Crítica Mientras Duermes; Mirarás debajo de la cama

7,5/10

El pasado viernes se estrenó la última película de Luis Tosar, Mientras Duermes, un ejercicio de suspense realmente destacable que hará que más de uno no vuelva a casa tan seguro de haber cerrado la puerta con llave. Dirige uno de nuestros directores más respetados, Jaume Balagueró, que con Marta Etura y Alberto San Juan forman un equipo de excepción. El cine español está cambiando. Y lo hace desde su propia base, desde los pilares que sujetan los manuales de los diferentes géneros que se han cultivado en decenas de años de cinematografía. Los guionistas, actores, directores, músicos o productores han evolucionado hasta marcar nuevas cotas dentro del cine patrio.
Buena prueba de esa evolución es esta Mientras Duermes, una película dirigida por Jaume Balagueró que muestra una de las grandes historias de suspense que el cine español ha visto en muchos años. Quizá no llegue al nivel técnico de otras obras maestras de la presente temporada en España pero tiene una cosa que, a lo mejor, no poseen otras películas. Hablamos de una cierta complicidad con el espectador, una implicación agradecida, una confabulación premeditada para que vivamos la trama con la misma intensidad con la que los actores realizan sus papeles.
Balagueró es experto en este tipo de relación con el espectador. En REC ya lo demostró, haciéndonos partícipes de una historia que, aunque no tenía nada que ver con nosotros, nos afectaba de la manera en que éramos espectadores de la película y del programa de televisión con el que Manuela Velasco hizo el reportaje más tenebroso de su carrera.
Mientras Duermes es una película de terror hipnótica, al igual que la interpretación de su actor protagonista. Un Luis Tosar que, le pese a quien le pese, es el mejor actor español que trabaja en nuestro país. Ver actuar a Tosar es todo un orgullo que hace que nos planteemos la utilidad de la caterva de seres que pueblan nuestro cine, que apenas saben articular palabra, y que son adorados como ídolos de oro, cuando no están hechos ni de barro.
Con un pulso narrativo extraordinario, Balagueró narra una historia que no nos dejará indiferentes. La historia de un bloque de pisos, visto a través de los ojos de su conserje, un psicópata con el rostro de Tosar que proporciona la suficiente tensión al espectador como para encogerse en el asiento ante la crudeza de alguna secuencia específica de la película. Mientras Duermes posee la riqueza narrativa de las grandes películas del terror europeo. No hay efectos especiales ni sexo explícito. Estamos cambiando en España y lo hacemos desde nuestra propia base. Si antes teníamos un cine harto de pechos femeninos, orgías, jamones y toros, ahora tenemos un cine inmerso en el panorama fílmico mundial. Se respira tensión desde el primer minuto de metraje. La película es fría, oscura, tenebrosa. El espectador termina su visionado con un vacío en el estómago fruto de una serie de acontecimientos que harán cambiar el curso de la trama y que provocarán que nuestro vacío vaya in crescendo. Incluso habrá alguien que llegue a su casa y tenga que mirar por todos los rincones de la casa asegurándose que no exista peligro alguno antes de rendirse a la fase REM.
Mucho ojo con las tres interpretaciones principales. Un Luis Tosar excelso en su papel, una Marta Etura cumpliendo con su responsabilidad en el metraje de manera formidable y una niña, una Iris Almeida chantajista y manipuladora que será la única piedra de toque de nuestro perturbado protagonista.
Hay que ir a ver Mientras Duermes. Hay que contemplar el verdadero cine español en sus nuevos tiempos. Podemos sentirnos orgullosos del nivel que vamos adquiriendo poco a poco. Cada vez es más necesario desterrar a personajes como Vicente Aranda o Bigas Luna, algunos de los artífices de los complejos que llevamos arrastrando en nuestro cine desde hace décadas.
Señores, el cine español está resucitando. Sintámonos orgullosos de ello y aprovechemos el momento.

Cómics de Cine; Thor

4,5/10

Vi Thor después de disfrutar como un niño con Capitán América: El Primer Vengador. Es indudable la capacidad de Marvel para llevar a sus héroes al cine pero en esta ocasión el héroe nórdico se pierde en un mar de efectos visuales que distraen la atención más que reflejar la historia de uno de los personajes más carismáticos de la franquicia de Stan Lee.
Cuesta creer que un director curtido en el teatro, máximo exponente del teatro shakesperiano moderno, como Kenneth Brannagh se haya ofrecido a dirigir esta aventura que poco tiene que ver con su carrera. Sin embargo, son muy notorios y loables los intentos por salvar una producción irregular que cuenta con un protagonista muy interesante desde el punto de vista dramático pero que ha sido recreado por un actor muy limitado como es Chris Hemsworth.
A Thor le falta algo, algo que la convierta por lo menos en interesante. A lo mejor no tiene la chispa que tenían, por ejemplo, las adaptaciones de Iron Man donde los efectos visuales se sumaban a la profunda capacidad de Robert Downey Jr. de comerse una cámara de cine. Aquí me sobran la mitad de los personajes, utilizados en un batiburrillo que no tiene el más mínimo interés más que el transcurso de las dos horas largas de metraje.
Es cierto que puede resultar interesante ver como el futuro dios del trueno, Thor, desciende a la Tierra y se encuentra con unos pasmados Stellan Skasgaard y Natalie Portman, que inmediatamente parecen asumir la condición fantástica del héroe en cuestión. O ni siquiera le hacen ni caso. Demasiados efectos especiales nublan la vista tanto de los protagonistas como del espectador, que se ve inmerso en un espectáculo de luces y color mientras el héroe del martillo se pasea por medio Universo.
No puedo decir que Thor sea uno de mis superhéroes preferidos pero es que la película de Kenneth Brannagh tampoco le hace justicia. Tal vez sea por la increíble insulsez que demuestra el esposo de nuestra Elsa Pataky o tal vez por un guión que no resume con toda la diligencia que debe una de las más fantásticas historias de superhéroes jamás contadas.
Thor es uno de los fundadores de Los Vengadores. Y así lo recoge la película que veremos el año próximo en nuestros cines. Una aventura que reúne a la mayor parte de los superhéroes míticos de Marvel y que hará las delicias de los nostálgicos de la juventud de Stan Lee y sus compañeros en la editora.

Cómics de Cine; Capitán América: El Primer Vengador

7/10

Hacía muchos años que el Capitán América dejaba de recorrer los siete mares en busca de los nazis que quisieron adueñarse de Europa y medio mundo. A pesar de los muchos intentos frustrados en forma de series de televisión y telefilms bastante mediocres, el superhéroe por excelencia de la Segunda Guerra Mundial volvía en este 2011 a nuestras pantallas.
Y lo hacía de la mano del director Joe Johnston, un especialista en cine palomitero que sin ser uno de los más destacados realizadores de su generación, ha sabido encontrar un punto más que interesante a los cómics de este héroe de la factoría Marvel. Con una película más que decente que supera con crecer a muchos “musculitos” que existen todavía en las salas de cine, el Capitán América ha demostrado que sigue con fuerza a pesar de que no estemos ante una trama que le haga justicia.
Sin embargo, Capitán América: El Primer Vengador es un entretenimiento de los más divertidos de este año. Posee una historia simple de malos y buenos donde el malo es tan malo que hasta no tiene cara (aunque sepamos que se la pone el siempre excelente Hugo Weaving) y los buenos son tan buenos que tienen hasta un programa militar secreto que fabrica superhéroes. Y el afortunado en esta ocasión ha sido Chris Evans, un actor algo desconocido que ya se ha hecho un hueco entre el olimpo de los legendarios superhéroes con una película que hará las delicias de los nostálgicos de aquellos cómics y de las nuevas generaciones, aquellas que crecimos atemporalmente con aquellas historias en las que el Capitán América le pateaba los cuartos traseros al mismísimo Adolf Hitler.
Johnston nos presenta una trama simple, sin complicaciones. Algo para digerir y disfrutar, relajarse y olvidarse de los problemas del mundo. Asistimos a la historia de un joven que desea alistarse en el Ejército y que tiene asma, es muy delgado y apenas se le ve cuando pasea por las calles. Es entonces cuando, entre Tommy Lee Jones y Stanley Tucci, lo convierten en un forzudo soldado que luchará por América en contra de la barbarie nazi, a través de la mirada de Red Skull, el clásico villano de las historias del Capitán América.
A pesar de guardar muchas similitudes con el cómic original, este superhéroe viene modernizado por los nuevos tiempos. Sin embargo, el pulso de Joe Johnston detrás de la cámara revierte esa modernidad hacia los años 40, llevándonos hasta decorados propios de la época y haciéndonos sentir como verdaderos espectadores disfrutando del mejor cine comercial, que de vez en cuando viene bien. Es toda una satisfacción ver una película sin salir de la sala con la sensación de que te han tomado el pelo. Capitán América: El Primer Vengador es una cinta con mucho ritmo, buenas actuaciones y mucha justicia hacia uno de los superhéroes clave de la historia del siglo XX.
Con unos créditos finales que reúnen y adaptan la mejor propaganda belicista de los Estados Unidos en épocas de la Segunda Guerra Mundial, Capitán América se despide dejando una profunda huella en las mentes de aquellos que crecimos con una figura de acción del héroe encima de la cama que ahora no es más que una profunda nostalgia, sean abuelos, padres o niños. El Capitán América siempre será un héroe inmortal y gracias a Joe Johnson y Chris Evans, hemos vuelto a recordar cómo se las gastaba el capitán Steve Rogers.
Mucha, muchísima acción y emociones fuertes para una de las películas más destacadas de este año que nos sirve para inaugurar en este blog una nueva sección dedicada exclusivamente a los superhéroes que han pasado del cómic al cine. Así nos vamos preparando para lo que nos llega el próximo año, bien el desenlace de El Caballero Oscuro, bien la esperadísima Los Vengadores, donde media factoría Marvel luchará en consonancia porque todos vivamos en paz y armonía.

