimera y el afán de poder una condición indispensable. Apenas es posible discernir entre el amplio abanico de policías y funcionarios corruptos y la despiadada fisonomía de la jerarquía mafiosa, pues su simbiosis es el requisito ineludible para la pervivencia del sistema en un orden relativamente estable. Para ello son igualmente necesarios en el juego los periodistas, ya sea a través de su silencio o actividad, como curiosamente ha quedado ilustrado con el caso de las escuchas ilegales del News of the World en el Reino Unido.
The Shadow Line se antoja en ocasiones como un impenetrable rompecabezas de tramas yuxtapuestas y personajes con objetivos dispares e indescifrables, enmarcado en una atmósfera cerrada, cruda, de una violencia explícita sin paliativos donde cada acción es ejecutada sin contemplar sus consecuencias. Aquí no hay lugar para consideraciones sentimentales, no existe la familia ni la amistad, todo lo rige el interés por el dinero, por lo que los clichés tradicionales del género de gángsters carecen de sentido. The Shadow Line nos muestra un panorama hiperrealista de un ámbito oculto que apenas se siente en la superficie de la sociedad, narrado en un tono frío y un ritmo cadencioso salpicado de momentos de acción inesperada a partir del característico estilo pulcro y académico de los británicos sin artificios ni concesiones al espectáculo
Más allá del fascinante argumento que vertebra la serie y que, según su creador, fue construido con la ayuda de una pizarra blanca con la que atar cabos; un puñado de personajes memorables hacen de esta obra una exquisita muestra de cómo realizar un thriller dramático con rigor y profundidad. El veterano Stephen Rea da vida a Gatehouse, una misteriosa figura que hipnotiza a través de sus diálogos pero que apabulla con su despiadado proceder; Chiwetel Ejiofor y su rol como el policia Jonah Gabriel aporta el componente de moralidad a la trama; Christopher Eccleston está espléndido en la piel de Joseph Bede, Kierston Wareing convence como la compañera de Gabriel y un largo etcétera de secundarios que completan el mosaico desordenado de una historia con un final sorprendente.
Recomendar The Shadow Line es toda una obviedad. Un humilde servidor ha tenido pocas ocasiones de disfrutar de una serie tan bien construida, con un estilo tan convincente y un argumento decididamente adictivo. La ficción televisiva muestra una vez más que sus formatos son, en muchos casos y géneros, muy superiores a lo que puede ofrecer la duración limitada de una película, sin ser necesario extender la acción durante largas temporadas. Siete episodios son suficientes para contar una historia de una forma tan perturbadora, atractiva, dramática, frenética, cruda y magistral como lo hace la que podría ser, salvo una nueva genialidad por llegar, la serie del año. Y es que los británicos lo han vuelto a hacer; su producción es puro arte televisivo y, a pesar de no ser reconocidos por el público internacional, no cabe duda de que están un paso por delante del resto.