Crítica Contagio; No volverás a dar la mano a nadie...

6,5/10

Steven Soderbergh vuelve a traernos una película que deja sensaciones amargas en el espectador. Contagio es real como la vida misma y quizás por esa razón, volveremos a replantearnos el trato con las personas después de ver esta película, preestrenada en la pasada edición del Festival de Cine de Venecia. Hasta ahora, y como veremos en el próximo reportaje sobre películas relacionadas con la expansión de virus, convirtiéndose en peligrosas epidemias, todas aquellas cintas que reflejaban este tipo de género catastrofista utilizaban el miedo como arma para luchar contra una serie de monstruos o seres que derivan de la nula curación del virus del que han sido previamente infectados. En Contagio todo eso desaparece para narrarnos una historia acerca de la transmisión de esas peligrosas bacterias que terminan por mermar la capacidad física y psíquica del ser humano hasta llevarle hasta la más absoluta de las muertes.
Contagio es una película muy bien contada pero ahí se queda. Parece más un panfleto orquestado por algún gobierno preocupado más que una película. El sentido del espectáculo de Steven Soderbergh es mucho pero en esta película lo limita de tal manera, y muy bien buscado, al miedo que despiertan en el espectador un hilo de banda sonora y unas secuencias donde parte del reparto comienza a sentir los primeros síntomas del virus mortal. Sin embargo, y con el paso de los minutos, puede terminar por volverse monótona.
Es una película directa, sin concesiones. No hay zombies ni armas. Sólo personas de la vida diaria que se enfrentan al mayor de los miedos, una epidemia que se ha desatado a base de demostrar los comportamientos humanos. Apretones de manos, besos, abrazos, roces, beber de cualquier vaso en el bar o respirar delante de alguien. Todo eso incide en un final, a priori, previsible.
Steven Soderbergh viene de dirigir proyectos demasiado distintos unos de otros. Solaris, la trilogía de Ocean´s o, por ejemplo, El Soplón son muestras del cine de uno de los directores más prolíficos de los últimos veinte años. Su relación profesional con George Clooney proporcionó una productora, Section Eight, que dio algunos títulos muy destacados. Sin embargo, Soderbergh se enfrenta a esta epidemia con uno de los repartos corales más significativos del último año. Matt Damon, Kate Winslet, Jude Law, Gwyneth Paltrow, Laurence Fishburne, Marion Cotillard o Bryan Cranston son algunos de los nombres que sostienen esta trama donde el método científico cobra más fuerza que la simple lucha contra el virus. Aquí se explican métodos de transmisión, no hay un presidente al que quieren salvar a toda costa incluso poniendo en peligro la vida de miles de ciudadanos sino que hay doctores o médicos que explican paso a paso el proceso que sigue el virus antes de diezmar a toda una población. Aquí hay fosas comunes donde se entierran, y en ocasiones, se incineran, a los enfermos que acaban de morir. Hay secuencias duras y muy reales que deberemos tener en cuenta si, por lo que sea, una terrible pandemia asola nuestras vidas.
Soderbergh nos explica el miedo, en ocasiones de una forma que puede resultar algo tediosa. Sin embargo, la originalidad de Contagio radica precisamente en eso. En que se molesta en explicarnos qué sucede día a día y no se pierde en subtramas absurdas. Encontramos un ritmo progresivamente ágil proporcionando al espectador la sensación de angustia y patetismo que desea ver en una película de estas catastróficas dimensiones.

Crítica Another Year: La soledad era esto

8/10
El sufrimiento humano como cotidianeidad. Ningún cineasta ha logrado tanta fidelidad en la recreación de microcosmos dramáticos familiares como el británico Mike Leigh. Su ingenio en la construcción de diálogos aparentemente intrascendentes teñidos de una vaga melancolía y concebidos a partir de un hiperrealismo sin tapujos, posibilita que el espectador se interne en los vórtices subterraneos del sentir humano apenas sin percatarse de la profundidad a la que accede a través de una sosegada narración únicamente alterada por instantes de auténtica intensidad dramática.
Un estilo inconfundible que ha labrado pacientemente a lo largo de su dilatada carrera tras las cámaras, alcanzando cotas de inusitada brillantez en obras como la laureada Secretos y Mentiras, un desgarrador fresco acerca de las complejas relaciones en el seno de una familia un tanto disfuncional que se desarrolla con un ritmo parsimonioso hasta confluir en el clímax final, cuando todas aquellas verdades ocultas por los años y el miedo se desatan como una súbita tormenta de repercusiones imprevisibles. Y es que los personajes del cine de Leigh parecen estar perpetuamente condenados a vivir a sólo un vacilante paso del abismo, en la frontera que divide la pertinencia de una vida relativamente feliz, y la existencia fútil de aquel cuya soledad apenas le permite divisar el camino.
Una soledad que arroja al individuo a un patetismo que se extiende como una abrumadora mancha con los años, acrecentando el temor a permanecer excluído del resto y fortaleciendo un sentimiento de compasión ajena que finalmente se difumina con el tiempo. Mary, el personaje sobre el cual gira la trama principal de una historia dividida por las cuatro estaciones de un mismo año en un evidente ejercicio simbólico del inmovilismo al que se ve abocada la existencia humana (es, como sugiere el título, tan sólo un año más en una larga y fallida consecución de días y meses), debe afrontar una grave crisis de identidad apoyándose en la amistad de un matrimonio maduro que le provee de la complicidad necesaria para desvelar el profundo vacío emocional que ella misma ha intentado enmascarar con valores ya caducos.
Y es que la juventud que un día atesoró, y con ella la belleza y la impetuosidad del espíritu, desaparecieron dejando tan sólo el rastro de las oportunidades perdidas y la pesadumbre por la soledad. Ahora, se percata de la fragilidad del tiempo, de la necesidad de tener alguien a su lado por el simple placer de conversar, del desarraigo de aquella a quien nadie pertenece. No obstante, el engaño no cesa; por ello Mary se encapricha de un hombre mucho más jóven que ella en un desesperado intento de enmendar los érrores que cometió sin apenas calibrar sus posibilidades y las consecuencias que su imprudente fantasía puede acarrear en su maltrecha autoestima así como en el círculo íntimo donde busca cobijo.
El espectador asiste en un puñado de escenas colmadas de significado al proceso de autodestrucción de Mary, canalizado narrativamente por la plácida convivencia del matrimonio, el cual ejerce a modo de anfitrión de los acontecimientos acaecidos en la trama. Ellos soportan el peso discursivo de la película y dotan de coherencia a los cuatro cuadros descriptivos del conjunto, enlazados por una sutil sensación de reiteración en lo que concierne al personaje de Mary. A su alrededor, hay muerte y vida, amor y tristeza, se presencia una evolución palpable en el resto de personajes, sin embargo, al final, su situación parece ser la del punto de partida.
Apoyado por una fotografía de una belleza insuperable focalizada en los bucólicos parajes agrestes de los alrededores de Londres, Mike Leigh imparte una valiosa lección de elegancia cinematográfica plagada de planos sostenidos, fundidos a negro y diálogos de una fluidez al alcance de muy pocos autores. Por si fuera poco, la interpretación de Lesley Manville (también en otras películas del director como Todo o nada) logra proveer una autenticidad mayor aún al desarrollo de la historia, convenientemente complementada por la genialidad de Jim Broadbent, la placidez de Ruth Seen o la anecdótica intervención de la gran Imelda Staunton. El resultado es una película conmovedora que se instala con vehemencia tanto en la mente como en el espíritu valiéndose únicamente de la palabra y del noble arte del que hacen gala sus actores

Crítica Crazy, Stupid, Love; El regreso de la mejor comedia americana

7,5/10

Posiblemente estemos asistiendo a la mejor comedia americana del año. Me alegra mucho, y lo promulgo a los cuatro vientos, haber encontrado una cinta de este género afín con mis peticiones en el complicado mundo de la comedia norteamericana actual. Lejos parece quedar el paradigma de este siglo XXI, Resacón en Las Vegas, aunque Crazy, Stupid, Love no tenga absolutamente nada que ver. Quizás ahí radique su encanto. Tendemos a elevar a los altares a la comedia que triunfó hace algunos años en la que un grupo de hombres iban a celebrar una despedida de soltero a Las Vegas y volvían con una serie de consecuencias a cual más hilarante. Aquello dio una vuelta de tuerca al género cómico americano. Sin embargo, tanto su secuela como toda la legión de chorradas que han ido saliendo desde aquel año no han hecho más que denostar por completo a la gloriosa comedia americana que nació y triunfó de la mano de Spencer Tracy y Katharine Hepburn o Cary Grant y James Stewart o Jack Lemmon y Walther Matthau en la época clásica o, por el contrario, y con más actualidad a las paradigmáticas películas de, por ejemplo, Julia Roberts.
Si cintas como Bad Teacher, Con Derecho a Roce, Resacón 2 o La Boda de Mi Mejor Amiga representan lo peor de la comedia americana del último semestre, con Crazy, Stupid, Love encontraremos una suerte de redención a la que asistiremos más que encantados. La película de Glenn Ficarra y John Requa no busca mediante el uso del lenguaje vulgar, socialmente aceptado, para encontrar el éxito. Se buscan situaciones reales donde los maridos engañados tenemos la cara de Steve Carell, las mujeres infieles poseen el rostro de Julianne Moore o los auténticos ligones poseemos las facciones de un Ryan Gosling realmente sorprendente. Con secuencias plagadas de diversión y risas, esta película apuesta por una buena radiografía de nuestra condición amorosa jugando con las formas de hablar, de vestir, de ligar, la filosofía de vida, el trabajo, los niños y el sexo.
Crazy, Stupid, Love visita las mejores muestras de amor y desamor del ser humano para conjugarlas y relacionarlas unas con otras. Diálogos mordaces, sinceros inundan el metraje mientras asistimos a unas buenas lecciones de interpretaciones de buena comedia americana llevadas a la praxis por el gran Steve Carell (al que recordamos por Virgen a los 40 o Noche Loca, por no hablar de su magnífico papel en la serie The Office), Julianne Moore, Ryan Gosling (en una interpretación que baila entre el mejor Will Smith en Hitch y el más seductor George Clooney), Emma Stone, Marisa Tomei o Kevin Bacon, en unos papeles muy circunstanciales pero no por ello menos importantes para el desarrollo de la trama. En Crazy, Stupid, Love nos podremos ver identificados en cualquiera de los personajes. Nuestra evolución psicológica con respecto al amor encuentra su sino en la interpretación de los protagonistas, los cuales adaptan al cine la realidad del día a día de millones de personas y sus complicadas relaciones con el sentimiento más hermoso del ser humano: el amor, algo tan loco como estúpido pero tremendamente necesario para sobrevivir. Las personas, en ocasiones, nos enamoramos de quien no debemos y eso nos lleva a comportarnos de una manera que no demuestra en absoluto nuestra verdadera forma de ser. Adolescentes se confunden con adultos, mujeres, hombres y viceversa (parafraseando el título de aquel infame programa de Telecinco, que me perdone el lector). Por si fuera poco y para delicia de los morbosos, encontramos una incidental y casual referencia al recientemente fallecido Steve Jobs, al que se recuerda por sus zapatillas de deporte y su vestimenta característica en las presentaciones de los productos de Apple.
Alguien dijo, en referencia al resultado final de la película, que es una de esas que se olvidan cuando llegan las grandes entregas de premios. Yo, después de ver Crazy, Stupid, Love, confío en el buen criterio de aquellas mentes lúcidas de las grandes academias del cine para que la buena comedia americana vuelva a tener su trono en la cinematografía y se consiga invertir más en este tipo de obras más que en aquellas cuyo único objetivo es animalizar a cien personas en una sala de cine y convertirnos en seres más salidos que el pico de una plancha.

Crítica Son of Babylon; Guerras sin sentido, muertes sin sentido

7,5/10
 
Ganadora del Giraldillo de Oro en la pasada edición del Festival de Cine de Sevilla debido a la amplia participación europea en el proyecto, Son of Babylon se ha convertido en un auténtico retrato de la situación que se vive en el Irak posterior a la dictadura de Saddam Hussein destinada a mentes preparadas para descubrir verdades muy turbadoras. Con el propósito de encontrar a su padre, un niño y su abuela se enfrentan a un viaje seco, árido y polvoriento por las carreteras de Irak. A lo largo de este viaje, donde podemos observar una magnífica evolución física y psicológica de sus personajes, ambos van a descubrir la triste realidad de su país, una nación devastada por la guerra donde los mismos pueblos autóctonos se enfrentan continuamente entre ellos y, por si fuera poco, con los soldados americanos, presentes en la zona desde el comienzo de la invasión.
Bagdad o Nasiriyah son las ciudades por las que esta abuela y su nieto irán descubriendo las maldades de una época que no parece corresponderles. Pobreza, miseria, guerra, tragedia, muerte son palabras que parecen conjugarse a la perfección en este veraz retrato de un país que parece perdido y sin rumbo tras la caída del dictador y la llegada del incierto gobierno provisional.
Con secuencias de una emotividad extrema, su director Mohamed Al Daradji ha dado en la tecla al transmitir a todo el mundo la realidad que sólo conocemos por centenares de medios de comunicación controlados por la otra parte del conflicto, unos Estados Unidos que no muestran al pueblo, sino a sus soldados luchando por esa “libertad duradera” que tanto proclaman. Ciudades humeantes por las que los protagonistas caminan con paso firme con la vista puesta en su objetivo. Esta road-movie quizás es una de las mejores muestras de este género que hemos visto en muchos años por su simpleza de planteamiento pero su complejidad a la hora de fotografíar una época histórica, una guerra, una sociedad y la devastación de la maldad humana así como las relaciones con este ambiente que perpetúan en la hora y media de metraje sus dos excelsos protagonistas.
La crudeza con la que el director asoma al espectador a la tristeza que supone llegar a tener que enfrentarse a búsqueda de seres queridos en fosas comunes, donde se echan a decenas de personas sin identificar y sin respetar su dignidad, es asombrosa. A pesar de lo sobrecogedor que resulta el hecho de reconocer lo duro que es sospechar que algún familiar yace perdido de la mano de Dios (o en este caso, Alá) contrasta con la pena de darse cuenta de que cada uno de los muertos encontrados en esas fosas tienen familiares detrás inmersos en la misma búsqueda, con los mismos traumas emocionales y pendientes de que se haga justicia, de alguna de las maneras posibles que el ser humano ha desarrollado a lo largo de su existencia.