Series de Televisión; The Crimson Petal and The White

 8/10
El excelente estado de lucidez de los creadores norteamericanos de series televisivas ha tendido a concentrar buena parte de la atención internacional hacia sus inestimables productos, sin embargo, dicha incuestionable realidad dista mucho de excluir el interés por la producción de otros países. La industria de ficción de Reino Unido es, en este sentido, un claro ejemplo de cómo anteponer la calidad de sus obras al aspecto más puramente comercial de las mismas, a partir de formatos atípicos y temporadas reducidas que se adaptan a las características inherentes del material original en lugar de recorrer el camino inverso. Aún más sorprendente es el hecho de que este fascinante campo de experimentación creativa desarrollado en la televisión británica se ha incentivado de forma predominante desde el sector público a través de las cadenas de la BBC, las cuales han apostado por productos arriesgados, insólitos y, en muchos casos, alejados de los cánones tradicionales de lo políticamente correcto exigidos a la televisión pública.
La adaptación a la pequeña pantalla de la novela de Michel Faber, The Crimson Petal and The White (Pétalo Carmesí, Flor Blanca en español), publicada en el año 2002 con un rotundo éxito de crítica y público, se erige como un ejemplo idóneo para ilustrar la falta de tibieza de los responsables de la BBC a la hora de acometer sus proyectos. La miniserie de cuatro episodios dirigida por Marc Munden y adaptada por la dramaturga Lucinda Coxon supone un acercamiento al Londres victoriano desde un enfoque que dista mucho de la estética clásica y la narración académica consustanciales a los dramas de época. Aquí la cámara se agita y se deforma de acuerdo a la recreación de los ambientes contradictorios de la capital de un imperio sustentado en las desigualdades de su propio pueblo; todo adquiere un matiz barroco, esperpéntico incluso, que juega con los extremos del abanico cromático para dar carta de naturaleza a los sentimientos de sus personajes; desde la frialdad de los grises y azules metálicos de los bajos fondos hasta la explosión colorista del interior de los burdeles y las mansiones de la clase aristócrata. 
The Crimson Petal and The White narra la historia de Sugar, una prostituta con cierta fama entre la clase alta londinense sobre la que se extiende un halo de misterio que incentiva el deseo de sus numerosos pretendientes. Uno de ellos, William Rackham, propietario de una fábrica de jabones en decadencia un tanto trastornado por los problemas económicos y la enfermedad mental de su esposa, queda súbitamente prendido de la belleza delicada y la mente perspicaz de la joven, llegando a conseguir sus servicios en exclusiva para convertirla en amante y confidente de sus cuantiosos dilemas y preocupaciones existenciales. La conjunción de ambos mundos opuestos desvela la hipocresía subyacente de una aristocracia que acude a los bajos fondos para saciar los instintos humanos más primitivos vedados en su particular burbuja de solemnidad y comedimiento; y el impulso vital de los desheredados que mueren cada día fruto de las enfermedades y el hambre por escapar de ese pozo oscuro al que se han visto condenados a vivir.
Un grito desesperado es lo que pretende proferir Sugar a través de su 'Libro del Odio'. Allí se venga de todos aquellos señores respetables que le han robado su inocencia y su juventud, esa es la válvula de escape hacia una suerte de limbo inconsciente que la emplaza a una indiferencia existencial, hasta que el amor del señor Rackham le promete una vida digna alejada del burdel de la señora Castaway. La mirada desvaída de la bella Romola Garai (ahora en la nueva serie de la BBC, The Hour) dota de un atractivo hipnótico a su personaje, de frágil apariencia pero sólida disposición, suscitando una vaga sensación de lejanía, como si efectivamente fuese el ángel salvador que la demente señora Rackham veía en ella. Resulta complejo apenas retirar la vista de su poderosa presencia, como la débil llama de una vela hermosa, magnética, cautivadora, casi divina. 
Más terrenal, sin embargo, es el patético señor Rackham, interpretado de forma brillante y profunda por Chris O'Dowd, actor británico lanzado a la fama por su papel de geek en la sitcom The It Crowd y ahora en un rol diametralmente opuesto; o su esposa a la que da vida con una autenticidad pasmosa a pesar de su dificultad la actriz Amanda Hale. También espléndidos están la irreconocible Gilliam Anderson (la mítica agente Scully de Expediente X) como la señora Castaway, Richard E. Grant en el papel del oscuro médico de la familia, y la excelente Shirley Henderson como la señora Fox.
The Crimson Petal and The White es una obra de contrastes entre la podredumbre de las húmedas callejuelas londinenses de finales del siglo XIX y la elegancia impostada de los salones de la clase acaudalada; que se filtra en nuestra pensamiento en un vorágine desconcertante de sexo, esperanza, pasión y destrucción, con un ritmo pausado pero implacable, diálogos profundos y miradas que desvelan las más hondas sensaciones. Una serie con alma que te embarga desde un arranque demoledor (y algo inconexo), que te seduce en su devenir y que finalmente te atrapa en un desenlace evocador; una verdadera joya contemporánea con una estética fascinante, un elenco de actores insuperable y una valentía encomiable.