Crítica Somewhere; El lírico retrato de la nada

5,5/10
A tenor de su breve aunque próspera carrera como realizadora, Sofia Coppola ha demostrado poseer una cierta habilidad para retratar la soledad del ser humano en sus cuantiosas variables. Si en su sugerente ópera prima, Las Vírgenes Suicidas, abordaba la atmósfera opresiva de una familia puritana de los 70 y la tragedia desencadenada por el aislamiento al que eran sometidas las cinco hermosas hermanas; en Lost in Translation, esa auténcia joya contemporánea, unía los destinos de dos viajeros náufragos en Tokio acosados por sendas crisis existenciales de diferente signo, una sobrevenida por la madurez y la gloria marchita, y otra por la incertidumbre de una vida aún por cimentar. Incluso en esa singular ópera rock decimonónica llamada María Antonieta, la hija del mítico director ahondaba en el desamparo de una joven reina que añoraba su lejano hogar.
En su cuarto largometraje, Coppola reincide en esta temática a partir de la vacua existencia de un actor de cine de éxito internacional con una evidente incapacidad para sentir algo más que el tedio rutinario al que le aboca una vida impersonal, carente de verdaderas emociones. Y es que ni siquiera su hija pre-adolescente, entregada por una velada admiración hacia su padre ausente, puede despojarlo del sopor vital en el que se encuentra inmerso y que le impide ejercer de padre ante la imperiosa necesidad de protección de la chica, a su vez abandonada por una madre egoísta. Es como si su espíritu hubiese huido tiempo atrás de su cuerpo, el cual sigue funcionando sin entusiasmo, ya sea bebiendo en soledad, conduciendo un coche de lujo a toda velocidad por circuitos desiertos, o contemplando con desgana a chicas desnudándose para él.
La cámara de Coppola se filtra en la monotonía enervante de Johnny Marco como un objeto inerte más en el escenario vacio de su indolente existencia, compuesta por una uniforme habitación de hotel y eventuales actos promocionales donde es agasajado con el fervor del que él mismo adolece. No hay nada más, tan sólo un ambiente asfixiante de aburrimiento, de planos interminables y miradas hacia el infinito.
La fidelidad de Somewhere a su propio propósito de retratar una vida vacía y rutinaria es tal que la película llega a producir las mismas sensaciones que la mera contemplación de su personaje principal. Ese cierto lirismo estático característico de la obra de la directora se erige aquí como un aliciente más para una narración soporífera que deja quizás demasiada responsabilidad al espectador a la hora de contextualizar y dar valor a la historia mostrada en pantalla. Un insólito hiperrealismo en el que sólo puede hallarse un ápice de emoción a través del empeño consciente en el proceso de interpretación, una tarea un tanto cansina y poco recomendable para aquellos que carezcan de un mínimo de paciencia o interés.
Aún así, el jurado del pasado Festival de Venecia, encabezado por Quentin Tarantino, pudo apreciar la poesía oculta de la cinta y le concedió un León de Oro discutible al que podría buscarse una justificación peregrina relacionada con la producción de Medusa Films, división cinematográfica del imperio mediático del primer ministro italiano Silvio Berlusconi.
Más allá de vinculaciones políticas, es un hecho incontestable que Sofia Coppola posee un talento evidente para filmar historias pequeñas con una gran sensibilidad, como ya lo demostrara con la antes citada Lost in Translation. Es una lástima, no obstante, que en Somewhere su énfasis en la contemplación impida ver más allá en la vida de un actor eficazmente interpretado por el decadente Stephen Dorff y la relación con su hija, a la que da vida una talentosa Elle Fanning.

Crítica Larry Crowne; El Hanks-actor salva al Hanks-director

6/10
La silla del director continúa siendo un simbólico objeto de poderosa atracción para muchos actores consagrados de Hollywood. El significativo paso entre los decorados y el concurrido espectáculo de bastidores detrás de las cámaras no sólo se identifica con un mero cambio de roles en el proceso creativo de una obra cinematográfica, sino con todo un universo de ambiciones en busca de la legitimidad artística, o bien por el simple monopolio de los beneficios. En la historia del cine contemporáneo, buena parte de los intérpretes con cierta prevalencia en la industria han experimentado la emoción de proferir el mítico ¡acción! ante un nutrido equipo de técnicos y artístas (algunos incluso a ellos mismos), aunque, eso sí, con suerte dispar. La fama de muchos actores se ha llegado a asimilar a su propio reconocimiento como realizadores; es el caso de Mel Gibson, Kevin Costner, Clint Eastwood o Robert Redford. Otros, por el contrario, pusieron fin a una carrera mediocre delante de las cámaras para triunfar tras ellas, como Ron Howard, Sydney Pollack, Jon Favreau (en la vertiente más comercial) e incluso Ben Affleck (ampliamente elogiado por sus dos primeras cintas).
No obstante, la tendencia general es que la gloria obtenida a través de interpretaciones memorables constituya una losa demasiado pesada para ser desplazada por un reconocimiento alternativo. Al Pacino, Sean Penn Jodie Foster, Ben Stiller, Ed Harris, Anthony Hopkins, Kevin Spacey, Tim Robbins y hasta George Clooney (el caso, quizás, más honroso), han dirigido alguna vez en su carrera una o más peliculas con resultados desiguales; pero la sensación común es que nunca han dejado de ser actores, que su empeño por aportar algo diferente al cine no ha alterado su papel dentro de él.
Toda esta retrospectiva en torno a las difusas fronteras creativas en el mundo del cine, viene al hilo de un caso paradigmático del último grupo descrito. Y es que Tom Hanks, ese portentoso actor de cintas como Forrest Gump, Philadelfia o Náufrago, presenta su segunda película tras las cámaras después de The Wonders (1996), un film que tuvo la misma repercusión en la carrera del intérprete que la que promete esta Larry Crowne, es decir, nula. Es muy digno que las personas experimenten situaciones a las que no suelen estar acostumbrados, pero el peligro a ser incomprendidos o directamente despazados por la crítica ante una evidente falta de oficio siempre es una amenaza latente. De poco vale que te rodees de una sempiterna estrella de la comedia romántica como es Julia Roberts y de un atractivo elenco de secundarios encabezado por Bryan Cranston; pues si no tienes nada que contar (o lo narras sin pulso y con una acusada falta de pasión) el resultado será tan solo una mancha en un brillante expediente que corrobore la necesaria separación entre actores y realizadores.
Larry Crowne narra la historia de un veterano vendedor de un centro comercial que es despedido súbitamente por una reestructuración interna y debido a su falta de estudios universitarios. Acosado por las deudas y por una comprensible crisis existencial, Larry decide inscribirse en un curso universitario de discurso informal (supongo que los estadounidenses sabrán qué significa esto) y de economía, donde, además de hallar la solución a sus problemas más inmediatos, conocerá a una atractiva profesora algo malhumorada que terminará por cambiarle la vida.
Es cierto que el desarrollo de los acontecimientos de la película no tiene coherencia alguna, sino que obedece a un cúmulo de circunstancias yuxtapuestas teñidas de una complacencia evidente; sin embargo, sorprende advertir que llega a funcionar como un simple entretenimiento inofensivo a través del que disfrutar del talento cómico (ya algo difuminado por los años y las operaciones) de Tom Hanks. Y es que es curioso cómo la torpeza del Hanks-director llega a ser compensada por el encanto y la ternura del Hanks-actor, salvando a la película del más absoluto y previsible desastre.
Debo reconocer que siempre he sentido cierta debilidad por la vis cómica del actor de Big, Esta casa es una ruina o La Terminal, progresivamente dilapidada por sus incursiones en el género dramático (y comercial en los últimos años), por lo que cualquier recuerdo de un pasado mejor es siempre bienvenido. Larry Crowne es una película sin pretensiones, con una estructura bastante simple y sin grandes alardes histriónicos; pero la ternura de su personaje principal se contagia con facilidad y termina por conquistar la mirada escéptica del espectador más exigente.

Cine en la Otra Orilla; Alamar (México)

8/10
La belleza abisal del mar posee un extraño poder de atracción para el ser humano. La monotonía ondulante de su superficie, en ocasiones desatada súbitamente por un motor invisible, mágico, es apenas un hipnótico preámbulo del insondable universo que guarda en su interior, más allá de los terrenales rayos del sol, más allá de la inclemencia del mundo aéreo. Y como en el alma del hombre, es preciso bucear hasta lo más hondo, hacia la oscuridad incierta, para hallar su auténtico esplendor, el que permanece oculto, como una perfecta metáfora simbólica, aguardando a ser descubierta.
La película del mexicano Pedro González-Rubio bien podría ser concebida como un sugestivo viaje a la hermosa realidad del mar y sus gentes, una humilde muestra de la naturaleza simbiótica mantenida entre ambos en lo más recóndito del arrecife de coral caribeño, donde la intemporalidad de la vida nos arroja a un estado de instantaneidad perpetua. Allí, los escasos pescadores que duermen cada noche sobre palafitos practican rutinariamente las técnicas de pesca que sus antepasados les legaron como única herencia, un modo de vida en el que la conexión con el mar es mucho más que una tarea de subsistencia.
El espectador asiste a la aventura iniciática del joven Natan, un niño de cinco años criado en Roma que acude a Banco Chinchorro para pasar una temporada con su padre, un pescador local que mantuvo una relación amorosa con una italiana truncada finalmente por el carácter antagónico de sus culturas y necesidades vitales. En el breve preámbulo narrado en voz en off, se argumenta con magistral sencillez la génesis y desarrollo de una historia abocada a la incomprensión, únicamente salvada por ese vigoroso vínculo suscitado con el nacimiento del niño.
Ante los ojos de Natan desfilan una amalgama de sonidos, colores y texturas nunca antes experimentados; el vaivén insidioso del mar, el sabor del pescado fresco, la frugalidad de la vida del lugar, la excitante sensación del aprendizaje de lo desconocido. Y sobre todo, la relación con el padre, el respeto y la admiración hacia aquel que, a través del cariño y la protección, descubre ante ti las maravillas ocultas de la vida, como un precursor de todas aquellas experiencias que aún quedan por advertir en el futuro.
La película de González-Rubio focaliza toda su acción en la mirada contemplativa de la rutina; una mirada sosegada, como un mar en calma, que bucea en los hermosos detalles que componen el majestuoso fresco marítimo retratado por la cámara con una belleza plástica insuperable. Cada encuadre de la trama parece obedecer a una clara intencionalidad artístitica, como si el director hubiese deseado engarzar instantáneas fotográficas en un discurso fílmico pausado e irradiado por el carácter oceánico del paisaje. Una delicia visual para disfrutar con el ánimo tranquilo y la mente despejada, para dejarte contagiar por ese espíritu de conquista continua de la naturaleza que nos rodea, en la batalla diaria por la supervivencia, en lo esencialmente humano que aún detentamos en nuestro interior más recóndito.
Alamar es una rara avis en el cine mexicano contemporáneo, contaminado justificadamente por la violencia que inunda el orden social del país en un ejercicio de crónica histórica necesaria de cualquier forma. Una película que muestra que existe algo más que dolor y pesar en un pais definido por sus contrastes. La belleza de sus paisajes continúa tan vívida que por momentos todo se olvida en favor de la más deleitable contemplación, al más pura conexión con la naturaleza.

Crítica Frida: El pincel de la angustia reprimida

7/10
En ocasiones el cine tiene la extraña cualidad de arrojar luz allí donde las sombras siempre ocultaron la grandeza de hechos históricos olvidados, manifestaciones culturales imprescindibles, o personajes inmortales de vidas apasionadas. La materia de la que está confeccionada la fama y la gloria es tan escurridiza como la propia voluntad de aquellos que la sustentan. Y una película puede erigirse como ese leve soplo que contribuye a forjar el mito que durante su presente permaneció en el más absoluto silencio.
La pintora y pensadora mexicana Frida Khalo tuvo que asistir postrada en su cama a la primera exposición que su país brindaba a una obra conocida en el resto del mundo, en 1953, a tan sólo un año de su muerte. Ni la enfermedad adherida a su existencia, ni el desánimo ante un final prematuro y, de algun modo, liberador tras años de obstinado sufrimiento, pudo contener el deseo irredento de la pintora de ver sus lienzos en los muros de la Galería de Arte Contemporáneo de Ciudad de México, entre los suyos, agasajada por última vez como un acto de justicia final para una de las creadoras más importante de un país en el que la violencia parecía ahogar su floreciente cultura.
El nombre de Frida Khalo ha estado relacionado durante mucho tiempo con el exotismo de su figura artística. Los coloridos vestidos de influencias prehispánicas que portaba con cierto orgullo de raza, su talante público extrovertido y espontáneo, su reconocible rostro ajeno a los estándares de la belleza femenina, su agitada vida social o incluso el surrealismo estridente de sus cuadros, propiciaron que su verdadera naturaleza, su nutrido mundo interior de pesares y pasiones quedara oculto, inexplorado para el gran público, como si todo su ingenio y lucidez fueran sólo la paleta impresionista de una artísta mucho más profunda y trascendente a la que era necesario observar desde la distancia justa para apreciar la angustia y el frenesí de su pincelada.
En 2002, el empeño de la actriz mexicana Salma Hayek logró volver a poner en boga el nombre de Frida a partir de una película realizada en Hollywood y con una amplia distribución internacional, que pretendía ahondar en los aspectos fundamentales de la accidentada existencia de la pintora a modo de fresco vital apresurado; el prematuro contacto con la enfermedad, su talento pictórico primitivo, el trágico accidente que con 18 años la postró durante largo tiempo en una silla de ruedas, el tormentoso romance vivido con el afamado muralista Diego Rivera, el aborto de su hijo, su floreciente carrera como pintora o el agravamiento de sus dolencias en sus últimos años de vida.
La película bucea en la existencia dual de Frida, en esa perpetua confrontación entre la tristeza a la que era abocada sin remisión y la  felicidad que hallaba en su pertinaz ánimo de soñadora empedernida. La vida le golpeaba una y otra vez, pero la alegría brotaba con insólita obstinación entre los parajes más aciagos de su destino. Incluso el amor fiel profesado a su alma gemela, a Diego, le devolvía el amargo sabor de la traición, en una relación de luces y sombras, de infidelidades y devociones, de un cariño natural y espontáneo aglutinado por el arte y el talento que los unió. Y qué mejor forma de expresarlo que a través de la arquitectura, de ese estudio de trabajo compartido en el barrio de San Ángel compuesto por dos edificios diseñados por Juan O'Gorman y comunicados por una pasarela que significaba mucho más que su mera funcionalidad.
Hoy día la Ciudad de México se siente orgullosa de su emblemática artista. La Casa Azul, allí donde Frida pasó buena parte de su vida y más tarde convertida en museo a modo de tributo al pueblo mexicano, luce con el mismo esplendor que encandilara a tantos artistas y pensadores que gozaron de la compañía de sus inquilinos, desde André Breton hasta León Trotsky. Sus hermosos jardines se encuentran salpicados por la extensa colección de figuras de arte prehispánico que el matrimonio coleccionó en vida, así como las frases que ambos se dedicaron inspirados por un amor pasional y un cariño eterno. Frida parece estar viva en cada uno de sus cuadros, en los tristes autorretratos que ofrendó a su remendado cuerpo.
La película de Julie Taymor se inscribe en el encorsetado género biográfico al cual debe su propio argumento, aunque salpicado por las pinceladas de fantasía a las que el espíritu de la pintora incita o por la hermosa banda sonora (incluída la participación de Chavela Vargas) que acompaña a los desgarrados episodios de su vida. Salma Hayek realiza un trabajo excelente que secunda un correcto Alfred Molina en virtud a un parecido físico evidente con Diego Rivera, así como una larga serie de secundarios de renombre; Geoffrey Rush, Antonio Banderas, Ashley Judd o Mia Maestro; hasta componer una estimulante crónica vital de un personaje capital en la historia del arte universal.
En cada rincón de Coyoacán, el barrio donde nació y murió, todavía resuenan los bellos versos que Frida consagró a su maltrecho aunque recio espíritu; "Pies para qué los quiero si tengo alas pa' volar".