Dulce Cine de Juventud; Poli de Guardería

Lo habíamos visto en la piel de un forzudo guerrero con ansias de venganza en Conan, en la de una máquina indestructible llegada directamente del futuro en Terminator, masacrando a cientos de sudamericanos a mamporro limpio en Comando, o en plena selva luchando contra un cazador alienígena; pero jamás hubiésemos imaginado que el rey hollywoodiense del esteroide emplearía sus músculos sobrenaturales en apaciguar a las pequeñas fieras de un jardín de infancia de Oregón. Sin embargo, la industria del cine es, en ocasiones, caprichosa, y sus directivos, irónicos confabuladores dispuestos a someter a la estrella de acción del momento a una pequeña temporada entre niños con vejigas minúsculas y profundas crisis existenciales por unas lucrativas cifras de recaudación en taquilla.
Y es que en el fondo existe cierto morbo en ridiculizar a una figura cuyo 'atractivo' primordial se halla en su fortaleza física (Vin Diesel también lo ha padecido recientemente). Ivan Reitman, el director de esta Poli de Guarderia, ya había descubierto la (inexistente) vena cómica de Arnold Schwarzenegger años antes en Los Gemelos golpean dos veces junto a Danny DeVito, con el que volvería a formar dúo poco después en un despropósito mayúsculo como Junior; por lo que su objetivo de desmitificar al que para muchos era y sigue siendo un icono de la masculinidad se vio ampliamente alcanzado no sin suscitar cuantiosas carcajadas de escepticismo y bochorno ajeno. Aunque algunos bien podrían catalogar de versatilidad interpretativa a este radical cambio de roles en la carrera de Schwarzenegger, algo que volvería a producirse cuando el actor decidió pasar de interpretar a Terminator para dar vida a 'Governator', con un éxito aún más sorprendente que sus logros comerciales en el género cómico.
En Poli de Guarderia, Schwarzenegger es John Kimble, un fornido detective que debe infiltrarse como profesor en un pequeño colegio de la localidad de Astoria adonde acude el hijo de un importante narcotraficante recién salido de la cárcel. Kimble estrechará relaciones con la madre del chico y ex pareja del delincuente, y les protegerá de las intenciones de este, entre las que se encuentra llevarse al niño con él. Sus labores como policía estarán, sin embargo, simultaneadas con su nuevo trabajo a cargo de una ruidosa clase de preescolar donde imponer un poco de orden y disciplina en lo que se asemeja a una selva ingobernable de críos. Lo cierto es que es bastante divertido comprobar cómo la vena carótida de Schwarzenegger se hincha paulatinamente a medida que el caos aumenta a su alrededor hasta que sus ojos parecen salirse de sus órbitas y el rostro se contorsiona en una mueca de desesperación. Si existiese un mínimo de verosimilitud en la cinta, los pobres niños se habrían arrebujado en una de las esquinas del aula nada más aparecer tamaña figura de músculos, pero para desgracia de Kimble y placer del espectador, el flamante nuevo profesor deberá ganarse con sudor y esfuerzo el control de la clase, cosa que finalmente consigue para la sorpresa de todos.
Las películas precisan ser valoradas en su justa medida y conforme a sus propias intenciones. Poli de Guardería es una comedia complaciente para toda la familia y como tal, debe ser apreciada en cuanto cumple sus objetivos de entretener y propiciar un rato agradable para el espectador. Por si fuera poco, la oportunidad de ver a Arnold Schwarzenegger bregando con una legión de niños malcriados y traumatizados no tiene precio, más aún si ha seguido su dilatada carrera como 'action man' de Hollywood por antonomasia. Viendo películas como esta, nos viene la pregunta de por qué razón algunas personas deciden dedicarse a la política en lugar de hacernos reír con historias inofensivas y ficticias. Imagínense si no este alarido en un pleno parlamentario...                                                                                 

Crítica Sin Identidad; Me faltan cinco minutos

6,5/10
Se perfectamente que, al colocarme delante del ordenador para escribir esta reseña, estoy dando al traste con el concepto de actualidad. Sin duda, Sin Identidad es una película que ya puede estar considerada como “pasada de moda”. Pero el tiempo del que dispongo me obliga a dosificar las películas que veo.
Animado por la presencia de uno de los actores a los que considero como “imperdibles”, aunque no llega al status de “mis favoritos”, me dispuse a intentar descifrar los secretos que protegía la interpretación de un Liam Neeson bien recuperado de la muerte de su esposa y dedicado por entero al cine, su profesión, algo que se le da bastante bien y donde ha podido encontrar refugio a su pena.
Tras apariciones en películas poco exitosas, entre las que destaco El Equipo A, Neeson ha vuelto por sus fueros y regala a los espectadores un thriller que puede resultar incluso demasiado enrevesado a las mentes poco hechas al seguimiento casi con papel y boli del libreto de una cinta. Sin Identidad es una de esas películas de las cuales te arrepientes de hasta toser o pestañear. Y no por sus increíbles escenas de acción, que tampoco son para tanto y en ocasiones resultan algo ridículas e incluso inverosímiles, sino porque cada segundo de metraje es vital para entender la secuencia inmediatamente siguiente.
Liam Neeson es un buen actor, no especialmente destacado, pero con interpretaciones por las que siempre le recordaremos (véase La Lista de Schindler o Michael Collins) por lo cual es casi incuestionable la labor del espectador en perdonarle cualquier papel que se aleje lo más mínimo de sus amplias capacidades como intérprete. En Sin Identidad ofrece un rol complicado, alejado de casi cualquier tópico o convencionalismo, en el que por mucho que el espectador intente meterse en su piel acaba bastante más desesperado que el propio protagonista.
Neeson aparece acompañado por dos increíbles bellezas rubias. La primera de ellas, January Jones, vista en Radio Encubierta o American Pie y mundialmente conocida y galardonada por su inimitable rol de Betty Draper en la mágica serie de la AMC Mad Men. En Sin Identidad aporta un papel frío y sin prácticamente ningún suspense más que el de ser una de las llaves que resuelven la complejísima trama. Por otro lado, Diane Kruger, destacada actriz alemana que obtuvo el éxito mundial con Troya y se consagró con Malditos Bastardos. Como acompañante de huidas y persecuciones con el protagonista está muy bien pero su papel poco aporta al desarrollo de una trama que, sin ella, también tendría su interés.
Dirigida por el catalán Jaume Collet Serra, Sin Identidad supone su primera incursión en Hollywood. El resultado no es malo pero a mí me faltan cinco minutos de metraje para poder comprender algunos cabos sueltos que quedan a la imaginación del espectador y que ayudarían más a una hipotética mejor comprensión de las algo menos de dos horas de duración.
Como aliciente al visionado de la cinta, tenemos de regalo las dos portentosas interpretaciones de dos secundarios de lujo. Por un lado, el gran actor alemán Bruno Ganz (mundialmente recordado por recrear la figura de Adolf Hitler en sus últimos días en El Hundimiento). En segundo lugar, al veterano intérprete norteamericano Frank Langella, más conocido por encarnar hace cuatro años al presidente Richard Nixon en la cinta de Ron Howard Frost contra Nixon.
Poco más puedo aportar a este comentario sobre Sin Identidad más que recomendar su visionado pero sin gastar demasiado dinero. No es el peliculón del año pero merece la pena recordar que alguna vez se hacen películas que entretienen y de las que no se arrepiente uno de recomendársela a los amigos o conocidos.