Crítica El Árbol de la Vida; En el Nombre de Malick


8,5/10

Estoy realmente impresionado ante lo que acabo de ver. No tengo palabras. No hay expresión posible que pueda definir lo visto. Algo menos de dos horas y media en los que se detalla la creación del Universo mezclado con retazos de la condición humana mientras observamos con detenimiento como se forma el cúmulo nebuloso donde vivimos mientras asistimos a la formación de una familia, el verdadero origen de nuestro comportamiento como personas. 
Terrence Malick ha tejido un poema en imágenes, dominando la cámara y utilizando como una extensión de su propio cuerpo. El Árbol de la Vida comienza con una cita del libro de Job que parece una pedida de explicaciones de Dios a Job, al paciente santo que soportó una incisiva prueba por parte de Satán con la autorización del Altísimo. Precisamente en el desarrollo de la trama observamos como la familia protagonista soporta ciertos avatares y sufrimientos que parecen ofrecidos a Dios y por hacer cumplir sus deseos.
A lo largo de la cinta, el director se plantea cuestiones vitales que han intentado definir nuestra existencia en el Universo frente a la heterogeneidad que puebla las infinitas medidas del patio de recreo en el que nos encontramos sumergidos. El Árbol de la Vida es precisamente eso. Intentar responder a unas cuestiones que no tienen respuesta, al igual que algunas secuencias de la película. El uso de la narrativa y las técnicas audiovisuales del que presume Malick es de un carácter envidiable. Pocas veces hemos visto algo semejante en la Historia del Cine y es ahí donde un director en sí misterioso, poco dado a las cámaras, como es Terrence, se ha lucido.
A través de unas imágenes incomparables, de una belleza extrema, el director nos va sumergiendo en la creación del mundo, en esos siete días que Dios se tomó para conectar cada uno de los elementos que servirían como “caldo primordial” al desarrollo de todas las especies vegetales y animales que pueblan la Tierra. Por si fuera poco, y al más puro estilo Carl Sagan, Malick nos ofrece unas espectaculares fotografías en movimiento del Universo, de las nebulosas, de los planetas, de las atmósferas externas. Meteoritos, cometas, asteroides, el Sol luchando contra sí mismo. El espectador tiene dos opciones. O liberar la mente y abstraerse ante la maravilla fílmica que Terrence Malick nos propone o directamente, y como ha hecho mucha gente, huir en desbandada a la primera película “terrenal” que haya en la siguiente sala. No estamos ante un documental de Discovery Channel, ni tan siquiera de La 2. Estamos ante una obra maestra de la poesía cinematográfica que ilustra con imágenes las creencias de millones de personas en la dualidad vida-muerte debida a Dios. Pero también demuestra el hecho demostrado por Darwin de que, en este planeta, sólo sobrevive el más fuerte. Prueba de ello son los minutos donde vemos a los dinosaurios pisando nuestro planeta, en una fecha que nos parece incomprensible. 
Aunque es evidente que El Árbol de la Vida bebe de 2001: Una Odisea del Espacio, se sigue prefiriendo la obra magna de Kubrick para entender mejor el origen del cúmulo espacial en el que nos movemos. Podemos decir que constituyen un binomio fílmico que se debería de vender junto a La Biblia y El Origen de las Especies. El prólogo de la película ilustra precisamente todo lo que hemos comentado escenificado con piezas musicales extraordinarias de grandes maestros como Bach, Mozart, Brahms, Berlioz y uno de los mejores compositores actuales, Alexandre Desplat. 
Las cuestiones que nos plantea son excesivamente intensas, sobre todo aquella por la cual debemos encontrar el verdadero significado de la vida poniéndonos, como a Job, ante la tesitura de actuar frente al nacimiento de un niño y ante el fallecimiento de un ser querido, sobre todo si pensamos que todavía no tenía edad para morir. 
El Árbol de la Vida es más que cine, es un manual de cine elaborado por un maestro que en cuarenta años ha realizado cinco películas, todas ellas con un gran reconocimiento. Malas Tierras, Días del Cielo, La Delgada Línea Roja y El Nuevo Mundo. Malick no pasará a la historia por diálogos pesados sino por utilizar la cámara y la narrativa de manera concisa, densa, donde sus tramas prevalezcan por encima de los tópicos de la duración establecida. 

Crítica La Piel Que Habito; Mudando la epidermis

9,5/10
No me queda más duda que corroborar que estamos ante una de las mentes más lúcidas que ha dado el cine español en toda su historia. Cuando parece que el arte fílmico en nuestro país se reducía a los típicos clichés anclados en la Guerra Civil, las historias de barrio sin mayor trascendencia e incluso los tópicos alimentados por el público (y en ocasiones por los propios creadores), aparecen intentos muy acertados de intentar cambiar el rumbo.
Y en este cambio de orientación, situamos la nueva película de Pedro Almodóvar. Un director ególatra hasta niveles máximos que ha demostrado durante los últimos treinta años poseer un don especial para el séptimo arte y que, aunque anclado durante lustros, ha encontrado la horma de su zapato en una película distinta, alejado de los típicos melodramas a los que el manchego nos tiene acostumbrados en los que la homosexualidad o transexualidad eran la nota dominante. Cuando vemos una película del realizador y observa el comienzo, encuentra que tan solo aparecen cuatro palabras que se han convertido en todo un icono del cine español: “Un film de Almodóvar”. No hay nombres. Ni actores, ni técnicos. Sólo el apellido del manchego. Y esto es sólo una parte del amplio abanico de detalles que conforman el estilo de un realizador único e irrepetible.
Con La Piel Que Habito, Pedro demuestra que está en forma. Que conoce el oficio y sabe dirigir. Muestra de ello es la reconversión de Antonio Banderas en un terrorífico cirujano que debe vengar una serie de hechos que han golpeado su vida. Y para ello decide tomarse una de las venganzas más exquisitas que jamás hayamos podido ver en los más de cien años de Historia del Cine. Era impensable que aquel Banderas de Philadelphia o La Máscara del Zorro podría convertirse en este frío y calculador padre que pierde piezas ampliamente importantes de su vida. Antonio Banderas está imponente, irresistible, convirtiendo a su Robert Ledgard en lo mejor de la película en el terreno interpretativo demostrando porqué después de 80 películas, sigue siendo el referente hispano en Hollywood.
Almodóvar nos regala una de las mejores películas de su filmografía, e incluso me atrevería a decir que es considerablemente superior a Átame o Volver, sus dos obras de referencia. Una cinta de terror psicológico a la que ayuda la impresionante banda sonora de un Alberto Iglesias absolutamente inspirado. Combinando piezas orquestales con temas donde los tambores llevan al espectador al suspense más absoluto, elementos que rozan los límites de la psique consiguen que estemos ante una película muy distinta, donde encontramos la motivación de Almodóvar por regenerarse a sí mismo y mudar esa piel a la que hace referencia el título.
Con escenas sobrecogedoras, alejadas de cualquier convencionalismo o tópico previo sobre el director manchego, Banderas y su partenaire Elena Anaya ejecutan una partitura interpretativa casi perfecta. Pocas veces en el cine español dos interpretaciones habían resultado tan creíbles en una trama que recoge los mejores elementos de aquel cine de suspense frío francés o incluso, del primer Polanski, aquel que nos sobrecogió con El Cuchillo en el Agua o Repulsión.
Aunque Almodóvar quiera reinventar su propio cine hay algo que también sabe hacer y es introducir los elementos que le han hecho mundialmente reconocido con el único fin de no perder su identidad como director, algo que le honra como uno de los pocos realizadores de los que podemos presumir en España que poseen estilo propio. Una serie de detalles que el espectador tendrá que ir intercalando con magistrales secuencias donde la acción, la lucha, la muerte, la venganza o la ira se combinan con los sentimientos más oscuros del ser humano.
La Piel Que Habito puede parecer incluso una cinta de una crudeza considerable. Pero debemos pensar que todo lo que aparece en ella pertenece a nuestra condición de seres débiles, tentados por un mal con el que nacemos por naturaleza y que, en ocasiones, se manifiesta de las maneras más trágicas con el único objetivo de defender lo que consideramos como nuestro.
Si decide ir a ver La Piel Que Habito, debe alejarse de los tópicos con los que hemos sido criados con respecto al cine de Almodóvar y que se repiten continuamente a lo largo de una vida llena de películas. Libere la mente. Piense que está usted ante un ejercicio de estilo absolutamente irrepetible. Ya lo hizo Álex de la Iglesia el pasado año con Balada Triste de Trompeta con un éxito más que notable y ahora le toca el turno al manchego.
Créame. No lo lamentará jamás y gozará de una de las mejores películas de nuestro director más internacional.