Crítica Cars: El viaje hacia sí mismo de Rayo McQueen

7/10
Una de las virtudes más características del cine de animación tradicional ha sido la capacidad de sus responsables de dotar de una personalidad definida y entrañable a todo un amplio catálogo de animales y figuras fantásticas arraigadas en el imaginario popular. No obstante, todas ellas tenían un fuerte vínculo de unión en cuanto a manifestaciones puramente humanas de fácil identificación. La factoría Píxar ya se atrevió con su primera aventura cinematográfica en dar vida a objetos inanimados (concretamente juguetes) que de igual modo seguían atesorando ciertas similitudes con el ser humano, sin embargo, años más tarde cruzaría una frontera más al componer una historia protagonizada enteramente por coches de carreras. Aquí los lazos de empatía con el espectador eran más difusos en cuanto la representación visual y emotiva de los mismos colisionaba de alguna manera con nuestra propia concepción del objeto. Es decir, nos resulta extraño ver a un coche sin piloto que además habla y hace todo lo que un humano está acostumbrado a realizar.
Esta sensación de irrealidad ha lastrado de forma evidente a la valoración de esta película a pesar de los méritos narrativos y visuales que su director, John Lasseter, tuvo la habilidad de imprimirle. Según las palabras de este, Cars nacía de la necesidad de aunar sus dos grandes pasiones, la animación al más puro estilo Disney y el mundo del automóvil. Para ello, concibió una historia con alma, tierna y nostálgica, aderezada con la acción frenética de las carreras de Nascar, en las que participaba su personaje protagonista, el ambicioso Rayo McQueen. A partir de esta novedad (resulta cuanto menos curioso ver a cientos de coches como público en la competición) que progresivamente se va difuminando ante el espectador, Lasseter desarrolla el tradicional cuento impregnado por los valores de la amistad, el trabajo en equipo y la necesidad de ver más allá de las apariencias.
Y es que el éxito y la fama no lo son todo. A pesar de ser uno de los bólidos más rápidos de la Copa Pistón, Rayo McQueen tiene una vida solitaria, insustancial, sin el apoyo de la familia y los amigos que ha ido dejando en el camino por cumplir su sueño de ser el mejor, sin apenas comprender que esto no es más que algo pasajero, apenas un instante de felicidad. Pero todo cambiará súbitamente cuando recala por accidente en un pequeño pueblo olvidado de la Ruta 66 llamado Radiador Springs, donde conocerá a un variopinto grupo de automóviles con los que congeniará profundamente tras salvar las reticencias y prejuicios iniciales.
La dulce Sally Carrera, una Porsche 996 amante de la vida rural; el bueno de Mate, una viaje grúa oxidada con un gran corazón; el taciturno Doc Hudson, un legendario ganador de la Copa Pistón venido a menos; el vivaz Luigi, un Fiat 500 amarillo encargado de la salud de los automóviles del lugar; y otros muchos compañeros de Radiador Springs mostrarán a McQueen las bondades de una vida tranquila junto a aquellos que de verdad te quieren más allá de los éxitos circunstanciales, en una clara reivindicación de las pequeñas comunidades en paulatina extinción que salpican la geografía de Estados Unidos arrinconadas por las grandes autopistas y vías de comunicación.
Cars no es el mejor largometraje de Pixar, ni siquiera se encuentra en ese particular parnaso de joyas del cine moderno como la saga Toy Story o Up, pero de ningún modo merece ser tildada como una obra menor dentro de la brillante trayectoria de la compañía. La minuciosa recreación visual de los ambientes, el dibujo amable de sus personajes, la acción vibrante desatada en momentos puntuales y, sobre todo, el mensaje generoso y cargado de valores emanado desde los corazones de sus creadores, hacen de esta película un excelente y educativo entretenimiento para los más pequeños y un agradable pasatiempo para los adultos cargado de referencias y guiños cinéfilos. Ya sólo queda evaluar la deriva tomada por la entrañable historia de Rayo McQueen y cia. en su recientemente estrenada secuela. 

Retrospectiva Martin Scorsese; Alicia ya no vive aquí

7/10
La forja de los grandes genios de la historia del cine no siempre se corresponde con unos orígenes coherentes con el desarrollo de su obra posterior. Cuando pensamos en Martin Scorsese pocos dudarían en vincular su sello inconfundible con el género gangsteril cultivado en la mayor parte de sus obras inmortales; Uno de los Nuestros, Casino, Gangs of New York o Infiltrados son sólo algunos de los ejemplos que legitiman al director como privilegiado retrastista de los bajos fondos sociales y humanos iniciado ante el gran público con Malas Calles. No obstante, aquellas notas discordantes que salpican las filmografías de los grandes realizadores modernos deben ser de igual modo valoradas en cuanto manifestaciones que enriquecen a una obra que pretende ser heterodoxa.
La segunda película de cierta relevancia de Martin Scorsese, Alicia ya no vive aquí, ha sido relegada a una cierta posición de menor trascendencia en la mirada retrospectiva hacia su carrera cinematográfica en virtud al difícil acomodo de esta en el devenir artístico del director, siendo catalogada en ocasiones como una 'obra de encargo', como si ello fuese razón suficiente para su descrédito. Es cierto que en esta particular road movie no son identificables algunas de las líneas recurrentes del genio neoyorkino, sin embargo las incipientes pinceladas de estilo imprimidas a una trama de una modernidad irrebatible hacen de esta película una de las muestras más claras del nuevo cine que germinaba en Hollywood desde inicios de la década de los 70 y por el cual se quebraban los encorsetados patrones narrativos de un cine clásico agotado en sus planteamientos.
La historia de una mujer que desde niña soñaba con ser cantante y que ya madura emprende el camino hasta la consecución de su fantasía tras años de un matrimonio asfixiante, encandiló desde el primer instante a la actriz Ellen Burstyn, quien veía en este papel el paso decisivo hacia el estrellato. Por ello, se hizo con los derechos del guión de Robert Gretchell y aceptó el consejo de Francis Ford Coppola de confiar en su joven amigo Martin Scorsese para trasladarlo a la gran pantalla. La fórmula funcionó y Burstyn se alzó con el Oscar a la Mejor Actriz Principal tras componer una interpretación sublime de multitud de matices cómicos y dramáticos por la que daba vida con una autenticidad pasmosa a Alice Hyatt, una peculiar heroína moderna.
La cámara de Scorsese no desvía en ningún momento la atención de los vacilantes pasos de Alice por las anodinas ciudades de la América Profunda, que recorre junto a su irritante hijo de once años en su quimérica búsqueda del sueño al que renunció cuando era joven por un matrimonio opresivo (su vida parece desarrollarse de forma paralela a la del personaje de Meryl Streep en Los Puentes de Madison). En el camino, topará con nuevos hombres embargados de una masculinidad despótica, insensibles a sus anhelos y ambiciones guardados durante demasiado tiempo bajo la apariencia de una complaciente ama de casa. En este sentido, el prólogo de la cinta, de una riqueza y estética cromática que recuerda a El Mago de Oz, es especialmente clarificador en cuanto al verdadero carácter de Alice, pues ya se nos presenta a una niña tozuda que no duda en aseverar que todo aquel que niegue su talento "puede irse a la mierda".
Alicia ya no vive aquí es una película de un interés indudable auspiciada por el talento incontenible de su actriz principal y el excelente plantel de secundarios que la acompañan, desde los jóvenes Harvey Keitel y Kris Kristofferson hasta Diane Ladd (nominada al Oscar) pasando por el hijo de Alice, un excelente Alfred Luther que corrobora el buen trabajo con los actores que siempre ha caracterizado a Scorsese. Su narración transgresora y una temática que rompía con multitud de clichés de la época no hacen más que atestiguar la calidad de una película que precisa de un análisis más profundo y una valoración más justa en la ya extensa filmografía del gran Scorsese.