Crítica No Tengas Miedo; El talento oculto de Michelle Jenner

7,5/10

Siempre me había movido por el prejuicio de que Michelle Jenner no era más que una cara bonita, aquella que por tantos suspiraban los protagonistas y los que veían Los Hombres de Paco. Uno de mis muchos fallos es el de prejuzgar a las personas, en este caso a los actores/actrices, por un trabajo y no por una totalidad. 
Ha tenido que llegar No Tengas Miedo, la última obra de Montxo Armendáriz para darme cuenta de la complejidad a la que la intérprete puede llegar a someterse para ponerse en la piel de su personaje. Sin duda hablamos de una película necesaria y valiente, de esa que enmarcamos dentro de aquel "cine denuncia" que parece estar relegado a las clases de universidad y que tan bonito queda en palabras de algún profesor de cine. Sin embargo, hace mucha falta que nos impliquemos todos en acabar con ciertas lacras. Ya está bien de machismo. Ya está bien de maltrato. Basta ya de abusos sexuales, sean a menores, mujeres o a cualquier ser humano.
Es por eso que reivindico la figura del personaje de Michelle Jenner en esta película, una Silvia marcada por un pasado oscuro en el que su padre ejercía de tutor en muchos más aspectos de los que realmente le corresponden. Una vida sombría, depresiva, angustiosa. Una vida que nadie querría vivir si estuvieramos en el pellejo de aquel que sufre la tremenda lacra de los abusos sexuales. Pido perdón por mis prejuicios y confieso mi más sincera admiración a la actriz por este impresionante papel.
Armendáriz nos trae una trama a la que no le sobra ni le falta ningún plano. La historia es tan fría como su protagonista, una chica que sufre abusos desde que apenas tiene uso de razón. Problemas familiares, divorcios, malos entendidos y la consecuente falta de atención a una vida que está germinando en un hogar destrozado. Con una brutalidad extrema que hiela la sangre, Michelle Jenner se pone en la piel de Silvia para ilustrarnos de manera maravillosa lo incomprensible que nos resulta poder entender hasta donde llega la capacidad de sufrimiento del afectado. Mención aparte merece un Lluís Homar empeñado en introducirse en las mentes más perversas que han traído los últimos años del cine español. De otro lado, Belén Rueda y Nuria Gago le dan el contrapunto perfecto a una trama suspendida por dos actores formidables. Posiblemente le falte algo más de profundidad en las subtramas que rodean la tremenda existencia de nuestra protagonista, Silvia.
Gracias a películas como la de Armendáriz poco a poco vamos consiguiendo ayudar a las personas que más lo necesitan y que más cerca tenemos. Aquellas que sufren en silencio problemas mucho más graves de los que tenemos o podemos llegar a tener en nuestra vida. 
Gracias a películas como No Tengas Miedo, aprendemos a pensar que nuestra vida es maravillosa por muchos inconvenientes que tengamos y muchas puertas que se nos cierran. Es por ello que debemos pensar que nosotros somos los únicos que tenemos la potestad y el deber de ayudar cuando más se nos necesita. Si damos la espalda, puedo asegurar que seremos nosotros los que tendremos miedo.
Basta ya. Por favor. Hagamos un mundo mejor. No por nosotros, sino por aquellos que todavía tienen que venir.

Películas Para Dos Vidas; Blade Runner

Se que para hablar de una película como Blade Runner primero hay que lavarse las manos y la boca. Pocas veces en la Historia del Cine tendremos la oportunidad de ver algo igual o parecido. Una experiencia inigualable que sentó las bases del llamado cyberpunk (que luego recuperaron 12 Monos o Matrix) y que constituye todo un manual de estilo de la ciencia-ficción.
Su director, Ridley Scott, venía de realizar otra masterpiece de la ficción más científica. Alien supuso un shock para aquellos que creían haberlo visto todo a finales de los años 70. Los extraterrestres nunca habían sido tan terroríficos desde las peores películas de la serie B. Scott es un realizador muy singular. Capaz de narrar la historia de dos mujeres en plena carretera como hizo en Thelma y Louise o maestro del peplum en la oscarizada Gladiator, en 1982 adaptó con muy poco éxito la obra de Phillip K. Dick en una película que el tiempo ha puesto en su lugar.
Blade Runner posee legiones de fans en todo el mundo que adoptan las ideas de Dick como suyas propias y que hacen de los "replicantes" una forma de vida. Sorprende ver la cantidad de imágenes recreando la película que existen en esos clubes de fans. Sin embargo, no son hartibles por su aparición en las Comic-Cons vestidos de Deckard o travestidos de Pris. Parece que Blade Runner tiene otro aura, de respetabilidad, de mito. ¿Quién sabe?
Lo cierto es que la historia, aunque algo incomprensible, tiene toques del apocalipsis más cercano que se viene sobre nosotros. Un apocalipsis donde la clonación humana sustituye a las formas tradicionales de procreación y donde ciertas empresas se lucran a costa de destrozar a la raza humana. Sin embargo, en pleno 2019, todavía queda algún resquicio de humanidad que nos lleva a pensar que las máquinas son malvadas y que hay que luchar contra ellas. Para ello, encontramos la figura legendaria de Rick Deckard. Hablamos siempre de Harrison Ford como un actor basto, desprovisto de capacidad alguna para expresar sentimientos. Puede ser verdad, pero tambien es cierto que Ford es uno de los mejores intérpretes que han pasado nunca por la gran pantalla.
Prueba de ello es este personaje que recrea en la cinta de Ridley Scott. Pensado inicialmente para Dustin Hoffman, Harrison Ford es prácticamente el alma mater de una película que se sostiene gracias a su poderosa interpretación de un policía alcohólico y depresivo. Si fue nominado a los Oscar como mejor actor en Único Testigo, somos muchos los que nos preguntamos porqué por Blade Runner no obtuvo reconocimiento, incluso sabiendo que con el paso del tiempo se ha convertido en la mejor película que ha hecho nunca. Sorprende la recreación, muy compleja, de este polícia atormentado que es capaz de disparar a mujeres por la espalda sin ningún tipo de escrúpulo.
Mención aparte merecen los tres actores que acompañan a Harrison Ford en la película. Impresionante está Rutger Hauer como el replicante jefe. Poderoso al máximo, pronuncia una de las mejores frases que se han escuchado nunca en un guión de cine, resumiendo todo el metraje de la película. Lo inexistente, lo frágil del tiempo y lo increíble:
- "Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orion. He visto rayos D brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia."
Sean Young y Darryl Hannah otorgan a sus papeles de una complejidad manifiesta, en un contexto en el que ciertamente ni el protagonista ni el espectador sabe quien es más malo. A esto nos ayuda una atmósfera incomparable. La recreación de un Los Ángeles humeante, oscuro, sombrío, es un reflejo del futuro que nos espera. Blade Runner cuenta además con una de las grandes maravillas de las bandas sonoras. Vangelis compone una obra clásica mezclada con sintetizadores electrónicos que dejan a más de uno boquiabierto al volver a revisar una y otra vez la película.
Blade Runner es mítica, única, inimitable, incomparable, desconocida, ininteligible pero de lo que no hay ninguna duda es de que estamos ante una de las obras maestras del cine de nuestro tiempo.