Películas Para Dos Vidas; Philadelphia

Estamos ante una de las obras maestras de nuestro tiempo. Cine absoluto, con mayúsculas, de ese que tanto echamos de menos cuando ahora vamos al cine. Una cinta infravalorada por la mayor parte de la sociedad pero que contiene los más claros contrapuntos de la bondad y la maldad del ser humano. Gracias a Philadelphia nos damos verdadera cuenta de en qué mundo nos estamos viviendo, un mundo controlado por seis o siete tiburones de las finanzas que no tienen en cuenta más que sus propios intereses dejando de lado el propio concepto de civilización, tan denostado en estos tiempos que corren. 
La película debe su nombre a la ciudad donde se firmó la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Aquellos padres de la patria quisieron que Philadelphia se convirtiera en la ciudad del amor, de la bondad y del encuentro entre culturas y pueblos, muchos de ellos de diverso y heterogéneo origen. 
Estamos ante una de las más brutales interpretaciones de la Historia del Cine. Sorprende ver a un Tom Hanks cultivado en la más absoluta comedia (Esta Casa es Una Ruina, No Matarás al Vecino o Despedida de Soltero) interpretando de manera tan magistral y sublime a un enfermo de SIDA homosexual que es despedido vilmente de la empresa en la que trabaja. Películas como ésta son la prueba irrefutable que nos demuestra la versatilidad de los actores que más admiramos. Y Tom Hanks es todo un referente. Tanto cautivó su interpretación de Andrew Beckett que la Academia de Hollywood decidió premiarle con un merecido Oscar, uno de los pocos premios más bien concedidos en toda la Historia del Cine. Al año siguiente, Hanks volvería a triunfar con Forrest Gump, otorgándole de nuevo el Oscar por segundo año consecutivo, algo que sólo consiguió Spencer Tracy. Su interpretación dio a conocer al mundo la enfermedad del SIDA y su transmisión a través de diversos métodos nada seguros. Podemos decir que Philadelphia cambió el mundo que, unido a la muerte de Rock Hudson y Freddie Mercury, comenzó a hacerse preguntas y a investigar sobre qué era exactamente el síndrome de inmunodeficiencia adquirido.
Que Hanks es un gran actor no lo duda nadie. Sin embargo, no hay que olvidarse del elenco de actores que conforman las desventuras de nuestro protagonista. Su abogado, un Denzel Washington en estado de gracia, nos regala escenas y secuencias de una magnitud incalculable. La trascendencia de sus palabras abrió las puertas a millones de homosexuales afectados por la terrible enfermedad del SIDA y si a eso le sumamos que interpreta a un abogado de raza negra inmiscuyéndose en los asuntos de un bufete lleno de letrados ricachones blanquitos, no digamos más.
Y, ¿quién es el gran jefe de ese bufete tan indeseable y odioso? Pues nada más y nada menos que Jason Robards, otro de los grandes actores de la época dorada del cine. Quizás algo más desconocido pero con una carrera brillante que incluye títulos como Julia, Todos los Hombres del Presidente, Tora, Tora, Tora o Magnolia. Su papel de abogado sin escrúpulos que no tiene reparo en despedir a un hombre enfermo es, cuanto menos, sobrecogedor. Su enfrentamiento en la sala con Denzel Washington es de lo mejorcito de la película.
Pero no podemos olvidarnos de la sufrida madre del personaje de Hanks, una gran dama de la interpretación, esposa de Paul Newman y una de las actrices más respetadas de su tiempo. Joanne Woodward aparece poco en el metraje pero su emotiva presencia en todas y cada una de las secuencias que interpreta hacen saltar las lágrimas a cualquiera. Sin embargo, tampoco es de rigor no mencionar a nuestro Antonio Banderas en su segunda incursión en el cine norteamericano. Salvó los muebles con una interpretación sublime destrozada por su propio doblaje al español.
Si nada más comenzar la cinta, suena la canción Streets of Philadelphia a través de la desgarrada voz de Bruce Springsteen, es una señal de que estamos ante una absoluta masterpiece de su director, Jonathan Demme (El Silencio de los Corderos) con un libreto impresionante obra de Ron Nyswaner. 
Como es una cinta de obligado visionado y disfrute para todos los amantes del cine no pienso seguir desvelando ni desgranando ningún detalle de la película. Simplemente poner un fragmento de la película, aquel donde después de la veintena de veces que he visto Philadelphia, aún se me siguen saltando las lágrimas.