[Mostra de Venecia 2011] Michael Fassbender vence en la Biennale



Los palmarés de los grandes festivales siempre provocan odios y alegrías a partes iguales pero en esta ocasión, el León de Oro del Festival de Venecia de este año ha ido a parar a las manos del director ruso Alexander Sokurov por su película Faust, con lo que las alegrías se han convertido en incertidumbre. Por otro lado, Michael Fassbender ha sido galardonado, de manera muy justa, con la Copa Volpi al mejor actor convirtiéndose en el gran ganador de la Biennale 2011.
Con indistintas sensaciones ha terminado una gala en la que Marco Müller, director de la Biennale, ha destacado por controlar los tiempos de agradecimiento de sus premios más que por preocuparse de informar al público y los periodistas sobre si deja su cargo o si se convierte en un gobernante vitalicio, algo que se llevaba esperando desde hacía meses. Finalmente, en una apologética intervención final, ha despedido y clausurado la Mostra de Venecia 2011.
En cuanto a la entrega de premios, lo más destacable ha sido el hecho de que se ha notado la mano de Aronofsky en la entrega de los premios. Ninguna de las grandes favoritas ha resultado premiada. Los cineastas e intérpretes consagrados no han recibido absolutamente nada. Excepto la Copa Volpi, otorgada a un actor alemán que presentaba dos películas a concurso. Michael Fassbender traía bajo el brazo Una Historia Peligrosa y Shame, por la que finalmente ha resultado premiado. Su interpretación de un solitario y depresivo adicto al sexo ha bastado para consagrarse con este galardón como uno de los actores a tener en cuenta. El propio Fassbender ha tenido palabras de recordatorio para el otro contrincante favorito, Gary Oldman.
El galardón al mejor director ha recaído en Shangjun Cai por Ren Shan Ren Hai, una cinta que llegó gafada a la Biennale y que fue inscrita a última hora. Por otro lado, la Copa Volpi a la mejor actriz ha sido para Deanie Yip por A Simple Life mientras que el galardón especial del jurado ha ido a parar a las manos de Terraferma, de Emanuele Crialese.
Los guionistas de la película griega Canino, estrenada hace dos años en el Festival de Cine de Sevilla, han vencido este año en la categoría de Mejor Guión por Alpeis. De esta forma, Yorgos Lanthimos se corona definitivamente como una de las figuras más importantes del cine en Grecia.

[Mostra de Venecia 2011] Todo listo para entregar los premios de la Biennale


Tomas Alfredson ha presentado en la Mostra de Venecia una de las películas que más han entusiasmado al público y crítica asistente. El Topo es toda una declaración de intenciones en forma de adaptación de una de las novelas más leídas del maestro del espionaje John Le Carré. 
Con un trío actoral realmente espectacular encabezado por Gary Oldman, El Topo constituye uno de los platos fuertes en la sección oficial a concurso. Junto al oscarizado Colin Firth y Tom Hardy, Alfredson nos trae una apasionante intriga sobre un infiltrado en los servicios de inteligencia de Inglaterra. 
Tanto la interpretación de Oldman como la magistral dirección del realizador sueco así como el guión adaptado de Bridget O´Connor huelen a Oscar. Tendremos que esperar hasta el próximo mes de noviembre para comenzar a hacer las quinielas de esta temporada de premios. Una mezcla de espionaje con thriller psicológico que ha hecho las delicias del Lido en esta semana en la que también han fascinado el segundo proyecto de Al Pacino como director, Wilde Salome, y el nuevo e intenso drama del realizador Steve McQueen, Shame, en el cual repite con Michael Fassbender en el papel protagonista. La cinta de McQueen es, de momento, la que más posibilidades tiene de alzarse con el León de Oro. 
Aunque la competición también tiene muchas papeletas para encumbrar a la última obra de Roman Polanski, Un Dios Salvaje. El jurado está presidido por Darren Aronofsky, el cual ya afirmó que "la ganadora va a ser la película que más le impactara emocional y intelectualmente."
Esta tarde a las 19:00 se entregarán los premios en una ceremonia que tendrá lugar en el Teatro del Lido de Venecia. Estaremos muy atentos. Nombres como Kate Winslet, Michael Fassbender, George Clooney o Gary Oldman pueden salir victoriosos. 

[Mostra de Venecia 2011] Steven Soderbergh "contagia" la Biennale

 
Ayer se presentó en la Mostra de Venecia la nueva película de Steven Soderbergh. Contagion supone una nueva vuelta de tuerca al inclasificable cine del director norteamericano. Kate Winslet, Jude Law, Matt Damon, Marion Cotillard y Gwyneth Paltrow se enfrentan a un desconocido virus que se transmite por el contagio entre humanos.Autor de cintas como Solaris, Sexo, Mentiras y Cintas de Video o la taquillera trilogía de Ocean´s, Soderbergh ganó un Oscar por su dirección en Traffic y estuvo nominado por Erin Brockovich. Si hay algún realizador más prolífico que debamos nombrar en la última década, ese es Steven Soderbergh.
En la Biennale, y fuera de concurso, el realizador estrenó con aplausos y muy buenas sensaciones su última cinta, Contagion. No estamos ante la típica película de zombies, ni tan siquiera ante la tópica película de virus que se transmiten en el aire. Aquí no hay estrellas con más protagonismo que otros. En ciertos momentos del metraje, comprobaremos que más de uno de los actores protagonistas sufren las consecuencias del virus y que su condición de “estrella” no les sirve de nada ante este peligro que está diezmando al planeta en cuestión de minutos.
Soderbergh, director procedente del cine independiente, se pliega de nuevo a su estilo indescriptible para ofrecernos una película angustiosa, que hará las delicias de los amantes del cine apocalíptico. La oscuridad, la soledad, el miedo, el suspense y la desesperación se ponen al servicio del disfrute más absoluto del espectador en una película que se estrenará el próximo 14 de octubre en España.

[Mostra de Venecia 2011] Al Pacino, premiado por toda su carrera en la Biennale


De paso para promocionar su última película como director, Al Pacino ha recibido el galardón Jaeger-Le Coultre Glory to the Filmmaker 2011. La ovación de todo el público y prensa presente en el Lido ha sido atronadora para un intérprete que nos ha legado obras maestras como El Padrino, El Precio del Poder o Esencia de Mujer. En esta edición de la Biennale, el actor presenta fuera de concurso su segundo proyecto como realizador, Wilde Salomé.
El arrollador recibimiento al intérprete ha tenido lugar cuando se disponía a presentar su película, a la par que entraba en la sala donde se proyectaría Wilde Salomé. Los presentes, con los ojos lacrimosos al ver a aquel que tantas tardes de diversión nos dio, prorrumpieron en aplausos cuando hizo su aparición en compañía de la actriz con la que protagoniza su última aventura como realizador, Jessica Chastain.
El galardón, que homenajea toda la extensa carrera de Al Pacino, le será entregado esta misma noche en una ceremonia especial a la que asistirá el actor tras las primeras impresiones de la prensa y el público al ver su Wilde Salomé. El intérprete ha compartido cartel a lo largo de su vida con maestros y contemporáneos como Marlon Brando, Robert De Niro, Robert Duvall o Paul Sorvino y ahora ve reconocida su filmografía en esta edición de la Mostra de Venecia.

[Mostra de Venecia 2011] Aplausos para Cronenberg, abucheos para Bellucci

Sólo han pasado tres días de Mostra de Venecia para que escuchemos los primeros abucheos. Y no a una película desconocida, sino a toda una Monica Bellucci que sale de la Bienale escaldada con su película Un Été Brulant. Sin embargo, continuamos con las sesiones de aplausos y le ha tocado el turno a David Cronenberg con su Un Método Peligroso. 
Mientras el cineasta David Cronenberg (Una Historia de Violencia) presentaba su película, muchas eran las voces que no sabían si profetizar que estábamos ante una obra maestra o simplemente una tomadura de pelo ejemplar. Sin embargo, el enfrentamiento de dos de los más importantes psicólogos de la historia de la Humanidad, Sigmund Freud y Carl Jung, ha cosechado los aplausos de todos los presentes a la presentación de la película en el Lido.
Su trío actoral, formado por Viggo Mortensen, Keira Knightley y Michael Fassbender, es quizás lo más destacado de una película firmada enteramente con el sello Cronenberg. Una cinta en la que, parafraseando a Toni García en el diario El País, parece que el realizador quiere demostrar que “el cine está hecho para una serie de elegidos“, entre los que egocéntricamente suponemos que se encuentra él mismo. No decepciona en absoluto esta trama de tríos amorosos sino que incluso estimula de cara a su estreno el próximo mes de noviembre.
Por si fuera poco, y para más emociones, faltaba por ver el segundo estreno de la tercera jornada. Monica Bellucci llegaba a la Mostra igual que una Madonna, cabeza pensante de aquel grupo que cree que viene a comerse el mundo. Bellucci, pésima actriz pero con evidentes atributos físicos, ha vuelto a liarla con Un Été Brulant. Su director, Phillippe Garrel, ha sufrido que el público presente reciba con signos de malestar la historia de amor entre la actriz italiana y su propio hijo. Quizás, el elemento más polémico y esperado de la cinta era el desnudo (otro más) de una Monica Bellucci que no ha conseguido salvar la película ni tan siquiera con sus atributos.