Crítica Sólo una Noche; Mini-infidelidades

6,5

Al colocarse delante de esta película y, comenzando por contemplar el cartel, algo nos está diciendo que posiblemente estemos justo a punto de ver algo que ya hemos visto. Extrañamente, esta película nos suena sospechosamente a otra que realizó el gran Mike Nichols en 2004, que barrió a la crítica de medio mundo y le reportó a sus cuatro protagonistas un status que creían perdido.
Cuatro protagonistas estamos a punto de contemplar en esta cinta, dirigida por la debutante Massy Tadjedin. Al igual que en aquella cinta de 2004, son dos hombres y dos mujeres. Y es aquí cuando debemos comenzar las distinciones. ¿Por qué? Pues simplemente porque las comparaciones son odiosas. Comparar Closer con Sólo una Noche resulta, cuanto menos, una ofensa al ojo avizor. Bien es cierto que la cinta de Tadjedin es algo más que interesante pero por algo de lo que en tiempo atrás no me haría sentir orgulloso.
Hablo de una interpretación excelente de una actriz a la que, confieso, poco aguanto. Keira Knightley me parece bastante desagradable y aún no se explicar el porqué. Quizás sea su insoportable acento british o por su manera de moverse en pantalla. Sin embargo, ahora la realidad es otra y ya basta de dar palos por cosas sin fundamento. 
Me parece que es de justicia reconocer el gran papel y la gran química con su compañero de reparto, el francés Guillaume Canet, de la actriz británica a la que todos recordamos por piratear a gusto junto a Johnny Depp y Orlando Bloom en aquella franquicia Disney de tanto éxito. 
Pese a no haber ni una sola excena de sexo, algo que hace que la película cobre una simpleza asombrosa alejada de la complejidad narrativa de Closer, esta película tiene tintes de un buen guión construido sobre una sólida base fijada en un tema muy recurrente a lo largo de la Historia del Cine: la infidelidad. 
También, y como no podía ser de otra manera, he de dar mi voto negativo al rostro ladrillero de un Sam Worthington que debió quedarse en Pandora con aquellos bichillos salidos de la sórdidamente capitalista mente de James Cameron. Y también he de castigar duramente a una actriz cuyos atributos ya no son suficientes para convencer a nadie de ir al cine a verla. Yo no soy fan de Eva Mendes. Ni siquiera desde que mostró sus encantos en Training Day para deleite de Denzel Washington ni cuando comenzó La Noche es Nuestra de aquella manera tan "o te gusta o no te gusta" a los ojos de un Joaquin Phoenix que no tardó en unirse a aquella "fiesta". No, no soy fan de Eva Mendes ni en esta película ni en ninguna otra. La falta de química con Worthington compite con los sosainas personajes que trajeron Angelina Jolie y Johnny Depp en The Tourist o el propio Depp con Penélope Cruz en Piratas del Caribe IV, de la cual jamás debió salir la anteriormente mencionada Keira Knightley.
A todos los que nos encantó Closer, su guión, sus actores y su apasionante trama, encontraremos en Solo Una Noche algunos resquicios de aquella cinta aunque, naturalmente (y vuelvo a reiterarlo), las comparaciones son más que odiosas. Aunque lo intenten, si que es verdad que la empatía con los personajes queda lejana. Si entre ellos logran alcanzar algo de química, con el espectador resulta algo un poco más complicado aunque no imposible.
Se nos ha entregado una película interesante que se deja ver mientras nosotros seguimos indagando acerca de las virtudes o maldades de esa mala práctica llamada "infidelidad".